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Un nuevo libro muestra que la «revolución del vino y de las empanadas» tenía raíces profundas en el centenario movimiento socialista chileno.

Cuando el socialismo chileno sabía a prosperidad

UNA ENTREVISTA CON
Traducción: Valentín Huarte

El socialismo chileno, en palabras de Salvador Allende, tendría «sabor a vino y empanadas». Aquí, la historia de cómo se cocinó esa famosa expresión durante el largo siglo socialista en Chile.

 

Entrevista por
Nicolas Allen

Cuando el recién electo presidente Gabriel Boric se detuvo en medio de su juramento para saludar a la estatua de Salvador Allende, muchos sintieron que la historia había cerrado un círculo.

Cualquiera que sea la opinión que uno tenga sobre Boric, su victoria representa un nuevo, incluso ambiguo capítulo en una lucha centenaria por hacer de la sociedad chilena un sitio de bienestar y prosperidad para la clase obrera. Ese era el sueño del mismo Allende cuando, en 1939, con apenas 31 años y la mirada todavía fresca, asumió el cargo de ministro de Salud en el gobierno del Frente Popular de Pedro Aguirre Cerda.

En 1970, Allende terminó de convertirse en el famoso representante de la «vía chilena al socialismo»: experimento sin precedente de más de mil días de gobierno popular, que promovió la nacionalización de industrias fundamentales, la creación de instituciones de representación obrera y un polémico programa radical de reforma agraria acelerada.

Hay quienes piensan que el programa de reforma agraria disparó el golpe de 1973 contra el gobierno de la Unidad Popular: la élite terrateniente chilena, los dueños de las medianas empresas, los consumidores de clase media y sus aliados militares y políticos pensaron que repartir la tierra, someter la distribución de alimentos al control obrero y crear mercados de alimentos regulados por los trabajadores implicaba ir demasiado lejos.

En su nuevo libro, Hungry for Revolution: The Politics of Food and the Making of Modern Chile, el historiador Joshua Frens-String muestra que detrás del impulso a la reforma agraria y a la protección de los consumidores estaba el deseo de conquistar una prosperidad obrera —denominada por Allende «revolución del vino y de las empanadas»— que tenía raíces profundas en el centenario movimiento socialista chileno. De hecho, según Frens-String, en la vía chilena al socialismo pesaban tanto el objetivo de la democracia como el de crear una sociedad de consumo dinámica (por cierto, una sociedad de consumo socialista).

Frens-String remonta la historia del gobierno de Allende hasta los años 1910 y 1920, cuando la nutrición de la clase obrera se convirtió en una de las banderas del naciente movimiento socialista chileno. El autor sigue el mismo hilo a través de los años 1930, cuando el gobierno de izquierda del Frente Popular colocó la «política alimentaria» en el centro de su campaña y definió la buena vida en términos de prosperidad y de igualdad nutricional. También muestra que los debates en torno a la producción de alimentos influyeron en las ideas de los encargados de la planificación, que durante los años 1950 y 1960 intentaron superar el subdesarrollo y garantizar simultáneamente que las masas ingirieran una cantidad de calorías adecuada.

Hungry for Revolution es una historia de la izquierda chilena singular y necesaria, y tiene mucho que decir sobre el futuro de la política progresista y socialista chilena. Hoy, sobre el ruido de fondo de una crisis alimentaria cada vez más grave que lleva a los chilenos a asumir deudas enormes con el único fin de llenar la heladera, se impone el debate sobre el derecho a una nutrición saludable y sustentable. Así, la historia que narra Hungry for Revolution parece hablarnos también del futuro.

Nicolas Allen, editor de Jacobin, conversó con Frens-String para aprender más sobre el viejo sueño obrero del «vino y las empanadas», fundamento de la revolución política, y sobre su actualidad en el marco del resurgimiento contemporáneo de la izquierda chilena.
 
 


NA

Me gustaría que hables un poco de los motivos que te llevaron a escribir el libro. A primera vista, parece tratar un tema bastante de nicho: la «política alimentaria» y la historia del consumo popular en Chile. Pero a medida que uno avanza en la lectura, empieza a darse cuenta de que en realidad es un nuevo relato de la historia de la izquierda chilena del siglo veinte, y toca casi todos los temas imaginables: la reforma agraria, el desarrollo, la planificación estatal, los mercados, el control obrero, la democracia y el poder popular. Es decir, todos los temas que la izquierda chilena viene discutiendo hace muchas décadas.


 

JF-S

Sí, mi objetivo cuando escribí el libro era, en primer lugar, mostrar que la política alimentaria y el sistema alimentario son una ventana desde la cual es posible mirar todos esos temas. Pero, en segundo lugar, quería mostrar que la lucha en torno a la producción de alimentos, a la distribución y al consumo impulsó efectivamente muchas de las transformaciones políticas y económicas que atravesó Chile durante el siglo veinte. En muchos sentidos, la lucha por el sistema alimentario terminó definiendo el sentido y estableciendo los parámetros de un Estado más inclusivo y de una comprensión de la ciudadanía más amplia y social.

Además de eso, otra cosa que me fascinó y que realmente inspiró mi investigación es el hecho de que lo que vino inmediatamente después de un gobierno socialista democráticamente electo —el de la Unidad Popular de Salvador Allende [1970-1973]— fue el debut mundial del neoliberalismo de 1973. En Hungry for Revolution intento pensar cómo esos dos sistemas de organización económica diametralmente opuestos pudieron coexistir en el mismo país en un intervalo de apenas diez años.

Muchos investigadores y militantes destacan que el rasgo definitorio de la experiencia neoliberal chilena es que se convirtió en una sociedad dirigida exclusivamente por metas de consumo, y los promotores de las políticas neoliberales suelen tomar la libertad de consumo como la métrica fundamental que mide el acceso de la población a la ciudadanía. En el Chile de Augusto Pinochet y en el que vino después, la idea de una ciudadanía social y económica fue reemplazada por la idea de una sociedad de consumidores que expresan sus preferencias y actúan a través del mercado en vez de hacerlo, por ejemplo, a través de las organizaciones políticas de masas.

Mientras intentaba comprender cómo esas dos tendencias políticas aparentemente incongruentes pudieron sucederse tan rápidamente, decidí volver un poco más atrás y noté que no existía ninguna asociación lógica ni necesaria entre la derecha política y la «sociedad de consumo». De hecho, a principios o mediados del siglo veinte, la derecha ni siquiera hablaba tanto de consumo. El lenguaje del consumo y de la sociedad de consumo estaba asociado a movimientos progresistas que crecieron durante los años 1910, 1920 y 1930, y que se expresaron con particular fuerza en los años revolucionarios de la década de 1970. Por lo tanto, era la izquierda la que argumentaba que los ciudadanos merecían tener un derecho básico al consumo.

Por supuesto, se trata de un consumo distinto del que promueve el neoliberalismo, y en el libro trazo una distinción precisa entre las políticas de consumo que enfatizan el consumo como un derecho de los ciudadanos y el consumismo neoliberal, que sugiere que el consumo es un privilegio fundado en el mercado y no un derecho que deba estar garantizado. Las primeras se convirtieron en el sello del movimiento obrero, del Partido Comunista y de otros movimientos reformistas de clase media: se trataba de garantizar el derecho de los ciudadanos chilenos a consumir toda una serie de productos considerados como básicos o de subsistencia. Por supuesto, a medida que el movimiento iba creciendo, también crecía la lista de productos «esenciales».

A mediados del siglo veinte, el énfasis de la izquierda en el consumo llevó a toda una serie de personajes —economistas, científicos y funcionarios estatales— a pensar críticamente modos de dirigir la producción de bienes de consumo, la distribución de esos bienes en la economía y la orientación general del desarrollo económico hacia la realización de una sociedad moderna «próspera».

Otra cosa que me interesó de Chile son los orígenes de la revolución de la Unidad Popular de los años 1970. El relato tradicional, especialmente en Estados Unidos, analiza la revolución en el marco de la Guerra Fría, como si hubiese sido una lucha satélite de la lucha mundial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Pero cuando uno remonta la historia de la revolución de la Unidad Popular tres o cuatro décadas, encuentra una historia nacional mucho más interesante que permite explicar los orígenes del gobierno y que llega hasta la participación popular de los años 1930 en el marco del Frente Popular chileno.

El Frente Popular chileno fue una coalición histórica que reunió en una coalición gubernamental a socialistas y comunistas por primera vez en toda América. Si vinculamos esos dos momentos históricos de los años 1930-1940 y el de los años 1970, conquistamos una nueva perspectiva que nos permite pensar los años de la Unidad Popular como un acontecimiento mucho más importante que una mera nota al pie a la Guerra Fría. La lucha por la alimentación como un derecho ciudadano definitivamente sirve para esclarecer esta historia larga y nos permite comprender mejor la revolución de la Unidad Popular.

 


NA

Tu libro destaca que Salvador Allende había sido ministro de Salud durante el gobierno del Frente Popular de 1939. Hasta cierto punto, ese es uno de los contrastes más interesantes entre Chile y, pongamos por caso, Brasil o Argentina. De hecho, en los años 1930 o 1940, muchos gobiernos populistas de América Latina tenían una agenda similar: buscaban implementar políticas redistributivas y resolver el problema de la nutrición y del consumo obreros. Pero Chile parece único en el sentido de que la nutrición de la clase obrera fue —y siguió siendo durante décadas— una bandera de la izquierda socialista.


 

JF-S

Es así. Si consideramos los casos de Brasil, Argentina o México durante los años 1920 y 1930, la historia del Estado que intenta proteger o garantizar el consumo popular parece repetirse en toda América Latina. Pero lo que sucedió en Chile fue distinto porque, como dijiste, fue la izquierda política —socialistas, comunistas y católicos progresistas— la que adoptó estas reivindicaciones y las colocó en el centro de sus programas políticos.

Juan Domingo Perón en Argentina y Getúlio Vargas en Brasil tenían programas populistas más tradicionales: no se identificaban con la izquierda y tenían una agenda nacionalista más ambigua. Por el contrario, la reivindicación del consumo en Chile tenía un componente mucho más ideológico, porque los movimientos como el Partido Comunista y el Partido Socialista entendieron bien desde principios del siglo veinte que estos temas eran parte de su política y de su visión de una sociedad socialista.

Es probable que la idea de garantizar un derecho básico a la alimentación o de proteger la nutrición popular no sea inherentemente «de izquierda», pero los partidos de izquierda de Chile la convirtieron en una idea de izquierda y utilizaron esas reivindicaciones para empalmar con la creciente clase obrera urbana y con los sectores más precarios. En los años 1930, muchos trabajadores rurales empezaron a desplazarse a las ciudades, y las políticas de consumo se convirtieron en una manera de resguardar a esos trabajadores bajo el amplio paraguas de la izquierda política.

En 1933, Allende participó en la fundación del Partido Socialista de Chile (PS).

 


NA

Antes de profundizar un poco más en la historia de la izquierda chilena y su adopción de la consigna de la nutrición popular como bandera principal, me gustaría traer a colación una idea de Hungry for Revolution que tiene una resonancia particular en la actualidad: la alimentación es una mercancía extraña, en el sentido de que está estrechamente vinculada con la necesidad social y con la libertad económica.

Por un lado, durante el siglo veinte hubo toda una serie de políticas como la planificación estatal, los controles de precios y las metas de producción, que apuntaron precisamente a garantizar el acceso de la población a una alimentación básica. Pero, por otro lado, la alimentación también está asociada con la libertad de consumo, con el placer y con ciertas libertades de mercado.


 

JF-S

El antropólogo Sidney Mintz escribió sobre este tema y sostuvo que la comida es una lente interesante a través de la cual mirar la sociedad porque destaca dos tensiones. Por un lado, la gente quiere que el Estado regule y proteja su salud física, su seguridad y que garantice el acceso a una alimentación básica. Pero, al mismo tiempo, la comida realza el problema de la elección individual: los consumidores no quieren que les digan qué ni cómo comer. La gente suele pensar que la cocina es un espacio privado, aislado de la sociedad, y casi todos los intentos de intervención estatal en este ámbito encuentran resistencia.

Rachel Laudan, historiadora de la alimentación, utiliza el concepto de «modernismo culinario» para referirse a una tensión similar entre necesidad y elección. Su concepto enfatiza el hecho de que los niveles de vida y el bienestar de los consumidores mejoraron cuando los Estados empezaron a utilizar la tecnología moderna para hacer que los alimentos sean más accesibles y su producción menos laboriosa. Esa es básicamente la historia de los primeros cinco capítulos de Hungry for Revolution, que cuentan cómo todos los movimientos políticos chilenos de izquierda intentaron regular la economía y adoptar las nuevas tecnologías y las explicaciones científicas del campo de la nutrición para satisfacer las necesidades básicas y las reivindicaciones del pueblo.

En ese momento, de los años 1930 a los años 1970, el debate no pasaba tanto por ampliar el abanico de opciones de consumo. En realidad, pasaba por establecer una métrica cuantitativa y por garantizar que los trabajadores accedieran, por ejemplo, a suficientes calorías, fuentes adecuadas de proteínas y eventualmente a cosas como frutas, vegetales y leche, todos productos que caían bajo la amplia categoría de «alimentos protectores».

Entonces, cuando consideramos las políticas nutricionales de Salvador Allende, entendemos que su interés en la alimentación durante los años de la Unidad Popular era más bien una continuación de esa tradición. Allende garantizó que los niños tuvieran acceso a la leche y cuando hubo escasez de carne de vaca, pidió que la gente comiera pescado porque era una forma simple de sustituir una proteína por otra.

Pero en la práctica, las cosas no eran tan sencillas. Durante la revolución de la Unidad Popular hubo muchas protestas por la escasez de distintos tipos de productos. Aunque no hubo hambrunas como las que hubo en otras partes del mundo a comienzos del siglo veinte, la falta de algunos productos que los consumidores habían aprendido a asociar con la «buena vida» bastó para iniciar un proceso de movilización. La gente tenía la expectativa de consumir carne de vaca y no quería un sustituto, aun cuando los científicos decían que el pescado era igual de bueno, si no mejor.

Por lo tanto, muchas de las protestas anti Allende surgieron en torno a la idea del derecho a elegir. Los dirigentes de esas protestas empezaron a enfatizar que la capacidad de elegir y de tener distintas opciones de consumo debía ser la nueva métrica para evaluar el funcionamiento de las sociedades de consumo. Y esa mentalidad sirvió para formar una base social de oposición a Allende que, más tarde, apoyó las políticas neoliberales.

Cuando uno se concentra en las luchas en torno al consumo durante la revolución de la Unidad Popular, empieza a comprender que la base de apoyo de lo que terminó siendo el neoliberalismo surgió en ese momento (no necesariamente entre los trabajadores, ni entre los sectores urbanos y rurales más pobres, pero sí entre los sectores de clase media). Ese también es el punto en el que la sociedad empezó a dejar de pensar en términos de necesidades colectivas y empezó a centrarse en las políticas de gobierno que enfatizan la elección como el aspecto más importante de la economía.

 


NA

Tal vez convenga volver un poco atrás y revisar la historia larga de la izquierda chilena antes de los años de Allende. ¿Por qué el hambre era un tema tan importante en Chile? ¿Cómo llegó a convertirse, no solo en un tema social, sino en un tema tan importante para la izquierda?


 

JF-S

En los primeros capítulos del libro me concentro en ese problema. Argumento que el hambre era una de las formas principales en las que los movimientos políticos articulaban la «cuestión social» y planteaban sus reivindicaciones al Estado.

Es importante entender que la idea del hambre es en realidad una construcción social o política. No es necesariamente un objetivo ni una condición estática experimentada por las personas en un momento determinado, aun cuando termina convirtiéndose en un lenguaje político construido en función de experiencias percibidas.

A comienzos del siglo veinte, Chile tenía vínculos importantes con la economía mundial: era proveedor de buena parte del fertilizante mineral que alimentó el crecimiento de la prosperidad agrícola —y, por extensión, la prosperidad del consumo— en otras partes del mundo desde fines del siglo diecinueve. Los nitratos chilenos extraídos del desierto de Atacama definieron en buena medida el desarrollo de las prácticas agrícolas intensivas, especialmente en los Estados Unidos y en Europa.

En el desierto de Atacama, los mineros chilenos percibieron el contraste entre sus miserables condiciones de vida y de trabajo y la abundancia de todo lo que producían. Pensaron su propia experiencia de explotación en el marco de la escasez y los costos elevados de los alimentos, y denunciaron la situación una y otra vez por medio de protestas contra el Estado y los capitalistas privados.

Cuando la economía del nitrato se agotó, primero después de la Primera Guerra Mundial y después definitivamente con la Gran Depresión, esos trabajadores empezaron a migrar a las áreas urbanas de Chile, especialmente a la capital, Santiago. Y el hambre no tardó en convertirse en un grito de guerra para algunos de los primeros movimientos sociales y políticos que ocuparon el centro de la escena en esos ambientes urbanos en vías de desarrollo. Apenas terminada la Primera Guerra Mundial surgió un movimiento político fascinante, la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional (AOAN), que se movilizaba, entre otras cosas, contra los precios de los alimentos y exigía que el Estado aplicara controles de precios sobre los bienes de consumo básicos. Esa organización convocó algunas de las manifestaciones más grandes de la historia chilena.

Pero la AOAN fue bastante más lejos. Fue uno de los primeros movimientos que planteó la reivindicación política de una gran reforma agraria y fiscal. La reforma fiscal apuntaba a facilitar la importación de ciertos productos escasos y la distribución entre los consumidores urbanos de ciertos bienes que muchas veces terminaban exportándose. En 1932, cuando Chile se convirtió en el primer país del hemisferio en establecer una institución de control de precios permanente, muchas de esas reivindicaciones terminaron confluyendo en un movimiento único. Todo esto fue anterior, por ejemplo, a la Oficina de Administración de Precios de Estados Unidos, institución creada como parte del New Deal, en 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial estaba en pleno apogeo.

En el libro también sostengo que la AOAN fue un modelo a la vez político y económico del Frente Popular de los años 1930, que más adelante defino como el verdadero precursor de la Unidad Popular de Allende. La AOAN fue el espacio donde confluyeron por primera vez socialistas, comunistas y anarquistas.

 


NA

Me voy un poco por la tangente, pero ya que mencionaste el New Deal: algunas de las cosas que dijiste me recuerdan a las políticas propuestas por Henry A. Wallace, político progresista que se desempeñó como secretario de agricultura durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt. ¿Es solo una coincidencia?


 

JF-S

En realidad, pienso que la perspectiva de un New Deal mundial pregonada por Henry Wallace era similar a lo que exigían muchos chilenos durante la época del Frente Popular, es decir, durante los años 1930 y principios de 1940: una especie de New Deal hemisférico. Muchos políticos chilenos —hay que tener en cuenta el apoyo a la campaña armamentística estadounidense— tenían la expectativa de que sucediera algo así después de la Segunda Guerra Mundial.

Y si bien eso nunca se concretó, me gusta pensar que lo que efectivamente pasó en Chile —especialmente a partir de los años 1960, y sobre todo con la reforma agraria y con la elección de Allende— fue la realización de la fantasía de Henry Wallace: un sistema fundado en la democracia económica, con mucha participación popular de trabajadores urbanos y rurales que garantizaban que cada chileno, parafraseando a Wallace, accediera todos los días a su litro de leche. En Estados Unidos, el sueño de Wallace terminó aplazado y en última instancia eclipsado, pero uno podría pensar que se desarrolló de un modo bastante peculiar hasta mediados de siglo en las acciones de la izquierda latinoamericana.

De hecho, en 1943, Wallace hizo una visita a Chile y fue recibido como un rey. La historiadora Jody Pavilack tiene un capítulo sobre este tema en su libro, Mining for the Nation: The Politics of Chile’s Coal Communities from the Popular Front to the Cold War, que trata sobre los mineros del carbón durante el período del Frente Popular. La izquierda política chilena amaba a Wallace y él consideraba el Chile del Frente Popular como un símbolo que expresaba las posibilidades de la democracia social y económica de las Américas.

 


NA

Volviendo a Chile y al siglo veinte. Durante ese período hubo muchos episodios de movilización obrera centrados en el consumo y en la reproducción, como la Huelga de inquilinos de 1907 en Buenos Aires. Pero el movimiento chileno parece una excepción por su intensidad y por su duración.


 

JF-S

Sí, muchas organizaciones de consumidores empezaron a funcionar en los años 1930 en Chile y en las Américas. De nuevo, fueron los años previos a la elección del Frente Popular, y en esa época los militantes de distintos partidos de izquierda, sobre todo las mujeres, salían a supervisar el mercado para asegurarse de que los comerciantes obedecían los controles de precios. En ciertas instancias, los mismos vecinos expropiaban y redistribuían productos acumulados con fines especulativos o vendidos por encima del precio definido. Estas acciones representaban un modelo de democracia económica directa o participativa.

Después, hacia mediados del siglo veinte, cuando empezó a desarrollarse el Estado de bienestar chileno, los funcionarios comenzaron a colaborar con científicos, ingenieros y especialistas en agricultura para implementar políticas de nutrición y de alimentación. Estas políticas de bienestar eran una respuesta a las movilizaciones previas, pero también eran un intento de contener el poder de los movimientos sociales que se habían organizado en torno a la igualdad y a la justicia alimentaria.

En un sentido, los años de la Unidad Popular fueron la prueba de que las reivindicaciones ciudadanas en torno a la comida no habían sido del todo satisfechas ni contenidas. Esto se hizo evidente en los años 1970, con la creación de una serie de organizaciones vecinales de inspección conocidas como Juntas de Abastecimiento y Precios (JAP). Las JAP eran un ejemplo de lo que llegó a ser conocido como el «poder popular», y por eso es importante analizar los orígenes de esos experimentos de izquierda que plantearon la participación económica directa y formas de democracia económica fundada en los consumidores. En ese momento los consumidores asumieron por primera vez un papel que antes habían reclamado que tomara el Estado.

 


NA

Como dijiste, en los años 1950, con el apogeo del Estado desarrollista latinoamericano, el Estado chileno asumió ese papel regulador en la nutrición y en el acceso a la comida. También parece que en ese período nos topamos por primera vez con el reconocimiento explícito —al menos en el caso del Estado chileno— de la conexión estratégica entre la reforma agraria y la mejora de las condiciones de vida de las masas urbanas.


 

JF-S

Sí, creo que la historia de la alimentación y del consumo ofrece un nuevo marco para comprender por qué y cómo el Estado desarrollista, o el Estado de bienestar social, estuvo definido por ciertos rasgos particulares en América Latina. Aun así, las políticas alimentarias y de regulación del consumo no dejaban de estar planteadas, al menos en el caso de los funcionarios estatales, como un modo de contener una posible insatisfacción política popular, demasiado evidente en las movilizaciones políticas anteriores.

Ese es el fondo sobre el que se crearon muchas instituciones con el fin de calcular la cantidad de calorías, proteínas, frutas, vegetales y leche que necesitaban los distintos sectores de la población. Después vinieron otras instituciones que implementaron políticas productivas con el fin de que Chile satisficiera esas necesidades nutricionales a través de la industria nacional, es decir, con independencia de la importación de alimentos de otros países.

En los años 1950 y comienzos de los años 1960, como había sucedido con otros intentos de contener movimientos sociales urbanos, la reforma agraria llegó a ser percibida por el Estado como una forma de contener a las poblaciones trabajadoras rurales que comenzaban a ejercer un poder político cada vez más grande mediante la sindicalización y las ocupaciones de tierras.

Está claro que fue la movilización de los trabajadores rurales la que hizo que la necesidad de la reforma agraria ocupara el centro de la escena. Pero los políticos encargados de las reformas urbanas, siguiendo la obra de los economistas estructuralistas de los años 1950 y comienzos de los años 1960, también estaban convencidos de que la redistribución de tierras mejoraría la producción nacional de alimentos. Y una producción nacional de alimentos más eficiente significaba precios más bajos y menos dependencia de las importaciones.

La interpretación económica estructuralista del subdesarrollo empezó a girar en torno a la productividad del campo, a la necesidad de producir suficiente comida para los consumidores de las ciudades y de esa forma utilizar las divisas para comprar otras tecnologías industriales en el mercado internacional. La soberanía alimentaria era un prerrequisito de una soberanía y una modernidad económicas más generales.

Esa es una manera de pensar la reforma agraria. Durante los años 1950 y 1960 los economistas estructuralistas también debatieron los orígenes de la inflación de los bienes de consumo. La inflación es una especie de fantasma que acechó a Chile durante todo el siglo veinte, y muchos economistas que participaban de espacios como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) argumentaban que la inflación estaba impulsada sobre todo por el descenso de la oferta y el aumento de la demanda de alimentos, es decir, que el desequilibrio entre ambas hacía que los precios de los alimentos y de otros bienes de consumo aumentaran cada vez más, y que, por lo tanto, era necesario mejorar la oferta para adecuarla a la demanda creciente que estaba provocando el desarrollo urbano.

 


NA

El libro también muestra que las instituciones estatales chilenas empezaron a hablar de la conducta de los consumidores y las estadísticas en un sentido más tecnocrático, utilizando términos como «consumidores modelo» que, al menos en mis oídos, suena un poco a la lengua que habla el Banco Mundial.


 

JF-S

Totalmente. Y usaban ese tipo de términos sobre todo cuando hablaban de las mujeres en tanto consumidoras. Muchos políticos pensaban que las mujeres, jefas de los hogares, eran la causa de los problemas nutricionales. El Frente Popular y sus partidarios comparten hasta cierto punto la responsabilidad de haber utilizado un lenguaje sexista y heternormativo en la búsqueda de mejorar los índices nutricionales.

De hecho, cuando comenzó la Guerra Fría, en 1946 o en 1947, el Estado empezó a pensar que las mujeres eran un problema y que el objetivo era modificar sus hábitos de consumo: qué compraban, con qué productos alimentaban a sus familias, etc. Los políticos pensaban que si lograban resolver ese problema pondrían al país en una vía de desarrollo más firme. Obviamente, es una visión muy limitada y despolitizada de la voluntad política de las mujeres, y, en última instancia, terminó siendo un intento de desmovilizar a las mujeres después de que el movimiento feminista chileno, que llevaba el sello del Frente Popular, las había organizado fines de los años 1930 y comienzos de los años 1940.

 


NA

Pero con Allende, a través de instituciones como las juntas de precios, que eran dirigidas por mujeres, recuperaron cierta capacidad política, ¿no? En cualquier caso, como dijiste, el amplio arco del socialismo chileno adquiere un relieve bastante agudo cuando uno se concentra en el tema específico de la comida y de las políticas nutricionales.


 

JF-S

Es así. Las múltiples dimensiones de las luchas alimentarias de Chile prepararon el escenario para la revolución de la Unidad Popular de Allende. Con la ventaja de la distancia histórica, hasta podríamos decir que el comienzo de los años 1970 fue una especie de momento culminante en la historia chilena. Cuando miramos el período a través de la lente de la comida, entendemos que todas esas luchas distintas por la justicia económica llegaron a un punto crítico en ese período. Me gusta pensar que el gobierno de la Unidad Popular fue un intento de resolver contradicciones previas que se habían desarrollado durante toda la historia de la izquierda chilena.

La aceleración de la reforma agraria de Allende es un buen ejemplo. Apoyándose en el trabajo y en las ideas de sus predecesores, Allende intentó coordinar distintas acciones con el fin satisfacer las reivindicaciones de los consumidores urbanos, satisfaciendo al mismo tiempo las reivindicaciones por tierra y mejores condiciones de trabajo que sostenían los trabajadores rurales. Garantizar mejores condiciones de vida, mejores condiciones de trabajo, e intensificar simultáneamente la producción económica del campo con el fin de satisfacer las necesidades de los consumidores urbanos: es un equilibrio muy difícil de sostener.

Allende estaba intentando resolver toda una serie de problemas al mismo tiempo y, en realidad, durante el primer año de gobierno, tuvo bastante éxito, al menos en términos económicos. Fue un año de muchísima prosperidad, que suele olvidarse, o que quedó opacado por los meses difíciles que precedieron el golpe de 1973. Durante el primer año en el poder, Allende mejoró los salarios e incrementó la producción agrícola de bienes esenciales. Los supermercados estaban bien abastecidos y otros negocios que también vendían productos de consumo estaban bien provistos. La población estaba bastante feliz. Por eso suele decirse que 1971 fue una fiesta de consumo.

La Unidad Popular entró en problemas durante el segundo año de su gobierno. La inflación empezó a crecer de nuevo, empezó a haber escasez de bienes esenciales, como la carne de vaca, pero también de productos importados, y Estados Unidos bloqueó el acceso de Chile al crédito, obstaculizando todavía más la importación. La tensión también creció en el interior de la coalición de Allende, que discutía la mejor manera de impulsar la revolución: si convenía radicalizar la revolución y otorgar más poder político a las bases, o consolidar el proceso por arriba haciendo gestos de reconciliación y paz a los sectores medios —sobre todo a la Democracia Cristiana— y avanzar de a poco con una especie de revolución de arriba hacia abajo.

Las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios eran unidades administrativas gestionadas por obreros y obreras chilenos.

De nuevo, la historia de la comida es una ventana interesante para pensar esa tensión entre la revolución por arriba y la revolución por abajo. Pero todavía más importante es que la lucha por la alimentación impulsó esa tensión (o al menos fue el terreno en el que esa tensión se desarrolló).

El ejemplo fundamental durante los años de la Unidad Popular son las JAP —organizaciones vecinales de regulación de precios y oferta— que cumplían funciones de inspección similares a las de las organizaciones de consumidores de los años 1930 y 1940. Pero las JAP diferían de la experiencia del Frente Popular porque no solo monitoreaban el mercado de consumo, sino que también dirigían la distribución. Los asentamientos surgidos de la reforma agraria enviaban los alimentos a las JAP a través de empresas de distribución estatales, y las JAP las distribuían directamente en los barrios periféricos o más carenciados.

Mediante estas instituciones, los militantes de la Unidad Popular reconfiguraron el sistema logístico o la cadena de suministro, que definían el movimiento de los alimentos y de los productos esenciales en toda la economía. De esa forma pusieron en cuestión las relaciones que vinculaban la producción, la distribución, el intercambio y el consumo. Pero a medida que estos grupos ganaban más independencia y poder, Allende y sus funcionarios empezaron a preocuparse porque estaban perdiendo las riendas de la revolución y temían no poder dirigir su velocidad y su dirección.

 


NA

Esa vacilación entre revolución por arriba y revolución por abajo parece haberse convertido en el sello trágico del gobierno de la Unidad Popular. ¿El talón de Aquiles de Allende fue la indecisión a la hora de definir si expandir la coalición gobernante hacia la Democracia Cristiana o darle más poder a las instituciones obreras independientes?


 

JF-S

Pienso que Allende y sus colaboradores más cercanos creían que el cambio económico o la reforma estructural bastarían para producir todos los otros cambios que la sociedad necesitaba. Es decir, creían que satisfacer estas reivindicaciones de consumo y seguridad material acumuladas terminaría abriendo camino a cambios sociales más profundos.

Allende no lograba comprender del todo la necesidad de implementar transformaciones políticas. Nunca desmanteló el poder político de los sectores de la oposición en el Congreso, donde los terratenientes tenían un peso enorme —lo mismo vale en el caso del poder judicial—, y dudó mucho a la hora de abrazar el poder popular y otorgar más poder a los barrios, a los trabajadores, a las organizaciones de base, etc. En síntesis, Allende quería mantener intacta la arquitectura constitucional y política del país y concentrarse en la reestructuración de la economía.

 


NA

Pero como era de esperar, la oposición política no se quedó en el molde. Tu libro es interesante porque deja de lado a los personajes más familiares de este relato —los Chicago Boys, Henry Kissinger, la CIA, las huelgas de los camioneros, los especuladores, los saboteadores— y pone el eje en las capas medias y en cómo sus ideas sobre el consumo impulsaron directamente el golpe y sus secuelas.


 

JF-S

Los personajes contrarrevolucionarios que salieron a la luz con la dictadura de Pinochet empezaron a organizarse durante los últimos años de la revolución de la Unidad Popular. Las mujeres de clase media y de clase alta, como consumidoras y como jefas de la economía del hogar, empezaron a plantear la reivindicación de la renuncia de Allende. En ese momento también los distribuidores y los intermediarios se enfurecieron por los canales alternativos de distribución de alimentos y bienes de consumo, y empezaron a exigir que Allende abandonara el cargo. Después vinieron los terratenientes, que estaban muy enojados porque el Estado estaba expropiando sus tierras y redistribuyéndolas a pequeños propietarios.

El descontento de las capas medias y altas chilenas encontró su punto de articulación en las teorías de los Chicago Boys.

Así que confluyeron consumidores, distribuidores y productores en un bloque de oposición contra Allende, y esa base social terminó siendo el punto de apoyo de Pinochet y de los Chicago Boys, sus consejeros económicos neoliberales, cuando intentaron construir algo de legitimidad después del golpe. Simplemente propusieron ideas económicas y un nuevo programa a una parte del electorado que estaba desilusionada y a toda una serie de personajes políticos y sociales que estafaban bastante frustrados.

Todo esto complica un poco el relato simplista de unos Estados Unidos omnipotentes que en el marco de la Guerra Fría vinieron y destituyeron un gobierno popular y elegido democráticamente en Chile sin que los chilenos jugaran ningún papel. No cabe duda de que el gobierno de Allende fue muy popular en ciertos momentos y de que había sido elegido democráticamente. Pero como historiador, pienso que también es importante reconocer que Allende enfrentó una oposición nacional bastante considerable y que necesitamos investigar más las ideas en torno a las que esa oposición se organizó. La coalición de amas de casa, pequeños y grandes distribuidores, comerciantes y terratenientes fue un fenómeno que en esa época no tenía precedentes.

 


NA

Esta conversación me hace pensar que la idea de «prosperidad» es bastante escurridiza. El capitalismo nos enseña que nuestra idea de la prosperidad debería ser tan ilimitada como nuestros deseos de consumo. En cambio, Allende intentó convencer a los chilenos de que una comida nutritiva era una forma particular de prosperidad, aun si en ciertos momentos había que prescindir de la carne vacuna. 

Ahora que la izquierda volvió al poder en Chile y que en la Convención Constitucional se discute la posibilidad de convertir el acceso a una serie de productos económicos y sociales en un derecho inalienable, ¿que se puede extraer de la experiencia de Allende?


 

JF-S

Pienso que la perspectiva socialista de Allende estaba excesivamente fundada en la idea de que las transformaciones económicas bastarían para concretar transformaciones políticas o sociales más amplias. En el caso de la alimentación, Allende no logró comprender que tanto el hambre como la prosperidad estaban influidas por otros factores además de los económicos. El significado del hambre y de la prosperidad se construyen por medio de la lucha política y evolucionaron a lo largo de todo el siglo veinte.

Es como si Allende hubiese tenido una comprensión estática de la abundancia, como si fuera una cosa que uno puede alcanzar u obtener definitivamente. Cuando estaba en juego la alimentación, pensaba que se trataba únicamente de alcanzar una ingesta calórica determinada, niveles de proteínas satisfactorios, etc. Rara vez consideraba la importancia de la cultura en la política alimentaria, es decir, que ciertos alimentos tienen un significado social o un gusto capaz de adquirir sentidos políticos.

Creo que, en 1973, algunos críticos de izquierda de Allende —tanto en la izquierda revolucionaria como en grupos católicos progresistas— habían empezado a cuestionar la idea de que la prosperidad era asequible en el corto plazo, o de que esa debía ser la meta principal de la revolución. Ciertos sectores de izquierda empezaron a hablar de que la revolución necesitaba repensar la ética del consumo en función de otros valores como la contención y el sacrificio.

La Izquierda Cristiana de Chile y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que no eran parte de la coalición de la Unidad Popular, comenzaron a plantear cada vez con más fuerza que Allende debía centrar su atención en desmantelar las fuentes del poder político del viejo sistema, y que las transformaciones económicas no serían sustentables en el largo plazo mientras persistieran el poder político y la influencia de los sectores que controlaban la economía.

Tal vez esa es la enseñanza trágica que nos deja el golpe: que si no se piensan en conjunto las dimensiones económicas y políticas de la revolución, el viejo sistema, de una u otra forma, permanece intacto.

Hoy pienso que muchos sectores de la izquierda chilena —especialmente los que confluyeron en la coalición Apruebo Dignidad antes del plebiscito de octubre de 2020, que definió la adopción de una nueva constitución y que es el espacio de donde viene Gabriel Boric— aprendieron algunas lecciones importantes de los años de la Unidad Popular. Además, el hecho de que Chile esté escribiendo una nueva constitución es muy importante. Es un proyecto del que Allende siempre dudó.

Si nos remontamos hasta el movimiento estudiantil de 2011, o incluso antes, hasta el movimiento de estudiantes secundarios de 2007, vemos que fue surgiendo una política orientada hacia la desmercantilización de la educación, la salud y la vivienda, y una conciencia cada vez más aguda de la imposibilidad de realizar esa política en el marco del sistema actual.

La izquierda chilena de hoy comprende que la arquitectura política del país debe cambiar para que las reformas económicas puedan sostenerse y consolidarse. No deberíamos subestimar el alcance histórico de este proceso.

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