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Un grupo de manifestantes lucha contra un camión blindado antidisturbios en medio de los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía antidisturbios de Colombia (ESMAD), el 28 de junio de 2021. (Sebastian Maya / Long Visual Press / Universal Images Group vía Getty Images)

La pauperización de las mayorías

La película Parasites podría transcurrir en Colombia.

Según los múltiples corifeos del neoliberalismo, la riqueza se «derrama» de las clases más privilegiadas a las menos pudientes en medio de las actividades económicas libres, sin intervención estatal y con todas las garantías de ganancia, rentabilidad y eficiencia para el capital privado. La tarea de los pobres, así, solo es esperar pacientemente y con una sonrisa en el rostro a que el capital se asome a sus puertas y les brinde un trabajo que valga la pena. 

Si el Estado interviene para equilibrar un poco la balanza, los más ortodoxos neoliberales no tardan en denunciar asistencialismo, castrochavismo, socialismo, etc. Porque, según los defensores de este modo de ver la economía, las oportunidades son múltiples. Si los pobres viven mal, es por pereza o poca imaginación. Cualquiera que trabaje mucho puede ser rico… dicen.

Pero resulta que en los últimos años hemos visto cómo ese cuento de hadas se cae a pedazos. 

La película Parasites lo retrata de una manera brillante. Una familia, que parece haber fracasado en todo, se dedica de manera resignada a afrontar su suerte y sobrevivir por medio de privaciones y trabajos precarizados. No tienen internet permanente, viven hacinados en una casa subterránea y los jóvenes no tienen acceso a la educación regular. Pero su suerte cambia cuando uno de los integrantes de la familia consigue empleo como profesor de inglés en una casa de clase alta y trata de ayudar a sus parientes, por medio de trampas, para que puedan trabajar también para la acaudalada familia. Así, la hermana se convierte en una supuesta profesora de arte, el padre en chofer y la madre en ama de llaves.

El encuentro del joven con la riqueza le produce un hondo impacto. Las desigualdades sociales se nos presentan irracionalmente abismales. Hay familias con todos los recursos y otras con todas las limitaciones, y es allí donde aparece la antinomia: riqueza absoluta o miseria total. Pero estos ricos de la película viven en una burbuja; sus discusiones y preocupaciones están fuera del ámbito de la supervivencia cotidiana porque tienen sus vidas resueltas. Un fenómeno cotidiano, como la lluvia, representa cosas radicalmente opuestas para ambas: para la familia pobre implica la inundación de su casa; para la familia acaudalada, un espectáculo natural.

La familia del joven profesor de inglés se enfrenta a otras personas en su misma situación, como sucede en el encuentro con la familia de la antigua ama de llaves, despedida como parte del plan de la familia protagonista. Pero todos tienen en común su lucha por la supervivencia en medio de una opulencia que no les pertenece y a la que probablemente nunca puedan acceder. La miseria total parece inaudita en el contexto de la comodidad total de esos otros seres humanos, y lo que se podría juzgar negativamente —los engaños para obtener los empleos— se justifica en función de la pauperización y las limitaciones.

En Parasites aparece retratada de manera brillante una clase privilegiada que no se conecta ni tiene empatía con sus semejantes. Si bien no son despóticos o descorteses, su clasismo se manifiesta en reiteradas veces. Una escena particularmente descriptiva al respecto es la de los olores del chofer. Un olor indescriptible que, al final, resulta identificable al compararlo con el olor del metro, un medio de transporte masivo que nunca frecuentan estos ricos. El olor aquí es una metáfora de la pobreza, que a todas luces posee una estética que no es agradable y unas fragancias propias de la pauperización capitalista.

La película tiene un final lleno de tragedia: hay muertos entre los miserables enfrentados irracionalmente entre sí, y el resentimiento hace caer también a uno de los ricos en manos del chofer. La tentativa tramposa de los de abajo para engañar a los de arriba, así como el ideal de repunte social de los primeros por medio de los nuevos y mejores empleos, queda trunca. Todo termina en una terrible espiral de violencia en la que los ricos abandonan la casona mientras los pobres continúan con su antigua vida de resignación, con un padre prófugo y una integrante muerta.

Después de varias escenas dantescas, la sensación que nos queda de la película es abrumadoramente actual. Sobre todo para pensar la realidad de países como Colombia. En un mundo con tantos avances técnicos, el margen de desigualdades de la sociedad colombiana es irracional. La concentración de la riqueza y las múltiples diferencias de oportunidades no hacen más que atizar y encender a miles de los que no tienen nada que perder. Para consolidar algún día una democracia, resulta fundamental buscar una distribución eficiente de la riqueza y proporcionar oportunidades equitativas a todos los miembros de una sociedad, con un papel protagónico del Estado. 

Una sociedad en la que solo unos pocos viven muy bien y casi todos viven muy mal es inviable. No hay coherencia en decirle a los que viven en medio de la basura que esperen optimista y pasivamente un porvenir que nunca llega, mientras el que enuncia dicha resignación pasa sus vacaciones en Miami.

Colombia necesita cambios estructurales para ser una democracia real y viable. El mal llamado «resentimiento social» u «odio de clase» no es más que una manifestación entendible y justificada ante una sociedad excluyente y elitista, en la que aparecen ciudadanos de primera y de segunda categoría, y en la que existe un gobierno desconectado por completo de los problemas de las mayorías. 

En momentos como este, llegar a algún tipo de equilibrio social es urgente. Las soluciones autoritarias son un riesgo real en medio de una crisis profunda que, si bien tuvo como catalizador el coronavirus, es estructural. Las movilizaciones masivas de los últimos meses dejan en claro que hay grandes capas de población no solo descontentas con sus realidades, sino sin ninguna otra alternativa más que manifestarse exigiendo que algo cambie. Ojalá esa energía pueda canalizarse en las elecciones de 2022 y se materialice en una opción contraria al país terrateniente, corrupto y mafioso que representa Iván Duque y su desastrosa administración, que parece ser terriblemente interminable.

 

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