Con el secuestro de Nicolás Maduro, Donald Trump incorporó dos novedades a la brutalidad imperial estadounidense: explicitó sin ambages su propósito de apropiarse del petróleo venezolano y formalizó su pretensión de instaurar un dominio colonial directo.
El argumento es tan burdo como revelador. Trump sostiene que el petróleo venezolano «pertenece» a Estados Unidos por inversiones realizadas en el pasado. Si ese criterio tuviera alguna validez, Texas, California y Arizona deberían ser restituidos de inmediato a México. Pero el magnate no razona: actúa como un matón. Su política de apropiación comenzó con sanciones, bloqueos y la confiscación de Citgo, la filial externa de PDVSA, y ahora avanza hacia el despojo total.
El objetivo inmediato es frenar la creciente exportación de crudo venezolano a China. Para eso, Trump exige la disolución de la empresa estatal PDVSA y su reparto entre las grandes petroleras estadounidenses. Acelera esa captura porque en Venezuela se concentran las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. El proyecto incluye incluso la instalación de una base militar destinada a custodiar esta nueva colonia energética.
Los pretextos del saqueo
El ocupante de la Casa Blanca anunció que gobernará directamente en Caracas, bajo un esquema semejante al que imagina para Gaza. Aspira a dirigir ambos protectorados sobre la base exclusiva de la coerción. Esa dominación fue anticipada mediante actos de piratería, despliegue naval y operaciones confesadas de la CIA.
Comienzan a conocerse, además, los contornos reales del secuestro de Maduro, muy lejos del relato «quirúrgico» difundido por la propaganda hollywoodense. Entre los defensores del presidente se registraron al menos 80 muertos, incluidos 32 militares cubanos. Tarde o temprano se sabrá cuántas bajas tuvo el bando atacante.
El pretexto del narcotráfico reaparece de manera episódica, pese a que Trump indultó por ese delito a un expresidente de Honduras y coordina acciones con narcoaliados en Colombia y Ecuador. Venezuela no figura como país productor ni como vía significativa de tránsito de drogas. Nunca se aportaron pruebas de vínculos del gobierno chavista con el extinto Tren de Aragua, ni prosperó la fantasía del cártel de Los Soles.
La ausencia de evidencias convierte el juicio contra Maduro en Nueva York en un disparate jurídico. La demonización mediática buscó presentar al presidente venezolano como un delincuente común, pero ese libreto chocó con una figura que se definió con sobriedad como «prisionero de guerra».
En otra de sus inconexas bravuconadas, Trump acusó a Maduro de vaciar las cárceles venezolanas para enviar criminales a Estados Unidos. Con ese dislate justifica la cacería de inmigrantes, que golpea especialmente a la propia comunidad venezolana indocumentada.
La paradoja es trágica: quienes celebran la agresión imperial son, en muchos casos, víctimas directas del imperio. En varias ciudades de América Latina se festejó el secuestro de Maduro sin advertir que la caída del chavismo intensificaría la presión para despojar a millones de migrantes de su estatus legal.
La prensa hegemónica antepone el rótulo de «dictador» a cualquier mención de Maduro, mientras omite que su captor es un golpista impune que alentó el asalto al Capitolio. Trump acaba de convalidar un fraude electoral en Honduras, presionó para imponer a Milei en Argentina y sostiene a Netanyahu y al monarca saudita Bin Salman como respetables aliados «democráticos». La doble vara es obscena.
Imperialismo en declive
Las hipocresías que demonizan a Maduro y blanquean a los verdaderos tiranos pierden peso en esta etapa de supremacía descarnada del más fuerte. En la era del garrote y del Corolario Trump de la Doctrina Monroe, los argumentos pasan a segundo plano. El magnate ha sustituido el lawfare por el terrorismo abierto.
El secuestro de un jefe de Estado es un acto de ese tipo, alineado con el método israelí de capturar o asesinar adversarios políticos en cualquier lugar del mundo. Con el asalto a Caracas, Trump demolió los restos del derecho internacional «basado en reglas». Sin declarar la guerra, secuestró al presidente de Venezuela.
Este acto de arrogancia busca recomponer su debilitada posición interna. Trump intenta presentarse victorioso ante un Congreso hostil, presionado por Marco Rubio y golpeado por denuncias de tráfico de influencias en el caso Epstein, derrotas electorales, protestas masivas («No Kings») y fisuras en su propio partido. A diferencia de Bush padre en Panamá o Bush hijo en Irak, eludió la autorización legislativa por pura desesperación.
La fanfarronería («nos ahorramos 50 millones de dólares de recompensa») intenta contraponer su perfil pendenciero a la impotencia de Biden. También busca restaurar el mito de un poder invencible, tras las humillaciones de Vietnam, Irak y Afganistán, recientemente recordadas en el cincuentenario de la derrota estadounidense en Indochina.
Trump apuesta a obtener con balas lo que no logra con aranceles, proteccionismo y amenazas económicas. Si continúa envalentonado, ampliará sus ataques. Una invasión total es desaconsejada por sus asesores, pero la captura de zonas petroleras para balcanizar Venezuela sigue sobre la mesa. Las amenazas a Colombia, México y hasta a Dinamarca por Groenlandia no son retóricas.
El problema es que Estados Unidos ya no es lo que fue. En su declive, carece del respaldo económico y político para aventuras militares exitosas.
Un éxito militar sin legitimidad política
La erosión de Trump avanza al mismo ritmo que sus amenazas. Incapaz de amedrentar a Rusia o China, y enfrentado sin beneficios a India, el secuestro de Maduro debilita aún más su legitimidad y habilita represalias simétricas de sus rivales.
La operación en Caracas provocó rechazos en la ONU y profundizó el distanciamiento con Europa, sin siquiera el respaldo pleno de la ultraderecha continental. Con la excepción de algunos lacayos sudamericanos, el mundo condenó la agresión.
Rusia y China exigieron la restitución de Maduro. La idea de un reparto tripartito del mundo ignora que el Pentágono destruyó cualquier convivencia posible mediante la expansión de la OTAN en Ucrania y el cerco naval a China. El ataque a Venezuela no es un repliegue regional, sino un mensaje de dominación para escalar la confrontación global.
Hasta ahora, el secuestro de Maduro constituye un éxito militar sin réditos políticos. No se parece a la destrucción de Siria, sino a las provocaciones fallidas de Israel contra Irán. En Venezuela, el proceso bolivariano sigue en pie. Trump no controla el territorio, ni el aparato estatal, ni las Fuerzas Armadas. El núcleo del poder chavista persiste.
No hubo rebelión militar ni estallido político opositor. Tampoco reaparecieron las «guarimbas» de 2014 o 2017. Las únicas movilizaciones fueron protagonizadas por el chavismo. Del otro lado, reina el inmovilismo, coherente con el agotamiento de una derecha sin liderazgo tras el fracaso de Guaidó y González Urrutia.
Trump ni siquiera pudo construir una fuerza vasalla. Despreció a Corina Machado, profundizando el patetismo de una figura que invoca la paz mientras aplaude la invasión extranjera.
Desmoralización y guerra informativa
La confrontación apenas comienza. Sin embargo, algunos analistas ya decretan un triunfo imperial basado en una supuesta traición interna. Repiten a Marco Rubio, quien afirma sin pruebas que el ejército entregó a Maduro.
A esta altura debería ser evidente que ninguna afirmación de Trump merece crédito. Los hechos indican una confrontación real, con numerosas bajas frente al aparato militar más poderoso del planeta. No existen evidencias de una traición estructural en el alto mando.
Las especulaciones sobre un «gobierno de transición» encabezado por Delcy Rodríguez dicen más sobre la posición política de quienes las formulan que sobre la realidad venezolana. Desde el primer momento, Delcy exigió la liberación y restitución de Maduro, en coherencia con su trayectoria.
Incluso las hipótesis de negociación petrolera deben leerse como tácticas defensivas frente a una agresión existencial. La historia de Irán muestra que los desenlaces no se definen en días.
Reproducir el libreto imperial de la traición solo sirve para fragmentar liderazgos, sembrar desconfianza y erosionar la moral popular. La prioridad es resistir. Las responsabilidades deben exigirse a la Casa Blanca, no a Miraflores.
Honrar a los militares caídos y fortalecer la defensa resulta más valioso que amplificar operaciones psicológicas del enemigo. La batalla no está perdida. Afirmar lo contrario solo justifica la inacción.
La disyuntiva regional
Frenar la agresión contra Venezuela es la urgencia del momento. Si Trump logra imponer este precedente, mañana podrá secuestrar a cualquier mandatario que obstaculice sus intereses. Las amenazas a Colombia, México y Dinamarca son advertencias explícitas.
La historia enseña que el expansionismo puede ser contenido si se actúa a tiempo. América Latina es hoy el escenario inmediato de esta ofensiva. México, Colombia y Brasil han denunciado la violación del derecho internacional, pero deben exigir con claridad la liberación y restitución de Maduro.
Venezuela es la batalla del presente. Allí se juega el futuro de la región. Si Trump triunfa, impondrá una regresión histórica. Si es derrotado, se abrirá un horizonte de conquistas populares. En esa disyuntiva se decide el porvenir latinoamericano.










