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Imagen: Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (Venezuela)

Simón Rodríguez, demonio de los mesones

En un nuevo aniversario de su nacimiento, recordamos al filósofo venezolano cuya vida extraordinaria y republicanismo radical siguen alentando el sueño del poder popular latinoamericano.

Dentro de las historias de la filosofía que aún nadie escribe, podría imaginarse una historia de los pensadores que solo se sentían a gusto con los niños. Pensadoras y pensadores a quienes les gustaba insultar, y para quienes era insoportable la violenta estupidez de nuestra mal llamada «sociedad». Pensadoras y pensadores a quienes les gustaba jugar, y que supieron imitar de los niños y las niñas esa risa que aparece en los momentos incorrectos. Pensadoras y pensadores llenos de pequeñas mentiras, con una sensibilidad especial para las cosas secretamente graves, para descubrir la radical desprotección en la que viven los seres extraordinarios de este mundo.

La leyenda cuenta que Simón Rodríguez fue un niño abandonado. Siguió siéndolo a lo largo de su vida, y por eso nunca se pudo curar del dolor que provoca el sufrimiento ajeno ni cerrar los ojos a la violencia estructural y la experiencia de la desigualdad. Él mismo decía, con sentido del humor, que no había conocido a su padre, pero que había conocido a un sacerdote que visitaba mucho a su madre. La tradición crítica alrededor a este autor se dedicó un siglo a discutir este tema, y no faltaron los eruditos que trataron de salvar el buen nombre de Rodríguez al postular una genealogía que lo convirtiera en hijo legítimo. La partida de bautismo del autor, publicada por Fabio Morales en 1992, resolvió definitivamente la cuestión al demostrar que el rumor era cierto.

El filósofo argentino León Rozitchner creía que la radicalidad de Simón Rodríguez derivaba de esa experiencia de abandono, experiencia que lo obligó a acoger en su propia carne el dolor de todos los que Rodríguez llamaba «criptógamos»: seres que habían venido al mundo de una semilla que no llevaba los nutrientes necesarios para crecer. Seres necesitados de ayuda para terminar de nacer. De allí una metáfora fundamental de Sociedades americanas en 1828, su obra principal: la fundación de repúblicas auténticas, la construcción de un «pueblo», no es sólo una ficción formal: acontece cuando la gente más desprotegida ha adquirido capacidades intelectuales para disputar la verdad y el saber, y condiciones materiales para cultivar colectivamente su vida sin tener que pedirle permiso a los más fuertes.

Todo ello fue descrito por Rodríguez en términos de un segundo nacimiento, que lleva al campo de lo histórico la herida constitutiva de todo ser humano (nacer incompleto y necesitar de otros). Tenemos que acompañarnos. Ayudarnos, unos a otros, a terminar de nacer. Ese segundo nacimiento es colectivo e histórico: consiste en un proceso de organización popular que rompe con la desigualdad y la dominación.

I

No tenemos muchos datos sobre cómo Simón Rodríguez terminó convirtiéndose en maestro. En 1791 lo encontramos ya como profesor en la escuela pública mantenida por el ayuntamiento de Caracas y dirigida por Guillermo Pelgrón. Sabemos que ese año Simón Rodríguez se gastó todo su dinero para comprar muebles para esa escuela. Así, inauguró una costumbre que lo perseguirá en los años venideros y marcaría una especial relación con el dinero (durante largas etapas de su vida, Rodríguez fue una especie de filósofo pordiosero). En 1794 envió al ayuntamiento un escrito con sus primeras reflexiones sobre el oficio de profesor. Ese escrito fue recuperado por Jesualdo, iniciador del movimiento latinoamericano de la Escuela Nueva, quien veía antecedentes de sus propias reflexiones en ese informe, que Rodríguez dedicaba a pensar su relación con la escuela.

Por aquellos años también se hizo cargo de otro niño sin padre. Se trataba de un niño rico y rebelde, huérfano de padre y madre, cuidado por un tío ambicioso que, según parece, tenía interés en la fortuna del niño. Se llamaba Simón Bolívar, y la relación entre ambos ha sido fuente infatigable de mitologías estatales. Lo cierto es que, al principio, no se llevaban bien. El niño se escapó de la casa familiar en 1795 y un policía tuvo que recogerlo de un camino por donde iba andando en las afueras de la ciudad. El ayuntamiento mandó que el niño se fuera a vivir temporalmente a casa de su profesor. Poco tiempo después, el niño intentó escaparse de nuevo. Con el pasar de los años, el hombre que había sido ese niño recordaría a su maestro como alguien que, en los momentos más difíciles, supo salvarle la vida.

II

Hay filósofos que escriben de pie y filósofos que escriben sentados. Hay filósofos que, en lugar de escribir, conversan. Otros filósofos guardan silencio, y construyen su filosofía bailando o gruñendo. Pero hay filósofos que caminan. Simón Rodríguez pertenece a esta última genealogía, y en ello es hermano de Mahatma Gandhi, Diógenes el Cínico, H. D. Thoreau y Friedrich Nietzsche. Su primer viaje registrado aconteció el 11 de noviembre de 1797, cuando salió de Caracas en camino hacia el puerto de La Guaira. Tomó un barco y se fue a Europa, no sabemos por qué. Casi un siglo después, en 1883, un viejo patricio llamado Manuel Uribe Ángel recordaría sus conversaciones con Simón Rodríguez cuando éste comenzaba a ser viejo y aquél iba dejando poco a poco de ser niño:

Un día, mientras almorzábamos, me dijo: «a principios del presente siglo, y cuando ya Bolívar estaba educándose en Europa, yo me encontraba en Caracas. Las ideas revolucionarias se desenvolvían allí con prodigiosa rapidez; las aspiraciones de independencia, aunque sofocadas por la vigilancia española, sobrenadaban y se hacían visibles por [en]cima de todo el horizonte social. La suspicacia del Gobierno engendraba el disimulo de los patriotas, y la tiranía subsiguiente de aquel produjo al fin la reacción revolucionaria. Yo era Presidente de una junta secreta de conspiradores. Denunciados por un traidor y hechos blanco de las iras del Capitán general, logré sustraerme a las persecuciones y la muerte, por una rápida evasión; y te digo la muerte, hijo, porque ya embarcado en el puerto de La Guaira en un buque norteamericano y antes de darnos a la vela, supe que muchos de mis compañeros habían sido pasados por las armas sin juicio previo y sin capilla.

Cuando estaba cerca de su muerte, Simón Rodríguez se encontró con el viajero francés Paul Marcoy, a quien le contó una historia de su vida completamente inventada: le dijo que era español, le dio una lista fabulosa de países en los que había vivido… A Rodríguez le gustaba tejer fantasías en torno de sí mismo. También pertenecía a ese linaje de filósofos a quienes le gusta contar historias extrañas, relatos escandalosos, exageraciones y chismes picantes. Tenía gestos raros en mitad de la calle, y a veces parecía que estaba actuando públicamente para que otros contaran su leyenda años después.

Hay motivos para creer que esta historia pudo haber sido inventada, pues las investigaciones más acuciosas para tratar de implicar a Rodríguez en la conspiración de Gual y España, la más importante de la época, han resultado infructuosas. Sin embargo, su fuerza como relato se mantiene. Por ella, los comentaristas se han imaginado que este primer viaje fue un exilio. Rodríguez cambió de nombre: se puso el de Samuel Robinson, «para no tener en la memoria, decía él, el recuerdo de la antigua servidumbre» (palabras que el coronel D. F. O’Leary, secretario de Bolívar en las guerras de Independencia, recordaba haberle oído).

El barco llegó a Jamaica, en donde Rodríguez se puso a estudiar inglés en una escuela pública, en compañía de los niños, como si fuese uno más. Llegó a Estados Unidos. En Francia fue seguido por la policía (Arturo Uslar Pietri rescató el delicioso informe de la policía, que nos permite reconstruir su vida en esa época). Se hizo amigo de fray Servando Teresa de Mier, en cuya compañía abrió una escuela para enseñar español. Viajó por una cantidad misteriosa de países que varían según la persona a quien le haya contado sus historias. José Lezama Lima dijo que Simón Rodríguez estaba poseído por «el demonio de los mesones» y que vivía en un viaje perpetuo gracias al cual «vivía en libertad irreductible, tenía la irradiación del esplendor aún en la pobreza, engendraba una nueva causalidad». Rodríguez mismo lo decía con palabra muy bellas: «no quiero parecerme a los árboles […], que echan raíces en un lugar, sino al viento, al agua, al sol, a todas esas cosas que marchan sin cesar».

III

En 1804 el joven Simón Bolívar llegó a París. Ya no era un niño, pero seguía siendo impetuoso. Tampoco era, aún, el personaje sombrío que dominaría las guerras de Independencia en los años venideros. Más bien se parecía a algunos protagonistas románticos de las novelas folletín. Había vivido en España una intensa relación con María Teresa del Toro, una rica y hermosa joven a quien Bolívar había cortejado desesperadamente, aunque sin esperanzas de ser correspondido. Pero sí lo fue, y se casaron. Vivieron dos años juntos antes de que ella muriera enferma de fiebre amarilla. Simón Rodríguez se encontró con Bolívar en París, cuando el segundo era presa del demonio de la melancolía. Rodríguez lo cuidó cuando estaba enfermo, le dio libros para leer, lo acompañó en los malos momentos después de las fiestas y excesos.

Ese año, Napoleón se coronó emperador. El suceso dejó fuerte impresión en los dos Simones. Acababa el periodo heroico de la Revolución europea y empezaba el deseo de un imperio universal en nombre de una falsa república. Al año siguiente, ambos hicieron un largo viaje a pie. En el Palentino, según cuenta una tradición magnificada por el filtro de la mitología bolivarista, Bolívar decidió salir de la depresión y dedicarse a la causa de la Independencia. Rodríguez se quedó en Europa diecinueve años más. No regresó a América hasta 1823, cuando su antiguo discípulo ya era un soldado famoso que lideraba la lucha por la Independencia.

De aquel recuerdo queda testimonio en algunas cartas emocionadas y en los documentos de un proyecto fallido que Rodríguez intentó construir: un sistema de escuelas experimentales en Chuquisaca, en el nuevo país de Bolivia, en donde Bolívar lo dejó nombrado Director General de Minas, Agricultura y Caminos Públicos y Director General de Enseñanza Pública, de Ciencias Físicas, Matemáticas y Artes, antes de irse corriendo a proseguir la guerra. La historia detallada de este proyecto fallido está contada en las cartas exasperadas del mariscal Sucre, quien se quejaba constantemente de que Rodríguez quería pagarle bien a los maestros y que estaba mandando recoger a los jóvenes desposeídos de la ciudad (que para Sucre no eran sino «muchachos, mujeres perdidas y holgazanes») para que vivieran adentro de la escuela.

Más que un internado, se trataba de una comunidad. Como suma prueba de inmoralidad, la gente señalaba que la escuela experimental de Rodríguez estaba abierta para niños y niñas y permitía que ellos y ellas hicieran vida en común. La casa que era su sede tenía habitaciones acondicionadas como talleres, en donde se aprendían oficios al mismo tiempo que se enseñaba a leer, escribir y hacer cuentas. Los padres y madres eran parte de la pequeña comunidad: si podían trabajar, se les daba ocupación; si eran inválidos, se les socorría por cuenta de sus hijos. La comunidad de Chuquisaca buscaba construir, en el mediano plazo, su autonomía económica respecto del gobierno. Imaginaba que la convivencia allí ensayada podía construir un nuevo país: la idea de Rodríguez era articular el proyecto educativo con un proyecto de reforma agraria, para que a cada niño se le asignaran tierras y se le ayudara a establecerse para colonizar el país con sus propios habitantes… Y también –escribió él– para que las niñas «no se prostituyesen por necesidad, ni hiciesen del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia».

El fracaso de esa escuela y la muerte de Simón Bolívar convirtieron a Rodríguez en un eterno exiliado en su propio continente: siempre a pie, de país en país, lo veremos sembrar escuelas alternativas y proyectos alocados. Comenzó a publicar sus ideas casi a los sesenta años, cuando ya se adivinaba la muerte de su discípulo. Como pasa con los filósofos que no tienen dinero, nunca pudo publicar completo el libro en que trabajó toda su vida, Sociedades americanas, a cuyo título le añadió la primera fecha (1828) en que intentó llevarlo a la imprenta para que la gente no olvidara que había sido un precursor. Fue editando los fragmentos que la vida le dejó imprimir en los países más diversos. Los investigadores hemos recorrido esos países armando el rompecabezas de este libro inconcluso, cuyas piezas logramos editar el año antepasado en una caja que recuerda el baúl de papeles que Simón Rodríguez parece haber llevado en sus viajes.

IV

Aun cuando todavía vivía, hubo gente que lo tachó de loco. El escritor chileno del siglo XIX, José Victorino Lastarria, que tenía un carácter envidioso, contó que, en sus escuelas, Simón Rodríguez acostumbraba a pasearse desnudo por el salón para que los niños (¡y niñas!) se acostumbraran a ver el cuerpo humano. El mariscal Antonio José de Sucre le escribió enfurecido a Bolívar una carta en que decía que Rodríguez tenía la cabeza de un francés aturdido. Bolívar había sido alumno de Rodríguez cuando niño, y le respondió que él era el hombre más extraordinario del mundo. El historiador chileno Miguel Luis Amunátegui recogió historias sobre Rodríguez entre la generación de sus amigos, registró las bromas públicas con las que le gustaba escandalizar a la gente bienpensante y escribió su primera biografía, en cuyas primeras páginas comparó al protagonista con Diógenes el Cínico.

Otros, más venenosos, acusaron a Rodríguez de socialista. Lastarria, siempre insidioso, dijo que Rodríguez aseguraba no conocer el sistema de Saint-Simon, ni el de Fourier, pero se había inspirado indudablemente en los experimentos de Robert Owen, prueba fehaciente para él de la irracionalidad de sus teorías y su inferioridad respecto de las defendidas por  Lastarria. El excéntrico filólogo saintsimoniano Louis-Antoine Vendel-Heyl, que tuvo que huir de Francia después de la represión de las revoluciones del 48, se alistó en una expedición científica que iba a darle la vuelta al mundo en barco. Naufragó en las costas de Chile y se hizo amigo de Rodríguez, quien se acercó con sus niños a ayudar a los náufragos. Vendel-Heyl recordaba haberle dicho a Rodríguez que sus ideas eran muy parecidas a las de su maestro Saint-Simón. El viejo había asegurado que no conocía al socialista utópico. Y Amunátegui, más medido que Lastarria, dijo que «muchos de los socialistas modernos han emitido ideas cuya prioridad pudiera vindicar el pensador americano». Ajustada descripción de lo que, muchas veces, ha sido el socialismo en nuestra América.

Parece que, con los años, su aprecio por los socialistas aumentó (quizá porque sentía simpatía por aquellos pensadores que, como él, eran calificados de «locos»). Sus propias locuras lo pusieron en el origen de nuestra tradición radical. En 1828 escribió que las revoluciones de independencia impulsadas por su discípulo Bolívar estaban sustentadas en un doble programa: la revolución política, que suponía la independencia de España, solo podría funcionar si, al mismo tiempo, se emprendía una revolución económica que le asegurara al pueblo pobre las condiciones materiales para el ejercicio de su soberanía. Lo contrario solo supondría darle a ese pueblo el derecho a elegir a su próximo amo. Esa revolución económica debía ir acompañada de un vasto proyecto de educación popular emprendido por el gobierno revolucionario, dirigido preferentemente a los niños y niñas pobres y cuyo como contenido fundamental debía ser la enseñanza de la sociabilidad, es decir, del conjunto de saberes prácticos que permiten «hacer menos penosa la vida».

Ambos proyectos van de la mano, y tienen como fin ayudar a la autoconstitución del «pueblo» en cuanto sujeto colectivo de la política emancipatoria. Solo su aparición podría fundar auténticamente las Repúblicas, que en el estado actual no son sino sistemas de democracia formal en donde los letrados han asumido el monopolio de la representación política, prolongando de esa manera la desigualdad estructural que, en el ámbito del poder y el saber, regía a la sociedad colonial. Lo que después sería llamado «descolonización» supone, por tanto, una recuperación del pueblo pobre en cuanto sujeto autónomo de la política y una crítica de la mediación letrada de la misma en el doble orden del poder y el saber.

Rodríguez terminó sus días como teórico de la democracia directa y crítico de la delegación de la soberanía. Invitó a los niños de Latacunga a estudiar quechua y fue uno de los primeros críticos de las teorías decimonónicas que oponían «barbarie» a «civilización». Denunció con claridad que las teorías de las «razas» en realidad estaban hechas para racializar la pobreza, la explotación y la pretendida estupidez de los pobres. Defendió el valor de la pluralidad étnica y cultural de América y la necesidad de conocer la experiencia histórica americana para, desde ella, inventar soluciones propias a sus problemas en lugar de importar acríticamente modelos traídos de Europa. Su lema más famoso, «o inventamos o erramos», quiere decir justamente eso.

V

Rodríguez fue un maestro inventor, un filósofo artesano que componía sus libros de filosofía con sus propias manos. Sus amigos hablaron de fabulosos materiales didácticos diseñados para enseñar a leer y escribir. De sus alocados proyectos para desviar ríos o volverse rico usando el semen de ballena. También inventó un sistema de escritura que lo hizo iniciador de las vanguardias un siglo antes que en el resto del globo: en él, las ideas eran dibujadas sobre el papel y los cambios en los tipos de letra daban cuenta del tono de la voz, las emociones y el movimiento del cuerpo.

VI

Quizá esa capacidad de invención venga de su relación especial con la experiencia de la infancia. Simón Rodríguez fue un pensador radical que recuperó el punto de vista de los niños para pensar desde allí la transformación de la realidad. Su pensamiento fue continuado por nuestros primeros filósofos artesanos y se transmitió a autores como Francisco Bilbao, que defendieron un latinoamericanismo igualitario. Mientras pudieron mantenerse, sus escuelas experimentales se convirtieron en comunidades utópicas gobernadas colectivamente por niños y niñas abandonados. Cuando aún estaba vivo, los políticos de Chuquisaca decían que en esas escuelas solo vivían los indios, los ladrones y las putas. Rodríguez dejó escrito que esos indios, ladrones y putas eran, en realidad, los hijos de los auténticos dueños del país.

Cierre

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