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La filósofa y youtuber trans de izquierda Natalie Wynn en su canal de Youtube ContraPoints.

La cancelación no conduce a un mundo mejor

Traducción: Valentín Huarte

En su nuevo libro, Ben Burgis argumenta que es un error que las personas de izquierda participen de «cancelaciones» moralistas o se retiren a una subcultura marginal. Tenemos que crear un ambiente hospitalario para millones de personas que quieren cambiar el mundo.

A fines del mes pasado, 450 exparticipantes de Jeopardy! firmaron una carta abierta en la que condenaron al último ganador, Kelly Donohue, y exigieron que tanto Donohue como los productores del programa pidieran perdón por lo que los redactores de la carta definieron como un «discurso implícitamente racista». En su cuarta presentación en el programa, Donahue hizo un gesto con tres dedos para indicar que había ganado tres veces. Las dos veces anteriores había hecho el gesto equivalente con uno y dos dedos y no había provocado ninguna polémica. Pero esta vez, los exparticipantes pensaron que el gesto era similar a uno que hacen a veces los supremacistas blancos (y con mucha más frecuencia la gente común que no tiene conciencia de esta asociación y que termina generando el tipo de confusión cercana al absurdo que probablemente estaban esperando los supremacistas blancos).

Fue un ejemplo impactante de un fenómeno que suele denominarse «cultura de la cancelación». Hoy este término está enredado en debates interminables sobre lo que significa ser «cancelado», sobre si una determinada persona fue «realmente» cancelada, etc. El ciclo de la guerra cultural pasa por los reaccionarios que estiran el concepto de «cancelación» hasta incorporar una variedad de reclamos culturales sin relación entre sí —véase, por ejemplo, el Sr. Cara de Papa— y por los progresistas que insisten en que «la cultura de la cancelación no existe».

Pero el fenómeno subyacente es real. Como argumenté en otra parte, el cóctel tóxico de atomización social neoliberal, plataformas y redes sociales diseñadas con fines de lucro que incentivan nuestros peores impulsos y cierta sensación de impotencia, que a veces encuentra alivio en sobredramatizaciones virtuales y en el intento de hacer que despidan o expulsen a determinadas personas por hacer o decir cosas malas, produjo una cultura de vigilancia mutua y de denuncia hipersensible que infecta todo el espectro político.

No es difícil encontrar ejemplos de personas de derecha que atacan a un barista cualquiera de Starbucks y exigen que lo despidan por haber dicho «Que se j- Trump» o de centristas que participan de denuncias virtuales masivas contra los seguidores de Bernie Sanders fundadas en dudosas acusaciones de racismo o sexismo. Siendo de izquierda, estoy particularmente preocupado por el modo en que operan estas tendencias en nuestro espacio. Cuando nos negamos a concedernos a nosotros mismos el beneficio de la duda y nos atacamos los unos a los otros, debilitamos nuestra capacidad de construir un proyecto colectivo que cambie el mundo para mejor.

En general, cada vez que observo a conservadores y a centristas comprometidos en denuncias hipersensibles y en intentos de destrucción personal, resulta que el objetivo está situado a la izquierda de su espectro político. Si la derecha reflejara como en un espejo lo que observo en la izquierda, no me molestaría. No me importa que la derecha se destruya a sí misma. Pero no quiero que la izquierda lo haga porque quiero que ganemos.

Si queremos que todo el mundo acceda a una salud de calidad, terminar con la violencia policial y con las guerras en el extranjero y expandir la democracia a los lugares de trabajo, tenemos que aprender a dirigirnos a la mayor cantidad de gente posible. Y entre toda esta gente que tiene intereses materiales que se alinean con nuestro programa ya hay una buena parte que piensa que la imagen que la izquierda muestra al mundo es muy poco atractiva.

El caso de Barbara Ehrenreich

En un mundo donde cientos de participantes normalitos de Jeopardy! están dispuestos a firmar sobre la hora una denuncia prácticamente surrealista contra un tipo como Kelly Donahue, no es sorprendente que sucedan cosas similares en el mundo más pequeño y con frecuencia más aislado de la izquierda socialista. La experiencia de la youtuber de izquierda Natalie Wynn (ContraPoints) es un buen ejemplo. Otro ejemplo menos célebre que discuto en mi nuevo libro es el de la escritora socialista Barbara Ehrenreich.

Ehrenreich participaba del movimiento socialista, del movimiento de mujeres y del movimiento por la paz desde la época de Vietnam. Dirigía el New American Movement (NAM), un grupo de intelectuales de izquierda que más tarde se fusionaron con el Democratic Socialist Organizing Comittee (DSOC) de Michael Harrington y fundaron Democratic Socialists of America (DSA).

Durante mucho tiempo, Ehrenreich fue copresidenta honoraria de DSA. En los últimos cincuenta años escribió muchos libros y ensayos que tratan sobre la desigualdad económica, la desigualdad de género y la dominación brutal de Estados Unidos sobre el Sur Global.

Ahora bien, saltemos hasta 2019. En un tuit sobre la gurú del orden Marie Kondo, Ehrenreich reflexionó públicamente sobre el significado de que Kondo fuera tan popular en Estados Unidos a pesar de que no hablaba inglés. Las generaciones anteriores de espectadores de televisión no habrían estado dispuestos a leer subtítulos a cambio de este tipo de contenido, y Ehrenreich tuiteó que esto era un signo de que «Estados Unidos está en decadencia como superpotencia».

Siempre es raro hablar en detalle sobre lo que consideramos más importante en un tuit que alguien escribe de paso, pero aquí voy: Mientras que Estados Unidos sigue siendo la potencia dominante a nivel mundial, los desplazamientos geopolíticos recientes complicaron y hasta cierto punto debilitaron esta dominación. Este cambio se siente en la esfera cultural, donde podemos ver signos de debilitamiento de la arrogancia imperial de los ciudadanos estadounidenses. Hubo un tiempo en que los estadounidenses tomaban como un hecho que todo el mundo —y definitivamente cualquiera que quisiera llamar su atención— aprendería su lengua natural, pero estas expectativas empezaron a menguar. ¿No es interesante?

Supongo que podemos perdonar a alguien que escuchó por primera vez el nombre de Ehrenreich en el marco del escándalo de Twitter por pensar que su punto era hacer alarde de xenofobia diciendo que «todo el mundo debería hablar inglés», pero cualquiera con un mínimo conocimiento de la persona de Ehrenreich o de sus décadas de escritura y activismo debería pensarlo un poco mejor. Esta mujer pasó largos años criticando el imperio estadounidense. ¿Por qué pensaría de pronto que su decadencia es un hecho ingrato?

Mientras leía los hilos de comentarios criticándola, pensé en algo que había pasado cuando yo era adolescente. Una pareja amiga de mis padres tenía cuatro perros. Nuestra familia tenía dos. Un fin de semana esta pareja salió de viaje y dejó sus perros en nuestra casa. Nuestros perros los conocieron, todos se olieron los culos, se hicieron amigos y recorrieron la casa juntos buscando cosas a las que ladrarles. Cuando encontraron a uno de nuestros gatos, todos —incluso los dos que veían a ese gato todos los días sin ningún problema— empezaron a ladrarle sin parar.

Pero en el caso de Ehrenreich la estupidez de la mente grupal es todavía más imperdonable, dado que evidentemente los primeros perros que empezaron a ladrarle eran sus seguidores de Twitter. Cualquier persona en esta categoría sabía que era una antiimperialista desde la presidencia de Richard Nixon. Aun así, la aparición en sus muros de un tuit que podría leerse de forma distinta si uno olvidara quién lo publicó bastó para encender los motores. Esto a su vez atrajo a otras personas, y en poco tiempo el escándalo estaba en las páginas de USA Today y en las plumas de periodistas que, habiendo o no buscado en Google el nombre de Ehrenreich, criticaron el tuit como «racista».

Las patologías de la impotencia

Lo que sucedió con Ehrenreich es simplemente una manifestación de izquierda de tendencias horribles que anidan en nuestra cultura. Pero no deja de preocuparme el hecho de que la izquierda esté tan bien dispuesta a adoptar una actitud moralista y punitiva a causa de lo que en mi libro denomino «patologías de la impotencia».

Hace muchos años que el movimiento obrero está en decadencia. Políticos como Bernie Sanders en Estados Unidos y Jeremy Corbyn en el Reino Unido hicieron casi toda su carrera en los márgenes. En cuanto a horizontes más radicales que las plataformas electorales de Sanders y de Corbyn, el colapso de las experiencias autoritarias y fallidas de crear economías no capitalistas en países como la Unión Soviética llevó a un consenso mundial de que, según las palabras inmortales de la abominable Margaret Thatcher, «no hay alternativa» a la organización actual del mundo.

La atmósfera política empezó a cambiar tan rápido que es difícil recordar cómo eran las cosas hace unos años. Una persona de izquierda de la época de los «sin alternativas» militaba a favor de centristas como Bill Clinton y Barack Obama, habitaba los márgenes de la política releyendo las obras completas de Marx y Engels o trataba de convencerse de que las formas de activismo local de pequeña escala llegarían algún día a convertirse en algo más grande.

En efecto, cualquiera que tuviera una concepción del mundo situada a la izquierda del liberalismo estaba en la disyuntiva entre convertirse en un liberal o terminar viendo la política como una performance moral. Si había leído a Chomsky y leía los diarios con atención, sabía que los dos últimos presidentes demócratas habían promovido leyes que debilitaban el poder de negociación de sindicatos industriales que solían tener mucha fuerza y habían bombardeado a una gran cantidad de civiles en los países del tercer mundo. Por eso hacía cosas como canalizar el descontento votando a candidatos de un tercer partido de los que la mayoría de los estadounidenses literalmente nunca había oído hablar. ¿Por qué no? Por lo menos servía para conservar el sentimiento de ser parte de algún tipo de oposición a las cosas exasperantes que leía en los diarios, y no es que hubiera tanta gente igual como para poner en peligro el triunfo de los demócratas y dar vuelta las elecciones a favor de los republicanos.

Bajo estas circunstancias es comprensible que muchos radicales dedicaran una buena parte de su tiempo a luchas entre facciones de izquierda, con frecuencia desatadas por desacuerdos menores. Si no podemos cambiar el mundo que está fuera de las ventanas de la universidad donde celebra sus reuniones la organización de cincuenta miembros a la que pertenecemos, por lo menos podemos tener la satisfacción de tomar la dirección y dirigirla según nuestra voluntad.

El mundo real, por ejemplo, está lleno de terratenientes y dueños de empresas que son incapaces de adecuarse a la ley de discapacidad porque nadie con la energía y los recursos financieros necesarios los denunció todavía. Cambiar esta realidad es muy difícil. En cambio, es mucho más fácil hacer que un congreso de Democratic Socialista of America adopte medidas tan extremas como prohibir que la audiencia aplauda durante los debates en nombre de adaptarse a los discapacitados (episodio que resultó en los notables montajes de video que el activista de derecha Tucker Carlson hizo circular en los medios).

De manera similar, el mundo está lleno de jefes y de otras autoridades que abusan de sus posiciones. Cambiar esta realidad es muy difícil. Por eso es tan tentador pasar directamente al juicio cuando se hacen acusaciones parecidas en un espacio en el que tenemos la capacidad de hacer que las denuncias tengan «efectos». Así, cuando surgieron denuncias sumamente vagas de indecencia sexual contra el candidato a diputado Alex Morse, demasiados izquierdistas y progresistas estuvieron dispuestos a soltarle la mano sin esperar ningún tipo de investigación. Cuando las denuncias fueron despejadas, el daño estaba hecho.

El efecto del comportamiento capturado en los videos de Tucker —elegidos convenientemente y utilizados con mala fe por un hombre que evidentemente no nos aprecia, pero no obstante reales— fue hace que los socialistas queden como quejosos raros bien dispuestos a vituperar unos contra otros por tomarse el atrevimiento de aplaudir en vez de agitar los dedos o por no usar «lenguaje de género» y decir «compañeros». El efecto de abandonar a un candidato en función de una denuncia sin pruebas es que la izquierda quede en una posición fácil de neutralizar.

Todo esto es bastante perturbador en sí mismo. Pero lo que muchas veces hace que el moralismo de izquierda sea todavía más alarmante es que estas objeciones estratégicas obvias muchas veces ni siquiera entran en el mapa mental de los analistas y activistas que abrazan estas prácticas, que el crítico cultural marxista Mark Fisher pensó con la imagen del «castillo del vampiro». El castillo del vampiro «no sabe generar adeptos, pero ese no es el punto».

¿Cuál es el punto? Me parece que demasiados amigos y compañeros de izquierda tienen malos hábitos heredados de los tiempos del «no hay alternativa». En vez de concebir la política radical como un proyecto concreto para generar progreso en el mundo material, suelen pensarla como una posición noble pero meramente simbólica contra las múltiples injusticias que los rodean. Esto permite explicar los extraños excesos de la radicalización performativa que solemos encontrar en la izquierda virtual. Tomar posiciones extremas que alienan a la mayoría de la gente fuera de nuestra burbuja política suele sentirse como un modo de combatir con claridad y definición contra dichas injusticias.

Uno de los problemas de reducir la política de izquierda al simbolismo moral es que el punto de la política se convierte en fortalecer los compromisos internos más que en movilizar la coalición más amplia posible para conquistar nuestros objetivos políticos. Es más fácil actuar como guardaespaldas de un club exclusivo de la izquierda que recibir con los brazos abiertos a todo posible converso. El año pasado, cuando el humorista y presentador de podcasts Joe Rogan apoyó públicamente a Bernie Sanders, hubo gente, incluso entre sus partidarios, que lo criticó por recibir con calidez la aprobación del cómico.

El tema en este caso está vinculado a los objetables comentarios que Rogan había hecho sobre el luchador trans de MMA, Fallon Fox. Pero como dijimos con Michael Brooks en un artículo de Jacobin, el apoyo de Rogan a Bernie (y la aceptación de este apoyo por parte de Bernie) servía a la causa de los derechos de las personas trans. Como dijeron Jamie Gardner y Maddy Grace Webbon durante la campaña, Bernie Sanders era por lejos el candidato más protrans de las elecciones, y el apoyo de uno de los presentadores de podcast más famoso del planeta contribuía a la posibilidad de que fuera presidente y aplicara su plan de gobierno (incluido el programa Medicare for All que financiaría las cirugías de cambio de género).

Considerar que este objetivo era menos importante que castigar simbólicamente a un cómico mediante una combinación un tanto confusa de instintos políticos buenos y malos habría sido un grave error. De hecho, contribuimos mucho más con el objetivo de contrarrestar actitudes reaccionarias como la transfobia recibiendo a Rogan y a su legión de fans, luchando simultáneamente por imprimirles una mejor orientación en estos temas, que denunciándolo y diciéndole que Sanders no quiere su apoyo.

Como escuché una vez de boca del socialista Adolph Reed en el programa de Michael Brooks, todo esto es un enfoque «demasiado protestante» de la política. El eje puesto en la evaluación moral de los individuos —como dice Reed, en definir si un individuo determinado «va al cielo» o «va al infierno»— obstaculiza la acción colectiva que intenta crear un futuro mejor.

Tenemos que avanzar

En realidad, contrarrestar estas tendencias que operan en la cultura en general requeriría que la izquierda tome el poder y haga cosas como eliminar el derecho de las empresas a despedir sin motivo a sus trabajadores y nacionalizar Twitter. Si tengo razón cuando digo que el impacto de todas estas tendencias en la izquierda atenta justamente contra estos objetivos, la cosa empieza a parecerse a la novela Trampa 22. No podemos conquistar a la mayoría y tomar el poder porque estamos perdiendo fuerza por factores que solo podremos contrarrestar una vez que conquistemos a la mayoría y tomemos el poder.

Pero hay ciertos motivos para tener un mínimo de optimismo. En primer lugar, como dije antes, el motivo por el que la izquierda es tan «canceladora» no es solo que vivimos en un mundo cada vez más «cancelador». También está la posibilidad de que el eje moralista de «tomar partido» sea un síntoma de impotencia. En la medida en que se trata simplemente de un mal hábito aprendido durante nuestro largo exilio de la política real, debería ser posible aplicar una corrección colectiva.

En segundo lugar, la «cultura de la cancelación» difícilmente sea la única fuerza antisolidaria que se origina fuera de la izquierda pero impacta en sus filas (y en las de todo el espectro político). Pensemos en el racismo, en el sexismo, en la homofobia y en otros prejuicios similares. Todos estos son problemas tan importantes en la sociedad estadounidense que sería tonto pensar que la izquierda es completamente inmune, pensar que, por ejemplo, ningún hombre de izquierda tendrá actitudes teñidas de sexismo. Esto no significa que tengamos que desesperarnos y llegar a convencernos de que no tiene sentido desalentar estas actitudes en nuestras filas. Incluso en los años 1930 y 1940, cuando Estados Unidos era un país mucho más abiertamente racista que hoy, estaba prohibido usar insultos racistas en las reuniones del partido comunista.

Hoy todavía hay demasiadas personas en la izquierda que descartan las críticas hacia los comportamientos punitivos y moralistas como si fueran un culto a los buenos modales y una voluntad de complacer la respetabilidad burguesa, o insisten en que lo que sucede en las redes no es tan importante, aunque la verdad es que en 2022 una parte considerable de la interacción, de la educación y hasta de la organización políticas tiene un componente virtual y, como muestran desafortunadamente los ejemplos que discutimos más arriba, estos problemas también existen fuera de las redes.

Una crítica recurrente contra el título de mi libro es que no importa si las personas «cancelan a un cómico» en Twitter mientras se comprometan con la organización en el mundo real. Como dice el meme, «¿Por qué no los dos»? Y, en cualquier caso, ¿por qué gastar tiempo quejándonos sobre la toxicidad dentro de la izquierda «mientras el mundo está ardiendo»?

El problema es que, aun si pasamos diez horas a la semana en un grupo de DSA, cada media hora que pasamos escupiendo bilis sobre «la problemática» en las redes atenta contra las buenas obras anteriores haciendo que la izquierda parezca la policía del resto del mundo. Este es un problema real.

Por el contrario, convencer a las personas que queremos conquistar de que no tienen que simpatizar con el castillo del vampiro tendrá buenos frutos. El tipo de izquierda que defendía Michael Brooks, una izquierda formada para ser «despiadada con los sistemas» pero «amable con las personas», resultará mucho más agradable a los posibles conversos que una que parece cientos de personas saltando para denunciar a Natalie Wynn o Barbara Ehrenreich en función de la peor interpretación posible de un tuit ocasional.

¿Cómo podemos intentar de establecer colectivamente normas de interacción más compañeriles y más humanas entre las personas que trabajan juntas para cambiar el mundo, y aplicarlas incluso cuando nos relacionamos en espacios virtuales prácticamente diseñados para alentar a que los individuos atomizados se ataquen unos a otros ante la más mínima provocación? Es una pregunta difícil y la respuesta no es fácil. Pero no podemos seguir descartando el problema como si no fuera importante y negarnos a intentar mejorar. Tenemos un mundo por ganar.

Cierre

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