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Las derechas no brotan de la tierra

Una entevista a:

El avance de las derechas en Italia no constituye un simple reflejo de la coyuntura internacional. Su consolidación encuentra explicación en suelo italiano, y puede leerse como producto del progresivo vaciamiento de las instituciones democráticas y del retroceso de la izquierda organizada. Debemos ser veloces a la hora de recoger las lecciones que esto nos deja, porque esa historia puede ser también la nuestra.

Por Denis Rogatyuk

El ascenso de la extrema derecha italiana en 2018 siguió una pauta ya conocida en el continente europeo: la de partidos nacionalistas y xenófobos conquistando, de repente, gran parte del voto popular. Si bien esta tendencia fue recibida con cierto asombro en Europa, en Italia fue tomada con bastante naturalidad: la llegada al gobierno de un derechista radical como Matteo Salvini parecía confirmar una vieja imagen, que pinta a la península como un «país de derecha», atrasado y propenso a la demagogia.

En su nuevo libro First They Took Rome (Verso, 2020), el historiador David Broder repone la historia política reciente de Italia para contrarrestar aquella narrativa culturalista según la cual los males del pueblo italiano derivan de un «retardo nato» que encuentra su correlato en el terreno político y económico. Broder, que también es editor de Jacobin Magazine, argumenta que el caso italiano representa, en realidad, todo lo contrario: más que muestra de «atraso», su declive sociopolítico representa una imagen de futuro. Un futuro que, de hecho, ya ha comenzado a tomar cuerpo en algunos países, como en el caso de Estados Unidos y Brasil.

Desde Jacobin América Latina conversamos con él sobre las lecciones que podemos extraer, tanto desde América Latina como desde otras partes del mundo, de la dinámica de la política italiana en la historia reciente.

 

DR

Usted afirma que el ascenso de la derecha populista en Italia constituye una imagen de futuro para otras latitudes, un futuro caracterizado por el dominio de la extrema derecha a partir del retiro de la izquierda y del deterioro de las conquistas realizadas por la clase trabajadora desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Se trata de un futuro factible para Europa y el resto del mundo?

DB

Una de las cosas que hago en mi libro es rechazar el planteo de que la extrema derecha en Italia es fuerte por una especie de «carácter nacional» que persiste en el tiempo. Parte del relato es la radicalización de la derecha sobre una base nacionalista, pero más allá de estrategias o retóricas, el cambio fundamental es la desarticulación del voto de izquierda de la clase trabajadora. En la década de 1990, la centroizquierda poscomunista –conducida por banqueros y tecnócratas liberales– dijo a los votantes que estaban vulnerando derechos laborales y privatizando activos públicos con el fin de preparar a Italia para ingresar al euro: «sacrificarse hoy para mejor vivir mañana». Veinte años después, los trabajadores son más pobres y el PBI es menor.

Los arquitectos de este desastre se negaron rotundamente a confrontar esta historia y, en su lugar, buscaron razones «culturales» para explicar la fuerza de la extrema derecha. En este sentido, eligieron presentar a Italia como un «país de derecha» y disfuncional, en el cual la demagogia ha logrado convocar a las masas desde los tiempos del César y Mussolini. No obstante, este país es el que albergó al Partido Comunista más grande de Occidente, llegando a tener 1,6 millones de afiliados ¡hace apenas treinta años! Desde entonces, luego de todos los esfuerzos por «modernizar» a la izquierda y presentarla como una fuerza promercado y pro-Europa, su voto popular (que abarcaba desde socialdemócratas neoliberales hasta la extrema izquierda) se redujo en más de la mitad en términos absolutos.

El cambio en la derecha es diferente. Desde el colapso de la Democracia Cristiana a inicios de 1990 y los escándalos de corrupción de Tangentopoli, la derecha también ha sufrido una intensa volatilidad organizativa, que incluyó breves oleadas de apoyo a Silvio Berlusconi, la Liga Norte original (la regional), la Liga nacional de Matteo Salvini, más recientemente y, ahora, el posfascismo de Hermanos de Italia (Fratelli d’Italia). Pero más allá de todos estos epifenómenos, el bloque general de votantes de derecha ha sido más estable, se encuentra solo un poco más fragmentado y radicalizado que en los días de la Democracia Cristiana.

Por ello, a diferencia del planteo estereotipado, que plantea que el voto tradicional de la clase trabajadora está virando hacia la derecha (lo cual puede observarse también con Trump, el Brexit, Le Pen, etc.), creo que lo que reviste mucha más importancia es la dinámica de abstención en el voto. En las elecciones generales de Italia, en la década de 1970, la participación electoral alcanzó el 95%. En la actualidad ronda el 70%, y la caída se concentra, de manera abrumadora, entre la clase trabajadora y las personas desempleadas. En mi opinión, este fenómeno está destinado a expandirse a nivel mundial –de hecho, ya ha comenzado a hacerlo–. La diferencia con Italia radica solo en que allí se observó un poco antes, desde inicios de la década de 1990.

Una gran lección de Italia es que la ausencia de un partido comunista no debilita al anticomunismo, sino que lo fortalece. Si bien es cierto que el anticomunismo represivo va a apuntar siempre a las estructuras más organizadas, cuando el capitalismo no logra ofrecer un futuro mejor para las mayorías sus representantes institucionales pueden, al menos, echarle la culpa de todo a «los comunistas» (por lo general, asociándolos con minorías raciales, sospechadas de «querer robarnos algo»). Vimos esto en Italia con Berlusconi, cuando tildó de «comunista» a toda la oposición, y lo vemos ahora en Brasil, con Corbyn, con los ataques de Trump hacia Antifa…

DR

Su nuevo libro hace énfasis sobre el rol que el sentimiento «antipolítica» de las masas y la supuesta «lucha contra la corrupción» en Italia sirvieron de caldo de cultivo para el crecimiento de nuevas figuras de la derecha y el renacimiento de otras. ¿Diría que en América Latina el lawfare y el retorno de los autoritarismos indican que estamos siendo testigos de algo similar?

DB

En la Italia de principios de los años 90, las «políticas anticorrupción» unieron a liberales de centro con la versión original de la Liga del Norte en función de una revolución antiestatista y de baja presión impositiva. En su esencia, se presentaba a «la clase política corrupta» como algo externo y parasitario de la sociedad, por lo cual también (al igual que en Brasil) hasta el gasto social destinado a la población trabajadora puede considerarse «corrupto», en tanto «se lo roban» a los contribuyentes de mayor poder adquisitivo, quienes se quejan por tener que pagarlo. Para la Liga, la idea del gasto estatal excesivo está asociada al imaginario de «la mafia del Sur que esquilma al Norte productivo».

Los casos reales de corrupción tienen que ver con la connivencia de funcionarios públicos con intereses económicos privados; por ejemplo, si usted me paga cierta cantidad de dinero, yo le daré el contrato para construir tal y tal proyecto público, cuyos estándares, por lo general, estarán por debajo de lo necesario. Cualquier solución real al problema debería comenzar por la cuestión de la falta de rendición de cuentas por parte del poder corporativo y por el triste legado de la privatización en lugar de hacer búsquedas interminables de manzanas podridas y de líderes más íntegros moralmente.

En el caso italiano, las políticas anticorrupción se usaron para atacar el legado político de la Primera República (1946-1994), un Estado conducido por la Democracia Cristiana en el que los socialistas jugaron un rol menor junto con la oposición comunista. Bajo esta situación de bloqueo institucional –dominada por una coalición perpetua de partidos anticomunistas–, prosperaron muchos de los casos reales de corrupción. No obstante, en la década del 90, la «anticorrupción» funcionó como parte del arsenal ideológico de quienes querían hacer retroceder al propio Estado.

DR

La llegada de Berlusconi al poder parece ser un reflejo de la de Trump: un magnate mediático que llegó al gobierno a partir de la plataforma de la «élite antipolítica», luego de años de construir su marca a través de diferentes intervenciones mediáticas con un estilo que combinaba la postura de un anfitrión de programa de juegos con la evasión de la realidad. ¿Cree que la huella de Trump en la escena política podrá durar tanto como la de Berlusconi?

DB

Sin dudas, existen similitudes entre ambas figuras. Y es cierto también que el estilo político que favoreció Berlusconi –una maquinaria mediática centrada en el líder, cuya representación parlamentaria estaba dada por socios personales en lugar de un partido de masas estructurado en delegaciones, congresos y demás– ha logrado configurar el espectro político italiano. Lo que hizo Berlusconi con sus canales de televisión fue imitado luego por el Movimiento 5 Estrellas (a través del blog del comediante Beppe Grillo) y, posteriormente, por Matteo Salvini en las redes sociales; es decir, utilizando una plataforma mediática personal e incuestionable para conducir el debate público y, a la vez, marcando la agenda en la cadena estatal RAI, etc.

Dicho esto, es complicado hacer una comparación con los Estados Unidos porque, más allá de su radicalización en el Partido Republicano, no creo que Trump haya tenido un efecto tan similar en los demócratas. Esto es, en parte, porque muchos de los cambios que introdujo Berlusconi fueron, de algún modo, una adaptación italiana de la política estadounidense; esto es, el reemplazo de un sistema de partidos de masas y primeros ministros de perfil bajo (quienes, por lo general, rotaban varias veces por mandato) por uno más presidencialista y centrado en el líder, cuya base está en lo que los cientistas políticos denominan una estructura partidaria «menos rígida», lo cual era inusual en Italia, pero común en los Estados Unidos.

El Partido Demócratico Italiano que se conformó en 2007 es una copia fiel del modelo estadounidense. Tras haber heredado la estructura partidaria del Partido Comunista en 1991, el espacio poscomunista «Demócratas de Izquierda» fue gradualmente dejando de lado cuestiones como la formación política, los congresos, los vínculos con sindicatos, etc. favoreciendo, así, unas primarias al estilo de EE. UU. y optando, en última instancia, por el nombre de «Partido Democrático» a secas, lo que condujo con el paso del tiempo a un reemplazo gradual de sus afiliados y de su base de votantes. En la actualidad, se trata de un partido liberal al que, mientras más rico seas, más probable es que votes.

Si se puede realizar una comparación entre los Demócratas de EE. UU. y Trump, esta descansa más sobre el giro hacia la derecha que se está dando en general y, vinculado a ello, la decisión de los demócratas de tomar a Trump como una figura condenable solo en el aspecto moral, lo cual no pasaría –supuestamente– con los «republicanos honestos» del pasado, como George W. Bush y Reagan. En lugar de oponerse a una derecha cada vez más radicalizada, los Clinton y los Biden han ido en busca de los «republicanos moderados» con la promesa de defender sus intereses económicos y de, al mismo tiempo, armar la «resistencia».

En Italia ya vimos todo esto en la década de 1990: el llamado supuestamente «antifascista» contra Berlusconi disciplinó a la izquierda en apoyo a la centroizquierda proeuropea y liberal, cuyas decisiones en el terreno económico fueron girando constantemente hacia la derecha. Y así como Ellen DeGeneres recibe a George W. Bush como un aliado en la lucha contra Trump, en los últimos años se ha habilitado nuevamente a Berlusconi como un aliado de los demócratas contra Salvini y –lo que es más importante– en defensa de la eurozona.

Existiría analogía si, en cuatro años, Richard Spencer fuera el candidato a presidente del Partido Republicano y los demócratas dijeran que su extremismo entra en conflicto con republicanos más moderados como Trump.

DR

Pareciera como si los tres partidos de extrema derecha (Liga, Hermanos de Italia y Forza Italia) estuvieran jugando al juego de la silla para ver quién logra hegemonizar la coalición de derecha. ¿De qué manera piensa que la pandemia actual y la crisis socioeconómica han afectado los parámetros electorales de cada fuerza? ¿Quiénes han podido aprovechar la situación y quiénes han sido dañados por ella?

DB

Luego de las elecciones generales de marzo de 2018, la Liga de Salvini conquistó rápidamente la mayoría del voto restante de derecha, tras superar a Forza Italia por 17 puntos contra 14. Salvini obtuvo grandes resultados a partir de su plataforma de gobierno, así como también logró avanzar en elecciones regionales fuera de los bastiones electorales del Norte, tales como Lombardía y Véneto. En la elección europea de mayo de 2019, la Liga obtuvo el 34% de los votos, Forza Italia, de Berlusconi, el 9% y Hermanos de Italia (Fd’I) el 6%. Salvini parecía estar a punto de convertirse en primer ministro.

Sin embargo, a partir de su fallido intento de impulsar elecciones anticipadas en agosto de 2019, que condujo a la conformación de una nueva coalición entre Demócratas y 5 Estrellas y, en particular, luego de la derrota de la Liga por estrecho margen en la elección regional de Emilia-Romaña en enero, su partido ha cedido terreno de manera constante en favor de Fd’I, por lo que ahora miden alrededor de 25 y 15 puntos porcentuales respectivamente (una diferencia de 10 puntos en un año).

Una de las razones de esto es que la Liga nunca expandió adecuadamente su organización territorial por fuera de sus bastiones electorales en el Norte. En 2018-2019, muchos paracaidistas y oportunistas quisieron estar al frente de nuevas delegaciones en la zona centro-sur de Italia (donde sus mediciones en las encuestas iban en ascenso gracias al perfil mediático de Salvini), pero nunca llegaron a gobiernos regionales en el Sur ni construyeron estructuras militantes consolidadas como tiene en el Norte. Esto hizo que fuera mucho menos capaz de reaccionar frente a reveses temporarios en la escena política nacional, como sucedió anteriormente. La líder de Fd’I, Giorgia Meloni, es la «nueva gran figura» y Salvini ya no parece tener ese toque mágico, por lo que parte del apoyo que obtuvo recientemente está virando hacia ella.

A esto se suma el coronavirus y la crisis económica asociada. La propia respuesta de Salvini ha sido payasesca: al comienzo, se opuso a que el virus impida que la gente pudiera salir de vacaciones y luego llamó a cerrar las fronteras. El gobierno regional en Véneto, presidido por Luca Zaia, logró mantener los casos en niveles bajos, marcando una gran diferencia con sus par liguista Attilio Fontana en Lombardía (quien ahora enfrenta denuncias de fraude). Aun así, fundamentalmente, la crítica de Salvini a la UE en términos del salvataje y sus condiciones es mucho más contradictoria –e incapaz de galvanizar a las diferentes partes de su base– que sus posiciones antiinmigración tradicionales.

La pérdida de apoyo de la Liga no es una buena noticia en sí misma, ya que eso va directo a Meloni, una figura con un trasfondo fascista. No obstante, este no es simplemente un proceso de radicalización, dado que Fd’I se plantea como una fuerza «conservadora y convencional» con matices de la Democracia Cristiana, similar al espacio posfranquista del Partido Popular en España. Tiene una mejor relación con el Partido Republicano y comparte con Berlusconi una serie de posturas directamente anti-Putin, anti-China y proatlantismo, incluso más que con la Liga misma. Si bien ni ella ni Salvini están a favor del Italexit, este último sí lo sugirió en el pasado. En definitiva, la mayoría de los conservadores de clase media no apuestan en esa dirección y Salvini no puede dar una respuesta real. Por lo tanto, solo se limita a denunciar detalles secundarios de lo que hace Conte.

En la actualidad hay muchas discusiones sobre las tratativas de Forza Italia de Berlusconi para conformar una mayoría con los demócratas y quizás con algunos miembros del 5 Estrellas alineados a Conte. Es posible incluso recordar el surgimiento reciente de estas grandes coaliciones, las cuales fueron incentivadas tanto por Romano Prodi (principal adversario de centro en las décadas de 1990 y 2000) como por el parlamentario de Forza Italia Renato Brunetta. Los comentarios de Brunetta, en particular, sugieren que Forza Italia no permitirá que caiga el gobierno actual, pero se trata más de una fuerza determinante en la decisión que de una capaz de hegemonizar por completo el bloque de derecha.

En el corto plazo, la percepción extendida es que Conte ha sido capaz de manejar tanto la crisis sanitaria como las relaciones con Bruselas, debilitando de esa forma la ofensiva de Salvini y erosionando su imagen de «joven maravilla», lo cual ha traído aparejadas tensiones con dirigentes regionales. Aun así, en general, los partidos de oposición de derecha todavía representan alrededor del 50% de los votos, e Italia debe afrontar una caída del PBI mayor al 10%, lo que se suma a los 2,5 billones de euros de endeudamiento. Ningún gobierno puede construirse sobre esta base. Y el hecho de que la Liga esté perdiendo tan rápidamente el apoyo que obtuvo (al igual que sucedió antes con 5 Estrellas) demuestra cuán volátil y superficial es realmente el apoyo que reciben los partidos en las elecciones.

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