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Ilustración de Christoph Kleinstück

Lo político no es personal

Traducción: Valentín Huarte

La hiperfijación en las consecuencias políticas de cada acción individual nos despoja de nuestro potencial colectivo.

¿Todavía dicen «gente de color» en vez de «BIPOC»?

Cuidado con esa lengua: están ejerciendo violencia. Tener un bebé es lo peor que pueden hacer. Aunque tal vez sea peor hacer un asado y postear una foto: se llama «meatposting» y es peor que comer carne; si la foto circula en Instagram, propaga la idea de que, a pesar de sus nocivos efectos medioambientales, comer carne es algo bueno.

Juzgar y ser juzgado es agotador. Se supone que el deporte y el entretenimiento son formas de escapar al estrés de la política. Pero no. Tenemos que hinchar por los equipos y por los jugadores que expresan opiniones políticas correctas y que toman decisiones individuales justas. Definitivamente, Kyrie Irving, estrella de la NBA que tantos titulares nos dio con su rechazo a la vacuna contra el COVID, queda fuera de la lista, igual que Tom Brady, crack del fútbol, pero amigo de Donald Trump.

Probablemente todos sentimos que hoy, aunque pongamos en juego algo intrascendente y absolutamente privado, todo lo que hacemos y decimos es político. El énfasis en la política de lo cotidiano termina siendo una carga para todos los que a duras penas llegamos al final del día. Para decirlo sin rodeos, no somos perfectos, pero eso no nos convierte en el blanco adecuado de la ira colectiva. Castigarnos y castigar a nuestros compañeros por transgresiones individuales es desviar nuestra atención de la verdadera causa de todos los problemas: la clase dominante.

Peor todavía, la hiperfijación en las consecuencias políticas de cada acción individual nos despoja de nuestro potencial colectivo.

Un estudio reciente del Wellesley College muestra que los estadounidenses blancos que más se preocupan por las cuestiones de la injusticia y la desigualdad raciales, piensan que «escuchar a las personas de color» y «estudiar el racismo» son más importantes que «apuntar los temas raciales en la agenda de las autoridades gubernamentales» o que votar.

En fin, está claro que fuimos demasiado lejos con eso de que lo personal es político.

El origen de la consigna

Es bueno recordar que, cuando surgió, la idea de que «lo personal es político» era interesantísima. El feminismo de la segunda ola de fines de los sesenta y comienzos de los setenta reunió a muchas mujeres que empezaron a charlar de sus vidas en grupos de «concientización». Los debates sobre el mal sexo, el trabajo doméstico y los embarazos no deseados evidenciaron la falta de poder colectivo de las mujeres y las impulsaron a organizarse y a militar por el cambio social.

Kathie Sarachild, fundadora del movimiento Redstockings, escribió que durante estas sesiones de concientización las mujeres «tomamos decisiones políticas sobre aspectos de nuestras vidas que nunca habíamos considerado en ese sentido y que pensábamos que debíamos enfrentar como pudiéramos y siempre solas». Muchos de los progresos del feminismo —el derecho al aborto, el control de la natalidad y la integración en ciertas profesiones— encontraron respaldo en esa concientización y el proceso desembocó en la publicación de algunos libros clásicos del feminismo, como La dialéctica del sexo, de Shulamith Firestone, y El mito del orgasmo vaginal, de Anne Koedt, ambos publicados en 1970.

La idea de que lo personal es político impregnó todo el movimiento feminista, desde el ensayo «¡Click! Iluminación de una ama de casa» de Jane O’Reilly, publicado en la revista Ms., hasta las protestas a favor de la Enmienda de Igualdad de Derechos y los movimientos contra las violaciones. En el contexto del feminismo de la segunda ola, la consigna «lo personal es político» significaba que todos los problemas que las mujeres sufrían de manera aislada —salarios injustos, imposibilidad de acceder a ciertas profesiones dominadas exclusivamente por hombres, como la medicina o la construcción, o violencia doméstica— no eran fracasos individuales, sino consecuencias de un sistema patriarcal, es decir, problemas que planteaban la necesidad de una acción colectiva.

Pero la ética individualista de la sociedad de consumo no tardó en imprimir su sello sobre el concepto. Aprovechando el deseo de las clases medias de liberarse de la alienación de la sociedad burguesa, muchos gurúes hippies empezaron a organizar «grupos de encuentro» y a apropiarse de la estructura y de las reflexiones de los grupos de concientización.

Lejos del objetivo de construir un nuevo orden social y económico, estas prácticas apuntaban a liberar a los individuos en tanto individuos. Así llegaron todas estas ideas a la avenida Madison, donde se empezaron a crear focus groups de mujeres. Por supuesto, el fin ya no era organizarlas, sino venderles nuevos productos.

El pantano del moralismo

Hoy la idea de que «lo personal es político» está tocando nuevos límites. Convertida en una cultura, en vez de significar que nuestras experiencias individuales, compartidas por otros, podrían transformarse en el fundamento de una práctica colectiva, la perversión neoliberal parece haber invertido los términos de la fórmula: ahora «lo político es personal».

La idea de que «lo personal es político» ayudó a que las mujeres entendieran que una pareja violenta o un jefe acosador no eran solo problemas individuales, sino problemas políticos con soluciones políticas. Pero la noción de que lo político es personal implica exactamente lo contrario. Toma nuestro deseo de analizar políticamente el mundo y transformarlo y lo dirige contra nosotros mismos.

En un mundo donde lo político es personal, tenemos que demostrar nuestras bondades políticas esenciales. Pongamos un cartel en la puerta: «En esta casa somos creyentes». Empecemos la reunión ejecutiva de la empresa con unas palabras de reconocimiento a los indígenas. Aunque parezca inofensiva, el corolario de toda esa bondad política es la cacería de los malos. Si lo político se vuelve personal, nuestra tarea es identificar a todos los individuos que encarnan ideas políticas malas —tal vez alguien que escribió un «mal tuit»— y castigarlos por eso.

Últimamente, aunque sabemos que son inservibles en la práctica, las acusaciones cruzadas se convirtieron en un espectáculo cotidiano del mundo de la izquierda. Por ejemplo, hace unas semanas, el presentador de un podcast de izquierda se permitió publicar en Twitter lo que pensaba de Dave Chappelle… que es gracioso. La reacción fue rápida y furiosa; el tipo tuvo que abandonar su programa después de que unos loquitos amenazaron a su esposa y a sus hijos. Animado por este espíritu de desenmascarar a los malos y denunciarlos, las acusaciones de Twitter también provocaron despidos, rupturas entre grupos de amigos y mucho malestar psicológico.

Pero en la cultura de la cancelación, todo eso está justificado porque, como dijo Natalie Wynn en «ContraPoints», su programa de YouTube, lo que debemos cancelar no es solo un acto o una ofensa particular: es tu persona. Mientras que ciertas ramas del cristianismo nos instan a «amar al pecador, pero odiar el pecado», los partidarios de «lo político es personal» adoptan una perspectiva más protestante: estamos predestinados a ser buenos o malos y nuestras acciones solo demuestran si formamos parte o no del grupo de los elegidos.

En las redes sociales, los elegidos, después de condenar a los malos, reciben su recompensa en forma de likes. Y los malos son castigados en forma de tuits citados que muestran lo malos que son. Todo sistema de creencias tiene sus rituales y estos son los que nutren la cosmovisión de «lo político es personal».

Resulta que la deriva moralista de esta política es anticolectiva y antidemocrática: la bondad es un bien individual. Incluso cabe pensar que es un bien competitivo, un «bien posicional» —término que en la jerga económica remite a una cosa que tiene valor porque es rara— como bien sugiere el título del libro de Catherine Liu sobre la clase profesional-gerencial, Virtue Hoarders [Acaparadores de virtud]. Como el papel higiénico durante la pandemia, la bondad individual es difícil de alcanzar y no dura mucho tiempo.

Lo personal todavía puede ser político

Sin embargo, entusiasma comprobar que algo del espíritu de concientización de la vieja fórmula todavía sobrevive.

Las grandes campañas electorales socialistas de los últimos años hicieron que muchas personas comprendieran —y enfrentaran— los factores estructurales que operan detrás de sus problemas individuales. Alexandria Ocasio-Cortez, hoy diputada, solía ser, según sus palabras, «una moza que sufría acoso sexual», no llegaba al salario mínimo y no tenía obra social. Hace poco confesó que en aquella época pensaba que merecía todo eso. Había internalizado la ideología del neoliberalismo: si uno es pobre, por algo será. Pensaba que no había hecho suficiente mérito.

Pero cuando escuchó que Bernie Sanders reivindicaba un mundo distinto, comprendió que merecía vivir una vida cómoda y agradable y que los conflictos que enfrentaba no surgían de fracasos personales, sino de ese sistema contra el que ahora lucha.

Los mejores dirigentes políticos del movimiento socialista son los que, como Sanders —o ahora AOC—, nos ayudan a conectar nuestras experiencias personales con un movimiento político y con una solución política. De hecho, si existe una definición adecuada de la organización política, es esa.

Los militantes del movimiento de inquilinos hablan con sus compañeros sobre los dueños de las casas y los ayudan a dejar atrás el sentimiento de impotencia que hace que se conformen con un techo agujereado. Así comprenden que todos los que alquilan tienen problemas similares. Y así surgen las huelgas de inquilinos —y todas las acciones colectivas— que luchan contra la clase propietaria. Es la única manera de ganar. Cuando los militantes de Medicare for All hablan con sus compañeros sobre los infortunios que ocasionan sus obras sociales, comienzan a darse cuenta de que la salud privada está arruinando sus vidas. Lo personal todavía es político y la idea sigue movilizándonos.

Pero eso no significa que nuestra preferencia por una película de Marvel sea política, ni tampoco que cancelar a un individuo sea organizarse políticamente. Las transformaciones verdaderas exigen que seamos parte de un movimiento.

Como me dijo una vez Bill McKibben, militante contra el cambio climático: «Muchas veces me preguntan, «¿qué podemos hacer individualmente para salvar el planeta?». Siempre respondo, «Lo mejor que podemos hacer es ser menos individuales».

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Publicado en Feminismo, homeCentro5, Ideología and Política

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