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Una agrupación por la liberación gay de Northwestern University asiste a una marcha en Washington DC contra la guerra de Vietnam. (Foto: Wikimedia Comons)

Capitalismo e identidad gay

Dos aspectos del capitalismo –el trabajo asalariado y la producción de mercancías– crearon las condiciones sociales que hicieron posible la emergencia de una identidad gay y lésbica distintiva.

Este texto fue traducido de J. D’Emilio, Making Trouble. Essays on Gay History, Politics, and the University, Nueva York y Londres, Routledge, 1992, pp. 3-16. Los tres párrafos iniciales en cursiva fueron agregados a la reedición de 1992. (Nota del traductor, Pablo Ben). Publicado originalmente en Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico, N°2, 2006

 

Este ensayo es una versión revisada de una charla ante varias audiencias gays durante 1979 y 1980. Yo estaba buscando un marco histórico general en el cual ubicar la historia del movimiento antes de Stonewall. Quería saber por qué el movimiento emergió recién en 1950, cuando muchos de los elementos de la opresión de gays y lesbianas se remontaban mucho más atrás en el tiempo. Michel Foucault, en La Historia de la Sexualidad, y Jeffrey Weeks, en Coming Out, argumentaron que «el homosexual» era una creación del siglo diecinueve, pero sin especificar convincentemente por qué o cómo se llegó a constituir. Yo quería poder aplicar la teoría constructivista, que planteaba a la identidad gay como históricamente específica más que como universal, en procesos sociales concretos. Usando el análisis marxista del capitalismo, argumenté que dos aspectos del capitalismo –el trabajo asalariado y la producción de mercancías– crearon las condiciones sociales que hicieron posible la emergencia de una identidad gay y lésbica distintiva. No estaba tratando de sostener que el capitalismo causa la homosexualidad, ni que determina la forma que toma el deseo homosexual.

El ensayo tenía una motivación política también. El primer liberacionismo gay había argumentado que la sexualidad era maleable y fluida («perversamente polimorfa») y que la homosexualidad y la heterosexualidad eran ambas categorías socialmente opresivas diseñadas para contener el potencial erótico de los seres humanos. A fines de los años 1970 esta creencia estaba desapareciendo. En su lugar, los activistas gays se inclinaron hacia el concepto de «orientación sexual», una condición fija establecida temprano en la vida, si no al nacimiento. Esta perspectiva fue inmediatamente útil en un medioambiente político que requería «derechos» para «minorías», pero pronto se presentaron algunos problemas, que las conclusiones de este ensayo encaran.

Reimpreso con permiso de Powers of Desire: The Politics of Sexuality, eds. Ann Snitow, Christine Stansell, and Sharon Thompson, New York, Monthly Review Press, 1983, pp. 100-113.

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Para los hombres gays y las lesbianas, los años 1970 fueron un momento de alcances significativos. La liberación gay y femenina cambió el paisaje sexual de la nación. Cientos de miles de varones y mujeres gays hicieron el come out y abiertamente afirmaron el erotismo entre personas del mismo sexo. Ganamos la despenalización de la sodomía en la mitad de los estados, una eliminación parcial de la exclusión de lesbianas y hombres gays por parte del empleo federal, derechos civiles en decenas de ciudades, la inclusión de los derechos gays en la plataforma del Partido Demócrata y la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales de la profesión psiquiátrica. La subcultura gay masculina se expandió y devino crecientemente visible en las grandes ciudades y las lesbianas feministas fueron pioneras en la construcción de instituciones alternativas y en la construcción de una cultura alternativa que intentó encarnar una visión liberadora del futuro.

En los años 1980, sin embargo, con el resurgimiento de un ala derecha activa, los varones gays y las lesbianas se encontraron con un futuro incierto. Nuestras victorias parecieron tenues y frágiles; la libertad relativa de los últimos años es demasiado reciente para ser permanente. En algunas partes de la comunidad lésbico-gay, un sentimiento de fatalidad está creciendo; algunas analogías con la época los Estados Unidos de McCarthy, cuando los «perversos sexuales» fueron un blanco especial de la derecha, y con la Alemania Nazi, en la cual los gays fueron enviados a campos de concentración, está apareciendo en la superficie con demasiada frecuencia. En todos lados hay una sensación de la necesidad de nuevas estrategias para preservar lo que hemos ganado y movernos hacia delante.

Yo creo que una teoría nueva y más precisa de la historia gay tiene que ser parte de esta empresa política. Cuando el «movimiento de liberación gay» comenzó a finales de los años 1960, los varones gays y las lesbianas no teníamos una historia que pudiéramos usar para estructurar nuestros objetivos y estrategias. En los años sucesivos, el movimiento se construyó sin conocimiento de nuestra historia, cuya ausencia reemplazamos por una mitología inventada. Esta historia mítica se fundó en la experiencia personal, que proyectamos hacia atrás en el tiempo. Por ejemplo, muchas lesbianas y varones gays en los años 1960 primero descubrieron su deseo sexual aisladamente, sin tener conciencia de otros/as y sin los recursos para nombrar y entender lo que sentían. De esta experiencia construimos un mito de silencio, invisibilidad y aislamiento como las características esenciales de la vida gay en el pasado tanto como en el presente. Más aún, dado que encaramos tantas leyes, políticas públicas y creencias culturales de carácter opresivo, nosotros/as proyectamos esto en una imagen del pasado abismal: hasta la aparición de la liberación gay-lésbica siempre fuimos víctimas de una sistemática, indiferenciada y terrible opresión.

Estos mitos han limitado nuestra perspectiva política. Ellos han contribuido, por ejemplo, a generar un exceso de confianza en la estrategia del coming out –que supone que si cada varón gay y lesbiana en Estados Unidos hiciera el coming out, la opresión gay desaparecería– y nos ha permitido ignorar los modos institucionalizados en los cuales la homofobia y el heterosexismo se reproducen. A veces estos mitos han alentado una desesperanza, especialmente en momentos como el presente: cómo podemos nosotros desanudar una opresión gay que ha perdurado tanto en el tiempo sin cambiar.

Hay otro mito histórico que goza de una aceptación casi universal en el movimiento gay, el mito del «homosexual eterno». El argumento es el siguiente: los varones gays y las lesbianas siempre existieron y siempre existirán. Estamos en todos lados; no solo ahora, sino a lo largo de la historia, en todas las sociedades y en todos los períodos. Este mito tuvo una función política positiva en los primeros años de la liberación gay. Al principio de los 1970, cuando combatimos una ideología que oscilaba entre negar nuestra existencia o definirnos como individuos psicópatas o freaks [1] de la naturaleza, era empoderador [2] afirmar que «nosotros/as estamos en todos lados». Pero en los últimos años, la idea de que estamos en todos lados nos ha confinado tan seguramente como las más homofóbicas teorías médicas y ha cercado a nuestro movimiento sin dejarnos avanzar.

Aquí desearía desafiar este mito. Yo quiero argumentar que los varones gays y las lesbianas no siempre han existido. En cambio, ellos/as son un producto de la historia y han llegado a existir en un período histórico específico. Su emergencia está asociada al surgimiento de las relaciones capitalistas; ha sido el desarrollo histórico del capitalismo –más específicamente, su sistema de trabajo libre– lo que ha permitido que un gran número de hombres y mujeres a fines del siglo veinte se denominen gays, que se vean a sí mismos como parte de una comunidad de varones y mujeres similares, y que se organicen políticamente sobre la base de esa identidad [3]. Finalmente, quiero sugerir algunas lecciones políticas que podemos concluir de esta visión de la historia.

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¿Cuáles son, entonces, las relaciones entre el sistema de trabajo libre del capitalismo y la homosexualidad? Primero, déjenme repasar algunos elementos del capitalismo. Bajo el capitalismo los trabajadores son «libres» en dos sentidos. Tenemos la libertad de buscar un trabajo. Nosotros/as solo poseemos nuestra capacidad para trabajar y tenemos la libertad de vender nuestra fuerza de trabajo por un salario a cualquiera que esté dispuesto a comprarla. Estamos también liberados de la propiedad de nada, excepto de nuestra fuerza de trabajo. Muchos de nosotros no poseemos tierras o instrumentos que produzcan lo que necesitamos, sino que por lo contrario, tenemos que trabajar para poder sobrevivir. De este modo, si somos libres de vender nuestra fuerza de trabajo en el sentido positivo, también estamos liberados, en el sentido negativo, de cualquier otra alternativa. Esta dialéctica –la constante interrelación entre explotación y cierto nivel de autonomía– da forma a toda la historia de aquellos que han vivido bajo el capitalismo.

En tanto el capital –dinero usado para hacer más dinero– se expande, crece también el sistema de trabajo libre. El capital se expande en varios sentidos. Generalmente se expande en el mismo lugar, transformando todas las pequeñas empresas en otras más grandes, pero también se expande tomando nuevas áreas de producción: la actividad de tejer ropas, por ejemplo, o la cocción del pan. Finalmente, el capital se expande geográficamente. En los Estados Unidos, el capitalismo inicialmente tenía una raíz en el Noroeste, en un período en el que la esclavitud era el sistema dominante en Sur y cuando las sociedades nativas no capitalistas ocupaban la mitad oeste del territorio. Durante el siglo diecinueve, el capital se extendió desde el Atlántico al Pacífico, y en el siglo veinte el capital estadounidense ha penetrado casi todas las partes del mundo.

La expansión del capital y la extensión del trabajo asalariado han operado una profunda transformación de la estructura y las funciones de la familia nuclear, la ideología de la vida familiar, y el significado de las relaciones heterosexuales. Son estos cambios en la familia los que están más directamente ligados al surgimiento de una vida gay colectiva.

Los/as colonizadores/as blancos/as en el siglo diecisiete en Nueva Inglaterra establecieron pueblos estructurados en torno a una economía doméstica, compuestos por unidades familiares que eran básicamente autosuficientes, independientes, y patriarcales. Los hombres, mujeres y niños trabajaban la tierra que era propiedad del jefe masculino del hogar. Aunque había una división del trabajo entre varones y mujeres, la familia era verdaderamente una unidad interdependiente de producción: la supervivencia de cada miembro dependía de la cooperación de todos. El hogar era el lugar de trabajo donde las mujeres procesaban los productos primarios de la granja y los convertían en alimentos para el consumo diario, donde ellas hacían la ropa, el jabón, las velas, y donde los esposos, esposas y niños trabajaban juntos para producir los bienes que consumían.

Hacia el siglo diecinueve, este sistema de producción doméstica estaba en declive. En el noroeste, cuando los comerciantes capitalistas invirtieron el dinero acumulado en el comercio en la producción de bienes, el trabajo asalariado se volvió más común. Los varones y las mujeres fueron removidos de la economía doméstica, que era fundamentalmente autosuficiente en la era colonial, y transferidos al sistema de trabajo libre del capitalismo. Para las mujeres, en el siglo diecinueve, el trabajo asalariado raramente continuaba más allá del matrimonio; para los varones, devino una condición permanente.

Así, la familia no fue ya una unidad independiente de producción. Sin embargo, aunque no era independiente, la familia era todavía interdependiente. Dado que el capitalismo no se había extendido tanto, dado que no había tomado –o socializado– la producción de bienes de consumo, las mujeres todavía practicaban el trabajo productivo necesario en el hogar. Muchas familias ya no producían grano, pero las esposas tenían que convertir en pan la harina que compraban con el salario de sus maridos; o cuando compraban hilo y telas, ellas todavía debían hacer la ropa para sus familias. Hacia mediados del siglo diecinueve, el capitalismo había destruido la autosuficiencia económica de muchas familias, pero no la dependencia mutua de sus miembros.

La transición de la economía doméstica basada en la familia hacia una economía capitalista de trabajo libre completamente desarrollada ocurrió muy lentamente, en un período de casi dos siglos. En un momento tan tardío como los años 1920, cincuenta por ciento de la población estadounidense vivía en comunidades de menos de 2.500 personas. La vasta mayoría de los/as negros/as a principios del siglo veinte vivía fuera de la economía de trabajo libre, en un sistema de medieros (sharecropping) y arrendamiento (tenancy) que dependía de la familia. No solo puede decirse que las granjas independientes existían como un modo de vida para millones de estadounidenses, sino que incluso en los pueblos y pequeñas ciudades las mujeres continuaban cultivando y procesando alimentos, haciendo ropa, y se veían involucradas en otros tipos de producción doméstica.

Sin embargo, para aquellas personas que sintieron estos cambios de manera más aguda, la familia cobró un nuevo significado como unidad afectiva, se convirtió en una institución que no proveía bienes, sino satisfacción emocional y felicidad. Hacia los años 1920, entre la gente blanca de clase media, la ideología en torno a la familia la describía como el medio a través del cual varones y mujeres formaron relaciones mutuamente satisfactorias y crearon un medio ambiente en el que se criaron los/as niños/as. La familia devino el marco en el cual se desarrolló una «vida personal», agudamente distinguida y desconectada del mundo público del trabajo y la producción [4].

El significado de las relaciones heterosexuales también cambió. En Nueva Inglaterra, durante el período colonial, la tasa de nacimiento promediaba más de siete niños/as por mujer en edad de procrear. Los varones y las mujeres necesitaban del trabajo de los/as niños/as. Producir hijos/as era necesario para la supervivencia tanto como producir grano. El sexo estaba encadenado a la procreación. Los puritanos no celebraban la heterosexualidad sino más bien el matrimonio, ellos condenaban toda expresión sexual fuera del lazo matrimonial y no diferenciaban fuertemente entre sodomía y fornicación heterosexual.

Hacia los años 1970, sin embargo, la tasa de nacimiento había caído debajo de dos. Con la excepción del baby-boom posterior a la Segunda Guerra Mundial, el declive ha sido continuo por dos siglos, de manera paralela a la extensión de las relaciones capitalistas de producción. Ha ocurrido incluso cuando el acceso a los dispositivos contraceptivos y el aborto fueron sistemáticamente cortados. El declive ha incluido un segmento significativo de la población –las familias rurales y urbanas, blancos y negros, grupos étnicos y WASPs,[5] la clase media y la clase obrera.

Cuando el trabajo asalariado y la producción llegaron a socializarse, entonces, fue posible desligar la sexualidad del «imperativo» de procrear. Ideológicamente, la expresión heterosexual llegó a ser el medio de establecer la intimidad, promover la felicidad y experimentar el placer. Al despojar al hogar de su independencia económica y fortalecer la separación entre sexualidad y procreación, el capitalismo creó las condiciones que permitían a algunos varones y mujeres organizar una vida personal en torno a su atracción erótico/emocional hacia personas del mismo sexo. El capitalismo ha hecho posible la formación de comunidades urbanas de lesbianas y de varones gays y, más recientemente, la formación de una política basada en la identidad sexual.

La evidencia de los registros de la corte y la iglesia en la Nueva Inglaterra colonial indica que el comportamiento homosexual masculino y femenino existió en el siglo diecisiete. El comportamiento homosexual, sin embargo, es diferente de la identidad homosexual. Simplemente no había un «espacio social» en el sistema de producción colonial que permitiera a los varones y a las mujeres ser gay. La supervivencia se estructuraba en torno a la participación en el núcleo familiar. Ciertamente había actos homosexuales –sodomía entre los varones, ‘obscenidad’ entre mujeres– en los cuales las personas se involucraban, pero la familia era tan dominante que la sociedad colonial carecía incluso de la categoría de homosexual o lesbiana para describir a una persona. Es bastante posible que algunos varones y mujeres experimentaran una atracción fuerte hacia su propio sexo más que hacia el opuesto –de hecho, algunos casos de las cortes coloniales refieren a varones que persistían en sus atracciones «antinaturales»– sin embargo, uno/a no podía transformar esa preferencia en un estilo de vida. El Massachusetts colonial incluso tenía leyes que prohibían a los adultos no casados vivir fuera de unidades familiares [6].

Hacia la segunda mitad del siglo diecinueve, esta situación estaba cambiando notablemente dado que el sistema capitalista de trabajo libre había echado raíz. Solo cuando los individuos comenzaron a subsistir a través del trabajo asalariado, en vez de como partes de una unidad familiar interdependiente, fue posible que el deseo homosexual deviniera una identidad personal –una identidad basada en la capacidad de permanecer fuera de la familia heterosexual y de construir una vida personal basada en la atracción que uno/a tenía hacia el propio sexo. Hacia el fin del siglo, comenzó a existir un grupo de mujeres y varones que reconocían su interés erótico por personas del mismo sexo, que veían a esto como un rasgo que los diferenciaba de la mayoría, y que comenzaron a buscar a otros que fueran como ellos/as. Estas primeras vidas gays provenían de un espectro social muy amplio: empleados/as del estado, ejecutivos/as de negocios, vendedores/as de tiendas, profesores/as de la universidad, operadores/as de fábricas, párrocos, abogados/as, cocineros/as, domésticos/as, vagabundos/as, y ricos/as ociosos/as, varones y mujeres, blancos/as y negros/as, inmigrantes y nativos/as.

En este período, los varones gays y las lesbianas comenzaron a inventar modos de encontrarse uno/a a otro/a y sostener una vida grupal. A principios del siglo veinte ya existían grandes ciudades que albergaban bares para homosexuales varones. Los varones gays sostuvieron áreas de yire, tales como Riverside Drive en Nueva York y Lafayette Park en Washington. En St. Louis y la capital de la nación, las fiestas de gala atrajeron a grandes números de varones negros gays. Las casas públicas de baños y los YMCAs [7] llegaron a convertirse en lugares de reunión para los varones homosexuales. Las lesbianas formaron sociedades literarias y clubes sociales privados. Algunas mujeres de clase obrera «pasaron» como varones para obtener trabajos mejor pagos, y vivieron con otras mujeres –formando parejas lesbianas que aparecían al mundo como marido y mujer. Entre el profesorado de las universidades de mujeres, en los albergues y en las asociaciones profesionales y clubes que las mujeres formaron, uno podría encontrar relaciones íntimas que duraban una vida y que se sostenían en una red de amigas lésbicas. Hacia los años 1920 y 1930, las grandes ciudades como Nueva York y Chicago ya albergaban bares lésbicos. Estos patrones de vida pudieron desarrollarse porque el capitalismo permitió que las personas sobrevivieran más allá de los confines de la familia [8].

Simultáneamente, las definiciones ideológicas del comportamiento homosexual cambiaron. Los doctores desarrollaron teorías acerca de la homosexualidad, describiéndola como condición, como algo que era inherente a una persona, una parte de su propia «naturaleza». Estas teorías no representaban avances científicos, elucidaciones de áreas de conocimiento previamente no descubiertas; por lo contrario, eran una respuesta ideológica a la nueva forma de organizar la vida personal de uno/a. La popularización del modelo médico, en cambio, afectó la conciencia de las mujeres y varones que experimentaron el deseo homosexual, de modo tal que llegaron a definirse a sí mismos a través de su vida erótica [9].

Estas nuevas formas de identidad y patrones de vida de grupo también reflejaban la diferenciación de la gente de acuerdo con el género, la raza y la clase que es dominante en las sociedades capitalistas. Entre la gente blanca, por ejemplo, los varones gays han sido tradicionalmente más visibles que las lesbianas. Esto en parte se concluye de la división entre la esfera pública masculina y la esfera privada femenina. Las calles, los parques, los bares, especialmente a la noche, eran un «espacio masculino». Aún así la mayor visibilidad de los varones blancos también reflejaba su mayor número. Los estudios de Kinsey de los años 1940 y 1950 encontraron significativamente más varones que mujeres con historias predominantemente homosexuales, una situación causada, yo argumentaría, por el hecho de que el capitalismo había captado muchos más varones que mujeres en la fuerza laboral, y a sueldos más altos. Los varones podrían construir una vida personal independiente del lazo hacia el sexo opuesto de manera más fácil, mientras que era más probable que las mujeres no pudieran romper la dependencia económica de los varones. Kinsey también encontró una fuerte correlación positiva entre los años de escolaridad y la actividad lésbica. Las mujeres blancas con educación universitaria, se encontraban en mejor posición para mantenerse a sí mismas que sus hermanas de clase obrera, podían sostenerse más fácilmente sin tener que entrar en relaciones íntimas con varones [10].

Entre la clase obrera inmigrante de principios del siglo veinte, las redes de parentesco estrechamente tejidas y la ética de la solidaridad familiar impusieron restricciones para la autonomía individual que hicieron que la homosexualidad fuera una opción dificultosa de seguir. En contraste, por razones no del todo clara, las comunidades urbanas blancas parecieron relativamente tolerantes de la homosexualidad. La popularidad en los años 1920 y 1930 de canciones con temas lésbico-gays –«B. D. Woman», «Prove It on Me», «Sissy Man», «Fairey Blues»– sugiere una apertura hacia la expresión homosexual en contradicción abierta con la actitud existente entre la gente blanca. Entre los varones en el Oeste rural en los 1940, Kinsey encontró una incidencia extensiva del comportamiento homosexual, pero, en contraste con los hombres de las grandes ciudades, poca conciencia de identidad gay. Así, aún cuando el capitalismo ejerció una influencia homogeneizadora en la transformación gradual de más y más individuos en trabajadores/as asalariados separados de sus comunidades tradicionales, diferentes grupos de personas fueron afectadas de diferente modo [11].

Las decisiones de varones y mujeres particulares de actuar sobre su preferencia erótico-emocional por el mismo sexo, junto con la nueva conciencia de que esa preferencia los/as hacía diferentes, los/as llevó a la formación de una subcultura urbana de varones gays y lesbianas. Aun así, al menos a lo largo de la década de 1930 esta subcultura siguió siendo rudimentaria, inestable, y difícil de encontrar. ¿Cómo, entonces, se desarrolló una comunidad gay compleja y bien desarrollada tal como la existente en el momento en que estalló el movimiento de liberación gay?

La respuesta debe ser buscada en las dislocaciones de la Segunda Guerra Mundial, un momento en el que los cambios acumulativos de varias décadas devinieron algo cualitativamente nuevo.

La guerra irrumpió severamente sobre los patrones de las relaciones de género y sexualidad y temporalmente creó una nueva situación erótica conducente a la expresión homosexual. La guerra deshizo la vida de millones de varones y mujeres jóvenes cuyas identidades sexuales estaban formando. Los sacó de sus hogares, fuera de sus pueblos y pequeñas ciudades, fuera del ambiente heterosexual de la familia, y los situó en situaciones donde los sexos estaban mutuamente segregados –tal como GIs, WACs, WAVEs,[12] en edificios con habitaciones compartidas entre personas del mismo sexo para las mujeres trabajadoras que eran relocalizadas para darles nuevo empleo. La guerra liberó a millones de hombres y mujeres de las estructuras en las cuales la homosexualidad era normalmente impuesta. Para los varones y  mujeres que ya eran gay, proveyó una oportunidad para encontrar pares. Para otros se dio la posibilidad de convertirse en gay como resultado de una apertura temporal en la libertad para explorar la sexualidad que se dio en aquel momento [13].

Los varones y las mujeres gay de la década de 1940 fueron pioneros. Sus decisiones de actuar sobre sus deseos formaron los inicios de una subcultura gay-lésbica urbana. A lo largo de los años 1950 y 1960 la subcultura gay creció y se estabilizó, de manera que la gente que estaba haciendo el coming out podría entonces encontrar a otros varones y mujeres gay de manera más fácil que en el pasado. Los diarios y las revistas publicaron artículos describiendo la vida gay masculina. Literalmente, cientos de novelas con temas lésbicos fueron publicadas [14]. Los psicoanalistas se quejaban de la nueva facilidad con la que sus pacientes gay masculinos encontraban compañeros sexuales. Y la subcultura gay no solo se la podía encontrar en las más grandes ciudades. Los bares lésbico-gays existieron en lugares como Worcester, Massachusetts y Buffalo, Nueva York; en Columbia, South Carolina y Des Moines, Iowa. La vida gay se convirtió en un fenómeno de extensión nacional en la década de 1950 y 1960. Para 1969, cuando tuvo lugar la rebelión de Stonewall –que constituyó un evento disparador del movimiento de liberación gay– nuestra situación estaba lejos de ser caracterizada por el silencio, la invisibilidad y el aislamiento. La razón por la cual el movimiento de liberación gay se conformó de la noche a la mañana, deviniendo un movimiento masivo de base fue precisamente porque las comunidades gay-lésbicas ya existían.

Aunque la comunidad gay era una precondición  para el movimiento masivo, la opresión de las lesbianas y los varones gays fue la fuerza que empujó el movimiento a nacer. En tanto la subcultura se expandió y se volvió más visible en el periodo de posguerra, la opresión por parte del estado se intensificó, deviniendo más sistemática e inclusiva. La derecha convirtió a los «perversos sexuales» en chivos expiatorios durante era de McCarthy. Eisenhower impulsó una prohibición total de emplear hombres y mujeres gay por parte del gobierno federal y sus contratistas. La purga de lesbianas y homosexuales del ejército se incrementó gravemente. El FBI instituyó un programa extendido de vigilancia de lugares de encuentros y organizaciones gay-lésbicas, tales como las Daughters of Bilitis y la Mattachine Society [15]. La oficina de correos rastreó la correspondencia de varones gays y pasó la evidencia de actividad homosexual a los empleadores. Las divisiones policiales especializadas en la lucha contra el «vicio» invadieron hogares privados, arrasaron con los bares gay-lésbicos, atraparon a varones gays en lugares públicos y fomentaron las casas de brujas locales. El peligro asociado a ser gay se elevó aun cuando las posibilidades de ser gay eran mayores. La liberación gay fue una respuesta a esta contradicción.

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Aunque las lesbianas y los varones gays ganaron victorias significativas en los años 1970 y abrieron un cierto espacio social en el cual había seguridad para existir, no podemos argumentar que se haya dado un golpe fatal al heterosexismo y la homofobia. Uno podría argumentar que el reforzamiento de la opresión gay se ha limitado a relocalizarse, corriéndose de algún modo desde el estado hacia la arena de la violencia extralegal, cobrando crecientemente la forma de ataques físicos concretos a varones gays y lesbianas. Y, en tanto nuestro movimiento ha crecido, ha generado una reacción que amenaza con destruir nuestros logros. Significativamente, la oposición de la Nueva Derecha ha tomado la forma de un movimiento «pro-familia». ¿Cómo es que el capitalismo, cuya estructura hace posible la emergencia de la identidad gay y la creación de comunidades gays urbanas, parece no estar dispuesto a aceptar a los varones gays y las lesbianas en su seno? ¿Por qué el heterosexismo y la homofobia son tan resistentes al cambio?

Las respuestas, pienso yo, deben ser encontradas en la naturaleza contradictoria de la relación entre capitalismo y familia. Por un lado, como argumenté antes, el capitalismo ha socavado la base material de la familia nuclear, privándola de las funciones económicas que cementaban los lazos entre los miembros de la misma. Con la creciente incorporación de adultos en el sistema del trabajo libre y la consecuente expansión de la esfera de acción del capital que ha llegado a abarcar la mayor parte de los bienes y servicios que necesitamos para la vida diaria, las fuerzas que impulsaban a los varones y mujeres a conformar familias y mantenerlas se han debilitado. Por otro lado, la ideología de la sociedad capitalista ha exaltado a la familia como la fuente de amor, afecto y seguridad emocional. La familia se ha convertido en el lugar en el cual nuestra necesidad de relaciones humanas íntimas y estables encuentra satisfacción.

Esta elevación de la familia nuclear en tanto preeminente en la esfera de la vida personal no es accidental. Cada sociedad necesita estructuras para la reproducción y crianza de la nueva generación, pero las posibilidades no se limitan a la familia nuclear. Sin embargo, la familia privatizada encaja bien con las relaciones capitalistas de producción. El capitalismo ha socializado la producción mientras mantiene que el producto del trabajo socializado pertenece a los propietarios de la propiedad privada. En muchos sentidos, la crianza de la niñez ha sido crecientemente socializada en los dos últimos siglos, con las escuelas, los medios de comunicación, los grupos de pares y los empleadores que toman algunas funciones que antes pertenecían a los padres. Sin embargo, la sociedad capitalista mantiene que la reproducción de la niñez es una tarea privada, que los/as niños/as «pertenecen» a sus padres, quienes ejercitan los derechos de propiedad. Ideológicamente, el capitalismo conduce a la gente hacia familias heterosexuales: cada generación madura habiendo internalizado un modelo heterosexista de intimidad y relaciones personales.

Materialmente, el capitalismo debilita los lazos que en algún momento mantenían a las familias unidas de manera tal que sus miembros experimentan una creciente inestabilidad justamente en un contexto en el que han llegado a esperar felicidad y seguridad emocional. Así, en un contexto en el que el capitalismo ha golpeado la fundación material de la familia, las lesbianas, los varones gays, las feministas heterosexuales, han llegado a ser los chivos expiatorios a quienes se culpa por la inestabilidad del sistema.

Este análisis, si resulta persuasivo, tiene implicaciones para nosotros/as hoy. Puede afectar la percepción de nuestra identidad, nuestra formulación de los objetivos políticos, y nuestras decisiones acerca de la estrategia.

He argumentado que la identidad y las comunidades lésbico-gay han sido una creación histórica, que constituyen el resultado del desarrollo capitalista a lo largo de varias generaciones. Un corolario de ese argumento es que no somos una minoría social fija compuesta por siempre de un cierto porcentaje de la población. Hay muchos/as más de nosotros/as hoy que hace cien años, y más que hace cuarenta también. Y puede llegar a haber mucho más de nosotros/as en el futuro. Los argumentos sostenidos tanto por gays como por no-gays respecto de que la orientación sexual se fija a una edad temprana de la vida, al igual que los discursos que suponen que los grandes números de varones y mujeres gays visibles en la sociedad, los medios y las escuelas no tendrán influencia en la identidad sexual de los/as jóvenes, son equivocados. El capitalismo ha creado las condiciones materiales para que el deseo homosexual se exprese como un componente central de la vida de algunos individuos; ahora, nuestro movimiento político está cambiando la conciencia, creando las condiciones ideológicas que hacen más fácil para la gente que quiera optar por ese camino.

Es cierto que este argumento confirma los peores miedos y la retórica más rancia de nuestros oponentes políticos. Pero nuestra respuesta debe ser desafiar la creencia subyacente de que las relaciones homosexuales son malas, que constituyen una segunda opción muy pobre. No debemos caer en la defensa oportunista que sostiene que la sociedad no necesita preocuparse acerca de tolerarnos dado que solo los homosexuales llegan a ser homosexuales. En el mejor de los casos, un análisis que parta de la visión de grupo minoritario y una estrategia de exigir derechos civiles, nos concierne a todos/as los/as que somos gays. Pero deja a la juventud de hoy –los/as lesbianas y gays de mañana– en un terreno en el que internalizarán modelos heterosexistas que luego llevan una vida para quitárselos de encima.

También he argumentado que el capitalismo ha conducido a una separación de la sexualidad y la procreación. El deseo sexual humano no necesita más ser sujeto al imperativo reproductivo, a la procreación; su expresión ha crecientemente entrado en el terreno de la elección. Lesbianas y homosexuales encarnan de manera más clara el potencial de este espíritu, dado que nuestras relaciones gays están totalmente por fuera de un contexto de procreación. La aceptación de nuestras elecciones eróticas en última instancia depende del grado en el cual la sociedad se presta a afirmar la expresión sexual como una forma de juego, positivo y enriquecedor para la vida. Nuestro movimiento ha comenzado como la lucha de una «minoría», pero lo que deberíamos estar tratando de «liberar» es un aspecto de la vida de todas las personas: la expresión sexual [16].

Finalmente, he argumentado que la relación entre capitalismo y familia es fundamentalmente contradictoria. Por un lado, el capitalismo continuamente debilita la fundación material de la familia, haciendo posible para los individuos vivir fuera de la familia, y para las lesbianas y varones gays se posibilita el desarrollo de su identidad sexual. Por otro lado, el capitalismo necesita empujar a varones y mujeres en la estructura de familia, al menos de manera suficientemente duradera como para producir la nueva generación de trabajadores/as. La elevación de la familia al punto de preeminencia ideológica garantiza que la sociedad capitalista reproducirá no solamente niños/as, sino también heterosexismo y homofobia. En el más profundo sentido, el capitalismo es el problema [17].

¿Cómo podemos evitar seguir siendo el chivo expiatorio, las victimas políticas de la inestabilidad social generada por el capitalismo? ¿Cómo podemos tomar esta relación contradictoria y usarla para movernos hacia la liberación?

Los varones gays y las lesbianas existen en un terreno social más allá de los límites de la familia nuclear heterosexual. Nuestras comunidades se han formado en aquel espacio social. Nuestra supervivencia y liberación dependen de nuestra habilidad para defender y expandir aquel terreno, no solo para nosotros/as, sino para todos/as. Eso significa, en parte, apoyar a las unidades familiares; asuntos como la disponibilidad del aborto y la ratificación de la Enmienda Constitucional que garantiza Iguales Derechos, la acción afirmativa para la gente de color y las mujeres, cuidado de día subvencionado públicamente, y otros servicios sociales esenciales, tales como buenos pagos por desempleo, pleno empleo, derechos de la gente joven –en otras palabras, programas y asuntos que proveen la base material para la autonomía personal.

Los derechos de la gente joven son especialmente críticos. La aceptación de los/as niños/as como dependientes, como propiedad de sus padres, está tan profundamente enraizada que podemos escasamente imaginar cómo se experimentaría tratarlos como seres humanos autónomos, particularmente en relación a la expresión sexual y la elección. Sin embargo, hasta que esto ocurra, la liberación gay estará fuera de alcance.

No obstante, la autonomía personal es solo la mitad de la historia. La inestabilidad de las familias y el sentido de transitoriedad e inseguridad que la gente experimenta en sus relaciones personales son problemas sociales que necesitan ser encarados. Necesitamos soluciones políticas para estas dificultades de la vida personal. Estas soluciones no debieran venir en la forma de una versión radical de la posición pro-familia, en forma de cierta propuesta de izquierda para reforzar la familia. Los socialistas no responden  a la explotación y la desigualdad económica del capitalismo industrial llamando a un regreso a la granja familiar y la producción artesanal. Nosotros/as reconocemos que el vasto incremento de la productividad que el capitalismo ha hecho posible al socializar la producción es uno de sus características progresivas. De modo similar, no deberíamos tratar de hacer volver el reloj a cierta era mítica donde la familia era feliz.

Necesitamos, sin embargo, estructuras y programas que ayudarán a disolver los límites que aíslan a la familia, particularmente aquellos que privatizan la crianza de niños/as. Necesitamos crear una comunidad controlada por trabajadores/as para llevar a cabo el cuidado diario de los/as niños/as, casas donde la privacidad y la comunidad coexistan, instituciones de barrio –desde clínicas médicas hasta centros culturales– que agranden nuestra unidad social donde cada uno de nosotros se asegure un lugar. Junto a la creación de estructuras más allá de la familia nuclear que provean un sentido de pertenencia, la familia se desvanecería. Cada vez menos parecería que constituye o rompe nuestra seguridad emocional. En este sentido, las lesbianas y varones gays están bien  situadas/os para jugar un rol especial, dado que muchos de nosotras/os ya hemos sido excluidas/s de las familias, hemos tenido que crear para nuestra supervivencia redes de apoyo que no dependen de los lazos de sangre o del permiso estatal. Sino que son libremente elegidas y alimentadas. La construcción de una comunidad de afectos debe ser una parte tan importante de nuestro movimiento político como lo son las campañas por los derechos civiles. En este sentido, podríamos prefigurar las formas de relaciones personales en una sociedad fundada en la igualdad y la justicia más que en la opresión, una sociedad donde autonomía y seguridad no impidan coexistir con otros/as.

 


Notas

[1] NdT: la traducción literal de freak sería «monstruo», pero en inglés la palabra connota más claramente a alguien que sale de los parámetros definidos como normal, incluyendo no sólo las «deformaciones físicas» sino también las «desviaciones mentales». Para un análisis de la importancia de la monstruosidad, ver: Rosi Braidotti, Sujetos nómades. Corporización y diferencia sexual en la teoría feminista contemporánea, Buenos Aires, Paidós, 2000.

[2] NdT: He decidido utilizar el neologismo «empoderador» para traducir empowering dado que recientemente se ha extendido el uso del mismo en las ciencias sociales en Argentina.

[3] No quiero decir con esto que nadie haya argumentado antes que  la identidad gay es un producto del cambio histórico. Ver, por ejemplo, Mary McIntosh, «The Homosexual Role», en Social Problems, n° 16, 1968, pp. 182-192; Jeffrey Weeks, Coming Out. Homosexual Politics in Britain, Nueva York, Quartet Books, 1977. También esto está implícito en Michel Foucault, The History of Sexuality, vol. 1, trad. Robert Hurley, Nueva York, Pantheon, 1978. (NdT: M. Foucault, Historia de la sexualidad, vol. 1, México, Siglo Veintiuno, 1977). Sin embargo, estos textos representan un punto de vista minoritario y los trabajos citados arriba no han especificado como es que el capitalismo como sistema de producción ha dado lugar a la emergencia de una identidad gay masculina y lésbica. Como ejemplo de la tesis del «homosexual eterno», ver John Boswell, Christianity, Social Tolerance, and Homosexuality, Chicago, University of Chicago Press, 1980 (NdT: J. Boswell, Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad, Buenos Aires, Muchnik, 1992).  En este libro la «gente gay» se mantiene como una categoría social que no cambia a lo largo de quince siglos de historia europea y mediterránea.

[4] Ver Eli Zaretsky, Capitalism, the Family, and Personal Life, Nueva York, Harper & Row, 1976; y Paula Fass, The Damned and the Beautiful. American Youth in the 1920s, Nueva York, Oxford University Press, 1977.

[5] NdT: WASP es una sigla inglesa racista que significa: White AngloSaxon Protestant, es decir, blanco, anglosajón, protestante. Wasp, a su vez, también significa «avispa» y se usa para simbolizar lo «despierto» o «avispado» que se supone que es este grupo étnico frente a otros. El autor lo utiliza irónicamente para hablar no solo de la división entre blancos y negros, sino también de la división entre blancos protestantes anglosajones y el resto de la inmigración pobre que vino de Europa y que no siempre fueron considerados blancos en la historia norteamericana.

[6] Robert F. Oaks, «‘Things Fearful to Name’: Sodomy and Buggery in Seventeenth-Century New England», en Journal of Social History, n° 12, 1978, pp.  268-81; J. R. Roberts, «The Case of Sarah Norman and Mary Hammond», en Sinister Wisdom, n° 24, 1980, pp. 57-62; y Jonathan Katz, Gay American History, Nueva York, Crowell, 1976, pp. 16-24, 56-71.

[7] NdT: YMCA: Young Men Catholic Association, es el nombre de un club cristiano de gimnasia y natación que existe a lo largo de todo Estados Unidos. Este ha sido históricamente un lugar donde muchos gays se han encontrado y han tenido relaciones sexuales. De allí que el grupo de música pop «Village People» tuviera una canción con su nombre.

[8] Para el período que va de 1870 a 1940 ver los documentos publicados en Katz, Gay American History, e  idem, Gay/Lesbian Almanac, Nueva York, Crowell, 1983. Para otras fuentes de consultas, ver: Allan Bérubé, «Lesbians and Gay Men in Early San Francisco: Notes Towards a Social History of Lesbians and Gay Men in America», artículo no publicado, 1979; Ver, Bullough y Bonnie Bullough, “Lesbianism in the 1920s and 1930s: A Newfound Study”, en Signs, n° 2, Summer 1977, pp. 895-904.

[9] Sobre el modelo médico, ver Weeks, Coming Out, pp. 23-32. El impacto del modelo médico sobre la conciencia de los varones y mujeres puede verse en Louis Hyde, ed., Rat and the Devil. The Journal Letters of F. O. Matthiessen and Russell Cheney, Hamden, Conn., Archon Books, 1978, y en la historia de Lucille Hart en Katz, Gay American History, pp. 258-79, la novela clásica de Radclyffe Hall, The Well of Loneliness, publicada en 1928, era quizás uno de los vehículos más importante para la popularización del modelo médico.

[10] Ver Alfred Kinsey, et. al., Sexual Behavior in the Human Male, Philadelphia, W. B Saunders, 1949, y Sexual Behavior in the Human Female, Philadelphia, W. B. Saunders, 1953. (NdT.: A. Kinsey,  Wardell Baxter Pomeroy y Clyde E Martin, Conducta sexual del varón, México, Interamericana, 1949, y A. Kinsey, Conducta sexual de la mujer, Buenos Aires, Editorial Médico Quirúrgica, 1945).

[11] Sobre música negra, ver el disco: «AC/DC Blues: Gay Jazz Reissues», Stash Records, 1977 y el libro Chris Albertson, Bessie, Nueva York, Stein and Day, 1974; sobre la persistencia de las redes de parentesco en las comunidades étnicas blancas, ver Judith Smight, «Our Own Kina: Family and Community Networks in Providence», en Nancy F. Cott y Elizabeth H. Pleck, eds., A Heritage of Her Own, Nueva York, Simon & Schuster, 1979, pp. 393-411; sobre las diferencias entre el homoerotismo rural y urbano, ver Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Male, pp. 455-457, 630-631.

[12] NdT: GI: término informal que denomina a cualquier varón que sea miembro de las fuerzas armadas estadounidenses; WAC: Women’s Army Corps: cuerpo de ejército femenino; WAVE: marinera.

[13] El argumento y la información en este y otros párrafos vienen de mi libro Sexual Politics, Sexual Communities. The Making of a Homosexual Minority in the United States, 1940-1970, Chicago, University of Chicago Press, 1983. También lo desarrollé con referencia a San Francisco en «Gay Politics, Gay Community: San Francisco’s Experience», en Socialist Review, n° 55, enero-febrero de 1981, pp. 77-104.

[14] Sobre las novelas lésbicas ver Ladder, 18 de marzo de 1958, 14-15 de febrero de 1960, 12-13 de abril de 1960, 6-11 de febrero de 1962, 6-13 de enero de 1963, 12-19 de febrero de 1964, 19-23 de febrero de 1965, 22-26 de marzo de 1966, y 8-13 de abril de 1967. Ladder era la revista publicada por las Daughters of Bilitis.

[15] NdT: Estas eran dos de las organizaciones de lo que se denominó el movimiento homófilo (homophile) que se originó a principios de los años cincuenta. La Mattachine Society tuvo un origen radical, fundada por nueve excomunistas que intentaban concientizar a gays y lesbianas de la opresión que sufrían como grupo en la sociedad. En un tiempo breve la Mattachine society se convirtió en un grupo más conservador, a tono con el macartismo imperante. El objetivo de estos grupos, era mejorar la situación de los/as homosexuales. Este movimiento alentaba a gays y lesbianas a integrarse, “actuando como personas normales” para poder así legitimarse. En vez de realizar un enfrentamiento con la homofobia, intentaban reclutar profesionales que cambiaran la mala imagen de gays y lesbianas en el ámbito público.

[16] Esto especialmente necesita ser, enfatizado hoy. La conferencia anual de la National Organization of Women, por ejemplo, pasó una resolución sobre derechos lésbicos que definía la cuestión en términos de «discriminación basada en la preferencia/orientación sexual/afectiva», y explícitamente desasociaba la cuestión de otros temas sobre sexualidad, tales como la pornografía, el sadomasoquismo, el sexo público y la pederastia.

[17] No quiero sugerir que la homofobia es «causada» por el capitalismo, o que solo puede ser encontrada en sociedades capitalistas. Se pueden encontrar en la sociedad europea feudal severas sanciones contra el homoerotismo, así como también en los países socialistas contemporáneos. Sin embargo, mi eje en este artículo ha sido la emergencia de la identidad gay bajo el capitalismo, y los mecanismos específicos al capitalismo que hicieron esto posible y que reproducen de este modo la homofobia.

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