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El líder de Syriza, Alexis Tsipras, habla con la prensa fuera de su oficina en Atenas el 6 de junio de 2019. (Louisa Gouliamaki / AFP / Getty)

La izquierda griega necesita una alternativa a Syriza

La capitulación de Syriza ante la troika en 2015 sigue pesando sobre la izquierda radical griega. Ante las elecciones generales que se avecinan, necesita salir de su estancamiento y crear una alternativa real al régimen de austeridad permanente del país.

La trayectoria política de Grecia desde 2010 ha sido muy particular y, en muchos sentidos, paradójica. Los distintos gobiernos del país han incluido partidos de casi todo el espectro político, desde el ultraderechista LAOS hasta el supuestamente de «izquierda radical» Syriza. A pesar de esta diversidad, los sucesivos gobiernos han aplicado rigurosamente un mismo conjunto de políticas, dictadas por tres Memorandos de Entendimiento (MdE) acordados con los acreedores del país y diseñados por la infame troika (la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo).

La única ruptura política que se produjo fue exactamente la opuesta a la exigida por las poderosas movilizaciones populares que marcaron la primera mitad de la década de 2010. El voto del pueblo griego en el referéndum de julio de 2015 diciendo «No» a los planes de austeridad fue convertido en «Sí» por el entonces gobierno de Syriza. Posteriormente procedió a afianzar el régimen neoliberal al que antes se había comprometido a poner fin.

Las consecuencias de esa rendición han reivindicado las predicciones de quienes se habían resistido a las políticas de los MdE y al declive político de Syriza.

A pesar de la limitada recuperación de los dos últimos años, el PIB de Grecia es ahora al menos un 20% inferior a su nivel anterior a la crisis, una pérdida que no se recuperará en muchos años. La deuda pública es enorme (casi el 180% del PIB en 2022), y su valor monetario sigue aumentando. Los salarios griegos son los cuartos más bajos de la UE. La pobreza está muy arraigada en amplias capas sociales. Los jóvenes se enfrentan a la perspectiva del desempleo masivo, los trabajos precarios y la emigración. Según los datos recientemente publicados del censo de 2021, la población permanente del país ha disminuido un 3,5% en una década y regiones enteras se están despoblando (Macedonia Occidental -10% y -7% en el Peloponeso).

Tras las arrolladoras privatizaciones de la última década y la creación de varias supuestas «autoridades independientes» para dirigir la economía griega -en realidad, instituciones directamente supervisadas por la UE-, el Estado griego ha perdido herramientas cruciales para la elaboración de políticas. Las exigencias del tercer Memorando de Entendimiento, firmado por el gobierno de Syriza de Alexis Tsipras en 2015, encadenarán al país hasta 2060. Incluso si Grecia llega al final del plazo de la severa supervisión formal impuesta por los MdE, sigue ejemplificando la condición posdemocrática del neoliberalismo avanzado, en la que las nociones de soberanía popular y nacional carecen de todo significado.

Bloqueo político

El estado actual del sistema político griego es la mejor garantía para la continuación del declive del país. La derechista Nueva Democracia, liderada por Kyriakos Mitsotakis, lleva en el poder desde 2019, e impulsa una agenda neoliberal radical y autoritaria, afianzando aún más los resultados de la terapia de choque de la década anterior. El principal partido de la oposición es Syriza, que intenta recuperar el poder con promesas vagas que dejarían las políticas existentes esencialmente intactas. ¿Y cómo podrían ser las cosas de otra manera, dado el propio historial de Syriza en el gobierno?

El Partido Comunista Griego (KKE), aunque sigue siendo una fuerza militante significativa, permanece lamentablemente atascado en la misma rutina sectaria que ha seguido durante años, a pesar de algunas tímidas aperturas en el campo de las luchas sociales. Se trata de un callejón sin salida que conduce al KKE a un tipo peculiar de pasividad política y estancamiento electoral, disfrazados de retórica radical.

MeRA25, el movimiento creado por Yanis Varoufakis, ha mostrado una considerable radicalización ideológica en los últimos años. Pero, como explicaremos más adelante, nada indica que esta fuerza pueda aportar por sí sola las respuestas políticas necesarias.

Por último, la izquierda extraparlamentaria está profundamente debilitada y parece incapaz de superar su fragmentación crónica. Hasta ahora, se ha mostrado incapaz de articular un discurso que pueda llegar a un público razonablemente amplio.

En resumen, el panorama político de Grecia dista mucho de ser inspirador en la actualidad. El trauma de la histórica derrota de 2015 no se ha curado y superarlo requerirá un gran esfuerzo.

Es ciertamente alentador que durante los dos últimos años haya habido un renacimiento de la resistencia social, con algunas huelgas y luchas notables contra el autoritarismo y la represión policial. Pero estas acciones siguen siendo fragmentarias y defensivas. Además, la experiencia histórica demuestra que los movimientos sociales, aunque vitales para el cambio social, no son capaces de ofrecer una alternativa global al país, especialmente después de una derrota histórica de la magnitud de la que hemos visto en Grecia.

La intervención política es necesaria para salir del punto muerto.

Un nuevo comienzo

Para ser creíble, cualquier alternativa política de izquierda debe dirigirse a todo el espectro de fuerzas que se resisten al rumbo adoptado por las élites del país durante la última década. Debe formular políticas que respondan a los problemas candentes de la sociedad griega. El atolladero al que se enfrenta el país es tan profundo que sólo amplias alianzas sociales y políticas pueden abordarlo.

Para que tal propuesta política tenga alguna esperanza de éxito, debe tener en su núcleo la convergencia de las fuerzas de la izquierda radical.

Ahora bien, «izquierda radical» es un término que, tras la humillante capitulación de Syriza en 2015, ha perdido, con razón, el atractivo que una vez tuvo. Sin embargo, la izquierda radical todavía se refiere a la amplia gama de actores políticos que no pospone el derrocamiento del capitalismo griego a un futuro lejano, sino que busca lograrlo en las condiciones actuales. Este es precisamente el espacio del que surgieron las fuerzas políticas que amenazaron el dominio de la burguesía griega y desafiaron la participación del país en la Unión Monetaria Europea durante la década de 2010. Por su propia naturaleza, la izquierda radical incluye organismos y movimientos tanto parlamentarios como extraparlamentarios. Es pueril considerar el objetivo de lograr representación parlamentaria como una falta de radicalismo político, como algunos parecen estar pensando en Grecia.

El primer paso, por tanto, es reunir a esas fuerzas radicales, dándoles una perspectiva estratégica y no meramente electoral. Este movimiento podría dar rápidamente un nuevo impulso a las luchas sociales y abrir el camino a un cambio político más amplio. El objetivo a largo plazo sería permitir a la izquierda radical actuar como catalizador de las alianzas más amplias que Grecia necesita desesperadamente para salir del atolladero.

Para que tal esfuerzo tenga resultados positivos, especialmente en vista de las prolongadas batallas electorales que tendrán lugar en Grecia en los próximos meses, es necesario debatir las dificultades, los desacuerdos y las cuestiones que deben aclararse. Y las cuestiones más fundamentales tienen que ver con la posición y el papel de MeRA25.

MeRA25

Aquellos que rechazan el realismo miope de optar por el «mal menor», así como la comodidad del sectarismo, deberían centrarse en el curso seguido por MeRA25 en los últimos meses, y en el debate lanzado por las recientes intervenciones de Varoufakis.

MeRA25 consiguió por escaso margen una presencia parlamentaria en 2019, pero desde entonces ha ido virando gradualmente en una dirección más radical, clarificando aspectos cruciales de su perspectiva política. Su líder reconoce ahora que la UE no puede reformarse, por lo que es necesario romper con su marco institucional, incluida la unión económica y monetaria. Varoufakis apoya la retirada de Grecia de la OTAN y se opone a cualquier implicación en la guerra de Ucrania. Además, ha proclamado como objetivo estratégico lograr la liberación de las relaciones capitalistas y de todas las formas de opresión.

MeRA25 combina estas posiciones con una agenda planteada por algunos de los movimientos globales más significativos de los últimos años: el feminismo, el activismo LGBTQ+, el ecologismo, el antirracismo y el antifascismo y la defensa de los derechos democráticos y las libertades civiles.

Esta combinación ha adquirido cierta coherencia, dando lugar a una remodelación gradual del perfil general e incluso de la composición interna de MeRA25, acercándola a la izquierda radical. Esto es un indicio significativo de que, en efecto, estamos ante una «transformación y radicalización» de MeRA25, como dice su líder.

Sin embargo, las cuestiones que hay que aclarar siguen siendo importantes. No se refieren tanto a los orígenes del MeRA25, es decir, si ha surgido del núcleo histórico de la izquierda, como parece pensar Varoufakis. Más bien, el principal problema parece ser la concepción de la política que defiende MeRA25, con la específica estructura organizativa y la práctica política que se deriva de ella.

Esta concepción, por decirlo brevemente, tiende a reducir la política a un ejercicio de comunicación, centrado en la actividad de su líder, complementada por la energía de su grupo parlamentario.

Lo que distingue al MeRA25 de la izquierda radical reside precisamente en la ausencia de una presencia social organizada y de una intervención política sistemática en ámbitos de importancia estratégica para los trabajadores y los grupos oprimidos de toda la sociedad. Sus actividades no se centran estratégicamente en acciones sindicales, movilizaciones populares, en universidades y comunidades locales, es decir, en los lugares donde se forma la resistencia social y se libran las batallas sociales.

Esta relativa ausencia inhibe la necesaria convergencia de MeRA25 con la izquierda radical. Pero la ausencia podría funcionar potencialmente a la inversa. Si existe la voluntad política de lograr la unidad, la combinación podría ser el detonante de la creación de un nuevo polo político dinámico anclado en las luchas sociales. Un polo así podría subvertir toda la estructura política de Grecia.

¿El modelo Mélenchon?

Tal convergencia de la izquierda radical requiere claramente una base programática seria, un «programa común de ruptura», como dice Varoufakis. Curiosamente, sin embargo, niega cualquier referencia positiva a la alianza de izquierdas liderada por Jean-Luc Mélenchon en Francia (la Nouvelle Union Populaire Social et Écologique, o NUPES). Varoufakis rebaja esta experiencia a un hábil movimiento táctico para privar a Emmanuel Macron de su mayoría parlamentaria. Pero en realidad las cosas son mucho más complejas.

La primera vuelta de las recientes elecciones presidenciales en Francia demostró que la France Insoumise de Mélenchon era la primera fuerza de la izquierda en sentido amplio por un margen muy grande. Los demás partidos de izquierda no tuvieron más remedio que participar en una lista común sobre la base del programa ampliamente aclamado de Mélenchon.

Tras minuciosas negociaciones, se acordó una propuesta global que pretende echar por tierra todo el marco neoliberal creado por las presidencias de François Hollande y Emmanuel Macron. La propuesta menciona explícitamente la desobediencia a la UE cuando sea necesario.

Por supuesto, hubo importantes puntos de desacuerdo registrados por los socialistas y los Verdes. Pero al final prevaleció el poderoso deseo de unidad entre la base popular de la izquierda. Existe un sentimiento generalizado de que la gestión neoliberal de la sociedad francesa está irrevocablemente en quiebra y que es necesaria una nueva intervención de la izquierda.

Aunque NUPES no haya formado un grupo parlamentario único, como proponía Mélenchon,  sí cuenta con un órgano común interpartidista que se reúne semanalmente y presenta propuestas comunes sobre todas las cuestiones clave (excepto la política exterior). Este es uno de los pocos éxitos de la izquierda en Europa en los últimos años.

La experiencia francesa demuestra que una propuesta de unidad de la izquierda que aspire a ganar una mayoría en la sociedad podría llegar a ser creíble si se apoyara en la posición hegemónica de su ala radical, combinada con una elaboración programática adecuada y sostenida por la experiencia de la acción conjunta en los movimientos sociales y en instituciones «intermedias» como el gobierno local. Si se cumplieran estas condiciones, la exigencia de actuar tanto “desde arriba» como «desde abajo» iría de la mano, creando así las necesarias posiciones de fuerza en la sociedad.

La izquierda radical griega está aún lejos de alcanzar este punto. Pero el objetivo inmediato es más limitado. Lo que ahora está en juego es una alianza de fuerzas que abarquen un espectro más estrecho y tengan un peso electoral menor que en Francia, pero que aun así aspiren a formar un polo radical hegemónico. Este paso es esencial para evitar que el electorado de izquierdas quede atrapado en el dilema del «mal menor», que, como ha demostrado la experiencia reciente, es el camino más seguro hacia males aún mayores.

Por otra parte, la cercanía de las posiciones programáticas entre las fuerzas potenciales de la izquierda griega es claramente mayor que la de la izquierda francesa. Es factible un acuerdo sobre un marco programático, especialmente para formar un programa electoral. Los 7+1 puntos de MeRA25 sobre las cuestiones candentes del momento, es decir, sobre la satisfacción de las demandas populares inmediatas, proporcionan un importante punto de partida. Una convergencia programática más estratégica en torno a un programa de transición, que promueva una dirección anticapitalista para Grecia, sería el siguiente paso inmediato.

Las diferencias en la práctica política y la falta de intervenciones compartidas en las luchas sociales crean dificultades reales para las organizaciones que probablemente participen. Pero no son insuperables. Los días que se avecinan son sombríos para los trabajadores griegos y las generaciones más jóvenes. Lo menos que podría hacer la izquierda sería crear las condiciones para un nuevo comienzo, basándose en la experiencia del pasado, pero mirando hacia el futuro.

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