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Para Slavoj Žižek, la gran lección que nos deja la pandemia es que ni siquiera la ciencia tiene respuestas definitivas. (Foto: AP)

Un tiempo de incertidumbres

Cuando aceptemos que la normalidad es historia, dice Slavoj Žižek, entraremos en una situación desesperada. Pero con la desesperación también viene la libertad: la libertad de hacer lo que sabemos que hay que hacer.

Por Roberto Gerace

Alrededor de cincuenta pensadores de los cuatro rincones del globo fueron desafiados a escribir un breve texto inédito en el que expusieron sus puntos de vista y propuestas sobre las luchas globales por la emancipación. Esta fue la idea detrás del libro Manifesto. A Struggle of Universalities. Se espera que el volumen editado por Nicol A. Barría-Asenjo (Chile) y Slavoj Žižek (Eslovenia) vea la luz en 2022. «No tenemos visiones particulares, muchas veces en conflicto, que deban estar unidas en una visión global», declara la presentación. «Tenemos un conflicto de puntos de vista globales».

No es casualidad que una de los dos editores del volumen sea chilena. Colaboradora de la edición chilena de Le Monde Diplomatique, estudiosa del psicoanálisis freudo-lacaniano, ensayista y política, Nicol A. Barría-Asenjo fue una figura importante en el movimiento de protesta que, nacido de un aumento de 30 pesos en el billete del metro, culminó con la elección de una asamblea que redactará una nueva Constitución en sustitución de la de Augusto Pinochet. Hoy, desde Chile parten las esperanzas de un modelo político diferente para toda América Latina y, quizás, para el mundo entero. Slavoj Žižek, el otro editor, es uno de los intelectuales de izquierda más influyentes a nivel internacional y ha brindado públicamente su apoyo a los diferentes procesos políticos que se han desarrollado en el país del Cono Sur. Roberto Gerace conversó con ambos sobre Chile, el Manifesto y el futuro de la izquierda durante y después del COVID-19.

 

RG

Nicol, lo que sorprendió a muchos observadores internacionales es que Chile comenzó a protestar sin ser quizás el país más pobre de América Latina. La palabra clave a la que se referían los manifestantes del estallido chileno era «dignidad». Con este término buscaban expresar que el malestar era más profundo que un simple descontento económico. ¿Qué tipo de malestar dirías que es?

 

NB

En principio yo comparto la idea de que, en diferentes momentos de la historia de la humanidad, hay conceptos que parecen tomar más relevancia por el mismo devenir histórico. Creo que en tu pregunta abordas conceptos que parecen ser muy abstractos desde una mirada general. Sin embargo, es bajo ese mismo disfraz de «abstracción» que muchos fenómenos logran camuflarse y consiguen imponer —mantener o reforzar— de forma subterránea las lógicas que en fondo y forma persisten. Hay muchos conceptos que son fieles aliados del orden establecido. No creo que sea una postura novedosa para nadie el anunciar que lenguaje juega un lugar central en las luchas contra la hegemonía discursiva y el orden establecido. Ahora bien, a propósito de la pobreza, y específicamente de la cuestión de los índices de pobreza, para mí no reflejan realmente nada trascendental. Ya sabes, las etiquetas en salud mental, economía, política, etc., siempre logran acomodarse a las exigencias de los modelos.

Si hablamos de índices y los pensamos en comparación con otros países de la región, Chile efectivamente no es de los más pobres, tal como tú señalas. Pero eso es algo que solo tiene relevancia al momento de comparar, porque en la cotidianeidad la situación del país es precaria en muchos sentidos. Por otro lado, respecto del significante «dignidad», hay que observar que es un concepto que tanto la derecha como la izquierda saben utilizar muy bien. «Queremos un Chile digno» fue una consigna que recorrió desde la extrema derecha a la izquierda política. Entonces, nuevamente, nos enfrentamos a ese antagonismo de conceptos.

Hace tiempo leía una entrevista que hicieron a David Harvey donde el exponía claramente que nuestra época requiere de una reapropiación de los conceptos. Esto que quiere decir, en palabras sencillas, que como izquierda política, izquierda intelectual, izquierda militante y todas las ramificaciones y modos de sentirse o ser de izquierda, compartimos algo: que hemos perdido terreno importante en el discurso de la época.

 

RG

Slavoj, citando a un guionista de Hollywood, te gusta repetir que necesitamos nuevos clichés. En este sentido, escribir una Constitución significa inventar nuevas convenciones: un ordine nuovo, para decirlo con Gramsci. ¿La asamblea constituyente necesita dotes artísticas para hacer un buen trabajo en Chile? ¿Qué dificultades crees que enfrentará?

 

SZ

En primer lugar, creo que la parte difícil no es tanto tomar el poder. El trabajo duro comienza ahora. Y creo que no se necesitarán tanto habilidades artísticas como políticas. En todo caso, el problema es que habrá que tomar medidas radicales, pero al mismo tiempo probablemente habrá una fuerte contraofensiva: esperemos que no desde el exterior (como fue el caso de Salvador Allende), pero al menos desde el capital nacional.

Ya sabes, el eterno dilema que siempre se nos presenta: ¿deberíamos dar pequeños pasos pragmáticos y luego arriesgarnos a ser tragados por el sistema? ¿O deberíamos tomar medidas más radicales, pero así nos arriesgamos a nuevas crisis económicas, nuevamente orquestadas por el establecimiento? Como sabemos, esto último siempre está listo para desencadenar una nueva crisis económica, porque la idea de que cada dos décadas haya un gobierno de izquierda un poco más radical se adapta perfectamente a sus necesidades, si el resultado es una crisis económica. Para que puedan decir: «¡Mira, ahora necesitas una cura!».

Por lo tanto, por supuesto que necesitarán muchas habilidades, pero no es imposible que tengan éxito. En ese sentido, mi modelo es Bolivia: pienso en Evo Morales, que estuvo en el poder durante diez años, y su equipo, en particular el Ministro de Economía, que ahora es el nuevo presidente, Lucho Arce. Allí hicieron un gran trabajo, introduciendo cambios que no alteran los estándares de la gente común, socializando algo, pero sin arruinar la economía.

Son riesgos que no solo corre Chile. Lo que les digo a mis amigos de allá es que es muy fácil vivir este momento de entusiasmo: pasó en España, por ejemplo, o en Grecia, siempre de la misma manera. Consigues movilizar a cientos de miles de personas, creando esta entusiasta unión de propósitos. ¿Quién no está de acuerdo con significantes maestros como «dignidad», «libertad», «justicia», etc.?

Los problemas surgen cuando hay que cumplir con las expectativas. Y creo que esta es la parte crucial: no necesitamos otra vez a esta izquierda pseudo radical y soñadora, siempre generosa con los grandes proyectos. La izquierda hoy debe aprender a responder a las expectativas. Cuando se acaba el éxtasis, cuando la vida vuelve a la normalidad, la gente común debe sentir el cambio, notar en la vida cotidiana que las cosas están mejorando. Este es un problema universal. No es que sea pesimista: solo creo que los que están en el poder ahora en Chile no deben enamorarse de sí mismos y repetirse «ahora somos la gran potencia progresista». Recordemos, el verdadero trabajo comienza ahora.

 

RG

Nicol, en tu libro Construcción de una nueva normalidad insististe en la desigualdad en el acceso a la información durante el COVID-19. En este sentido, podría decirse que el trauma de la pandemia también radica en que hay muchas pandemias: para unos el Grand Hotel Abismo, desde donde observar el espectáculo del apocalipsis, para otros una drástica restricción de su Umwelt. Tal como parece sugerir una película como Don’t Look Up, ¿la humanidad se enfrenta a un cisma cognitivo?

 

NB

De nuevo, el titulo de mi libro parece muy optimista, ya sabes, Construir Una Nueva Normalidad. Es obviamente algo imposible de ejecutar, porque en la actualidad no somos capaces de observar o capturar aunque sea mínimamente lo que sea que significa la palabra «normalidad». Desde una perspectiva foucaultiana, podemos decir que los criterios de normalidad y anormalidad son elementos que sostienen la telaraña ideológica en la que estamos inmersos. En principio, como habrás visto, es una compilación de breves comentarios sobre lo que ocurría, son textos que publiqué en diferentes medios, como una forma de sacar un poco de lo que me mantenía confundida.

El título lo elegí de manera provocativa y hacia ese debate sobre el supuesto paso de lo viejo a lo nuevo. Innegablemente, eso se sintió durante las primeras olas del COVID-19, la figura del retorno (de un retorno a qué, no lo sé). El fenómeno pandémico hizo que la mirada romántica e idealista del pasado emergiera. Pero esa mirada en retrospectiva, que gatilló incluso en manifestaciones contra las medidas sanitarias (porque los individuos querían nuevamente sentirse «libres») era solo eso. En la práctica la pandemia solo acrecentó las crisis económica, política, social, sanitaria y todas las crisis que se viven transhistóricamente en todas las esferas de la vida. Si hay algo que persiste en la historia de la humanidad es el caos, la crisis y el pasar al acto a través de un sentimiento de desesperanza.

Durante la pandemia, lo que yo proponía era poner el acento no solo a las barreras que existen en el acceso a la información, sino en que es la economía de los pocos lo que moviliza el cambio, sin importar a quiénes se deje en el camino sin esperanza ni opciones. En mi país, miles de personas de todas las edades viven sin servicios básicos, sin agua, sin baños, sin vivienda, sin luz… la internet para muchos simplemente no es accesible, porque hay muchas localidades rurales que por la ineficiencia sistemática de los gobiernos persisten en condiciones primitivas y deshumanizadas.

Lo que me interesa de todo esto (y también de la película) es observar el modo en que avanzan las sociedades, sin poner atención en las crisis de salud mental. Soy estudiante de psicología y mi principal interés es el terreno de las enfermedades mentales. Nuestra sociedad está enferma, es una sociedad que sufre y se enferma porque precisamente no se les permite sufrir; todo invita a los individuos a ser felices, disfrutar y gozar. La invisibilización o postura negacionista sobre la existencia de las crisis de pánico, sentimiento de desesperanza, la melancolía, la angustia, etc., trae consigo otros problemas.

En Don’t Look Up se veía esto: una científica gritando, a quien fue fácil de catalogar de histérica. Pero su angustia era absolutamente valida, así como es valido el dolor, la preocupación, el estrés, el cansancio en la vida cotidiana. Otro punto que me llamó la atención de la película, fue el resultado en lo inmediato: el meme. No importaba tanto el evento en sí, lo que interesaba era el absurdo del mantenerse en la competencia de los likes, el ganar. La risa, la burla, el chiste. Una y otra vez, se mantiene una visión y actitud vulneradora o violenta contra toda muestra de debilidad.

 

RG

Slavoj, si he visto bien, A Struggle of Universalities nació como un contrapunto global a tu Manifiesto Europeo publicado en Le Monde en mayo de 2021. Lejos de contradecirte, quizás el hecho de que filósofos de todo el mundo reflexionen sobre el tema del universalismo muestra que el pensamiento poscolonial, para ser verdaderamente tal, no puede dejar de interrogarse sobre la parte más vital del legado europeo. ¿Es así?

 

SZ

Sí. Irónicamente, mi Manifiesto Europeo ha suscitado —sobre todo en América Latina, pero también en algunos países asiáticos— muchas críticas: me han acusado de ser eurocéntrico, de mantener actitudes coloniales hacia los países no europeos. Pero cuando llegaron estas críticas desde España, mi primera respuesta irónica fue: «perdón, ¡pero mira quién habla!» Me estás atacando en español, pero el español no es un idioma indígena, también es un idioma de colonización. Lo segundo que hubiera respondido si hubiera tenido tiempo es esto: ¿por qué el idioma indígena, por ejemplo el guaraní en Paraguay, no es también un idioma literario en el que se imprimen libros? Otro dato irónico: los jesuitas estuvieron en el poder en Paraguay durante un par de décadas, más o menos, creo que a principios del siglo XVII, y promovieron el guaraní como idioma de cultura. ¡Es una paradoja maravillosa que el poder colonizador europeo haya obligado a valorizar el idioma aborigen de esta manera!

Muchos pequeños detalles como este nos muestran que Europa, aunque no deba ser elevada a ídolo universal, con su universalismo, con sus derechos humanos, con el feminismo, etc., puede estimular procesos en otros países. Esto no quiere decir que estos últimos deban limitarse a copiar a Europa, ni mucho menos.

El gran ejemplo para mí es siempre la revolución haitiana. Cuando los revolucionarios negros de Haití se hicieron cargo de las consignas de la Revolución Francesa —y lo lograron: Haití se convirtió en una República Negra independiente pocos años después de 1800— no se apropiaron simplemente de las nociones universales europeas, sino que las desplazaron. Han dado un nuevo matiz, un nuevo color a la universalidad europea.

Nunca debemos olvidar esto: ser anti eurocéntrico está de moda hoy en día. Casi todo el mundo critica el eurocentrismo: los chinos, los rusos… Trump también era fuertemente anti eurocéntrico. Especialmente hoy, debemos tener cuidado de salvaguardar el núcleo emancipador del legado europeo. De hecho, ahora diré algo que, me doy cuenta, puede parecer muy problemático, pero aún así quiero subrayarlo: aquellos que quieren la tradición indígena local generalmente no son percibidos como una amenaza. A veces, si acaso, incluso son apoyados, porque el poder colonial o neocolonial no quiere la unificación de las culturas, sino mantener las diferencias culturales.

Por supuesto que sé muy bien, por ejemplo, que los derechos humanos siempre han estado profundamente imbuidos de valores europeos como el individualismo, etc. Pero recuerdo que cuando yo era joven, el Congreso Nacional Africano de Mandela se pronunciaba por la universalidad, los derechos humanos y demás, mientras que eran los grupos subordinados al apartheid los que querían una política de identidad para los negros: «no, no hay que mezclar con los blancos, necesitamos nuestra propia tradición…», etc. Mi conclusión es que estas políticas de identidad racial, aunque parezcan anticoloniales, se adaptan perfectamente al orden global.

Pienso que la gran tarea de quienes hoy están cultural y económicamente colonizados es apropiarse de esta tradición emancipatoria europea pero, al mismo tiempo —permíteme usar este término— dislocarlo, insertarlo en un nuevo contexto. Desafortunadamente, el lenguaje europeo es el único lenguaje universal que tenemos: en lugar de deshacerse de él, hay que, a lo sumo, torcerlo hacia nuevos matices. Esto es, por ejemplo, lo que está pasando en Estados Unidos con Black Lives Matter. Son ellos la verdadera universalidad: la universalidad de las libertades humanas debe ser redefinida, ella misma debe ser descolonizada. Y no olvidemos que, visto más de cerca, la mayoría de los críticos del eurocentrismo todavía hablan un idioma europeo: lo hermoso de Europa es que es precisamente su tradición ilustrada la que nos ofrece el lenguaje adecuado para criticarla.

 

RG

Nicol, en tu libro dices también que la pandemia, al obligarnos a estar en casa y distanciarnos unos de otros, nos anima a hacernos todos un poco filósofos. En este sentido, estamos en la condición del Barón rampante de Italo Calvino, un intelectual ilustrado que nunca quiso bajar de los árboles a los que se había encaramado. Hay un aspecto secesionista en el ejercicio de la razón, lo que Cesare Cases llamó el «pathos de la distancia». Cuando la pandemia termine (si termina), ¿tendremos que esforzarnos por mantener este espacio abierto?

 

NB

Es una linda mirada, sin duda. Para aclarar, primero me refiero a la filosofía en un sentido general, creo que la filosofía es el preguntarse. La filosofía no entrega respuestas ni claves de existencia, te invita a preguntarte. Segundo, es necesario reconocer y mirar el sesgo que aparece. Inminentemente, las clases privilegiadas —incluso los intelectuales— encontraron en la pandemia un espacio para alejarse del mundo y, mediante las nuevas libertades (ya sea de tiempo o estar cómodamente en casa encerrado), tuvieron tiempo nuevo para pensar, leer, escribir muchos libros y artículos; producir nuevas ideas.  

Siendo honesta, he cambiado mi perspectiva, ahora comparto la visión de Slavoj: al inicio de la pandemia dijo que lo que ha hecho el COVID-19 es eliminar cualquier sentimiento de desconexión, incluso el trabajo se mudó a casa, comenzamos a vivir una hiperconexión. Lo que me preocupa aquí son todos los casos donde no existió una opción de aislamiento, de autocuidado. No solo me refiero a los trabajadores de la salud que fueron la primera línea de la pandemia, atendiendo a los contagiados de COVID-19, sino a los trabajadores comunes, los vendedores ambulantes, las personas sencillas que simplemente viven del día a día y, entonces, no pueden darse el lujo de descansar.

 

RG

Slavoj, tanto la política de identidad como las tendencias nacionalistas parecen tener como objetivo común la polémica con el universalismo. Sin embargo, por mucho que intentemos prescindir de él, a través de la pandemia, la naturaleza parece habernos demostrado que el universalismo no prescindirá de nosotros. Por muy cínico que parezca admitirlo, ¿hay una mayéutica del virus?

 

SZ

Sí. Y creo que la pandemia ha resucitado algunos objetivos o programas políticos básicos que solo pueden designarse como comunistas. Está claro que necesitamos algún tipo de socialización de la economía, en este caso particularmente de la salud, pero también veamos qué nos depara el problema del calentamiento global. Se trata, sea como sea, de una nueva forma de comunismo: la idea de que las tareas que nos esperan no pueden llevarse a cabo en el marco de la economía de mercado global actual. Pero al mismo tiempo —esto es lo que siempre repito—, el capitalismo se ha reapropiado muy rápidamente de la pandemia, explotando las reacciones al COVID para su propia reproducción.

En este punto estoy de acuerdo con quienes, como mi amigo Yanis Varoufakis, argumentan que, en el último año, el capitalismo está cambiando radicalmente. Ya no es el viejo neoliberalismo que muchos en la izquierda todavía atacan. Algo pasó con la pandemia que otro de mis amigos, un hombre que estoy muy orgulloso de conocer, Álvaro García Linera, el vicepresidente de Morales, lo explicó muy bien: le ha dado al Estado un papel extraordinariamente fuerte.

¿Recuerdas, hace más de un año, nuestra primera reacción a la pandemia? La economía se estaba derrumbando. En la vida cotidiana, la gente entró en pánico. Lamentablemente, la cooperación internacional había ido en crisis. Así que esperábamos que el Estado nos ayudara. El Estado debería haber organizado la atención de la salud, el Estado debería haberse ocupado de los desempleados, el Estado debería haber provisto a los que no tenían recursos económicos, etc. Aquí no debemos simplemente despreciar este Estado. El punto de Linera es que es un organismo poderoso que también deberíamos usar nosotros, la gente de izquierda, cuando lleguemos al poder. Porque en tiempos de crisis, cuando la sociedad entra en pánico, cuando la cooperación internacional también se está derrumbando, la respuesta que da el Estado es importante. No debemos dejar este instrumento en manos de nuestros enemigos.

 

RG

Nicol, en 2022 también verá la luz tu libro Karl Marx y Antonio Gramsci en el siglo XXI. ¿Qué papel puede jugar todavía el concepto de hegemonía en nuestra práctica política futura?

 

NB

Sí, este año saldrán dos libros de mi autoría. Y además, otros dos nuevos libros que coeditamos con Slavoj, así que será un año de mucho trabajo. Respecto de tu pregunta, para mí la lucha conceptual es importante, pero no considero que un solo concepto pueda agenciar los engranajes de la historia hacia otro tipo de movimiento. La hegemonía la entiendo como una coyuntura de procesos, niveles, estructuras y superestructuras. La hegemonía no solo interpela el nivel económico de las sociedades: también corrompe los márgenes políticos, sociales, espirituales y un amplio etcétera. Es como el concepto ideología. ¿Qué es la ideología? No hay respuesta consensuada. La ideología y la hegemonía pueden significar cualquier cosa. Lo fundamental, para mi, de nuestros tiempos y procesos políticos, es la construcción y reconstrucción desde abajo, desde las capas populares. La politización de las decisiones y de los movimientos de la historia. Creo que lo interesante de repensar la cuestión de la hegemonía en nuestro tiempo guarda relación con los afectos… no solo con el mundo material, es el mundo afectivo lo que puede traer una redirección divergente

 

RG

Slavoj, al contrario de lo que se pueda pensar, los que menos están sufriendo la pandemia son quizás los hipocondríacos. Poco o nada ha cambiado para ellos: antes tenían miedo de enfermarse, ahora tienen miedo de enfermarse, con la diferencia de que están más acostumbrados que los demás y ahora también pueden decir que tenían razón y el mundo (o el Gran Otro) estaba equivocado. Podría decirse que su actitud sea inspirada en lo que Dupuy ha llamado un «catastrofismo ilustrado». Quizás te estás poniendo en una posición similar cuando argumentas que la pandemia es una prueba general para el fin del capitalismo. ¿Deberíamos ser todos un poco más hipocondríacos?

 

SZ

Esa es una buena pregunta y no solo apoyo la paradoja, sino que también estoy dispuesto a dar un paso más. Porque, de todos lados, lo que se repite es: hay que dejar atrás la apatía, encontrar la manera de ser más activos y optimistas, hacer las cosas, no comportarnos como si estuviéramos en una especie de apocalipsis final… Sin embargo, ni siquiera le tengo miedo a la apatía. Creo que la apatía no es necesariamente algo malo. Es horrible lo que voy a decir, pero he aprendido a disfrutar de la apatía: no saber qué hacer, estar confundido… Y sí, por supuesto que estoy de acuerdo con tu formulación: el Gran Otro se equivocó.

A diferencia de los antivacunas, no creo que la pregunta sea si el establishment intenta usar la pandemia para fortalecer el control social y en qué medida. Por supuesto, también está este aspecto, pero la gran lección de esta situación es que incluso la ciencia, a la que también respeto mucho, no tiene las respuestas definitivas. Como dijo Jürgen Habermas hace ya un año, y en eso estoy de acuerdo con él, no solo estamos aprendiendo cosas nuevas sobre el virus, sino que también estamos aprendiendo cuánto aún no sabemos. Ahora, con la variante Ómicron, estamos en total incertidumbre. Por un lado, los casos están explotando. Por otro lado, parecen ser menos severos. Entonces, ¿tal vez el COVID-19 se está convirtiendo lentamente en una enfermedad con la que será posible vivir?

Sí, también puedes llamarla hipocondría, si quieres, pero esta es la gran lección de estos meses: tendremos que aprender a vivir con incertidumbres básicas, porque eso es lo que nos espera, no solo por la pandemia en curso y otras que nos puedan esperar, pero también por el calentamiento global. Tendremos que estar preparados para muchas cosas, como millones y millones de refugiados, hambrunas, etc. Y no digo esto para despertar pesimismo, sino porque simplemente no podemos confiar en el futuro. Tenemos que prepararnos para grandes cambios. En este sentido, solo la desconfianza en el futuro, solo la conciencia de que no tenemos un mapa cognitivo claro de lo que va a pasar, puede ayudarnos realmente. No para desistir y abdicar de una vez por todas a la acción, sino para ponerse a trabajar con la conciencia de todos los posibles riesgos, de todas las incertidumbres que podríamos enfrentar.

 

RG

Nicol, en el debate político actual hay una tendencia a tildar de «ideológica» cualquier posición que no profese la aceptación cínica de la etiqueta neoliberal. Otro de tus trabajos, que se estrenará en España, es un libro que quiere afrontar el debate sobre el transhumanismo, centrándose en la importancia del concepto de ideología. ¿Qué es para ti la ideología? ¿Y cómo se relaciona con la definición de lo humano?

 

NB

Intentar definir la ideología suele implicar ingresar en un terreno pantanoso. Para el marco de este  libro, en el cual produzco un debate entre los conceptos de «humanidad» e «ideología», tomé algunos grandes pilares en mi proceso de investigación:  Mapping Ideology o The sublime Object of ideology, de Zizek, sin duda fueron mis ejes centrales al momento de intentar abordar el concepto ideología y extrapolarlos a nuestros tiempos. Este libro cuenta de hecho, con un prólogo de Slavoj y un epílogo del marxista latinoamericano David Pavón-Cuéllar. Lo que propongo es pensar nuestro tiempo como una devenir inhumanidad: ¿Es posible pensar en el concepto de «humanidad» en tiempos marcados por la inhumanidad y una clara amenaza hacia lo humano? ¿Qué es lo que significa ser «humano» en nuestra época?

Con la llegada del Metaverso de Zuckerberg tenemos una respuesta al valor que lo humano tiene en nuestro tiempo histórico. Pero, sobre todo, lo que me preocupa es el ataque a lo humano en un sentido general. Antes por ejemplo, los enemigos del sistema y de la acumulación del capital eran los sentimientos de melancolía, tristeza… sentimientos de ese tipo representaban una amenaza para el sistema, porque los individuos depresivos no producen lo esperado por el capitalismo. Se comenzó a vender el ideal de felicidad, de goce ilimitado. 

Ahora simplemente se pretende ir no solo contra el mundo afectivo, sino por sobre todo con el cuerpo, contra el cuerpo. El cuerpo, con la pandemia, demostró su debilidad, su fragilidad: el cuerpo se enferma y no produce, paraliza los grandes engranajes globales. Frente a eso, los magnates lanzaron proyectos contra el cuerpo. El deseo de querer eliminar algunas de las miserias y grandes dilemas de la humanidad, como el amor, el sexo… aunque suene descabellado, me parece preocupante.

 

RG

Slavoj, dado que cuanto más consumimos los recursos del planeta en el que vivimos, más le permitimos consumir nuestras posibilidades de vida en él, nos encontramos en la posición aparentemente insostenible de quien hace un trabajo y al mismo tiempo es el producto final, listo para el consumo, de ese mismo trabajo. Pensándolo bien, un camino análogo es el que tomó Cristo desde la cuna hasta la hostia consagrada. Parafraseando sus propias palabras, sabemos lo que hacemos, pero lo hacemos. ¿Existe una vocación suicida en el capitalismo?

 

SZ

Sí, pero espera un minuto. En este caso no debemos aventurarnos en formas baratas de pseudo psicoanálisis y hablar de pulsión de muerte o alguna otra forma de tendencia suicida. No: el capitalismo no es un agente secreto, no es un sujeto con voluntad. Es un mecanismo ciego. Siempre debemos recordar esto. No debemos confundir al enemigo, el principal peligro de nuestros días —el capitalismo— con un agente consciente: es un mecanismo. Y sin embargo, al mismo tiempo, sí, abandonado a sí mismo, este mecanismo, como vemos claramente con el calentamiento global y algunos fenómenos sociales, tiene efectos destructivos.

Hoy asistimos al desmantelamiento paulatino de los pactos sociales básicos. Los países se están convirtiendo en campos de batalla entre identidades casi tribales. Así que deberíamos dejar de decir, como lo hicieron los marxistas de antaño, que la historia avanza hacia el progreso. No, dejada a sí misma, abandonada a su propio mecanismo, la historia se encamina hacia un suicidio colectivo de la humanidad. Y ya no podemos decir que hay agentes revolucionarios que revertirán esta situación (aunque haya quienes los busquen desesperadamente, como algunos izquierdistas radicales en Europa, que piensan que los proletarios inmigrantes nómadas serán el nuevo sujeto revolucionario). No, todos estamos atrapados en la misma situación desesperada y no creo que haya un agente privilegiado de emancipación. Las cosas son mucho más trágicas que eso: tendremos que actuar, pero no hay una tendencia histórica objetiva en la que podamos confiar. Somos nosotros quienes debemos decidir.

¿Recuerdas el viejo lema de Gandhi, «sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo»? (de paso, hice mi investigación: Gandhi nunca dijo esta frase, pero está bien, es un lindo dicho que se le atribuye…). Bueno, creo que este dicho adquiere hoy una relevancia renovada. Si cada uno de nosotros ve la necesidad de un cambio —y lo vemos bien—, entonces debemos comportarnos como si todo dependiera de nosotros. No podemos pensar que alguna derrota social objetiva conducirá al colapso del statu quo actual, como hicieron los viejos estalinistas. Tenemos que confiar solo en nosotros mismos.

Y sin embargo, una vez más, creo que hay esperanza. Tal vez —bueno, ahora diré algo muy triste— es solo que aún no estamos lo suficientemente sacudidos. El año pasado tuvimos catástrofes climáticas horribles, como las temperaturas extraordinariamente altas en la zona norte. Quizás necesitamos problemas ecológicos aún más serios para finalmente darnos cuenta de que no se trata solo de perturbaciones momentáneas, de pausas después de las cuales volveremos a la normalidad. No, nuestra normalidad, la normalidad en el sentido de la forma de vida a la que estábamos acostumbrados hasta hace, digamos, cinco años, es algo que hemos perdido para siempre. Cuando lo aceptamos, entraremos en una situación desesperada. Pero al mismo tiempo, ya sabes: con la desesperación también viene la libertad. La libertad de hacer lo que sabemos que hay que hacer, sabiendo que no podemos contar con la ayuda de nadie.

Este artículo fue publicado originalmente en Il Tascabile, de Italia.

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