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El movimiento antivacunas no es muy numeroso, pero la cantidad de gente que mira con escepticismo la vacuna contra el COVID es importante. (Imagen: Getty Images)

No es suficiente exigir confianza en los expertos

Con el COVID-19 todavía circulando y mutando, la vacunación masiva es una prioridad urgente e internacional. Pero para hacer frente al escepticismo sobre las vacunas habrá que hacer algo más que tachar a la gente incrédula de irracional. Requerirá un compromiso genuino con la duda y la incertidumbre, que es también un principio fundamental del método científico.

Un extraño fenómeno del mundo de la posverdad es que rebosa de hechos. Hechos que, a medida que crecen en número y complejidad, pierden su poder explicativo, provocando una ola de escepticismo especialmente fatal para la confianza pública en la ciencia. A pesar de que algunas pruebas demuestran que la confianza en la ciencia se mantiene en un nivel alto a nivel mundial y que incluso puede haberse reforzado durante la pandemia, el miedo a la fuerza persuasiva del escepticismo va en aumento. Y, con él, las sugerencias sobre cómo contrarrestar el negacionismo y reafirmar el valor de la ciencia. 

Hace un año, los debates del escepticismo científico se centraban en la negación del cambio climático. Ahora la mirada se dirige hacia las dudas sobre las vacunas. A medida que los riesgos de nuestra emergencia climática son cada vez más ominosos y el número de muertos de una pandemia zoonótica se dispara, florece –especialmente en Internetuna cultura de la negación de los resultados de los procesos científicos que explican los vínculos causales entre nuestros dilemas. Pero el tono dominante de Internet, de una distancia irónica combinada con una plétora de hechos aparentemente comparables aunque contradictorios, hace que el entendimiento con este negacionismo generalizado se sienta inútil. No alimentar a los trolls sigue siendo la sabiduría heredada o, como (posiblemente) dijo Fichte, «Tanto peor para los hechos».

A pesar del reciente cambio en el contenido de las preocupaciones, el enfoque para «curar» el escepticismo en líneas generales sigue siendo el mismo, tanto si se trata de vacunas como de cambio climático: rebatir la posición escéptica mediante la presentación de más pruebas, demostrar las falacias lógicas, señalar a los actores interesados que propagan falsedades. Pero, ¿es una estrategia útil entender la resistencia a cuestiones científicas concretas como parte de un negacionismo más amplio?

Ciertamente, existen similitudes estructurales en la forma en que se difunden los escepticismos de los diferentes consensos científicos: a través de la mala interpretación de investigaciones defectuosas o anticuadas, del uso selectivo de estadísticas condenatorias y, quizás lo más influyente, de la escalada de la duda, hasta convertirse en creencias conspirativas a través de la vorágine de algoritmos de los contenidos en línea. Pero el hecho de que muchos escépticos expresen su preocupación por los resultados y las aplicaciones de la ciencia contemporánea en Internet no significa que todas estas preocupaciones estén impulsadas por la misma raíz «irracional». La incredulidad existencial en el cambio climático y el escepticismo personal sobre la eficacia de una vacuna de rápido desarrollo son ansiedades claramente diferentes. Como dice Bernice L. Hausman, autora del libro Anti/Vaxx: Reframing the Vaccine Controversy, «la similitud retórica del método no debe confundirse con las cosas que realmente preocupan a la gente». Entonces, ¿por qué se tratan tan a menudo como la misma cosa? 

Enmarcar la resistencia a las afirmaciones de la ciencia como una forma singular de «negacionismo» crea un paraguas bajo el que se pueden agrupar muchas formas dispares de incredulidad. Al aplanar sus distinciones, se crea un solo problema, un número potencialmente solucionable, mientras que antes había que hacer frente a una innumerable cantidad de preocupaciones que se multiplicaban al ritmo del avance de la propia ciencia. 

Si, como plantea el análisis negacionista, es posible identificar y definir la superestructura de todas estas negaciones, entonces podemos desarrollar una cura masiva para todas las cepas. Afirmar que existe una forma compartida de «negacionismo» irracional en cuestiones masivamente distintas reduce la base histórica y material de las preocupaciones de los escépticos a un brote de errores individuales de juicio que puede inocularse con una dosis más fuerte de verdad explicativa. 

Seguir este enfoque plantea un dilema para la izquierda. En el caso de los actuales programas de vacunación masiva, existe, por un lado, un deseo empático de entender la resistencia de la gente a que se les diga que acepten la palabra de las rapaces compañías farmacéuticas y de los ineptos gobiernos nacionales cuando se trata de proteger su bienestar y el de sus familias. Pero por otro lado hay que convencer a los escépticos de que, haciendo a un lado los motivos, las acciones respaldadas por los actores del Estado y del capital (habitualmente sospechosas) son en este caso todas buenas. No hace falta ser esclavo de las teorías de la conspiración para darse cuenta de que las actividades de la agroindustria mundial que causaron la pandemia comparten el mismo terreno operativo que las grandes farmacéuticas, una conexión que Mike Davis lleva señalando desde hace tiempo. El escepticismo que se desprende de esta observación se limita a preguntar por qué si una rama de la ciencia aplicada con ánimo de lucro creó este problema debería alguien esperar que otra rama lo resolviera. 

Intentar responder a esta preocupación subraya otra paradoja en las visiones de la izquierda contemporánea sobre la ciencia: que las acciones del capital deben ser tratadas con la mayor sospecha excepto cuando se cruzan con la producción aparentemente libre de valores del conocimiento científico. ¿Las actividades de inversión de Pfizer? Razonablemente sospechosas. ¿Las actividades de laboratorio de Pfizer? Objetivas, neutrales y deben ser aceptadas a toda costa. Pero aunque la eficacia de los resultados de la ciencia puede ser evidente en diferentes contextos sociales, los métodos y la formación de las preguntas que se plantean a la ciencia están también indudablemente influidos por las fuerzas económicas y políticas que rigen nuestra vida cotidiana. 

Quienes niegan abiertamente las vacunas en general son pocos; pero el número de escépticos de la vacuna contra el COVID es mucho mayor, y sus preocupaciones no se basan en la falta de información o de comprensión –muchos escépticos de las vacunas están bien educados y bien informados, algunos son incluso profesionales de la salud– sino en la falta de certeza de la información que se ha comunicado hasta ahora.

Como sabemos, para muchos grupos este escepticismo sobre la forma en que la ciencia (y la ciencia médica en particular) funciona y se impone a las poblaciones está bien fundado. Los países cuya oferta médica pretende ahora ser imparcial y carecer totalmente de prejuicios tienen a menudo un largo historial de utilización de la ciencia para defender la experimentación inhumana en minorías raciales y de otro tipo, grupos cuya vacilación sobre la vacuna contra el COVID es ahora especialmente elevada y justificada. Como escribió William James, la verdad vive «en un sistema de crédito»: «nuestros pensamientos y creencias pasan, mientras nada los desafíe, igual que los billetes de banco pasan mientras nadie los rechace». Para muchos, el crédito de la ciencia médica está agotado. 

¿Qué pasaría si nos tomáramos en serio el escepticismo de los indecisos en materia de vacunas y de quienes opinan que los motivos de la Gran Ciencia no siempre son progresistas? ¿Y si en lugar de intentar «desacreditar» con más hechos reconociéramos la racionalidad del escepticismo científico en lugar de centrarnos en el rechazo irracional de las afirmaciones del positivismo? Por lo general, los llamamientos a involucrarse con los escépticos se basan en el compromiso con la supuesta falsa conciencia de los incrédulos, convenciéndoles de que no podemos deducir los resultados de la ciencia a partir de nuestras propias observaciones diarias. Pero esta estrategia psicológica nos empuja por uno de los dos caminos: 

  • Confianza y defensa acrítica de la ciencia, y condena moral de quienes no opinan lo mismo.
  • Confianza y defensa acrítica de la ciencia, y simpatía paternalista por quienes no sienten lo mismo.

Ni la condena ni la simpatía son enfoques eficaces para persuadir a alguien de que cambie de opinión, sobre todo cuando su opinión está formada a partir de la observación de sus propias experiencias. En los dos enfoques expuestos, la confianza acrítica en la ciencia constituye la columna vertebral del problema. Al negarnos a reconocer la incertidumbre y la contingencia en el corazón del método científico y, en cambio, insistir con que la ciencia debe «ser seguida» en todos los casos, desacreditamos no solo la credibilidad de la propia ciencia sino el valor de sus métodos. Socavamos el fundamento escéptico de la ciencia, transformándola en una religión dogmática.

La incertidumbre, la contingencia y la duda son principios centrales y animadores de la labor científica a la que, curiosamente, solemos referirnos como indagación. Una mayor comprensión de la curiosidad tentativa con la que existe el método científico, en la medida en que puede describirse una entidad tan singular, implicaría a más personas en el necesario debate que Dylan Riley ha reclamado recientemente. El consenso general de la izquierda durante la pandemia ha sido que, en tiempos de crisis, la confianza en la autoridad de los expertos es un compromiso ineludible con el liberalismo: solo la ciencia puede sacarnos de este lío, y permitirnos volver a la política. 

Pero este enfoque hace un flaco favor no solo a los métodos de la ciencia sino también, como señala Riley, a uno de los pocos puntos fuertes del liberalismo: el de ser un sistema de pensamiento político basado en el debate racional y no en la confianza ciega. Como dice Riley, «en cualquier caso, después de las debacles de la guerra de Irak en 2003 y de la crisis financiera en 2008, ¿por qué debería alguien confiar en los expertos? Toda la fuerza de este argumento apunta a la necesidad de una reforma drástica de las condiciones materiales y sociales para la producción de demandas».

El escepticismo no es solo el método que hace aflorar lo mejor de los sistemas de producción de conocimiento como la ciencia, sino que es la disposición fundacional del experimentalismo, la voz molesta que responde a la hipótesis apasionante con un quejumbroso «demuéstralo». El desafío y la justificación continuos son elementos necesarios del proceso científico, que pretende conocer y describir en términos humanos el mundo natural. Separar el escepticismo basado en cuestiones particulares del negacionismo científico general es un buen primer paso para rescatar la utilidad de este enfoque y aplicarlo de forma más precisa. No solo a las prácticas comerciales codiciosas o al amiguismo de las empresas y los gobiernos, sino también al tipo de conocimiento que podría producir una ciencia enredada en esos sistemas codiciosos y corruptos. 

El potencial progresivo de la vacunación debería estar fuera de toda duda. Pero los escépticos no se convencerán con la presentación de una bandeja rebosante de verdades más especializadas. O porque los golpeemos con los martillos de los hechos cuando surjan sus dudas, al estilo del juego de la ruleta. El elemento interesado de la producción de conocimiento científico es particularmente fácil de demostrar en el caso de los productos farmacéuticos, donde el motivo del beneficio está tan cerca de la superficie. Pero, como ha señalado el historiador de la medicina y la tecnología e investigador del proyecto Healthy Scepticism Caitjan Gainty, debido a la perversidad del sistema de mercado, la eficacia de la vacuna está en realidad garantizada por la necesidad de obtener beneficios: las empresas farmacéuticas dependen de la confianza de los consumidores del mismo modo que cualquier industria que tenga que comercializarse.

También hay que mantener una importante distinción entre la ciencia impulsada por el comercio y la ciencia impulsada por el mundo académico en estos debates, incluso cuando la privatización de la educación significa que los laboratorios universitarios dependen cada vez más de la financiación de las empresas. Pero no se trata de eliminar todos los elementos potenciales de la corrupción nefasta que afecta a la producción de una ciencia objetiva y neutral en el laboratorio; se trata de argumentar que no existe tal ciencia, y que todo lo que podemos hacer es controlar las influencias políticas y económicas que dictan el proceso de investigación.

Hay que vacunar al mayor número posible de personas de forma segura y lo antes posible. Lo que impide que la gente se vacune no es un escepticismo ignorante, sino el rechazo generalizado a tratar la duda y la incertidumbre como posiciones racionales y justificadas en respuesta a las directrices del poder. 

Los escépticos pueden haber interpretado correctamente el mundo. La cuestión, sin embargo, es transformarlo. 

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