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Alain Krivine, 1941-2022

Traducción: Valentín Huarte

El 12 de marzo murió a los ochenta años Alain Krivine, el último dirigente de 1968 que se mantenía fiel a las revueltas de su juventud contra el imperialismo, el estalinismo y el capitalismo.

Ça te passera avec l’âge – «Se te pasará con la edad». Es la frase que Alain Krivine eligió como título cuando, en 2006, aceptó escribir las memorias de la «aventura colectiva» de la que había formado parte y que había encarnado «la posibilidad de una revolución democrática».

Pero no «se le pasó» nunca: convertido al comunismo en 1950 durante su paso por la escuela secundaria, medio siglo después entregó las riendas de la política revolucionaria a una nueva generación con la fundación del Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA). En el medio fue vocero de las Juventudes Comunistas Revolucionarias (1968) y después de la Liga Comunista (1969-1973) y de la Liga Comunista Revolucionaria (1974-2009).

Pero, ¿qué era «eso» que a Krivine nunca se le pasó? Era simplemente la idea de la emancipación, la búsqueda de libertad, la esperanza de igualdad, la exigencia de justicia y sobre todo el rechazo, la negación del orden existente y la furia dirigida contra sus miserias, sus mentiras, sus múltiples formas de dominación. Y, a decir verdad, eso que usualmente denominamos «izquierda» nace siempre de ese movimiento infinito, incompleto y renovado sin cesar que confronta todas las formas de conservadurismo.

Pero también suele suceder que las izquierdas que lleguen al poder, sometidas a la raison d’état o la raison de parti, terminen dejando atrás todo «eso» y encarnen la injusticia al punto de reducir sus promesas a una vana fantasmagoría. Si Alain Krivine fue un tipo singular en el mundo de la política fue porque su fidelidad incuestionada a esa revuelta inicial siempre corrió de la mano del rechazo de toda ambición personal, del interés por los cargos y las posiciones de autoridad y el repudio de cualquier tipo de reconciliación, es decir, el rechazo de ese camino donde los ideales pierden el rumbo y se corrompen.

La muerte de Krivine nos recuerda que una actitud obstinada —despojada en su caso de todo sectarismo— es capaz de servir a la claridad de pensamiento. Su compromiso militante comenzó con el desafío a la impostura que originó todos los desastres y que explica en última instancia el nacimiento del nuevo imperialismo ruso de Vladimir Putin, avatar monstruoso del estalinismo soviético, de la autocracia zarista y de un capitalismo sin límites.

Krivine formó parte de la oposición de izquierda al «socialismo realmente existente» del siglo veinte, forma social que la URSS y sus satélites fundaron sobre las ruinas de 1917 y en la estela de lo que León Trotski denominó «la revolución traicionada». No se trata de un pasado remoto que haya concluido en 1991 con el fin de la Unión Soviética: la guerra contra Ucrania —invadida por el ejército de un dictador formado por la KGB— ilustra la actualidad de aquella lucha. Como un eco del pasado que resuena en el presente, recordamos que la familia paterna de Alain Krivine provenía de Ucrania: su abuelo, Albert Meyer Krivine (1869-1946) era un judío ateo de inclinación anarquista que llegó a Francia escapando de los pogromos antijudíos del Imperio ruso de principios de siglo.

Sin ignorar sus variantes sectarias —nacidas de la situación de minoría permanente en la que vive— el trotskismo, al que el nombre de Krivine está indisolublemente ligado, nunca dejó de ser una revuelta ética. Nos enseñó a confrontar la verdad de un sistema totalitario en vez de jurar una lealtad que solo significaba ceguera y falsedad. En sus versiones más libertarias, cercanas al surrealismo, el trotskismo implicaba también el rechazo de medios que contradecían inadmisiblemente sus fines proclamados, además de la negación a replegarse en el nacionalismo y el imperialismo que daban la espalda al internacionalismo, o en la lógica de aparato que acunó todas las burocracias de la política profesional.

En este sentido, la vida militante de Alain Krivine nos deja la promesa de una izquierda honesta en una época en la que el arribismo y el cinismo partidario trastocaron los principios básicos y frustraron no pocas esperanzas. Esa vida empezó a mediados de los años 1950 cuando este joven militante del Partido Comunista Francés (PCF) se convirtió en dirigente a cargo de todos los secundarios de París.

Krivine estaba destinado a un rápido ascenso en el aparato del PCF. En 1957, cuando cumplió 16 años, después de haber superado todos los records de venta de la prensa comunista —L’Avant-Garde— viajó a Moscú y participó del Festival Mundial de la Juventud Democrática. Volvió lleno de dudas que no hicieron más que acentuarse cuando conoció a los militantes del Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia, que criticaban la pasividad del PCF frente a su lucha por la independencia. En efecto, el partido había reivindicado la «paz en Argelia» y se había negado a apoyar al FLN.

Gracias a la cuestión colonial Krivine aprendió que era necesario solidarizarse con todos los pueblos que luchaban por adueñarse de sus propios destinos, y empezó a alejarse del estalinismo, dominante en el PCF de la época y con fuerte influencia en toda la izquierda francesa. La conclusión de Alain también fue un asunto de familia: hizo que se reencontrara con sus hermanos mayores, Jean-Michel y su gemelo Hubert, que militaban en las filas del Partido Comunista Internacionalista (PCI), una de las organizaciones trotskistas de la Cuarta Internacional.

Sin abandonar las filas del comunismo, comprometido clandestinamente con el FLN argelino en el marco de la Jeune Résistance, Krivine, que había empezado la carrera de Historia, ingresó a la Unión de Estudiantes Comunistas (UEC) y a la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (UNEF), el sindicato estudiantil más grande del país. Entonces, el anticolonialismo y el antifascismo, los elementos fundamentales de su militancia, se materializaron en la creación del Frente Universitario Antifascista en la Sorbona. Krivine dirigió la organización junto a Henri Weber.

La ruptura final con el PCF llegó en 1965, cuando la sección de la UEC de la Facultad de Letras de la Sorbona, en la que Alain colaboraba junto a una tendencia trotskista «entrista», se negó a respaldar la candidatura presidencial de François Mitterrand aceptada por el PCF. La oposición del futuro presidente a la independencia argelina y su apoyo a la guerra contra el «separatismo» todavía estaban frescas en la memoria, y a los ojos de esta generación joven, politizada y radicalizada por las luchas anticoloniales, eran actitudes imperdonables.

Excluido de las filas del PCF y mientras estudiaba para ser profesor de Historia, Alain Krivine fue convirtiéndose lentamente en el principal representante de una aventura colectiva en la que nunca buscó el liderazgo y de la que pretendía ser un simple vocero. Reconociéndose mejor militante que teórico —y, en cualquier caso, excelente orador, diestro polemista y pedagogo extraordinario— siempre acentuó su rol de activista de base sin promover jerarquías ni privilegios.

El trío emblemático que formó junto a Daniel Bensaïd (1946-2010) y Henri Weber (1944-2020), reducido a un dúo cuando este último decidió entrar en el Partido Socialista en los años 1980, simboliza bien esa juventud que nunca dejó de ser la fuerza motriz detrás de ese compromiso político vitalicio. Krivine tenía apenas 27 años cuando en 1969, mientras hacía el servicio militar, fue candidato a presidente. En esa época toda una generación de jóvenes sacudió a sus adultos y decidió aventurarse mucho más lejos, inventar, innovar y desafiar el orden establecido con audacia y coraje.

Sin embargo, la ruptura generacional ocultaba una continuidad esencial: una historia judía, como bien señala la entrada en el diccionario biográfico del movimiento obrero de Maitron. El núcleo dirigente de la Liga Comunista, fundada en 1969 después de la proscripción de la JCR, había heredado en gran medida la «Yiddishlandia revolucionaria», anclada en la cultura política del movimiento obrero judío en la diáspora que se negaba a fundirse en el nacionalismo del movimiento sionista.

Nous vengerons nos pères [Vengaremos a nuestros padres], documental de 2017 realizado Florence Joshua y Bernard Boespflug, muestra el peso que tuvo la memoria del genocidio y el rol fundamental que cumplió el antifascismo en el activismo de la Liga Comunista de los años 1970. Resistir firmemente contra el resurgimiento de las ideologías asesinas del fascismo y del nazismo era la consecuencia lógica de ese proceso histórico.

Después de su breve bautismo carcelario tras la proscripción de la JCR en 1968, Krivine enfrentó una segunda detención de varias semanas que llegó con la segunda proscripción de la Liga [1973] por haber organizado una manifestación violenta contra un encuentro de la extrema derecha en París, reunida bajo el lema «Detener la inmigración descontrolada». Hoy los acentos xenófobos y racistas que definen el ambiente ideológico de la campaña presidencial francesa transforman la muerte de Krivine en un símbolo de la continuidad de esa lucha a la que dedicó su vida.

La política democrática, internacionalista y social que inspiró a Krivine lo mantuvo más del lado del movimiento social que del de la política institucional. Muchos militantes criticaron a Krivine por no asumir responsabilidades políticas y contentarse con un activismo supuestamente impotente. Pero si miramos a la izquierda contemporánea, con todas sus debilidades, sus divisiones y sus rupturas, deberíamos criticarla por no asumir la responsabilidad de las luchas concretas codo a codo con los más afectados, pues ese es el único terreno fértil donde quizás rebrote la izquierda.

Bajo el estandarte de la «revolución permanente» teorizada por Trotski, el movimientismo de la corriente de la que Krivine fue durante mucho tiempo la voz y el rostro, siempre estuvo en busca de su acontecimiento fundacional: un momento tan inesperado como improbable, una grieta en la fatalidad del presente a través de la cual pudiera deslizarse el futuro. Con esa orientación Krivine marchó sin aflojar en todas las movilizaciones en las que pudo, desde la de los obreros de Lip [fábrica de relojes recuperada por los trabajadores] hasta la de los agricultores de Larzac, pasando por las del movimiento de mujeres, las de los inmigrantes, las que promovían la solidaridad internacionalista y las que reivindicaban el altermundialismo.

Además de militante de tiempo completo de la Liga Comunista Revolucionaria y periodista de Rouge —diario publicado entre 1976 y 1979—, Alain Krivine también cumplió un mandato como miembro del Parlamento Europeo desde 1999 hasta 2004. Nos quedamos cortos si decimos que no disfrutó de ese cargo en el que se sentía más impotente que en su militancia cotidiana. Outsider decidido y determinado, siempre se distanció de todo lo que pudiera erosionar sus ideales o forzarlo a una reconciliación.

Krivine era un intransigente bondadoso y sincero: eso explica la popularidad que evidencian los homenajes que hasta sus rivales políticos están rindiendo a su figura. Llevaba siempre su modestia y su alegría a flor de piel, amaba pasar el tiempo con sus compañeros y estaba siempre dispuesto a reírse de sí mismo. Krivine profesaba el ascetismo de un bon vivant que había abandonado todo deseo de fortuna y ambición de triunfo.

Sin duda fue ese tenaz rechazo a dominar y poseer el que permitió que superara los obstáculos que planteaba la fundación del NPA en 2009, ritual en el que entregó la posta a una nueva generación, de la que Olivier Besancenot era el primer vocero, y que puso fin a esa otra historia a la que siempre estará asociado su nombre, la de la Liga.

Concedió su última entrevista larga a Mediapart en 2018 cuando participó de una serie de conversaciones con objeto de un documental que conmemoraba el 50o aniversario de Mayo de 1968 (disponible aquí). Treinta años antes, durante el 20o aniversario, él y Daniel Bensaïd habían publicado Mai si!, obra donde reivindican su postura de «rebeldes» frente a los «arrepentidos» de su generación.

«¿Cómo pueden rendirse tan rápido?», preguntaban.

¿Por qué estos herejes se convierten con tanta facilidad? Parece que su herejía nunca fue más que una forma de esnobismo. […] Las personas de las distintas épocas están hechas de materiales muy diversos. Los antiguos estaban templados en las pruebas del infortunio. Los modernos fracasan con frecuencia cuando tienen que resistir la dulce seducción de la reputación. Nadie elige en qué época vivir. Pero es triste comprobar que aquellos que reivindicaron con tanta fuerza el derecho a la palabra se hayan satisfecho tan fácilmente con el derecho a la cháchara; que no hayan soportado el primer revés de la opinión. Así es con el espíritu de la época.

Sin importar si el viento soplaba en su favor o en su contra, Alain Krivine eligió perseverar siempre en la misma dirección. En la primera parte de la conclusión de C’était la Ligue, obra de referencia de esa historia de la que Krivine fue mensajero, Hèlene Adam y François Coustal citan un fragmento de Sans la nommer, la canción de Georges Moustaki escrita y compuesta en 1969. Es un complemento adecuado a la última despedida de este hombre cuya fidelidad, integridad y humildad infunden estima en todo el mundo, incluso en aquellos que no siguieron su camino:

Es ella la golpeada,

La perseguida, la acosada,

Ella la que se subleva,

La que sufre y se declara en huelga,

Es a la que aprisionan,

La traicionada, la abandonada,

Que nos llena de ganas de vivir,

Que hace que la sigamos,

Hasta el final, hasta el final

Me gustaría, sin nombrarla,

Hablar de ella,

Amada o menospreciada,

Ella es fiel,

Y si quieres,

Que te la presente,

Se llama,

¡Revolución permanente!

* Publicado originalmente en francés en Mediapart.

 

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