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Manifestantes protestan contra el gobierno del presidente ultraderechista Jair Bolsonaro en Sao Paulo. (Reuters).

Es hora de ampliar la lucha contra Bolsonaro

Bolsonaro está profundizando una radicalización golpista que tiene por objetivo establecer un régimen político autoritario. Para derrotarlo, es esencial que la izquierda logre explotar e influir en las divisiones de la clase dominante.

Bolsonaro dio una importante demostración de fuerza el 7 de septiembre. Apoyándose en un amplio apoyo material de los sectores empresariales que sostienen al gobierno, especialmente el agronegocio, la extrema derecha sacó a sus partidarios a las calles de Brasilia, São Paulo y Río de Janeiro, en una escala de cientos de miles. Sus objetivos eran abierta y explícitamente golpistas: el cierre de la Corte Suprema y del Congreso Nacional, además de los habituales llamamientos a la intervención militar.

Bolsonaro marcó el tono antes y durante el día 7, afirmando que sólo saldrá del gobierno preso o muerto. En las semanas previas a las manifestaciones golpistas, un clima de aprensión atravesó el país ante la evidencia de que militares y policías -un sector en el que Bolsonaro tiene un amplio apoyo- participarían en las manifestaciones. En la noche del día 6, sus partidarios en Brasilia intentaron, al principio sin mucha resistencia por parte de las fuerzas de seguridad, retirar las vallas que les separaban de la sede del Tribunal Supremo. En los días siguientes, los camioneros bloquearon las carreteras en apoyo al gobierno -afectando incluso el suministro en varias ciudades del país- y parte del activismo bolsonarista intentó, sin éxito, ocupar dos ministerios en Brasilia.

El día 7 no hubo golpe. Pero esto no significa que la movilización haya sido una derrota para el gobierno: Bolsonaro quería una demostración de fuerza, en la que ciertamente tuvo éxito. Demostró conservar un importante apoyo de una base minoritaria pero masiva, parcial y potencialmente armada y firmemente movilizada, y ello a pesar de la catastrófica situación económica, pandémica, política, social, medioambiental y energética en la que ha colocado a Brasil. El 7, por tanto, impone a todo el país la necesidad de un cambio de calidad en la lucha contra Bolsonaro y el bolsonarismo.

Las reacciones de la derecha y sus límites

En las últimas semanas, e incluso meses, ya se podía observar entre las facciones de las clases dominantes el desarrollo de diferencias en relación con el gobierno. Aunque hay consenso entre ellos sobre el proyecto económico de Bolsonaro, hay sectores de la derecha brasileña que ya han buscado, aunque superficialmente, distanciarse del proyecto autoritario de Bolsonaro. Más recientemente, se ha hecho evidente que la inestabilidad y el conflicto permanentes promovidos por el gobierno dificultan la aplicación del ultraliberalismo encabezado por Paulo Guedes.

Si los sectores que se mantienen fieles a Bolsonaro se radicalizan, los que ahora se alejan optan por la vacilación. La movilización de Bolsonaro impactó en este sector de la derecha, que buscó responder a su manera: partidos de la derecha histórica (ahora llamados de “centro” en la prensa) e incluso el PSD, que participa en el gobierno federal con el ministro de Comunicaciones, comenzaron a discutir la posibilidad de sumarse al impeachment. El presidente del STF, Luiz Fux, hizo una intervención similar, afirmando que si Bolsonaro desacata las decisiones del tribunal -como el 7 dijo que haría- estaría cometiendo un delito de responsabilidad, lo que justificaría un impeachment. El PSDB, el partido tradicional del neoliberalismo, ha pasado a oponerse al gobierno, pero no ha decidido destituir al presidente.

En resumen, la derecha apuesta por la fraseología, y lo hace porque mantiene la ilusión de que el bolsonarismo puede ser contenido por la vía institucional. El resultado no podía ser otro que el habitual repliegue táctico de Bolsonaro: el día 9 el presidente se reunió con Michel Temer, instruyó a los camioneros para que abandonaran el bloqueo de carreteras y firmó una “Declaración a la Nación”, redactada por el presidente golpista de 2016, en la que afirma que respeta las instituciones, la Constitución de 1988 y que, si fue “contundente”, lo hizo “en caliente”. La Bolsa, que había mostrado aprensión desde el día 7, volvió a registrar un alza.

Aunque este retroceso ha causado confusión en los sectores más radicalizados de la base de Bolsonaro, que mostraron su frustración con la declaración, no se trata de un gesto inédito: al contrario, forma parte de la política de Bolsonaro de retroceder un paso cada cinco avances. De esta manera, como desde el inicio del gobierno, la derecha pospone la posibilidad de romper con Bolsonaro, éste gana fuerza para su próxima ofensiva y el país sigue siendo rehén del golpe.

La lucha de Bolsonaro es por el poder

 Bolsonaro, sin embargo, demuestra a diario que no se dejará contener por el embate institucional. Está a la cabeza de un movimiento neofascista, que gobierna apoyado en la movilización permanente de parte de la pequeña burguesía -y de los sectores populares arrastrados por ella- y de organizaciones proto o paramilitares -su activismo armado y las milicias- con el apoyo de importantes sectores de la burguesía, la oficialidad y las bases de las tropas, en defensa de los intereses del capital y combatiendo abiertamente a las fuerzas de la izquierda.

Que la movilización de Bolsonaro haya apuntado al poder judicial como prioridad reafirma que la política de Bolsonaro no tiene centro en la institucionalidad, y que su objetivo inmediato -tantas veces declarado y casi tan a menudo subestimado- no es necesariamente la reelección: es la subversión reaccionaria de la Nueva República, en crisis desde al menos el golpe de 2016, y su sustitución por un régimen autoritario. Y el 7 de septiembre demostró que posee al menos una buena parte de las herramientas sociales, económicas, políticas y militares que necesita para hacerlo.

La unidad de la izquierda y las divisiones de la clase dominante

Si, por un lado, la derecha brasileña viene reiterando su histórica incapacidad de iniciativa contra el autoritarismo, por otro lado, la izquierda ha dado en el último período importantes pasos para enfrentar al neofascismo. Organizamos, desde el espacio unitario de la campaña nacional Fora Bolsonaro -en la que confluyen los frentes Povo Sem Medo, Brasil Popular y Coalizão Negra Por Direitos-, importantes movilizaciones de masas entre los meses de mayo y julio en todo el país, que volvieron a poner en la agenda el derrocamiento del gobierno tras meses de descontrol pandémico y catástrofe social y económica. El día 7 organizamos pequeñas movilizaciones, en contraposición a los actos neofascistas, pero que cumplieron el importante papel de demostrar el coraje y la voluntad de lucha y resistencia de nuestro lado.

Sectores minoritarios de la derecha, en general antiguos partidarios de Bolsonaro, convocaron una manifestación para el día 12, buscando presentarse como una “tercera vía” entre la izquierda y el neofascismo, y a favor del impeachment. Después del día 7, se abrió un debate sobre la participación o no de la izquierda en estas movilizaciones, en caso de que cambiara el perfil de la convocatoria -lo que ni siquiera llegó a ocurrir-. La posición que prevaleció en la Campaña Fuera Bolsonaro, y que resultó correcta, fue la de no participar el día 12, y construir una nueva movilización el 2 de octubre. Con una base social reducida y desmoralizada para liderar la lucha contra Bolsonaro, el acto de la “tercera vía” fue un fracaso: hoy, quien tiene la autoridad política para liderar la oposición es la izquierda.

En este escenario, si queremos derrotar definitivamente al gobierno, es esencial que la izquierda logre explotar e influir en las divisiones de la clase dominante, fomentando el desarrollo de sus tensiones y atrayendo a sus facciones disidentes para construir en las calles la más amplia unidad de acción posible contra Bolsonaro y el bolsonarismo. Como se dice, contra el peligro de un golpe neofascista, hasta la unidad con el diablo es correcta. Se trata de una batalla de consecuencias históricas de largo alcance para el futuro de los explotados y oprimidos del país, cuyos impactos afectarán sin duda también a la relación de fuerzas en toda América Latina. Nuestra tarea es derrotar a Bolsonaro, de la manera que sea necesaria.

Esta amplia unidad de acción, sin embargo, no debe confundirse con ninguna unidad programática con los sectores que se unen, y por lo tanto debe construirse preservando la unidad de las fuerzas de izquierda. La unidad de acción con la derecha disidente no puede significar la desintegración del importante Frente Único logrado por la izquierda brasileña en los últimos años: por el contrario, su preservación es central si se tiene la perspectiva de imponer una solución política de izquierda a los enfrentamientos en curso. La unidad de acción por el Fora Bolsonaro es puntual. La lucha política por el futuro del país, por otra parte, necesita una agenda de la izquierda sin conciliación con la agenda de la derecha. En este sentido, se equivocan los sectores y figuras de la izquierda que optan por la división de nuestro bloque y adoptan posiciones que debilitan nuestra unidad.

En el polo opuesto, los sectores de la izquierda que rechazan esa unidad de acción también se equivocan. Bolsonaro sólo puede ser derrotado en las calles y por la imposición de una amplia mayoría social contra su proyecto autoritario. Escondiéndose tras la correcta, pero políticamente limitada, denuncia del apoyo que estas fuerzas de la derecha han prestado a Bolsonaro en los últimos años, una parte de la izquierda mantiene la perspectiva de posponer la batalla contra el neofascismo al terreno electoral de 2022 -cuando puede ser ya demasiado tarde para evitar su victoria-. Revelando cierta obsesión por el calendario institucional, estos sectores parecen olvidar que, en la lucha por el fin de la dictadura militar, la izquierda también precisó estar en la calle con los sectores que durante muchos años habían apoyado al régimen autoritario.

La movilización bolsonarista del día 7 fue un salto de calidad en su ofensiva golpista. En este sentido, es fundamental el movimiento que hizo la Campanha Nacional Fora Bolsonaro de ampliar el 2 de octubre como una convocatoria unificada entre el conjunto de la izquierda y todos los demás sectores dispuestos a movilizarse por la agenda más prioritaria y urgente: el derrocamiento inmediato del gobierno de Bolsonaro. La derecha que se aleja del bolsonarismo ha reafirmado en las últimas semanas que no tiene iniciativa ni peso social para liderar la lucha contra el gobierno, es la izquierda la que debe cumplir ese papel, sin renunciar a nuestra unidad, independencia y programa. Con actos programados en 320 manifestaciones, 308 ciudades y 18 países, la jornada del 2 se sitúa como un paso fundamental hacia la construcción de las condiciones que hagan posible el fin del gobierno genocida.

El resultado del gobierno de Bolsonaro y su proyecto neoliberal son casi 600 mil víctimas de la pandemia, 19 millones de personas pasando hambre, 14 millones de desempleados, una inflación del 10%, una inminente crisis energética: la situación empeora cada día para los explotados y oprimidos. Y cuanto más tiempo tiene el neofascismo, mayor es su margen de maniobra e iniciativa contra las libertades y derechos democráticos conquistados por las luchas en el país en las últimas décadas; que vienen sido desmantelados desde el golpe de 2016, y a un ritmo acelerado desde la elección de Bolsonaro. Es necesario unir en las calles a todos los sectores sociales y políticos que se oponen al Bolsonarismo, y no hay tiempo que perder.

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