La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán entrelaza numerosos elementos geopolíticos clave, que van desde la apuesta inmediata para controlar vías estratégicas de circulación comercial hasta el inicio de una reorganización regional a gran escala.
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Algo cambió en los últimos meses en Argentina. No de manera definitiva ni irreversible, pero cambió. La pregunta ya no parece ser si el gobierno de Javier Milei puede ser derrotado, sino en qué plazos y, sobre todo, de qué forma.
Desde trucos contables coloniales hasta los paraísos fiscales modernos, el revolucionario panafricanista ghanés Kwame Nkrumah entendió los mecanismos de fuga del capital. Y, por ello, que la independencia política nunca es suficiente.
A pesar del genocidio en Gaza, Israel todavía tiene muchos clientes para sus exportaciones de alta tecnología, sobre todo armas. Pero experimenta una debilitante fuga de cerebros, ya que cada vez más israelíes laicos y educados eligen emigrar.
El crudo pesado venezolano es caro de extraer, harían falta años de inversión para aumentar la producción y, a los precios actuales, no está claro que sea rentable. La agresión actual tiene más que ver con el poder que con la economía.
El neoliberalismo no ganó una discusión intelectual: ganó poder. Vivek Chibber explica cómo los empleadores y las élites políticas de las décadas de 1970 y 1980 convirtieron la turbulencia económica en una oportunidad para reconfigurar la sociedad según sus propios términos.
Si Milei logró avanzar tan velozmente en dos años con una serie de transformaciones estructurales regresivas no fue por falta de protestas callejeras. Pero la «movilización por arriba» contrastó con una preocupante «desmovilización por abajo».
Elon Musk está a punto de convertirse en el primer trillonario del mundo. Aun así, los liberales se preocupan por los posibles inconvenientes de la redistribución de la riqueza. Deberíamos haber frenado el auge de los ultrarricos hace mucho tiempo, pero más vale tarde que nunca.
Los aranceles de Donald Trump equivalen a un impuesto encubierto a las clases medias y trabajadoras, envuelto en el lenguaje de la soberanía. En la práctica, se trata de una redistribución hacia arriba que alimenta la desigualdad y erosiona la democracia.
La administración Trump opera con frecuencia por fuera de la lógica del interés propio capitalista, impulsada por un apetito de crueldad y destrucción por la crueldad y la destrucción mismas, y por un resentimiento absoluto.









