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Proceso de «selección» de los judíos húngaros que llegaron a Auschwitz hacia mayo de 1944. (Foto: Wikimedia Commons)

Memoria y resistencia

En agosto de 1944 los prisioneros de Auschwitz introdujeron a escondidas una cámara de fotos y tomaron cuatro fotografías temblorosas de los horrores que allí ocurrían. Su desafiante acto de documentación moldeó nuestra comprensión de la historia para siempre.

Existen pocos sitios históricos tan sombríos como los campos de exterminio de Auschwitz-Birkenau, y pocos lugares tan desprovistos de esperanza. Las oscuras historias de muerte y desesperación que todos conocemos de Auschwitz son casi únicas en su brutalidad desde la antigüedad.

Sin embargo, en mis lecturas sobre la historia del campo, he descubierto un mundo de resiliencia y resistencia que nunca habría imaginado que existiera a partir de las conocidas historias que solemos leer en los libros de texto en la escuela.

El tema del Día de Conmemoración del Holocausto de este año fue «Un día», y yo quería hablar de los acontecimientos de un día de agosto de 1944, en el que tuvo lugar lo que parecía un pequeño acto de resistencia que ha marcado profundamente nuestra comprensión y entendimiento de la historia.

El Kampfgruppe Auschwitz (el Grupo de Combate de Auschwitz o KGA) se había formado en 1943, fundado principalmente a partir de antiguos miembros de las Brigadas Internacionales (voluntarios internacionales que habían luchado por la República Española contra Franco en la década de 1930).

El grupo comenzó a coordinar un movimiento de resistencia a gran escala desde el interior de Auschwitz contra las autoridades del campo, almacenando armas y explosivos, distribuyendo alimentos en los barracones de los detenidos y ayudando a escapar a prisioneros políticamente destacados. Lo más importante es que el grupo también empezó a recopilar datos y pruebas de lo que ocurría en el campo, que en ese momento estaba envuelto en un oscuro velo de secretismo.

Los prisioneros que formaban el KGA no tenían nada, pero con lo poco que tenían estaban decididos a no dejarse vencer. Algunas de sus actividades fueron dramáticas: el grupo organizó un levantamiento armado en 1944 entre los «Sonderkommando», que eran prisioneros encargados de eliminar los cadáveres de las cámaras de gas, un levantamiento que se cobró la vida de tres oficiales de las SS e hirió gravemente a muchos más. Cuarenta y cinco Sonderkommando fueron condenados a muerte.

Sin embargo, muchas de sus acciones fueron menos dramáticas. Un día de agosto de 1944, con la ayuda de varios colegas del KGA, el partisano greco-judío Alberto Errera introdujo de contrabando una cámara en las cámaras de gas y pudo tomar cuatro fotos movidas del proceso en torno a la ejecución de los internos del campo y la eliminación de sus cuerpos.

Tomadas con una cámara Laker de fabricación alemana que había sido escondida en un cubo por el brigadista internacional y miembro del KGA David Szmulewski, las imágenes muestran claramente montones de cuerpos que son revueltos por los compañeros de los Sonderkommandos y grupos de reclusos que son desvestidos antes de su ejecución.

Conocidas como «las fotografías del Sonderkommando», estas imágenes son las únicas que tenemos que muestran los cuerpos de los prisioneros fallecidos en las cámaras de gas y sus alrededores. Sacadas de contrabando del campo en un tubo de pasta de dientes por la Resistencia polaca, se han convertido en una prueba inestimable de los horrores cometidos en Auschwitz, enormemente eficaz para exponer al mundo la maldad que ocurría en ese lugar durante el Holocausto.

A veces pienso: aquella mañana, mientras Alberto y sus compañeros se preparaban para su tarea, ¿podrían haber sabido lo importantes que resultarían esas fotografías? ¿Cómo debían sentirse mientras se preparaban para su misión, con todo el nerviosismo y la ansiedad que debían experimentar mental y físicamente? ¿Miraron el brillante cielo de agosto y se preguntaron si esa sería su última mañana? ¿La idea de tomar unas cuantas fotografías les pareció insignificante, incluso irrelevante, en el contexto de tan enorme sufrimiento, miseria y muerte?

Alberto Ererra viviría apenas un año más antes de su prematura muerte. Mientras transportaba las cenizas del crematorio, se liberó del transporte tras aturdir a los dos guardias con una pala e intentó escapar al río Vístula. Lamentablemente fue capturado, torturado y ejecutado varios días después. Pero el mundo debería estar eternamente agradecido por los riesgos que él y sus compañeros corrieron ese día.

No es exagerado decir que imágenes como éstas desempeñaron un papel importante en el esfuerzo de guerra, galvanizando a la opinión pública y endureciendo las actitudes de los aliados en su búsqueda de la victoria. La historia de las fotografías del Sonderkommando, para mí, muestra que los pequeños actos de resistencia pueden ser tan importantes como los más grandes. Muestra cómo, incluso en las circunstancias más desesperadas, nunca se puede negar la capacidad de acción a quienes se organizan y trabajan juntos.

Muestra cómo la determinación de luchar y ayudar a los demás puede sostenernos incluso en los tiempos y lugares más desesperados. Me demuestra la verdad del viejo dicho de que «es mejor morir de pie que vivir de rodillas», y permanezco asombrado, aturdido y humilde ante quienes llevan a la práctica sentimientos tan valiosos.

Si Alberto Errera, David Szmulewski y sus cómplices hubieran sabido aquella mañana en la que tomaron esas fotografías que un día —otro día— la guerra terminaría y se abrirían las puertas de Auschwitz, y que sus compañeros de prisión volverían a experimentar la libertad, no me cabe duda de que cada uno de ellos habría dado su vida con gusto.

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