La sátira de Seth Rogen y Evan Goldberg sobre el problema de la propiedad intelectual en el cine comercial —en el que todo es una adaptación de otra cosa— no logra excusar ni abordar sus propios delitos contra la propiedad intelectual.


La sátira de Seth Rogen y Evan Goldberg sobre el problema de la propiedad intelectual en el cine comercial —en el que todo es una adaptación de otra cosa— no logra excusar ni abordar sus propios delitos contra la propiedad intelectual.
En la época dorada del Nuevo Hollywood, los creadores recibían enormes sumas para asumir grandes riesgos, y salían ganando. Pero la industria ha sido cooptada por fondos especulativos especializados en la gestión de riesgos. ¿El resultado? Un cine aburrido y previsible.
La gran maestra de ajedrez soviética Nona Gaprindashvili ha anunciado que va a demandar a Netflix por menospreciar sus logros en Gambito de dama.
Otra ronda, el drama de Thomas Vinterberg que se llevó el Oscar, celebra la forma en que el alcohol es capaz de alegrar un poco una típica crisis de mediana edad. Pero no hay forma de que una remake de Hollywood logre evitar el moralismo estadounidense.