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El dirigente nacionalista blanco Nick Fuentes se describió a sí mismo como un «incel orgulloso». (Zach D. Roberts / NurPhoto vía Getty Images)

Qué aprendieron los incels del feminismo

Traducción: Natalia López

Confundir marginalidad con lucidez deja a los movimientos expuestos a imitaciones reaccionarias. Revalorizar la explicación estructural de la explotación de Marx puede ofrecerle al feminismo una alternativa a la teoría del punto de vista.

Pocos ejemplos ilustran con tanta claridad la polarización política de nuestra sociedad como el choque entre feministas e incels. Muchas feministas ven a los incels como hombres misóginos enojados por la pérdida de privilegios masculinos más que como sujetos genuinamente vulnerables, mientras que los incels describen a las feministas como «feminoides» manipuladoras que controlan la cultura, la política y las instituciones sociales, al tiempo que se presentan como víctimas. En la superficie, parece que la única conexión es que cada grupo se define en oposición al otro. Pero hay otro vínculo, más sutil: ambos grupos recurren a la experiencia personal de la marginación como fuente de autoridad. Cada uno cree que, por el hecho de estar oprimido, es el único que ve el mundo tal como realmente es y desestima al otro político como engañado o manipulador.

Dada la centralidad de la autoridad y de la marginación tanto en el movimiento feminista como en el incel, surgen nuevas preguntas: ¿cómo pueden cargarse políticamente los apelativos a la experiencia personal, en particular los que se arraigan en la marginación, y cuáles son sus límites políticos? La teoría feminista del punto de vista, que sostiene que las experiencias marginalizadas pueden producir conocimiento valioso, tiene sin duda potencia analítica, pero no está a salvo del mal uso. Cuando la experiencia y la marginalidad se reclaman como autoridad pueden, y a menudo lo hacen, producir jerarquías represivas tanto en los movimientos progresistas como en los reaccionarios.

Punto de vista, privilegio y responsabilidad

En ese sentido, la idea de que nuestra posición social moldea lo que sabemos y vemos no es controvertida. Como reflexionó Simone de Beauvoir en El segundo sexo, que te desestimen «por ser mujer» ilustra cómo estar situado de manera diferente en la sociedad afecta la recepción de tu perspectiva. Fue precisamente esa experiencia de no ser tomada en serio la que la volvió sensible a las construcciones de género. bell hooks señaló que quienes están en los márgenes suelen ver con mayor claridad las estructuras dominantes, justamente porque no detentan poder sobre otros. Y Nancy Hartsock sostuvo, de modo similar, que la marginación de las mujeres les da una lucidez que quienes están en el centro suelen pasar por alto.

En cierta medida, estas posiciones dialogan con Karl Marx, que vinculó el conocimiento con la posición de la clase trabajadora explotada. Pero para Marx, la clase trabajadora posee un privilegio epistémico no por su sufrimiento u opresión, sino porque su posición objetiva en las relaciones de producción le otorga un punto de observación singularmente claro sobre los mecanismos de la explotación. Ese privilegio está enraizado en el papel práctico e histórico que la clase trabajadora debe desempeñar: su propia liberación exige la abolición del trabajo asalariado, la propiedad privada de los medios de producción y todo el aparato mediante el cual se extrae el plusvalor. En la lucha por superar la explotación, la clase trabajadora se ve compelida a enfrentar la arquitectura completa de la dominación capitalista, algo que ninguna otra clase tiene a la vez el interés de abolir y la capacidad estructural para hacerlo. Así, su punto de vista es «privilegiado» no en términos morales o experienciales, sino políticos y materiales: su interés de clase coincide con la emancipación de toda la humanidad, ya que el fin de su explotación supone el fin de la explotación como tal. A diferencia de Marx, Hartsock y otras feministas del punto de vista trataron la marginación en sí misma como fuente de perspectiva privilegiada, ampliando el abanico de grupos que pueden reclamar autoridad epistémica, pero perdiendo al mismo tiempo la dimensión material de la teoría.

En Marginality and Epistemic Privilege [Marginalidad y privilegio epistémico], la filósofa Bat-Ami Bar On subraya las dificultades políticas que puede generar esta posición. Al desplazar la atención exclusivamente hacia la marginación, sin examinar la naturaleza específica de ella ni su función estructural, la autoridad epistémica corre el riesgo de reformularse como una competencia por el estatus del «más oprimido» o marginal, lo que da lugar a una dinámica que con frecuencia produce conflictos internos dentro de los movimientos. A su vez, los debates sobre «quién tiene el conocimiento más legítimo» terminan apuntando a otros grupos marginales, o ligeramente menos marginales, mientras quienes detentan el poder ignoran esas disputas. El resultado es una situación en la que los impotentes acusan de dominación a los relativamente impotentes, mientras los verdaderamente poderosos se sientan a observar y se frotan las manos.

En síntesis, apoyarse únicamente en la marginación puede encender conflictos dentro de los movimientos progresistas, cuando se disputan autoridad y legitimidad. Pero hay un peligro adicional: los movimientos antifeministas pueden explotar estos marcos, volviendo las herramientas del análisis feminista contra el propio feminismo. Esta dinámica aparece con claridad en mi investigación sobre la producción de conocimiento incel, que, de manera llamativa, reproduce varios tropos presentes en la teoría feminista del punto de vista.

Los incels como advertencia: cuando la marginación se vuelve reaccionaria

En la portada de uno de los mayores foros incel del mundo, Incels.is, las reglas son estrictas. La membresía se limita a hombres que se identifican como incels «verdaderos»; la simpatía con (o incluso el acuerdo con) la crítica del foro a la sociedad no alcanza. Las mujeres quedan excluidas de manera categórica: según la lógica incel, una mujer que permanece célibe nunca está realmente marginalizada, porque siempre podría encontrar una pareja sexual si quisiera. A esas mujeres se las etiqueta como «volcels», célibes voluntarias.

Buena parte de las discusiones del foro gira en torno a quién cuenta como un «incel real». La distinción entre «truecels» y «fakecels» depende de la experiencia: los truecels están condenados al celibato, mientras que los fakecels podrían escapar con esfuerzo. En otras palabras, la autoridad epistémica dentro de la comunidad se basa en la marginalización. Consideremos, por ejemplo, un hilo de discusión en Incels.is en el que los usuarios debaten si los «Chads», es decir, los hombres que ocupan posiciones privilegiadas en la jerarquía de género por su atractivo físico, pueden alguna vez estar genuinamente «blackpilled». Como escribió un usuario: «No pueden “saberlo”, solo pueden creerlo hasta cierto punto. La única manera de saberlo de verdad es a partir de la experiencia. Nunca van a estar verdaderamente blackpilled porque nunca van a experimentar la soledad forzada y la desesperanza reales».

Cuanto más excluido social y sexualmente está un miembro, más legítima resulta su voz. Factores como la apariencia, la etnicidad y el estatus social determinan esta jerarquía, y la lógica interna del foro suele ordenar esos rasgos de maneras que profundizan la marginalización. La identidad incel es relacional, definida en contraste con otros dentro de una red de ejes de poder que se intersectan, de un modo similar a como las teorías feministas interseccionales describen la posición social.

La experiencia, o la ausencia de ella, es central para la vida colectiva de la comunidad. Solo quienes vivieron la «experiencia incel» completa son considerados como calificados para participar u ofrecer una mirada. En esto, la comunidad espeja ideas feministas sobre el conocimiento situado y el privilegio epistémico, pero las aplica sin reflexión ética: el acceso al conocimiento «verdadero» lo determina el sufrimiento, no la reflexión crítica ni un compromiso con la justicia.

Sin embargo, la experiencia por sí sola no alcanza. El foro vigila la conformidad ideológica: está prohibido el contenido «bluepilled», perspectivas consideradas ingenuas o ignorantes de la realidad social que los incels dicen ver. Tomando Matrix como referencia, la «píldora roja» simboliza el despertar a la verdad de la sociedad, mientras que la «píldora negra» señala la desesperanza y la pasividad política. En este marco, la identidad incel no es innata sino adquirida: emerge al adoptar una cosmovisión específica, analizar críticamente la propia marginalización y participar en la interpretación colectiva de las estructuras sociales.

En esta formulación, los incels fundamentan sus pretensiones de verdad en su experiencia vivida y en la articulación colectiva de esa experiencia, mientras que el feminismo aparece como un «hegemon ciego». La idea de encontrarse dentro de un sistema feminista hegemónico que hay que develar se expresa en el siguiente comentario de un usuario de Incels.is, que recurre a la teoría crítica para sostener su argumento:

Todo pasa por vivir en un mundo dominado por normas sexuales. Según Gramsci, existe esta idea de que quienes están en el poder, la burguesía, básicamente controlan todo lo que da forma a nuestra cultura social. Entonces, ya sea las películas que mirás, las noticias que leés o la música que escuchás, todo cuenta con su visto bueno. Y si algo no encaja con su agenda, quizá ni siquiera llegues a enterarte.

La disputa resultante por la autoridad epistémica se vuelve así algo más que un debate interno: es un campo de batalla político entre movimientos progresistas y sus adversarios, y los foros incel funcionan como un espejo oscuro de la toma de conciencia feminista al convertir la experiencia personal en comprensión colectiva. Entonces, ¿qué hacer con esto?

Lecciones para el feminismo

Las feministas suelen descartar los relatos incel de victimización y marginalización como exageraciones o mala fe. Y con razón cuando esos relatos se ponen al servicio de la premisa patriarcal de que los hombres tienen derecho al acceso sexual a las mujeres, una pretensión que el feminismo tiene sobrados motivos para rechazar. Sin embargo, estos foros atraen claramente a muchos chicos y hombres que, de hecho, son verdaderamente vulnerables. Tomar en serio esa vulnerabilidad no implica avalar la demanda reaccionaria sobre los cuerpos de las mujeres. Implica reconocer que el aislamiento y la desesperación son condiciones sociales reales que vale la pena abordar. Una razón del rechazo casi total a reconocer la vulnerabilidad incel puede ser que hacerlo exigiría que una porción significativa del movimiento feminista, según su propia epistemología, tome en serio los reclamos incel. En lugar de reexaminar el vínculo epistémico que traza entre marginalidad y credibilidad, buena parte del feminismo descarta por completo los relatos incel sobre la soledad y la victimización. Esto, a su vez, alimenta la sensación entre ciertos grupos de hombres de que las feministas están más comprometidas con el poder que con la verdad.

Desde una perspectiva marxista, esto pone de relieve una distinción crucial entre mera marginalidad y privilegio epistémico. Como sugiere la concepción marxista de la clase trabajadora como clase universal, la experiencia se vuelve epistémicamente significativa cuando revela los mecanismos de la explotación y la posibilidad de su abolición colectiva. Al enfrentar los mecanismos que la oprimen, la clase trabajadora adquiere una comprensión de las estructuras sociales que, si se transforman, beneficiarían a la humanidad en su conjunto. La lección para el feminismo es paralela: la marginalidad y la experiencia no confieren peso epistémico de manera automática, sino cuando se movilizan de modos que iluminan la opresión, desafían las jerarquías sistémicas y promueven una comprensión colectiva. En las comunidades incel, por el contrario, la marginalidad se usa para reforzar el agravio, la jerarquía y la ideología reaccionaria, en lugar de generar lucidez crítica o conocimiento emancipatorio. Las teorías feministas del punto de vista y del conocimiento situado arrastran el mismo potencial estructural de mal uso si los reclamos de autoridad se vinculan sin crítica a la experiencia por sí sola.

La política feminista debe, por lo tanto, equilibrar el reconocimiento de las experiencias de las mujeres con la comprensión de que la marginalidad en sí misma no es inherentemente progresiva. La experiencia debería orientar el conocimiento no porque sea marginal, sino porque puede producir comprensión colectiva, desafiar estructuras opresivas y fomentar la movilización y el cambio social. El feminismo tiene que asegurar que la autoridad epistémica se funde no en el agravio o la victimización, como en el caso de los incels, sino en la reflexión crítica, en la responsabilidad colectiva y en un compromiso transformador con las estructuras sociales, alineando la ética del punto de vista con la lógica emancipatoria que Marx atribuye a la clase trabajadora.

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Publicado en Artículos, Feminismo, Géneros, homeCentro4, Ideas, Política and Sociedad

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