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Retrato de James Wilson, fundador de The Economist. (Imagen: Creative Commons)

Para desmentir los mitos del liberalismo

UNA ENTREVISTA CON
Traducción: Valentín Huarte

Suele presentarse al liberalismo como la política de los derechos humanos y las libertades individuales, pero entre sus raíces también se mezcla el miedo a las masas. Comprender ese impulso antidemocrático es fundamental para esclarecer su naturaleza y sus objetivos.

Por Grace
Blakeley

Marx definió a The Economist como «la tribuna de la aristocracia financiera». Con gran ascendencia sobre el liberalismo elitista, la publicación inglesa fundada en 1843 jugó un rol importante en la formación y en la promoción de la ideología liberal.

Alexander Zevin, profesor asistente de Historia en la Universidad de la Ciudad de Nueva York y editor de la New Left Review, publicó hace poco un nuevo libro, titulado Liberalism at Large: The World According to The Economist, donde reconstruye la historia del liberalismo a través del lente de The Economist.

El autor conversó con Grace Blakeley en el podcast de Tribune sobre la historia de la ideología liberal, su probable crisis y su influencia en la política contemporánea.

 

GB

¿Qué es el liberalismo?

 

AZ

En mi libro rechazo algunas ideas típicas sobre el liberalismo con el fin de llegar a una definición mejor. Me interesa debatir con cierta perspectiva que supone que el liberalismo habría comenzado en el siglo diecisiete con John Locke y sus teorías políticas, o bien en el siglo dieciocho con Adam Smith y la publicación de La riqueza de las naciones.

Sostengo que el liberalismo debe ser estudiado en su contexto histórico y surgió realmente tras las guerras napoleónicas. Ese fue el momento en el que los europeos —primero en España, después en Francia— empezaron a definirse como «liberales». Tenemos que discutir la naturaleza del liberalismo en función de esa autodefinición. Cuando analizamos aquel momento, comprendemos con claridad que se trató de una reacción a distintos procesos, entre los que destaca la desaparición de los viejos regímenes europeos y la consecuente emergencia de una política de clase media.

Por un lado, el liberalismo es una respuesta al absolutismo: quiere un gobierno responsable, quiere elecciones —al menos bajo ciertos límites y para determinadas personas—, quiere derechos constitucionales y cosas por el estilo. Pero, por otro lado, no pasó mucho tiempo hasta que empezó a sentir temor frente a la movilización de las masas. Esa especie de lugar intermedio define los orígenes del liberalismo.

Es la misma época en que el capitalismo industrial empieza a funcionar a toda máquina. Entonces, si bien el liberalismo es eso que imaginamos cuando hablamos de un gobierno limitado, que responde a un sistema de pesos y contrapesos, también es un fenómeno que solo pudo surgir con el siglo diecinueve, las clases dominantes enfrentaron desafíos como la exigencia del derecho a voto de los comunes y la expansión del capitalismo, con todas las consecuencias que tuvo sobre las formas de gobierno y la economía.

 

GB

En ese sentido, cabe pensar que la denuncia típica que afirma que el neoliberalismo de los años 1980 concebía a la democracia como un obstáculo a sus políticas, remite más bien a una tensión inherente al liberalismo desde sus orígenes: la tensión entre la democracia, la representación y los intereses del capital. ¿Es así?

 

AZ

Absolutamente. Las ideas de que el liberalismo y la democracia van de la mano, de que existe algo denominado «democracia liberal» y vivimos bajo su régimen y de que es imposible que estás dos realidades —la democracia y el liberalismo— se separen, es una herencia de la Guerra Fría.

Pero, de hecho, si prestamos atención a la historia, comprobamos que los liberales nunca fueron demócratas. Diseñaron todo tipo de estrategias para restringir el derecho de voto a la esfera de las personas con acceso a la educación o que tenían propiedades, es decir, estrategias que apuntaban a imponer límites constitucionales que excluyeran la posibilidad de que la clase trabajadora —el populacho— participara en las elecciones.

Es interesante notar que los neoliberales retomaron en un nuevo contexto un problema que los liberales siempre tuvieron en frente. En cierto sentido, las democracias estaban bastante consolidadas cuando los neoliberales llegaron al poder —a partir de los años 1980—, pero las élites encontraron nuevas formas y medios de lidiar con el problema de la redistribución, las reivindicaciones de derechos económicos que interfieren con el libre funcionamiento de los mercados y el mecanismo de precios, supuestamente esenciales a la hora de garantizar la libertad individual y el buen funcionamiento del capitalismo.

 

GB

¿Por qué decidiste estudiar el liberalismo desde la perspectiva de un diario en particular, en este caso, The Economist?

 

AZ

Es cierto que la tarea que me propuse es bastante extraña. Uno de los motivos es que quería romper con las concepciones tradicionales sobre liberalismo. En vez de mirar al canon —Locke, Mill, Rawls y todos los liberales famosos—, pensé que estudiar una revista, que es un proyecto colectivo, que sale todas las semanas, que siempre estuvo en el centro de los acontecimientos y cuyos editores, aunque se mantuvieron en el anonimato, desempeñaron funciones importantes en el Tesoro, en Relaciones Exteriores, en el Banco de Inglaterra y hasta fueron primeros ministros —en fin—, pensé que así era posible narrar una historia más precisa del liberalismo y elaborar un concepto adecuado a sus cambios y transformaciones.

El liberalismo no fue siempre el mismo. Siempre respondió a desafíos, amenazas y acontecimientos novedosos. Hace 175 años que The Economist tiene que responder, cada semana, a los hechos más relevantes del mundo. Entonces, en cierto sentido, mi decisión me permitió generar una definición del liberalismo más flexible y contextual.

Es cierto que los libros sobre diarios suelen ser un poco aburridos, cuando no espantosos, pero creo que mi libro no es así. Porque no intento hacer una biografía del diario a la manera tradicional. En cambio, intento estudiar el diario como un nexo de tires y aflojes, de idas y vueltas, en fin, de desafíos y de crisis que implican tanto a quienes hacen The Economist como intelectuales ajenos al diario.

En cada uno de los capítulos, que recorren en conjunto el largo período entre los años 1840 y el presente, intento definir lo que sucede dentro del diario, las distintas posiciones que atraviesan a la redacción, para vincularlas con las ideas de los intelectuales más importantes del liberalismo de izquierda y de derecha. En los años 1850, 1860 y 1870, el debate es con John Stuart Mill. En los años 1920, 1930 y 1940, el debate es con John Maynard Keynes. En síntesis, creo que el libro es bastante más divertido de lo que cabe esperar de la historia de un diario.

 

GB

Es realmente interesante que estudies el liberalismo desde el punto de vista de este diario en particular. Cuando uno estudia el tema en la universidad, generalmente empieza a leer a Locke, a Mill, tal vez a Rawls y así hasta desarrollar el canon del pensamiento liberal.

Pero, como sucede con la aplicación de cualquier teoría, la forma que toma el liberalismo en la práctica es muy distinta de lo que sugieren sus dogmas ideológicos. Esa tensión es un tema importante en tu libro, que recorre un período de tiempo bastante largo y recurre a evidencia de archivo y a fuentes muy interesantes. Me gustaría que analicemos algunos ejemplos de esa división entre la teoría y la práctica, especialmente en el caso del libre comercio.

En la mitología liberal, el libre comercio es un hipotético fundamento ideológico y es la política que en teoría siempre defendieron los partidos liberales. Pero hubo muchas más divisiones de las que solemos pensar, especialmente cuando estuvo en juego la aplicación del libre comercio en un contexto colonial.

 

AZ

La teoría del libre comercio surgió como una teoría de acuerdos y buena voluntad: cuanto más se intercambiara, más pacíficas serían las interacciones. Hasta cierto punto es una idea de la Ilustración, que afirma que el comercio refina los modales y hace que muchas personas distintas participen de intercambios en los que aprenden a comportarse y a relacionarse unas con otras.

Es la teoría de Richard Cobden, uno de los héroes de la Liga contra la Ley de Cereales, famosa organización que operó entre los años 1830 y 1840 para luchar contra esa política típicamente mercantilista, que controlaba los precios de los cereales en Inglaterra con el fin de mantenerlos altos luego de las guerras napoleónicas. Las clases medias veían las leyes de cereales como un vestigio del privilegio aristocrático de la clase terrateniente. Junto a esa idea —la abolición de las leyes de cereales traería prosperidad— estaba la hipótesis de que también sería una forma de ponerle fin a la guerra. Es decir, los liberales pensaban que los conflictos bélicos también eran un vestigio aristocrático de las clases guerreras y de una mentalidad típica del Antiguo Régimen. Esa crítica es muy importante en la teoría del comercio.

Aunque el fundador de The Economist, James Wilson, hijo de un productor textil escocés, no es muy conocido, no deja de ser una figura fascinante. Él acuerda con la idea de que el libre comercio terminará con la guerra. Pero lo que vemos en los años 1850 es una ruptura importante que enfrenta a James Wilson con Richard Cobden y John Bright. La literatura sobre el libre comercio y sobre The Economist suele pasar por alto este episodio. Pero es fundamental estudiarlo si queremos comprender algo sobre la veta dominante del liberalismo de los años 1850.

Para The Economist está claro que en aquella época se necesitaba mucho más que el mero intercambio para que el libre comercio se convirtiera en la estructura dominante de la economía mundial. Es como si se hubieran dado cuenta que había que forzar a la gente a comerciar libremente. Durante esa época hay toda una serie de conflictos —iniciados con la guerra de Crimea, que no tardan en llegar a China con la guerra abierta y a India con los levantamientos y las rebeliones— que fuerzan a The Economist a tomar posición a favor del uso de la fuerza para «romper el cascarón de la costumbre» y penetrar en lo que definen como una «resistencia asiática» al libre comercio y al progreso.

Con un argumento a la vez económico y moral, el diario defiende abiertamente el uso de la marina real, las tropas terrestres y llama a la colaboración con otras potencias como Francia para abrir el mundo a la nueva economía. En ese momento, James Wilson, que había empezado a trabajar en el Tesoro y debía legislar y tomar préstamos en función de esas guerras, empieza a denunciar a Richard Cobden y a John Bright en el parlamento. El esclarecimiento del rol que cumplió The Economist en el desplazamiento de la política británica hacia una posición más agresiva y liberal-imperialista es uno de los aportes de mi libro.

 

GB

Otra ruptura importante en el liberalismo vino de la mano del keynesianismo. El apoyo a la intervención estatal a nivel nacional y el nacimiento de las instituciones de Bretton Woods a nivel internacional suelen presentarse como una gran división que separó al liberalismo y a los liberales de izquierda y de derecha. Además, hay que confesar que el retroceso de los movimientos socialistas de los últimos cuarenta años, nos dejó un poco en una posición en la que izquierda y derecha se distinguen únicamente en función de si debe haber más o menos intervención estatal.

¿Qué tan rupturista fueron el nacimiento del keynesianismo, las políticas keynesianas y lo que suele denominarse en el Reino Unido como el «consenso de la posguerra», frente al liberalismo del «laissez-faire» anterior? ¿Cuál fue la posición de The Economist en ese debate?

 

AZ

Reconstruí el debate entre Keynes y The Economist y noté que Keynes cambió bastante su punto de vista en el proceso. En realidad, es un debate de Keynes consigo mismo, pues él encarnaba muchos de los valores de The Economist. No hay que olvidar que fue estudiante de Alfred Marshall, figura fundamental de la economía neoclásica en Gran Bretaña, que contribuyó más que nadie a desarrollar la economía en términos científicos y modernos en la Universidad de Cambridge. Y fue estudiante de Walter Layton, editor de The Economist, con quien también colaboró en el gobierno durante las dos guerras mundiales. Existió un verdadero diálogo personal entre estos personajes.

En Las consecuencias económicas de la paz hay una frase famosa donde Keynes habla sobre el mundo previo a 1914 y se describe a sí mismo mientras está acostado en la cama leyendo sobre los precios de las acciones, sin dudar que la libra en su bolsillo es la misma en todas partes, pues está respaldada por oro. No hacían falta pasaportes para viajar. Tengo la sensación de que esa famosa frase, que evoca también el globalizado mundo eduardiano antes de que la Primera Guerra Mundial lo destrozara, remite a una situación real y que Keynes estaba leyendo The Economist. Durante ese período previo a 1914, The Economist es la ventana al mundo de las altas finanzas y el capital globalizado.

En 1925, Gran Bretaña vuelve al patrón oro en paridad con el dólar estadounidense. Impone así un duro ajuste deflacionario, aunque la situación de austeridad había empezado a desarrollarse mucho antes. Después de 1925, The Economist y Keynes empiezan a dar batalla. Keynes comenzó a cuestionar muchos de los supuestos sobre el libre comercio que el diario había sostenido hasta entonces, y empieza a experimentar con la idea de un patrón oro o un tipo de cambio flexibles, además de proponer impuestos a los ingresos y cosas por el estilo.

Sin embargo, también sostengo que hasta 1925 —pero incluso después—, The Economist y Keynes comparten ciertas tesis, en particular, la importancia que tiene la City de Londres en la posición de Gran Bretaña como potencia mundial y la idea de que la libra debe ser una reserva de valor importante.

Entonces, sí, hay desacuerdos fundamentales entre The Economist y Keynes, pero empiezan a agudizarse a comienzos de la década de 1930. Keynes comienza a argumentar que es necesario generar algo así como un gasto deficitario y un cierto nivel de inflación. Aunque a esa altura muchos editores de The Economist son estudiantes de Keynes y discuten sus ideas, el diario resiste mucho sus nuevos conceptos, en parte porque temen la respuesta de la City de Londres frente a la idea de que las decisiones de inversión dejarán de estar en sus manos. En fin, me interesaba abrir una serie de preguntas, debates y discusiones sobre las relaciones entre Keynes y la City de Londres y ciertas ideas sobre las finanzas, Gran Bretaña y el mundo.

 

GB

Esto me lleva al tema más general de los vínculos entre la economía como disciplina y el liberalismo. Evidentemente, muchos de los primeros liberales eran economistas políticos. Las grandes preguntas que se hacían versaban sobre el comercio, el interés nacional, las políticas soberanas. En cambio, el auge del keynesianismo llegó alrededor de los años 1960. En esa época también empezó a surgir la economía neoclásica, la síntesis keynesiana, que reúne parte de la economía política anterior y el pensamiento de los marginalistas con las ideas de Keynes, por no decir nada sobre la microeconomía y los modelos matemáticos. Todo eso se produce durante la transición al neoliberalismo. Las tendencias políticas parecen ir de la mano de las tendencias económicas. En tu opinión, ¿cuál es el vínculo entre ambas?

 

AZ

Como estudio sobre todo el liberalismo, y no tanto el neoliberalismo, el ordoliberalismo y todas esas variantes que surgieron a medida que la economía mundial fue cambiando, tiendo a ver continuidad donde otros ven rupturas y quiebres. Tuve un intercambio muy productivo con David Edgerton, autor de The Rise and Fall of the British Nation, sobre hasta qué punto 1945 representó realmente un punto de inflexión en la economía política de Gran Bretaña y en qué medida es posible hablar de otro quiebre en 1979. Sin duda, la elección del gobierno laborista en 1945 y los cambios que llevaron al Estado de bienestar y luego, en contraste, la elección de Thatcher y la destrucción de esas reformas, representan rupturas.

Pero en ese marco el liberalismo traza una importante línea de continuidad. Esa línea recorre la imposibilidad de pensar las consecuencias que tienen la City de Londres y el control privado de la función de inversión en la economía británica, y una cierta concepción del libre comercio, estable tanto en la derecha como en la izquierda del Partido Laborista. A veces, surgen nuevas soluciones y adaptaciones, porque el movimiento sindical cobra fuerza o, por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, que mostró que el Estado es capaz de cumplir un papel más activo en la economía y que las advertencias de Hayek en El camino de servidumbre son un poco exageradas. Pero es difícil explicar cómo llegamos a 1979 y a Thatcher.

Thatcher no surgió de la nada. No derrocó una forma de socialdemocracia completamente funcional, libre de crisis y no contradictoria. Más bien explotó esas contradicciones. Explotó la desorientación que reinaba entre los socialdemócratas del Partido Laborista. Hay que tener en cuenta que James Callaghan, líder del Partido Laborista y primer ministro a finales de los 1970, había adoptado antes cierta forma de monetarismo y había aceptado los créditos de austeridad del FMI.

Creo que esos cambios se producen de forma más gradual, pero el liberalismo nunca desaparece. La forma de liberalismo de The Economist se adaptó a todo tipo cambios y deslizamientos desde 1840 hasta la década de 1940, pero ciertos elementos, vinculados al estudio de la economía, se sostienen a lo largo de toda la historia.

 

GB

Voy a formular la próxima pregunta en términos provocadores y simplistas.

El tema de la continuidad y la ruptura es muy interesante. Si asumimos que el liberalismo es la ideología que sostiene generalmente la clase capitalista dominante —y que en las páginas de The Economist solo debate las formas de interpretar y aplicar esa ideología—, podemos decir que muchos de los cambios que afectan a la ideología liberal responden a cambios materiales que plantean la necesidad de innovar, siempre con el objetivo de facilitar la acumulación de capital.

El argumento tal vez está demasiado centrado en la base económica, pero ¿hasta qué punto es posible explicar así la continuidad, pero también los innegables cambios que vimos en la ideología liberal durante los últimos cien años?

 

AZ

No me resulta tan provocador. Como el materialista o marxista vulgar que soy, acepto la idea. Tal vez los liberales vienen haciéndose las mismas preguntas durante los dos últimos siglos, pero las respuestas cambian según las circunstancias y el contexto histórico.

¿Qué hacer con la contundente entrada de la clase obrera en la escena política? ¿Cómo establecer límites claros? ¿Hay que restringir el sufragio? ¿Hay que aceptar el sufragio universal, pero limitar el poder de los parlamentos? ¿Hay que pasar el mando de las finanzas y la política monetaria a los bancos centrales, con el fin de que las cuestiones fundamentales de la acumulación de capital queden fuera del alcance de las legislaturas?

Las respuestas a esas preguntas cambian dependiendo de las posibilidades de cada momento. Pero las preguntas tienden a repetirse en la historia del liberalismo.

En el libro me centré sobre todo en los cambios del liberalismo, pero no hablé tanto como podía sobre ese punto de inflexión de la década de 1980, marcada por eso que David Harvey define como «la larga marcha de los neoliberales en las instituciones». Estuvieron esperando el momento durante las décadas de 1920 y 1930, pero llegó en los años 1980.

En cierto sentido, la historia es incuestionable. Sin embargo, lo que me interesa es que los periodistas de The Economist nunca se describen a sí mismos como neoliberales. De hecho, mirando los archivos del periódico descubrí que el término «neoliberal» se escribe siempre entre comillas y, las pocas veces que aparece, es empleado por pensadores más bien de izquierda, latinoamericanos, para referirse a un conjunto de políticas aplicadas en sus países después del golpe de Estado en Chile.

No funciona como un concepto capaz de describir concretamente una visión político-económica del mundo, ni mucho menos la adoptada por The Economist. Eso a pesar de que, a fines de la década de 1980, The Economist es concebido justamente como uno de los bastiones del libre mercado. Las páginas de The Economist beatifican a Reagan y a Thatcher y defienden una versión excesiva de la globalización. Pero, como sea, el término «neoliberal» no aparece en el Financial Times, en The Economist ni en ningún diario de finanzas. El FMI no pareció reconocer su existencia hasta hace relativamente poco.

Eso me indica que la transición entre liberalismo y neoliberalismo no fue tan clara para quienes la promulgaron. Muchas de las formas del neoliberalismo concebido como un conjunto de políticas, ya sea de austeridad, desregulación o privatización, surgen de personas que se ven a sí mismas como liberales clásicos o incluso liberales de centro izquierda. Es una clave importante cuando se estudia la forma que adoptó esta transición.

 

GB

Hoy el sentido común económico está cambiando. Basta observar la reacción contra la austeridad de algunas de las grandes instituciones económicas internacionales o las políticas económicas más intervencionistas que se aplicaron frente a la pandemia. Todo eso responde a las necesidades cambiantes del capital.

¿El proceso terminará reflejándose en otra transformación de la ideología liberal? Si es así, ¿tenemos que esperar algo nuevo o simplemente un intento de volver a un modelo más socialdemócrata que recentre los mercados en un contexto nacional?

 

AZ

Estados Unidos, Gran Bretaña y varios otros países abrieron la canilla y gastaron generosamente para apuntalar la economía durante la pandemia. Garantizaron seguros de desempleo y todo tipo de medidas que favorecen a las empresas.

Cuando entró Biden, la sensación era que gastaría mucho más de lo que la izquierda había imaginado. Hubo un paquete único que extendió el gasto implementado antes por Trump, y también hubo cierta ayuda para los estados, que tuvo por fin evitar una austeridad estatal del tipo de la de 2008. (En Estados Unidos los estados no pueden endeudarse y muchos municipios, como la ciudad de Nueva York, fueron devastados por el COVID, pues su economía depende mucho del turismo).

Pero ahora que Biden empieza a encontrar una resistencia real a su agenda dentro del Partido Demócrata, por no decir nada de los republicanos, por parte de sectores que se oponen aumentarles los impuestos a las empresas, a implementar un verdadero plan de infraestructura, el debate sobre la magnitud de la ruptura volvió a abrirse, aun cuando solo estemos hablando de un posible regreso a las políticas de gasto keynesianas.

En ausencia de una resistencia real por parte de los trabajadores organizados y la izquierda, dudo que gastar un poco de dinero y acumular deuda cuando las tasas de interés son bajas vaya a generar un cambio duradero en la economía política. Estoy lejos de tener una respuesta clara, y las cosas están cambiando muy rápidamente, pues vivimos una crisis sin precedentes.

Hace poco, Cédric Durand escribió cosas muy interesantes sobre el tema en Sidecar (New Left Review) y formuló algunas preguntas que ayudan a pensar el nuevo momento que estamos viviendo. El neoliberalismo dejó de ser una descripción adecuada. Pero entonces, ¿qué es? Soy bastante escéptico en cuanto a la magnitud de la ruptura, pero me interesa conocer tu punto de vista.

 

GB

Las tensiones entre el liberalismo y la democracia que comentamos antes son realmente importantes. Creo que hoy asistimos al resurgimiento de ese viejo problema. La tesis tradicional de la izquierda, hasta cierto punto kaleckiana, sostiene que un Estado capitalista debería aumentar continuamente el gasto como hicieron ciertos países durante la pandemia, pues empoderará a los trabajadores y perturbará la acumulación de capital a su favor. Sin embargo, durante los últimos cuarenta años asistimos a una ofensiva permanente contra la clase obrera y el Estado no dejó de jugar un rol importante en la acumulación de capital.

La gran mentira del neoliberalismo, tantas veces denunciada, es que achicó el Estado. Por supuesto, no es verdad. Simplemente implicó una reorientación del Estado y un cambio de las reglas de juego, que conllevó un importante fortalecimiento de la regulación, especialmente en el sector financiero. Entonces, no hubo menos Estado, sino un tipo de Estado distinto. Se trató más bien de erosionar el poder de los trabajadores y de usar el Estado para impulsar el poder del capital. 

Pero, al mismo tiempo, el Estado se hizo más visible y empezó a intervenir en muchas más áreas de la vida. La cosa no es tan sencilla como pensar que si el Estado gasta más dinero, entonces hay más trabajo y la balanza se inclina a favor de la clase obrera. El desafío actual es que el Estado está haciendo muchas cosas y debería justificar por qué hace algunas y no otras. Tiene que justificarlo ante una población que, especialmente en los lugares donde el neoliberalismo llegó más lejos, convive con cada vez más inseguridad, precariedad, malos salarios y servicios públicos espantosos. Esa es la experiencia cotidiana de todo el mundo, pero también vemos demostraciones de fuerza tremendas del capital contra el Estado (recortes de impuestos o subsidios, etc.)

La situación que vivimos hoy y la cuerda floja por la que caminan muchos políticos liberales está definida por la tensión entre satisfacer las necesidades del capital y usar el Estado con ese fin sin dejar de establecer ciertos límites. Si estamos en un sistema democrático, los políticos tienen que explicar por qué no podemos exigir ciertas cosas. Por ejemplo, revertir las privatizaciones, eliminar las leyes antisindicales, suprimir el criterio mercantil cuando se trata de servicios esenciales o satisfacer el derecho a la vivienda. Ese es el desafío que tienen que enfrentar los liberales ahora.

Para la izquierda, creo que es importante buscar medios de fortalecer la democracia y el derecho a decir «no», es decir, herramientas para exigir todas esas cosas que los políticos liberales nos niegan. En fin, es la tensión entre la democracia y el liberalismo.

 

AZ

Al parecer, durante la pandemia, se plantearon preguntas sobre la igualdad, la justicia y quién obtiene qué cosa. Para la izquierda, se trata de extender ese ámbito de politización hasta plantear cuestiones como quién hace qué trabajo, qué formas de compensación recibe, quién es esencial y fundamentalmente cómo y quién decide todas esas cosas.

 

GB

En cierto sentido, tal vez el liberalismo enfrente en el largo plazo un desafío más importante que el COVID: el ascenso de China. Por el momento, Biden intenta fortalecer la línea contra China. Cabe pensar que muchas de las concesiones de Estados Unidos, como aceptar, finalmente, que debe colaborar con Europa para terminar con la evasión fiscal, especialmente en el caso de las grandes empresas tecnológicas, son intentos de alentar a los países europeos a oponerse más firmemente al ascenso de China.

¿Qué consecuencias tiene todo esto sobre lo que suele denominarse el orden liberal? Está claro que la crisis no comenzó ni terminó con Trump. Es un problema estructural. ¿Qué podemos esperar de los liberales en este sentido?

 

AZ

Evidentemente, el «America First» de Trump y la retórica de la nueva Guerra Fría con China empezaron con el gobierno de Obama. Si miramos el libreto que Biden utilizó hasta ahora, y la sorprendente entrevista de Hillary Clinton, donde habló sobre el ascenso de China y los medios de producción, hay que decir que aun cuando Trump recurrió al tema como una herramienta retórica y de movilización, Biden no modificó la línea.

Muchas de las medidas de estímulo fueron justificadas en función de la competencia con China: relocalizar las fábricas de semiconductores, impedir que los fabricantes chinos se apropien de la tecnología, proteger la propiedad intelectual, formar una mano de obra capaz de competir en las industrias de mayor valor, etc. Todo ese lenguaje sobre la industria estadounidense, su decadencia y su reanimación, están codificados en una retórica anti-china que funciona casi literalmente como un libreto que estudian todos los dirigentes demócratas en el Senado, en el Congreso y en la Casa Blanca. 

Creo que el tema llegó para quedarse y, a diferencia de ciertas tendencias de izquierda, que piensan que sería una buena excusa para aplicar políticas progresistas, creo que no tiene nada de positivo. En realidad, es una de las formas típicas en que el liberalismo se sirve del nacionalismo. El liberalismo no siempre fue una doctrina cosmopolita desarraigada: muchas veces utilizó el nacionalismo para conquistar sus objetivos.

Pensando en el caso británico, por ejemplo, hay que decir que, a principios del siglo XX, la fracción de liberales imperialistas dentro del Partido Liberal era bastante numerosa. La idea de la eficiencia solo se generalizó después de la segunda guerra de los bóeres. La clase trabajadora que peleó esa guerra estaba desnutrida, sus cuerpos eran pequeños, etc. De ahí surgieron todo tipo de quejas sobre el «linaje racial» del pueblo británico, que condujeron finalmente a la aplicación de ciertas leyes progresistas en términos sociales, como la obligatoriedad de los controles médicos en las escuelas y la distribución de leche y alimentos.

Es solo un ejemplo con el que pretendo mostrar que esa idea de eficiencia y de imperio fueron un incentivo capaz de hacer que el liberalismo aplicara una legislación social más progresista a nivel nacional. El libreto que se está aplicando contra China es bastante consistente con una reforma social, pero también con el fortalecimiento del proyecto imperialista. En lugar de separarse, la historia del liberalismo muestra que estas políticas muchas veces fueron de la mano.

Simplemente no hay motivo para aceptar una idea tan hipócrita, sobre todo cuando viene de parte de Occidente, el jugador más poderoso. Esa es otra cuestión importante a considerar en estas discusiones sobre política exterior: ¿quién es el jugador más poderoso y quién tiene más que ganar con todo este moralismo en torno a la idea de democracia y derechos humanos? Al menos desde Carter, siempre es Estados Unidos. Si fuéramos más específicos, podríamos analizar las formas que adoptó esa estrategia en distintos contextos: Irán está completamente rodeado por bases militares estadounidenses, lo mismo que Corea del Norte, China y Cuba.

Cuba, que tiene uno de los sectores de biotecnología más importantes del mundo, aun en el marco del bloqueo y a doscientos kilómetros de la costa de Florida, hizo dos vacunas contra el COVID, pero no logra conseguir las jeringas ni el equipamiento técnico necesario para distribuirlas. Simplemente es un crimen y no tiene nada que ver con las cualidades morales de su régimen.

La cuestión de la política exterior y del imperialismo liberal es fundamental para comprender la orientación de la izquierda. Una de las cosas más innovadoras de Corbyn fue que planteó una ruptura con un Partido Laborista que siempre tuvo una perspectiva bastante nacionalista. Por supuesto, fue una de las cosas más aborrecidas por las clases dominantes y una de las razones por las que la derecha laborista hizo todo lo posible para sacárselo de encima.

 

GB

Última pregunta: ¿por qué no hay un The Economist de izquierda? ¿Podemos hacerlo nosotros?

 

AZ

Cuando uno lee The Economist y sus archivos, comprende por qué la izquierda siempre estuvo interesada en ese diario. En 1840-1850, cuando se propuso comprender por qué habían fracasado las revoluciones de 1848, Marx empezó a leer The Economist en la Biblioteca Británica. En su opinión, un factor importante era la mejora de la situación económica, lo que confirmó al leer los precios, las cotizaciones y los índices en The Economist. Isaac Deutscher, el gran biógrafo de Trotski e historiador de la Revolución rusa, trabajaba para The Economist y durante la Segunda Guerra Mundial fue corresponsal en Europa del Este y Rusia.

En fin, a la izquierda siempre le fascinó The Economist, así que soy parte de esa tradición que concibe al diario como la tribuna de la clase dominante liberal y de la aristocracia financiera —de hecho, así lo bautizó Marx: «la tribuna de la aristocracia financiera»— con el fin de comprender la orientación política de los dirigentes y de los mercados, sus fluctuaciones y sus desplazamientos.

The Economist cumple una función particular para la clase dominante a nivel mundial. Siempre tuvo una orientación internacional y siempre llegó al exterior: Buenos Aires, París y todas las ciudades del mundo interesadas en el comercio y la inversión de capital extranjero. En términos estructurales, la izquierda, que ocupa un rol de oposición no hegemónico, que está intentando crear una nueva forma política, es incapaz de sostener orgánicamente un diario como The Economist, pues no puede contentarse con ser el espejo donde se mira el capital. Tal vez la izquierda deba plantearse el objetivo de ser tan comprensiva y totalizadora como The Economist cuando cubre las noticias de todo el mundo, cuando analiza los vínculos entre la política nacional y la política exterior y cuando, con gran inteligencia y claridad, reconoce que el surgimiento de nuevos movimientos políticos de izquierda en lugares como México o Brasil, no solo representa un desafío para los capitalistas nacionales, sino también para los de todo el mundo.

En realidad, no tengo una respuesta a tu pregunta, pero me parece que obedece a cuestiones bastante estructurales. La izquierda insurgente y la clase dominante operan de formas muy distintas. Pero, como sea, lo cierto es que, en la lectura de The Economist, la izquierda encontró una herramienta para comprender con claridad el funcionamiento del capital. David Singer, periodista de izquierda que trabajó para The Economist, dijo una vez, «en The Economist uno escucha a la clase dominante hablar consigo misma en términos bastante claros y sencillos». Entonces, tal vez no debamos preguntar por qué la izquierda no tiene un diario como The Economist, sino cómo la izquierda, leyendo ese diario y considerando seriamente su punto de vista, puede empoderarse y sacar algo útil para comprender el mundo que quiere transformar.

 


Sobre la entrevistadora:

Grace Blakeley es redactora de Tribune y presentadora del podcast semanal A World to Win.

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Publicado en Entrevistas, homeCentro3, Ideología and Política

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