El fenómeno Milei no constituye una mera alternancia de signo ideológico. Es la punta de lanza de un dispositivo que exige el vaciamiento de la democracia misma y el aniquilamiento del «otro» como sujeto político legítimo.
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Bukele pudo aumentar desmesuradamente la violencia estatal y violar toda la arquitectura institucional de El Salvador porque logró presentar su escalada represiva como la respuesta a una demanda social de orden, en un círculo vicioso en el que cuanto más reprime, más legitimidad obtiene.
Si las guerras de género funcionan desplazando el conflicto de clases hacia el terreno cultural, la respuesta no puede limitarse a defender posiciones en ese mismo terreno, porque implicaría aceptar los términos del debate de las derechas radicales.
Con las derechas de nuevo en el poder en Argentina, este nuevo aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no constituye un recordatorio sobre una fecha del pasado sino un campo de batalla del presente.
En nombre de la libertad y de una mayor calidad, el Gobierno de Javier Milei impulsa un proyecto para reorganizar el sistema educativo argentino en clave de mercado. Pero todos los ejemplos internacionales prueban que esto sólo profundiza las desigualdades.
De Trump a Orbán, de Meloni a Milei, los líderes de todo el mundo han convertido el miedo, el resentimiento y el orgullo nacional en instrumentos políticos. Su atractivo no reside solo en el carisma, sino también en la profunda inseguridad generada por la larga crisis del neoliberalismo.
Tanto Donald Trump como Nayib Bukele se presentan como empresarios de éxito con afinidad por las redes sociales, las criptomonedas y la criminalización de los pobres. Y ambos tienen mucho que ganar de su relación con el otro.
Las elecciones chilenas mostraron un escenario con tres candidatos de derecha, que reivindicaban a Pinochet y reproducían un discurso xenófobo y negacionista. Está en curso una disputa por el sentido común de la población.
Aprovechando los vacíos de la resistencia y la revolución, crece una nueva forma de fascismo «de la ambigüedad», que busca el embotamiento de los sentidos y los significados.
A medida que la campaña presidencial mexicana se calienta, los medios de comunicación tratan desesperadamente de vincular a AMLO con el narcotráfico. Se trata de una acusación ridícula que huele a desesperación de las élites.









