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Un manifiesto para la desobediencia financiera

Vivas, libres y desendeudadas nos queremos

¿Quién le debe a quién?, volumen del sello editorial Tinta Limón en 2021 y editado por Silvia Federici, Verónica Gago y Lucía Cavallero, empieza como sigue:

La pandemia ha acelerado la crisis planetaria. La amenaza a la vida se expande, evidenciando políticas destructivas que llevan muchos años. Sin embargo, queremos señalar que hoy es la deuda la verdadera plaga que afecta a millones de personas en todo el mundo, y en especial a las mujeres, lesbianas, travestis y trans.

Más de doscientas páginas después, el libro cierra:

Lo que demandamos es lo que nos deben. Demandamos lo que es nuestro. Lo que demandamos no puede ser a cambio de más trabajo, sino en reconocimiento de todo el trabajo que nosotres y nuestras comunidades ya hemos hecho y hacemos diariamente. Necesitamos hacer pesar de manera más contundente en nuestras luchas, el trabajo que hemos hecho y que estamos haciendo.

Esas dos citas sintetizan el arco de problemas que aborda el libro. Así, entre la visibilización de la deuda como programa integral de desposesión y el llamado a la movilización contra el sistema acreedor, el volumen produce una reflexión poderosa sobre un debate antiguo que los feminismos contemporáneos están colocando en el centro de la  política: quien tenga que pedir permiso a otros para vivir, carece de libertad.

A través del análisis del lugar de la deuda en los hogares y la vida, ¿Quién le debe a quién? argumenta que no solo hay déficits de libertad cuando se tiene el estatus jurídico del esclavo (en propiedad de alguien) sino siempre que se den situaciones de dependencia en las cuales las personas no sean dueñas de su curso vital ni puedan negociar con otras, en igualdad equivalente, las condiciones de su existencia. Este libro defiende que la deuda es una forma de la esclavitud contemporánea y lo demuestra por varias vías. Así se ubica en las mismas coordenadas de lo que establecieron primero Aristóteles y luego Marx, al argumentar que el trabajo asalariado es una forma de esclavitud moderna porque implica la desposesión de quienes trabajan, dejándoles solo con su fuerza de trabajo.

Las políticas de ajuste y la deuda contraída por los Estados con los organismos financieros internacionales, engrosada en escenarios de crisis, se derraman hoy más que antes sobre los territorios domésticos, donde se gestiona la reproducción social y la vida diaria. Frente a la pérdida del valor real del salario, la des-salarización de los ingresos o  directamente la pérdida de los ingresos por desempleo, sin servicios públicos y en sociedades altamente mercantilizadas y financiarizadas, el endeudamiento se convierte en una estrategia diaria de sobrevida para asegurar vivienda, comida, educación, servicios de salud, conectividad a internet, etc. Entonces, la deuda ya no es ocasional o para proyectos puntuales. Es una deuda para el diario vivir, que se contrae de forma bancaria o no bancaria. Cada uno de esos filos definen los bordes y contenidos del libro.

En efecto, desde los noventa y hasta el 2016 (último año disponible), la proporción que representa la deuda de los hogares respecto al Producto Interno Bruto aumentó entre el 15% y el 21% en los llamados países con “economías de mercados emergentes”. Entre 2013 y 2017 en Chile esa proporción fue de un 25,9%, en Colombia de 23,8% y 20,7% en México. Durante la pandemia, como reitera el volumen de Tinta Limón, la deuda doméstica (y también la pública) ha continuado aumentando estrepitosamente y ha dejado en situación de dependencia rotunda a cada vez a más personas y hogares.

Con lo anterior, la deuda doméstica ha devenido una vía principal de extracción de valor y lo ha hecho de forma renovada. Para contraer una deuda ya no es necesaria una mediación salarial. Los bancos u otros acreedores dicen asumir el “riesgo” de dar crédito a las personas sin empleo o que han sido empobrecidas, quienes a su vez hacen malabares para pagar las cuotas de la deuda contraída. Entonces, el avance del endeudamiento sobre los territorios de vida precarizados se ha combinado con las múltiples y heterogéneas formas en que operan los mercados de trabajo, altamente informalizados y carentes de derechos en el Sur Global.

¿Quién le debe a quién? también contribuye a argumentar cómo el ascenso de la deuda doméstica está ensamblado a otras maquinarias financieras. Entre ellas, las que tienen como foco la mayor mercantilización y la financiarización de la tierra y el agua, la vivienda, los derechos a pensiones, y que aúpan la expansión de las economías de plataforma, la digitalización del crédito y la consolidación y expansión de los ecosistemas tecnológicos de finanzas (fintech). En la misma línea, los análisis del libro visibilizan la conexión entre la deuda doméstica y el desmantelamiento sistemático y progresivo de servicios sociales, el racismo arraigado en el pasado colonial y en el presente del Estado racial, la privatización de los sectores y bienes públicos, la patentización y mercantilización de las semillas, la expansión de los microcréditos y, también, las pretendidas políticas de “inclusión financiera” destinadas a los grupos empobrecidos —y especialmente a las mujeres— cuya operativa y resultados producen más deuda.

Esas coordenadas tejen las tesis del libro, que son inicialmente tres. Primero, que la financiarización de la vida es una forma de extractivismo y un nuevo cercamiento de las formas de reproducir la existencia. Segundo, que la deuda de los Estados no puede pensarse desconectada de la deuda doméstica creciente, que funciona como amortiguadora ficticia de las crisis cuando es, en realidad, una “bomba de tiempo” de la precarización extrema. Tercero, que para las personas y las familias la deuda es un mecanismo de sujeción que compromete su presente y su futuro: una vez contraída la deuda, las personas tienen que aceptar cualquier trabajo para poder pagarla, muchas veces en cuotas mínimas que las mantienen endeudadas. Es por eso que, como queda registrado en el libro, obediencia financiera de los hogares deviene una forma de control social.

Con esas tramas el libro da continuidad y profundiza un esfuerzo feminista de larga data: el de otorgar centralidad institucional a lo doméstico, y resituarlo en la reflexión política y sobre el bien común. Los feminismos históricos y contemporáneos, incluidos lo que se expresan en ¿Quién le debe a quién?, desprivatizan lo doméstico, trascienden la inocua separación entre público vs. privado, e identifican lo privado en todos los lugares donde efectivamente está, por ejemplo, en los mecanismos financieros y no solo en un “puertas adentro” moral.

Dicho eso, el libro se pregunta por cuáles cuerpos concretos contraen la deuda doméstica. Las respuestas a ese asunto verifica que la deuda afecta principal o más gravemente a las mujeres, y que los mandatos de género refuerzan la obligación financiera. En efecto, son las mujeres, lesbianas, travestis y trans las que tienen menos ingresos propios (una de cada tres mujeres de la región carece de ellos), participan en peores condiciones de los mercados de trabajo, han crecido en número como jefas de hogar o como responsables de hogares monomarentales y son, a lo largo y ancho de todo el mundo, las principales responsables del sostenimiento de la vida en los hogares y las comunidades.

Por eso, el derrame de la deuda sobre los territorios sociales precarizados es un avance también sobre ellas, y un reforzador del diferencial sexual de la explotación. Eso se produce, sin embargo, en unas coordenadas históricas específicas. La relación de las mujeres con la propiedad, el dinero y los sistemas financieros se amplió en fecha mucho más tardía que en el caso de los hombres. Se les consideraba menos aptas para el crédito y sus endeudamientos eran sobre todo con prestamistas informales o familias. El “privilegio” de ser deudoras bancarizadas —un privilegio dudoso, como se afirma en el libro— ha implicado su mayor empobrecimiento, entre otras cosas porque ha sucedido cuando los mercados de trabajo se han precarizado, en situaciones de crisis y teniendo como contraparte el abandono de los Estados de sus responsabilidades sociales y redistributivas.

La dependencia que las mujeres contraen al endeudarse puede obligarlas, y de hecho lo hace, a relaciones familiares violentas. Endeudadas y con ingresos escasos les es muy difícil salir de sus hogares cuando son víctimas de violencia, tener alguna capacidad de negociación doméstica o participar en espacios públicos. Durante las crisis la situación se agrava. Para las mujeres las crisis tienden a implicar el aumento del trabajo no pagado de cuidados, y eso empuja más al endeudamiento porque limita sus opciones de obtención de ingresos. ¿Quién le debe a quién? informa sobre todo ello y da cuenta de que existe una asociación entre el incremento del trabajo necesario para la reproducción social realizado por las mujeres y el aumento de la deuda. Se trata de una cadena de ensamblaje entre trabajo reproductivo no pagado, precarización y endeudamiento.

Finalmente, las veintiséis autorías del libro van más allá de la reflexión crítica y el diagnóstico. Ellas construyen un manifiesto en favor de la desobediencia financiera y son una suerte de hoja de ruta de caminos posibles para lograrlo. Los análisis de contextos diversos —de Argentina a Marruecos, de Brasil a Italia, de España a Guatemala, de Estados Unidos a Chile, de Ecuador a Puerto Rico— revelan formas de acción colectiva que disputan la afirmación (neo)liberal —tan repetida como falsa— de que soluciones biográficas como los emprendimientos individuales va a salvar a las personas, las familias, las comunidades y las sociedades de crisis que son estructurales. En esa cuerda, cada texto, en un registro distinto, afirma que la violencia propietaria que se expresa en el endeudamiento necesita y puede resistirse en lazo colectivo. Por eso son tan centrales en el libro los programas de reapropiación para asegurar una existencia desendeudada. Y por eso ¿Quién le debe a quién? llama la atención sobre la necesidad de reclamar no solo el derecho al trabajo sino al trabajo digno que impida el endeudamiento. Con esos trazos, este libro imagina un movimiento contra la deuda que produzca un giro contundente: volver lo que parece políticamente imposible en políticamente inevitable.

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