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La película de Thomas Vinterberg para 2020, Another Round, está protagonizada por Mads Mikkelsen (centro). (Foto cortesía del TIFF)

Hollywood no debería hacer una remake de Otra ronda

Otra ronda, el drama de Thomas Vinterberg que se llevó el Oscar, celebra la forma en que el alcohol es capaz de alegrar un poco una típica crisis de mediana edad. Pero no hay forma de que una remake de Hollywood logre evitar el moralismo estadounidense.

Leonardo DiCaprio se apuró y compró los derechos para hacer una versión en lengua inglesa de la excelente película danesa que ganó el Oscar, Otra ronda. Si todavía no la vieron, trata de cuatro hombres de mediana edad que logran mejorar sus aburridas vidas bebiendo lo suficiente como para mantenerse alegres todo el día y todos los días. DiCaprio planea ser el protagonista, interpretado en la original por el incomparable Mads Mikkelsen.

La noticia suscitó inteligentes planteos en las redes que exigen que, a cambio, se le permita a Mads Mikkelsen protagonizar una remake danesa de Titanic o El lobo de Wall Street. Sea como sea, están avisados. Sobra tiempo, hasta entonces, para disfrutar la versión danesa con la actuación de Mikkelsen y convencernos de que la versión estadounidense no es necesaria. Será espantosa.

¿Por qué lo digo?

Porque no hay forma de que una película estadounidense sea capaz de adoptar la actitud relajada de Thomas Vinterberg, director de Otra ronda, y de su equipo creativo, actitud que resumieron en la frase: «¡Sin moralismos!».

El moralismo es lo que mejor define a Estados Unidos. Los estadounidenses aman el moralismo. Basta pensar lo que haría la versión estadounidense de la película con la escena en la cual un profesor, cuya vida mejoró gracias al alcohol, alienta a un estudiante de secundaria, que sufre una intensa ansiedad frente a las evaluaciones, a tomar una copa o dos antes del examen final.

Otra ronda sigue la vida de cuatro profesores de secundaria quemados y agotados que deciden ayudarse mutuamente a reanudar sus vidas mediante la participación de un alocado experimento basado en una tesis que supuestamente habría sostenido el psiquiatra danés Finn Skårderud. La tesis afirma que los seres humanos viven con una deficiencia de 0,05% de alcohol en sangre. Por lo tanto, es probable que debamos beber para compensar la pérdida de los efectos más positivos del alcohol, es decir, la habilidad para relajarnos, sobreponernos a la inhibición social e interactuar fácilmente con los otros.

El catalizador del experimento es la repentina y evidente desesperación de Martin, el personaje que interpreta Mads Mikkelsen. Nos enteramos de que hace años está resignado a una vida promedio, absolutamente pasiva, a un trabajo en el cual perdió todo interés y a un matrimonio que se desmorona lentamente. Sus clases de historia, insoportablemente aburridas y desconcertantes, terminan provocando el llamado de atención, bastante humillante, de un grupo de padres en el marco de una reunión extracurricular. Los directivos de la escuela intervienen: será necesario hacer algunos cambios.

Luego, Martin se junta a cenar con sus amigos, que enseñan en la misma escuela y que, sin saber mucho cómo ayudarlo, intentan comprender los motivos de su fracaso. «Creo que te falta confianza. Y alegría», le dice Nikolaj (Magnus Millang).

La cena es para celebrar el cumpleaños de Nikolaj e incluye una gran cantidad de comidas caras y brebajes alcohólicos exóticos. Martin intenta abstenerse de beber, pero sus amigos empiezan a hablar sobre él como aquel que siempre tuvo el futuro más promisorio —planes para un doctorado y una carrera universitaria— y también la actitud más osada hacia la vida, que se dejan resumir en su dedicación de juventud a la danza jazz. Al escuchar todo esto, Martin empieza a vaciar de un trago las copas.

Así transcurren los primeros veinte minutos de la película y, de repente, Martin se quiebra en llanto. Sus amigos están impactados. Y la situación nos afecta también a nosotros, porque Mikkelsen interpreta de manera excelente esa situación desgarradora, esas emociones congeladas durante tanto tiempo que de pronto irrumpen y explotan en el momento menos indicado, en público, en una ocasión especial, rodeado de amigos cuya preocupación solo logra que todo sea más doloroso.

Poco tiempo después el grupo de amigos se decide a beber solemnemente todos los días y a tomar notas sobre los efectos de mantener estrictamente el 0,05% de alcohol en sangre, con el objetivo de publicar un artículo académico sobre el experimento. Beben durante el horario laboral, pero se detienen a las 8 PM porque esta era la regla de Ernest Hemingway, alguien que se sin duda se las arregló para llegar muy lejos.

Los efectos, al comienzo, son excelentes, sobre todo cómicos. Todo parece tan fácil. Martin es capaz de recomenzar la relación moribunda con su esposa y con sus hijos, y la experiencia de los cuatro profesores demuestra una enorme mejoría a la hora de presentar el material de sus clases de maneras inventivas, que logran interesar a los estudiantes. Redescubren su empatía básica y se vuelven mucho más sensibles a sus dificultades y a sus preocupaciones. Y realmente empiezan a disfrutar la docencia por primera vez en muchos años.

Vinterberg admite que su objetivo inicial con la película era hacer una celebración de la bebida que incluiría escenas en las que se expondría a los grandes bebedores de la historia, gente que logró muchísimas cosas estando completamente borracha la mayor parte del tiempo. Una parte de este material aparece hacia el final de la película y es uno de los aspectos más flojos, si se tiene en cuenta la elección de las figuras históricas, especialmente el tributo recurrente de Martin a Winston Churchill, un borrachín célebre al que le gustaba alardear diciendo que nunca bebía «antes del desayuno».

Luego de considerarlo con más detenimiento, Vinterberg decidió que no existía ninguna manera honesta de esquivar los aspectos negativos de la bebida, sobre todo las resacas y los efectos secundarios que a veces conlleva hasta una ingestión relativamente moderada, como la pérdida del equilibrio y del juicio, el discurso arrastrado y los vómitos. Y, por supuesto, está el grave riesgo de la adicción, que les pasa factura al cuerpo, a las funciones intelectuales, al trabajo, a las relaciones y a la vida en general.

Cuando el 0,05% empieza a funcionar tan bien para estos cuatro amigos, la tentación de beber más es incontenible y pronto acuerdan elevar el nivel a 0,10%. En poco tiempo, empiezan a beber sin medida hasta el límite de la borrachera absoluta. Cabe notar que el título danés de la película, Druk, significa «borrachera», es decir, es mucho menos lírico que el suavizado Otra ronda.

Aun manteniendo la consigna «¡Sin moralismos!», uno de los cuatro amigos sucumbe al alcoholismo. Se trata del más solitario y malhumorado, Tommy (Thomas Bo Larsen). Aunque las consecuencias del experimento empiezan a pesar sobre las espaldas de todos, él no logra detenerse cuando los otros pisan el freno.

Pero a Vinterberg no le interesa plantear al alcoholismo como la gran crisis de la película. No quiere hacer una versión actual de Días sin huella (1945). Para Vinterberg, la verdadera crisis es ese espantoso estado de muerte en vida, esa condición de adormecimiento tan extrema que la persona que la sufre no logra identificarla ni como depresión ni como tristeza, y se contenta simplemente con arrastrarse durante años o décadas abocada a la mera conservación de la existencia. Martin y Tommy están en medio de una crisis de este tipo desde el comienzo de la película y los otros dos amigos, Nikolaj y Peter (Lars Ranthe) están al borde de caer en ella.

Es un estado fácilmente identificable, que casi cualquier profesor y cualquier trabajador en general será capaz de contemplar como un espejo de su propia condición, o al menos como una señal de peligro. A pesar de que la película no enfatiza explícitamente la manera en que los profesores son parte de una fuerza de trabajo que es llevada a producir de forma desmedida y a cumplir objetivos que se sitúan más allá de cualquier estándar racional, queda claro que es el agotamiento lo que está destruyendo la vida de los personajes principales. Los párpados pesados y los lentos movimientos de Mikkelsen dan cuenta de una especie de fatiga permanente.

Esto es lo que hace que el final de la película sea tan emocionante: vemos a Mikkelsen salir de la crisis y explotar en una serie de pasos de baile improvisados, la tan comentada danza jazz, que simboliza el triunfo de la alegría sobre el dolor. En una entrevista con Vinterberg y Mikkelsen, el director Guillermo del Toro dijo que la escena le resultó tan catártica que sintió la necesidad de ponerse de pie:

Fue una de las pocas veces de mi vida en las que estaba viendo una película y me puse de pie  ¡Para alguien con mi peso es muy significativo!… Y me dije, «¡Sí, esto es pura vida!»

Es imposible superar esta recomendación.

Es realmente maravilloso ver a Martin satisfecho y alegre al final, cuando su mujer, que se había separado de él, le escribe por fin cariñosamente y está claro que volverán a estar juntos. Es el exacto opuesto de la tendencia popular del cine estadounidense a castigar a los «pecadores» y será interesante —y tal vez irritante— enterarnos de cómo la versión de Leonardo DiCaprio logra lidiar con esto.

Y, por supuesto, también habrá que ver si DiCaprio es capaz de bailar tan maravillosamente como Mikkelsen.

 

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