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Hinchada del St. Pauli alentando a su equipo con una bandera del Che Guevara. (Foto: Reuters)

Otro fútbol es posible

El St. Pauli no es el mejor club de fútbol de Alemania, pero su resistencia a la comercialización ha hecho que se gane simpatizantes en todo el mundo. Resistiendo a la consigna que dice que hay que mantener la política lejos del deporte, sus hinchas insisten en que lo que verdaderamente necesita el deporte es protegerse del poder generalizado del dinero.

Lo que sigue es una reseña de St. Pauli: otro fútbol es posible, de Carles Viñas y Natxo Parra. (Capitán Swing, 2017).

 

En cualquier listado de clubes que han trascendido las fronteras nacionales en la era de la globalización y mediatización del deporte, el St. Pauli de Hamburgo representa una anomalía. Nunca ganó una liga ni una copa importantes, ni tampoco calificó para los campeonatos europeos. Nunca estuvo más de dos temporadas seguidas en la Bundesliga, máxima categoría del fútbol alemán, pasando la mayor parte de los últimos veinte años en las inferiores. En las dos ocasiones en las que alcanzó la primera categoría, en 2001 y en 2010, descendió rápidamente.

Sin embargo, tal como nos cuentan Carles Viñas y Natxo en su libro, el St. Pauli es mucho más que un club de segunda. No solo llena regularmente su estadio —Millerntor-Stadion— que tiene capacidad para 29 000 personas, sino que tiene millones de simpatizantes en todo el mundo, con clubes de hinchas en el Reino Unido, Francia, España, Grecia y en muchos otros lugares. Su logo con la calavera y las tibias cruzadas se ha convertido en un ícono contracultural. Pero si el St. Pauli no tiene el éxito internacional ni la exposición mediática que tienen el Liverpool, el Manchester, el Barcelona o el Real Madrid, ¿cómo se explica su fama?

Orígenes industriales

Viñas y Parra cuentan la historia del club desde sus orígenes en 1899, cuando era una división futbolística del Hamburg-St. Pauli Turnverein-1862, una de las instituciones deportivas populares en los estados militaristas que formaron una Alemania unida en 1871. Cuando se separó para formar un club de fútbol independiente en 1924, contó el apoyo de los trabajadores industriales que habían convertido a St. Pauli, un barrio portuario del sur de Hamburgo, en un bastión de la izquierda. Esto contrastaba con el norte de la ciudad, de tintes burgueses y nacionalistas, que terminó proporcionando las bases donde se apoyan sus rivales mucho más exitosos de Hamburgo S.V. El St. Pauli apareció en las grandes ligas por primera vez en 1934, en la Gauliga Nordmark, una de las dieciséis ligas creadas durante la reorganización del fútbol alemán luego de que los nazis llegaran al poder.

El libro resalta las disputas obreras de Hamburgo previas a la Primera Guerra Mundial y las tensiones políticas que marcaron la era de Weimar. Sin embargo, al explicar las relaciones entre el St. Pauli y el nazismo, notan que no hubo resistencia ni heroismo (aunque tampoco fanatismo ni fidelidad ciega). En cambio, fue una institución más bien conservadora que se adaptó al período. El jugador estrella del St. Pauli durante la temporada de 1931 fue el centrodelantero Otto Wolff, un economista que se convirtió en uno de los oficiales nazis de más alto rango en Hamburgo, expropiando tierras judías y dirigiendo un regimiento de las SS.

Como sucede a menudo en Otro fútbol es posible, esta información interesante e importante ocupa una larga nota al pie, junto a la revelación de que Wolff se presentó como para vice presidente del club en 1951 y se convirtió en socio vitalicio dos décadas después. Fue recién en 2010 cuando la asamblea general del club sacó el nombre de Wolff del premio ganado en 1960. Debe recordarse que en 1961, el nuevo estadio del club tomó el nombre Wilhelm-Koch-Stadion a pesar de la conocida filiación del antiguo presidente Wilhelm Koch con el partido nazi.

La decisión final de renombrar el estadio —y prohibir la venta de sus derechos sobre el nombre— se tomó en 1998. Fue el resultado de veinte años durante los cuales se había formado una contracultura en Hamburgo que influyó sobre el St. Pauli hasta convertirse en una parte integral de la identidad del club.

Movimiento social

En efecto, el libro parece cobrar vida cuando narra los acontecimientos de los años 1980, cambiando el enfoque centrado en el equipo de fútbol durante contextos políticos turbulentos para analizar la fusión del club local con los movimientos sociales. La primera temporada del St. Pauli en la Bundesliga durante 1977-78 terminó con el descenso y el hundimiento financiero del club, a pesar de la decisión de la dirección de jugar doce partidos en los que les tocaba jugar de locales en el estadio de sus rivales del Hamburgo S.V. (que en aquel momento era uno de los mejores clubes de Europa). Los sponsors se retiraron a medida que el St. Pauli caía de nuevo en las ligas regionales y el club estuvo cerca de desaparecer. En línea con el ascenso de la extrema derecha en Alemania del Oeste, los neonazis comenzaron a aparecer en las hinchadas, pero el St. Pauli produjo una cultura antifascista como ningún otro club.

Uno de los puntos más interesantes de Otro fútbol es posible es el análisis del movimiento autonomista de Alemania del Oeste. Se centra en sus tendencias obreras de Hamburgo, inspiradas no tanto en la reconocida Fracción del Ejército Rojo —que no es mencionada en el libro— sino en grupos comunistas italianos como Lotta Continua. En 1981, este movimiento ocupó cerca de ocho edificios en los alrededores del puerto, fundando comedores, librerías, locales de música, comercios y galerías, logrando resistir con éxito al desalojo en 1986. Ese mismo año las personas vinculadas a la cultura punk y autonomista empezó a asistir a los partidos del St. Pauli, poniéndose a tono con el deseo de Willi Reimann —director del club— de promover un «fútbol alternativo» y con Volker Ippig, el arquero que había vivido en las casas tomadas de Hafenstrasse y que hizo trabajo voluntario junto al sandinismo en Nicaragua.

Al comienzo el club dudaba de estos nuevos grupos de simpatizantes, que eran despreciados por los hinchas tradicionales y atacados por la extrema derecha radicalizada. Pero rápidamente se dio cuenta de que tenía un sentido comercial trabajar con ellos. Como resultado, el St. Pauli se convirtió en el primer club alemán que se opuso explícitamente al racismo, al sexismo y a la homofobia, y que contribuyó a un fondo nacional para compensar a la población judía forzada a trabajar bajo el régimen nazi.

Cultura antiempresarial

Sin embargo, esto le presentó al St. Pauli el problema de cómo expandir el club, o incluso hacerlo sustentable, sin explotar ni separarse de su enérgico núcleo de hinchas. Por ejemplo, el cantante de punk Doc Mabuse, que fue el primero en llevar la calavera y las tibias cruzadas al Millerntor, dejó de ir al club y quemó su bandera en señal de protesta cuando el logo se convirtió en una mercancía. Prefería mirar los partidos de Altona 93, otro equipo del área portuaria de Hamburgo, en donde encontraba algo menos comercial. En 1989, se organizó un boicot que logró evitar que el estadio se incorporara a una zona deportiva más amplia que tendría un hotel y un centro comercial. Esta campaña hizo visibles los principios antiempresariales de la hinchada.

A comienzos de los años 2000, la hinchada tuvo que vincularse con la junta directiva para pensar una campaña de recaudación de fondos creativa para salvar al club, que había descendido nuevamente a la Liga Regional. Trabajaron junto al nuevo presidente Corny Littmann, dueño de un teatro y candidato del Partido Verde abiertamente gay que aceptó el cargo vestido de drag.

Pero a medida que la reputación internacional del St. Pauli crecía, más simpatizantes radicales empezaron a frustrarse con los grupos de simpatizantes despolitizados —y turistas— que asistían a los partidos. Criticaban la venta de camisetas del club en McDonald’s y en los grandes supermercados, la decisión de vender publicidad a una empresa de servicios telefónicos eróticos que los financiaba y el compromiso del alcalde conservador Ole von Beust con la campaña. Todo esto llevó a la formación de un nuevo grupo, los Románticos Sociales, y a la adopción de una nueva constitución en 2009 para preservar la identidad y los principios del club.

Durante la década del 2010, el fútbol se volvió todavía más comercial y globalizado, concentrando toda la riqueza en un puñado de clubes elitistas que dominan las ligas domésticas (el FC Bayern Munich, recientemente coronado como campeón de Europa, ha ganado sin mucho esfuerzo los ocho últimos títulos de la Bundesliga). Durante la última década, el St. Pauli y sus hinchas han recolectado dinero para refugiados, organizado torneos antirracistas y campeonatos para jugadores con discapacidad visual, demostrando que el radicalismo no se reduce a una cuestión meramente estética (aun si los días en los que los jugadores se mezclaban con los hinchas en la Hafenstrasse han quedado atrás).

Invocando el concepto de hegemonía cultural de Antonio Gamsci para discutir la importancia de la construcción identitaria del St. Pauli, Viñas y Parra proveen una crítica efectiva de cómo la insistencia muchas veces repetida de mantener a la política alejada del fútbol enmascara la explotación neoliberal del deporte y de sus hinchas, lo cual permitió en algunos casos que sean manipulados por dictaduras de derecha. En efecto, este tipo de discursos solo apunta a anular las críticas de izquierda que se dirigen contra el poder empresarial creciente que ha remodelado el deporte.

Pero tal como dijo el antiguo jugador y director del St. Pauli Ewald Lienen antes de un partido contra el R.B. Leipzig —que cuenta con un amplio financiamiento y que fue nombrado así por la empresa de bebidas energizantes Red Bull— no debemos aceptar que el fútbol quede «en manos del fascismo y de las empresas». En una época en la cual es difícil que los clubes que no cuentan con dueños millonarios compitan en las ligas mayores sin ir a la quiebra, tiene sentido que el St. Pauli se mantenga fiel a sus principios y que otros los adopten.

La confluencia específica de la contracultura, la política autonomista y un equipo fallido en una época de vandalismo de extrema derecha probablemente no sea repetible en otros lugares. Pero el St. Pauli ofrece un modelo para que sectores radicalizados de las hinchadas reclamen sus clubes, y tal vez en algún momento el deporte en su totalidad. La extrema derecha utiliza desde hace mucho tiempo los estadios como lugares para reclutar y organizar gente: la izquierda del siglo veintiuno podría hacer lo mismo, no solo peleando contra la explotación de las hinchadas capturadas por el mercado, sino incorporando a la izquierda populista, a los movimientos medioambientales y al antifascismo en una nueva cultura. La energía, la popularidad y el apoyo con los que cuenta el St. Pauli pueden parecer únicos, pero esto no debería ser así.

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