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Revueltas: la metamorfosis comunista

El 20 de noviembre de 1914 nació el intelectual más importante que ha dado la izquierda mexicana. José Revueltas transitó casi todas las opciones de la izquierda revolucionaria hasta encontrarse, en sus últimos años, como líder indiscutido de la Nueva Izquierda mexicana.

José Maximiliano Revueltas Sánchez (1914-1976) es el intelectual más importante que ha dado la izquierda mexicana. Lo es por varios motivos: por la calidad y diversidad de su obra –y su índole crítica—, por fungir de eslabón entre el Partido Comunista Mexicano (PCM) y la Nueva Izquierda, por ser el intelectual del Movimiento del 68 y por haber experimentado, en una vida, todas las metamorfosis posibles del ser comunista.

El menor de los Revueltas escribió novelas, cuentos, teatro, guiones cinematográficos y ensayos (políticos, históricos, filosóficos, antropológicos), alcanzando con frecuencia su narrativa –Los días terrenales, Los errores, El apando— y su producción ensayística –México: una democracia bárbara, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, Dialéctica de la conciencia— las cima más elevada de la cultura mexicana del siglo XX.

La crítica de Revueltas aguijonea la filosofía de lo mexicano (de Samuel Ramos a Octavio Paz), el régimen posrevolucionario, el socialismo soviético, el imperialismo estadounidense y el devenir histórico del PCM. Con respecto al vínculo entre las izquierdas, el escritor duranguense rompe con el comunismo oficial e inaugura la Nueva Izquierda al formar la Liga Leninista Espartaco. Revueltas fue, también, intelectual orgánico del movimiento estudiantil y teorizador de esa experiencia emancipatoria. La trayectoria del autor del Ensayo sobre un proletariado sin cabeza transita por el estalinismo, la Nueva Izquierda y el comunismo autogestionario.

 

Los años del Partido Comunista

Revueltas ingresó en la adolescencia a la juventud comunista tras una infancia empañada por la prematura muerte de su padre (con la consecuente penuria económica) y una educación autodidacta que mella su profunda fe católica. Crítica que culminará en ruptura, aunque el futuro escritor nunca abandonará la propensión al martirio como prueba de integridad moral del militante revolucionario y de identificación con el proletariado, que padece «sufrimientos inhumanos» infligidos «por hombres».

Los años veinte y treinta fueron un período de intensas movilizaciones sociales y estudiantiles, rebeliones armadas y conformación de organizaciones sindicales y ligas agrarias, en las que entraron en disputa distintas perspectivas políticas. Revueltas participó de ellas adhiriéndose a las huestes comunistas, influenciado por un compañero de trabajo.

En 1935, el autor de El apando viajó a la Unión Soviética como delegado juvenil al VII Congreso de la Internacional Comunista y, de acuerdo a un pasaje de El luto humano, quedó impresionado por la multitud que rodeaba a Stalin. Vicente Lombardo Toledano asistió también a la patria socialista «invitado por los sindicatos soviéticos». En los años siguientes, el intelectual poblano fungirá como mentor intelectual y político de Revueltas, si bien Lombardo nunca estuvo en el PCM por el que, decía, profesaba una amistad «sincera», mas lo único que veía eran «purgas y purgas y purgas». Henchido de admiración por el maestro, el comunista duranguense escribió en 1942 que «Lombardo nace en México, interpreta a México y en él se desarrolla, porque en México está su campo de cultivo y el campo de desenvolvimiento de sus extraordinarias dotes personales».

Ahora bien, lombardismo y estalinismo eran complementarios: ambos consideraban que la revolución en la periferia debería ser por etapas, es decir, que mientras la revolución burguesa no cumpliera todas sus «tareas históricas» no debería intentarse la revolución proletaria. Asimismo, los dos caracterizaban a los países del Tercer Mundo como semicoloniales y, por tanto, lo primero que habían de hacer los comunistas autóctonos era sacudirse la dominación imperialista. También compartían la teoría de los cinco estadios por los que pasarían forzosamente todas las sociedades (comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo) y el materialismo dialéctico en cuanto filosofía.

El Revueltas de los treinta y cuarenta giraba dentro de esa órbita comprensiva. En 1947, convocados por Lombardo, intelectuales del régimen, miembros del PCM y comunistas sin partido acudieron a la Mesa de marxistas mexicanos. A nombre de El Insurgente, Revueltas fundamenta la alianza con el Estado con la consideración según la cual «en la presente etapa histórica la clase obrera mexicana no es aún un factor decisivo en el desarrollo social, ni tampoco (…) el factor único en la transformación de las relaciones de producción, es decir, en la consumación de la revolución burguesa». No obstante esta profesión de fe, una escena lésbica en Los días terrenales (1949), sumada a las dudas existenciales del militante revolucionario protagonista de la novela, merecen la desaprobación de la ortodoxia comunista. «Las páginas de su último libro no son suyas (…) En ella se estanca el veneno de una época pasada, con un misticismo destructor que conduce a la nada y a la muerte», escribía Pablo Neruda.

 

«La existencia real del partido de la clase obrera»

México: una democracia bárbara (1958) consuma la ruptura de Revueltas con Lombardo, quien había apoyado la candidatura presidencial de Adolfo López Mateos. El escritor duranguense presenta la política nacional como un juego de supercherías en el que la apariencia suplanta a la realidad y el juego electoral ocupa el lugar de la democracia genuina. De una u otra manera, el PRI y el PAN representaban los intereses del capital, en tanto que el PP los de la pequeña burguesía. Y la izquierda (PCM, POCM) parecía débil y extraviada.

El proletariado necesitaba obtener la independencia de clase y desarrollar sus propios fines guiado por un partido marxista-leninista. A ojos de Revueltas, la Revolución mexicana no era ya la plataforma para saltar a la siguiente etapa histórica, como había sostenido hasta entonces; antes bien era un régimen opresivo y enajenante en el cual «al identificarse el gobierno con la clase obrera ésta se desidentificaba consigo misma, perdía la conciencia de clase, olvidaba su propia capacidad y su fuerza para obtener por sí misma sus reivindicaciones».

Será el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962) donde Revueltas extienda el argumento de la independencia política de la clase obrera para mostrar las falencias del PCM. Si el novelista duranguense había desechado la tesis de la revolución por etapas procedente del estalinismo, era ahora turno del instrumento político, esto es, del partido o conciencia organizada del proletariado. Este había fracasado en su misión histórica de proveer a la clase obrera de la ciencia marxista de tal manera que aquella cayera en cuenta de sus verdaderos intereses, hiciera a un lado la enajenación provocada por las relaciones de producción capitalistas y se constituyera como sujeto político autónomo encabezado por una vanguardia revolucionaria.

En lugar de ello, el partido había generado una forma peculiar de alienación o «conciencia obrera deformada», dentro de la cual los fines de la burocracia dirigente se presentaban en cuanto fines del proletariado en una usurpación de la conciencia organizada en beneficio de una casta antidemocrática y coercitiva, con intereses particulares e incapaz de expresar la universalidad de la conciencia revolucionaria del proletariado.

A no dudar: esto tenía como razón objetiva la deformación provocada por el socialismo en un solo país inspirado por Stalin que, al no generalizarse como revolución mundial, había suprimido la propiedad privada de los medios de producción de manera no universal. A esto se añadía, en México, la imposición de una ideología extraña a la clase obrera, la ideología de la Revolución mexicana, que la ataba a un proyecto histórico que no era el suyo. Y quien debía proveer al proletariado de la ciencia marxista se empeñaba, con base en la tesis estalinista de la revolución en etapas, en buscar a «la burguesía progresista en cualquier punto donde imagina que puede encontrarla».

Tanto el lombardismo como el comunismo oficial representaban, según Revueltas, dos vertientes de una misma ideología democrático-burguesa emanada de la gesta revolucionaria; jamás, el proyecto de emancipación proletaria. No había otra: la «irrealidad histórica del Partido Comunista Mexicano» debería pautar «el inicio de la existencia real del partido de la clase obrera».

 

Nueva Izquierda y movimiento estudiantil

La Liga Leninista Espartaco representó esa tentativa de formar el partido de la clase obrera y marcó, también, el nacimiento de la Nueva Izquierda en México. Expulsado de aquella como antes lo fue del PCM, el Revueltas de 1968 carecía de adscripción partidaria, lo que no obsta para manifestar su simpatía hacia el trotskismo.

El movimiento estudiantil, al que el escritor duranguense se vuelca prácticamente desde el inicio, dio lugar a otra metamorfosis revueltiana, esta vez en dirección del comunismo autogestionario. Sin abandonar nunca la filiación marxista, el leninismo de Revueltas cede –si bien no claudica— ante las prácticas horizontales de la rebelión juvenil. Autogestión académica, democracia cognoscitiva y universidad crítica eran los términos claves del periodo; y gobernarse a sí mismos, democratizar los saberes y ejercer irrestrictamente la crítica con el objeto de alcanzar la verdad, los factores cardinales de la emancipación humana.

A falta de una alternativa organizativa para los trabajadores, era de la combinación virtuosa de dichos elementos que emergía la conciencia organizada. Conciencia solo transitoriamente depositada en los recintos educativos (para, posteriormente, extenderse al resto de la sociedad), pues «este escape de la conciencia hacia la universidad no otorga a esta, ni a los estudiantes, ni a las clases medias, el papel dirigente del proceso histórico».

Este paréntesis era una «astucia de la historia» hasta que las condiciones objetivas se verifiquen; entonces, la clase obrera y sus aliados tomarían el poder a través de una revolución indubitablemente democrática que, como advertía Revueltas en Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, acabaría con el «sistema de dominación fascista de tipo especial» que entonces se gestaba en el país y del cual la matanza en la Plaza de las Tres Culturas era evidencia.

Revolución y democracia, aspiraciones confrontadas de suyo, debían ir unidas. De acuerdo con Revueltas, separadas no serían ni la una ni tampoco la otra.

 

Cierre

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