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Arte callejero del artista Banksy. Chris Devers / Flickr

Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI

Ser anticapitalista no significa asumir una postural moral ante las injusticias del sistema capitalista. Se trata de construir una alternativa real.

Para mucha gente la idea del anticapitalismo parece ridícula. Después de todo, las empresas capitalistas nos han dado fantásticas innovaciones tecnológicas en los últimos años: smartphones y películas streaming, coches sin conductor y redes sociales, pantallas Jumbotron en los partidos de fútbol americano y videojuegos que conectan a miles de jugadores de todo el mundo, todos los productos de consumo imaginables disponibles en Internet para su rápida entrega a domicilio, aumentos asombrosos de la productividad del trabajo gracias a nuevas tecnologías de automatización, y mucho más.

Y si bien es cierto que los ingresos se distribuyen de forma desigual en las economías capitalistas, también lo es que la gama de bienes de consumo disponibles y asequibles para el ciudadano medio, e incluso para los pobres, ha aumentado de forma espectacular en casi todo el mundo. Basta con comparar Estados Unidos en el medio siglo transcurrido entre 1965 y 2015: el porcentaje de estadounidenses con aire acondicionado, coches, lavadoras, lavavajillas, televisores y plomería interior aumentó de forma espectacular. La esperanza de vida es mayor; la mortalidad infantil, menor.

En el siglo XXI, esta mejora del nivel de vida también se ha producido en las regiones más pobres del mundo: desde que abrazó el libre mercado, el nivel material de millones de personas que viven en China ha mejorado de forma espectacular.

Es más, fíjense en lo que ocurrió cuando Rusia y China intentaron una alternativa al capitalismo. Aparte de la opresión política y la brutalidad de esos regímenes, fueron fracasos económicos. Entonces, si te preocupas por mejorar la vida de la gente, ¿cómo puedes ser anticapitalista?

Este es un relato. El relato estándar.

Tengo otro relato: el sello del capitalismo es la pobreza en medio de la abundancia.

Esto no es el único mal del capitalismo, pero es su defecto más grave. La pobreza generalizada –especialmente entre los niños, que claramente no tienen ninguna responsabilidad por su situación– es moralmente reprochable en las sociedades ricas, donde podría eliminarse fácilmente.

Sí, hay crecimiento económico, innovación tecnológica, aumento de la productividad y masificación de los bienes de consumo, pero junto con el crecimiento económico capitalista viene la indigencia para muchos cuyos medios de vida han sido destruidos por el avance del capitalismo, la precariedad para los que están en la parte inferior del mercado laboral y el trabajo alienante y tedioso para la mayoría.

El capitalismo ha generado aumentos masivos de productividad y riqueza extravagante para algunos, pero mucha gente sigue luchando por llegar a fin de mes. El capitalismo es una máquina que aumenta tanto la desigualdad como el crecimiento. Y eso, sin mencionar que está cada vez más claro que el capitalismo, impulsado por la búsqueda incesante de ganancias, está destruyendo el medio ambiente.

Ambos relatos están anclados en las realidades del capitalismo. No es una ilusión que el capitalismo haya transformado las condiciones materiales de vida en el mundo y que haya aumentado enormemente la productividad humana; muchas personas se han beneficiado de ello. Pero tampoco es una ilusión que el capitalismo genere grandes daños y perpetúe formas innecesarias de sufrimiento humano.

La cuestión central no es si las condiciones materiales han mejorado a largo plazo dentro de las economías capitalistas, sino si, mirando hacia adelante desde este punto de la historia, las cosas serían mejores para la mayoría de la gente en un tipo de economía alternativa. Es cierto que las economías centralizadas, autoritarias y estatales de la Rusia y la China del siglo XX fueron, en muchos aspectos, un fracaso económico, pero no son las únicas posibilidades.

Donde radica el mayor desacuerdo –un desacuerdo que sí es fundamental– es en si es posible tener la productividad, la innovación y el dinamismo que vemos en el capitalismo sin los perjuicios. Margaret Thatcher anunció famosamente a principios de los años ochenta que “no hay alternativa”, pero dos décadas después el Foro Social Mundial declaró que “otro mundo es posible”. 

Yo sostengo que otro mundo –uno que mejore las condiciones y posibilidades de florecimiento humano para la mayoría de la gente– es realmente posible. De hecho, hoy ya se están creando elementos de este nuevo mundo, y existen formas concretas de pasar de un lado al otro.

El anticapitalismo es posible, no sólo como una postura moral frente a los daños e injusticias del capitalismo global, sino como una postura práctica hacia la construcción de una alternativa para un mayor florecimiento humano.

Los cuatro tipos de anticapitalismo

El capitalismo engendra anticapitalistas.

A veces, la resistencia al capitalismo cristaliza en ideologías coherentes que ofrecen tanto diagnósticos sistemáticos del origen de los daños como prescripciones claras sobre cómo eliminarlos. En otras circunstancias, el anticapitalismo está sumergido en motivos que superficialmente tienen poco que ver con el capitalismo, como las creencias religiosas que llevan a la gente a rechazar la modernidad y buscar refugio en comunidades aisladas. Pero siempre, allí donde existe el capitalismo, hay descontento y resistencia de una u otra forma.

Históricamente, el anticapitalismo estuvo animado por cuatro lógicas de resistencia diferentes: las de destruir el capitalismo, domesticar el capitalismo, escapar del capitalismo y erosionar el capitalismo.

Muchas veces estas lógicas coexisten y se entremezclan, pero cada una constituye una forma distinta de responder a los daños del capitalismo. Estas cuatro formas de anticapitalismo pueden considerarse diferentes en dos dimensiones.

Una tiene que ver con el objetivo de las estrategias anticapitalistas –trascender las estructuras del capitalismo o simplemente neutralizar los peores daños del capitalismo–, mientras que la otra dimensión tiene que ver con el instrumento de las estrategias, ya sea el Estado y otras instituciones a nivel macro del sistema, o las actividades económicas de los individuos, organizaciones y comunidades a nivel micro.

1. Destruir el capitalismo

Dada la forma en que el capitalismo devasta la vida de tantas personas, y dado el poder de sus clases dominantes para proteger sus intereses y defender el statu quo, es fácil entender el atractivo de la idea de destruir el capitalismo.

El argumento va algo así: el sistema está podrido. Todos los esfuerzos por hacer la vida tolerable dentro de él acabarán fracasando. De vez en cuando pueden ser posibles pequeñas reformas que mejoren la vida de la gente cuando las fuerzas populares son fuertes, pero esas mejoras siempre serán frágiles, vulnerables a los ataques y reversibles.

La idea de que el capitalismo puede convertirse en un orden social benigno en el que la gente común pueda vivir vidas plenas y con sentido es, en última instancia, una ilusión porque, en su esencia, el capitalismo es irreformable. La única esperanza es destruirlo, barrer los escombros y luego construir una alternativa. Como proclaman las últimas palabras de la canción obrera “Solidarity Forever”, “podemos hacer nacer un nuevo mundo de las cenizas del viejo”.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo es posible que las fuerzas anticapitalistas acumulen suficiente poder para destruir el capitalismo y sustituirlo por una alternativa mejor? Se trata, en efecto, de una tarea de enorme magnitud, ya que el poder de las clases dominantes –que hace de la reforma una ilusión– bloquea también el objetivo revolucionario de la ruptura del sistema. La teoría revolucionaria anticapitalista, informada por los escritos de Marx y ampliada por Lenin, Gramsci y otros, ofreció un argumento atractivo sobre cómo podría llevarse a cabo.

Si bien es cierto que la mayor parte del tiempo el capitalismo parece invencible, también es un sistema profundamente contradictorio, propenso a las perturbaciones y las crisis. A veces esas crisis alcanzan una intensidad que hace que el sistema en su conjunto se torne frágil y vulnerable a los desafíos.

Según las versiones más fuertes de esta teoría, hay tendencias subyacentes en las “leyes del movimiento” del capitalismo, las cuales llevan a que con el tiempo las crisis tornan más intensas y debilitan cada vez más el sistema: el capitalismo se vuelve insostenible y destruye sus propias condiciones de existencia.

Pero incluso si no hay una tendencia sistemática a que las crisis sean cada vez peores, lo que se puede predecir es que periódicamente habrá intensas crisis económicas capitalistas en las que el sistema se vuelve vulnerable y las rupturas se hacen posibles.

Esto proporciona el contexto en el que un partido revolucionario puede liderar una movilización de masas para tomar el poder del Estado, ya sea a través de elecciones o mediante un derrocamiento violento del régimen existente. Una vez en el control del Estado, la primera tarea es remodelar el propio Estado para convertirlo en un arma adecuada para la transformación socialista, y luego utilizar ese poder para reprimir la oposición de las clases dominantes y sus aliados, desmantelar las estructuras fundamentales del capitalismo y construir las instituciones necesarias para un sistema económico alternativo.

En el siglo XX, varias versiones de esta línea de razonamiento incendiaron la imaginación de los revolucionarios de todo el mundo. El marxismo revolucionario infundió esperanza y optimismo a las luchas, ya que no sólo proporcionaba una potente acusación del mundo tal y como existía, sino que también ofrecía un escenario plausible sobre cómo podría realizarse una alternativa emancipadora.

Y también envalentonaba a la gente, sosteniendo la creencia de que la historia la acompañaba y de que el enorme compromiso y los sacrificios que asumieron en sus luchas contra el capitalismo tenían perspectivas reales de terminar triunfando. Y, a veces, en contadas ocasiones, esas luchas culminaron con la toma revolucionaria del poder del Estado.

Sin embargo, los resultados de esas revoluciones nunca fueron la creación de una alternativa democrática, igualitaria y emancipadora al capitalismo. Aunque las revoluciones en nombre del socialismo y el comunismo demostraron que era posible “construir un mundo nuevo sobre las cenizas del viejo”, y en ciertos aspectos específicos mejoraron las condiciones materiales de vida de la mayoría de la gente durante un período de tiempo, la evidencia de los heroicos intentos de ruptura en el siglo XX es que no producen el tipo de mundo nuevo previsto en la ideología revolucionaria.

Una cosa es quemar las viejas instituciones y otra muy distinta es construir nuevas instituciones emancipadoras a partir de las cenizas.

La razón por la que las revoluciones del siglo XX nunca dieron lugar a una emancipación humana sólida y sostenible es, por supuesto, una cuestión muy debatida.

Algunos sostienen que el fracaso de los movimientos revolucionarios se debió a las circunstancias históricamente específicas y desfavorables de los intentos de ruptura de todo el sistema: las revoluciones se produjeron en sociedades económicamente atrasadas, rodeadas de poderosos enemigos. Algunos sostienen que los líderes revolucionarios cometieron errores estratégicos, mientras que otros acusan a los motivos del liderazgo: los líderes que triunfaron en el curso de las revoluciones estaban motivados por deseos de estatus y poder más que por el empoderamiento y el bienestar de las masas.

Otros argumentan que el fracaso es intrínseco a cualquier intento de ruptura radical con el sistema porque hay demasiadas partes móviles, demasiada complejidad y demasiadas consecuencias imprevistas. Como resultado, los intentos de ruptura del sistema tenderán inevitablemente a desentrañar tal caos que las élites revolucionarias, independientemente de sus motivos, se verán obligadas a recurrir a la violencia y la represión generalizadas para mantener el orden social. Esta violencia, a su vez, destruye la posibilidad de un proceso genuinamente democrático y participativo de construcción de una nueva sociedad.

Independientemente de cuál de estas explicaciones sea correcta (si es que alguna lo es), la evidencia de las tragedias revolucionarias del siglo XX muestra que destruir el capitalismo por sí solo no funciona como estrategia de emancipación social.

Sin embargo, la idea de una ruptura revolucionaria con el capitalismo no ha desaparecido por completo. Aunque ya no constituya una estrategia coherente de ninguna fuerza política significativa, sobrevive en la frustración y la rabia de quienes viven en un mundo de desigualdades tan agudas y de potencias humanas frustradas, y en un sistema político que parece cada vez más antidemocrático y sin rumbo.

Para transformar realmente el capitalismo, no basta con visiones que nacen de la pura indignación, sino que se necesita una lógica estratégica que tenga alguna posibilidad de cumplir realmente sus objetivos.

2. Domesticar el capitalismo

En el siglo XX, la principal alternativa a la idea de destruir el capitalismo fue domesticarlo. Esta es la idea central de las corrientes anticapitalistas dentro de la izquierda de los partidos socialdemócratas.

El argumento que sostienen es sencillo: el capitalismo, cuando se le deja operar sin resistencia alguna, crea grandes daños. Genera niveles de desigualdad que son destructivos para la cohesión social, destruye los puestos de trabajo tradicionales y deja a la gente a su suerte, crea incertidumbre y riesgo para los individuos y comunidades enteras, daña el medio ambiente. Todas estas son consecuencias de la dinámica inherente a la economía capitalista.

Sin embargo, es posible construir instituciones de contrapeso capaces de neutralizar significativamente estos daños. El capitalismo no tiene que ser abandonado a su suerte, puede ser domesticado por políticas estatales bien elaboradas.

Sin duda, esto puede implicar fuertes luchas, ya que implica reducir la autonomía y el poder de la clase capitalista, y en eso no hay garantías de éxito. La clase capitalista y sus aliados políticos responderán que las regulaciones y las políticas de redistribución diseñadas para neutralizar los supuestos daños del capitalismo destruirán el dinamismo del sistema, paralizarán la competitividad y socavarán los incentivos. Sin embargo, estos argumentos no son más que racionalizaciones egoístas del privilegio y del poder.

El capitalismo puede ser sometido a una importante regulación y redistribución para contrarrestar sus daños y seguir proporcionando beneficios adecuados para su funcionamiento. Para lograrlo se requiere la movilización popular y la voluntad política, nunca se puede confiar en la benevolencia ilustrada de las élites. Pero en las circunstancias adecuadas, es posible ganar estas batallas e imponer las restricciones necesarias para una forma más benigna de capitalismo.

La idea de domesticar el capitalismo no elimina la tendencia subyacente del capitalismo a generar daños, simplemente contrarresta sus efectos. Es como una medicina que trata eficazmente los síntomas sin atacar las causas subyacentes de la enfermedad.

A veces eso es suficiente. Los padres de los bebés recién nacidos suelen pasar noches sin dormir y son propensos a sufrir dolores de cabeza. Una solución es tomar una aspirina y sobrellevar la situación, otra es deshacerse del bebé. A veces, neutralizar el síntoma es mejor que intentar deshacerse de la causa subyacente.

En lo que a veces se denomina la “Edad de Oro del Capitalismo” –aproximadamente las tres décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial– las políticas socialdemócratas, especialmente en aquellos lugares donde se aplicaron medidas más profundas, lograron avanzar en la dirección de un sistema económico más humano.

Tres tipos de políticas estatales en particular contrarrestaron significativamente los daños del capitalismo: se redujeron los riesgos graves –especialmente en torno a la salud, el empleo y los ingresos– a través de un sistema amplio de seguros sociales financiados por el Estado.

El Estado proporcionó un amplio conjunto de bienes públicos (financiados por un sólido sistema fiscal) que incluían la educación básica y superior, la formación profesional, el transporte público, las actividades culturales, provisiones recreativas, la investigación y el desarrollo y la estabilidad macroeconómica.

Y, por último, el Estado creó un régimen regulador para frenar las externalidades más graves que se desprenden de los mercados capitalistas: contaminación, riesgos en los productos y en el lugar de trabajo, comportamiento depredador en el mercado, etc.

Estas políticas no significaban que la economía dejara de ser capitalista: los capitalistas gozaban de libertad para asignar el capital en función de captar las mayores ganancias en el mercado y, a pesar de los impuestos, se apropiaban del lucro generado por esas inversiones.

Lo que ha cambiado es que el Estado ha asumido la responsabilidad de corregir los tres principales fallos de los mercados capitalistas: la vulnerabilidad individual a los riesgos, la escasa provisión de bienes públicos y las externalidades negativas de la actividad económica privada. El resultado fue una forma de capitalismo que funcionaba razonablemente bien, con desigualdades y conflictos atenuados. Puede que los capitalistas no lo prefirieran, pero funcionaba lo suficientemente bien para ellos también. El capitalismo había sido domesticado, al menos parcialmente.

Esa fue la Edad de Oro: un lejano recuerdo para quienes ahora viven las duras décadas del siglo XXI. Hoy en día, incluso dentro de los baluartes de la socialdemocracia del norte de Europa, se ha pedido que se restrinjan los “derechos” relacionados con la seguridad social, que se reduzcan los impuestos y los bienes públicos, que se desregulen la producción y los mercados capitalistas y que se privaticen los servicios estatales. En su conjunto, estas transformaciones reciben el nombre de “neoliberalismo”.

Diversas fuerzas han convergido para disminuir la voluntad y la capacidad del Estado para neutralizar los daños del capitalismo.

La globalización ha facilitado que las empresas capitalistas trasladen sus inversiones a lugares del mundo con menos regulación y mano de obra más barata, mientras que la amenaza de la fuga de capitales, junto con una serie de cambios tecnológicos, ha fragmentado y debilitado el movimiento obrero, haciéndolo menos capaz de resistir y movilizarse políticamente. En conjunto con la globalización, la creciente financiarización del capital ha provocado un aumento masivo de la riqueza y la desigualdad de ingresos, lo que a su vez ha aumentado la influencia política de los opositores al Estado socialdemócrata.

En lugar de ser domesticado, el capitalismo se ha desatado.

Tal vez las tres décadas de la Edad de Oro fueron sólo una anomalía histórica, un breve período en el que las condiciones estructurales favorables y un robusto poder popular abrieron la posibilidad de un modelo relativamente igualitario.

Antes de esa época el capitalismo era un sistema rapaz, y bajo el neoliberalismo ha vuelto a ser igualmente predador. Tal vez, a largo plazo, el capitalismo no sea tan moldeable como algunos creían. Los defensores de la idea de las rupturas revolucionarias con el capitalismo siempre han afirmado que domesticar el capitalismo era una ilusión, una desviación de la tarea de construir un movimiento político para derrocar el capitalismo.

Pero quizás las cosas no sean tan graves. La afirmación de que la globalización impone poderosas restricciones a la capacidad de los Estados para recaudar impuestos, regular el capitalismo y redistribuir la renta es una afirmación políticamente eficaz porque la gente la cree, no porque las restricciones sean realmente tan estrechas. En la política, los límites de la posibilidad siempre son establecidos en parte por lo que la gente cree posible e imposible.

El neoliberalismo es una ideología respaldada por poderosas fuerzas políticas, más que un relato científicamente preciso de los límites reales. Si bien es cierto que las políticas específicas que constituían el menú de la socialdemocracia en la Edad de Oro se han vuelto menos eficaces y necesitan ser repensadas, domesticar el capitalismo sigue siendo una expresión viable del anticapitalismo.

3. Escapar del capitalismo

Una de las respuestas más antiguas a los ataques del capitalismo ha sido la huida.

Puede que la huida del capitalismo no haya cristalizado en ideologías anticapitalistas sistemáticas, pero sin embargo tiene una lógica coherente: el capitalismo es un sistema demasiado poderoso para destruirlo. Domesticarlo requeriría un nivel de acción colectiva sostenida que no es realista y, de todos modos, el sistema en su conjunto es demasiado grande y complejo para controlarlo eficazmente. El poder es demasiado fuerte para desalojarlo, y siempre cooptará la oposición y defenderá sus privilegios. Cuanto más cambian las cosas, más siguen iguales.

Lo mejor que podemos hacer es tratar de aislarnos de los efectos nocivos del capitalismo, y tal vez escapar por completo de sus estragos en algún entorno protegido. Tal vez no podamos cambiar el mundo en general, pero podemos apartarnos de su red de dominación y crear nuestra propia micro-alternativa en la que vivir y prosperar sea posible.

Este impulso de huida se refleja en muchas respuestas a los daños del capitalismo.

El movimiento de los agricultores hacia la frontera occidental en los Estados Unidos del siglo XIX fue, para muchos, la aspiración de una agricultura de subsistencia estable y autosuficiente en lugar de una producción para el mercado. Escapar del capitalismo está implícito en el lema hippie de los años 60, “tune in, turn on, drop out“. Los esfuerzos de ciertas comunidades religiosas, como los amish, por crear fuertes barreras entre ellos y el resto de la sociedad implicaban apartarse lo más posible de las presiones del mercado.

La caracterización de la familia como un “refugio en un mundo sin corazón” expresa el ideal de la familia como un espacio social no competitivo, de reciprocidad y cuidado en el que se puede encontrar refugio del mundo sin corazón y competitivo del capitalismo.

Escapar del capitalismo suele implicar evitar el compromiso político y, desde luego, los esfuerzos colectivos para cambiar el mundo. Especialmente en el mundo actual, la huida es sobre todo una estrategia de estilo de vida individualista. Y a veces es una estrategia individualista que depende de la riqueza capitalista, como en el estereotipo del exitoso banquero de Wall Street que decide “abandonar la carrera de ratas” y mudarse a Vermont para llevar una vida de simplicidad voluntaria mientras vive de un fondo fiduciario sostenido con inversiones capitalistas.

Es fácil descartar la estrategia de escapar del capitalismo, especialmente cuando refleja los privilegios conseguidos dentro del propio capitalismo. Es difícil tratar al excursionista que vuela a una región remota con un costoso equipo de senderismo para “alejarse de todo” como una expresión significativa de oposición al capitalismo. Sin embargo, hay ejemplos de huida del capitalismo que tienen que ver con el problema más amplio del anticapitalismo.

Las “comunidades intencionales” pueden estar motivadas por el deseo de escapar de las presiones del capitalismo, pero a veces también pueden servir como modelos de formas de vida más colectivas, igualitarias y democráticas. Ciertamente, las cooperativas, que pueden estar motivadas principalmente por el deseo de escapar de los lugares de trabajo autoritarios y la explotación de las empresas capitalistas, también pueden convertirse en elementos que desafían el capitalismo.

El movimiento Do It Yourself y la “economía colaborativa” pueden estar motivados por el estancamiento de los ingresos individuales durante un periodo de austeridad económica, pero también pueden apuntar a formas de organizar la actividad económica que dependan menos del intercambio del mercado. Y de forma más general, el estilo de vida de la simplicidad voluntaria puede contribuir a un rechazo más amplio del consumismo y de la preocupación por el crecimiento económico en el capitalismo.

4. Erosión del capitalismo

La cuarta forma de anticapitalismo es la menos conocida.

Se basa en la siguiente idea: todos los sistemas socioeconómicos son mezclas complejas de diferentes tipos de estructuras, relaciones y actividades económicas. Ninguna economía ha sido – o podría ser – puramente capitalista. El capitalismo como forma de organizar la actividad económica tiene tres componentes fundamentales: la propiedad privada del capital, la producción para el mercado con el fin de obtener ganancias y el empleo de trabajadores que no son propietarios de los medios de producción.

Los sistemas económicos existentes combinan el capitalismo con toda una serie de otras formas de organizar la producción y distribución de bienes y servicios: directamente por parte de los Estados, dentro de las relaciones íntimas de las familias para satisfacer las necesidades de sus miembros, a través de redes y organizaciones comunitarias, por medio de cooperativas mantenidas y gobernadas democráticamente por sus miembros, a través de organizaciones sin fines de lucro, a través de redes entre iguales que participan en procesos de producción colaborativa y muchas otras posibilidades.

Algunas de estas formas de organizar las actividades económicas pueden considerarse híbridas, combinando elementos capitalistas y no capitalistas, otras son totalmente no capitalistas, y otras son anticapitalistas. Llamamos “capitalista” a un sistema económico cuando los impulsos capitalistas son dominantes a la hora de determinar las condiciones económicas de la vida y el acceso a los medios de subsistencia de la mayoría de las personas. Ese dominio es inmensamente destructivo.

Una forma de desafiar al capitalismo es construir relaciones económicas más democráticas, igualitarias y participativas en los espacios y grietas de este complejo sistema siempre que sea posible, y luchar por ampliar y defender esos espacios.

La idea de erosionar el capitalismo supone que estas alternativas tienen el potencial, a largo plazo, de expandirse hasta el punto de desplazar al capitalismo de este papel dominante.

Una analogía con un determinado ecosistema natural puede ayudar a aclarar esta idea. Pensemos en un lago. Un lago consiste en agua, tipos particulares de suelo, terreno, fuentes de agua y clima. En sus aguas viven una serie de peces y otras criaturas, y en su interior y alrededor crecen diversos tipos de plantas.

En conjunto, todos estos elementos constituyen el ecosistema natural del lago (se trata de un “sistema” en el sentido de que todo afecta a todo lo demás, pero no es como el sistema de un solo organismo en el que todas las partes están funcionalmente conectadas en un todo coherente y estrechamente integrado).

En un ecosistema de este tipo, es posible introducir una especie de pez foránea que no se encuentra “naturalmente” en el lago. Algunas especies exóticas serán devoradas al instante. Otras pueden sobrevivir en algún pequeño nicho del lago pero no cambian mucho la vida cotidiana del ecosistema. Pero ocasionalmente una especie foránea puede prosperar y acabar desplazando a la especie dominante.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo imagina la introducción de las variedades más vigorosas de las especies emancipadoras de la actividad económica no capitalista en el ecosistema del capitalismo, alimentando su desarrollo mediante la protección de sus nichos y descubriendo formas de ampliar sus hábitats. La esperanza última es que, con el tiempo, estas especies exóticas puedan salir de sus estrechos nichos y transformar el carácter del ecosistema en su conjunto.

Esta forma de pensar sobre el proceso de trascender el capitalismo es similar a la popular y estilizada historia que se cuenta sobre la transición de las sociedades feudales precapitalistas en Europa al capitalismo. Dentro de las economías feudales, en el período medieval tardío, surgieron relaciones y prácticas protocapitalistas, especialmente en las ciudades. Inicialmente se trataba de actividad comercial, producción artesanal bajo la regulación de gremios y banca.

Estas formas de actividad económica llenaban nichos y a menudo eran bastante útiles para las élites feudales. A medida que se expandió el alcance de estas actividades de mercado, gradualmente se volvieron más capitalistas en carácter y, en algunos lugares, más corrosivas de la establecida dominación feudal de la economía en su conjunto. A través de un largo y serpenteante proceso durante varios siglos, las estructuras feudales dejaron de dominar la vida económica de algunos rincones de Europa, el feudalismo se había erosionado.

Este proceso puede haber estado marcado por conmociones políticas e incluso revoluciones, pero más que constituir una ruptura en las estructuras económicas, estos eventos políticos sirvieron más bien para ratificar y racionalizar cambios que ya habían tenido lugar dentro de la estructura socioeconómica.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo considera que el proceso de desplazamiento del capitalismo de su papel dominante en la economía es similar: surgen actividades económicas alternativas no capitalistas en los nichos en los que es posible dentro de una economía dominada por el capitalismo; estas actividades crecen con el tiempo, tanto de forma espontánea como, fundamentalmente, como resultado de una estrategia deliberada; se producen luchas en las que participa el Estado, a veces para proteger estos espacios, otras veces para facilitar nuevas posibilidades; y, finalmente, estas relaciones y actividades no capitalistas llegan a ser lo suficientemente prominentes en las vidas de los individuos y las comunidades como para que pueda decirse que el capitalismo ya no domina el sistema en su conjunto.

Esta visión estratégica está implícita en algunas corrientes del anarquismo contemporáneo. Si el socialismo revolucionario propone que el poder del Estado debe ser tomado para que el capitalismo pueda ser aplastado, y la socialdemocracia argumenta que el Estado capitalista debe ser utilizado para domar el capitalismo, los anarquistas han argumentado generalmente que el Estado debe ser evitado –quizás incluso ignorado– porque al final sólo puede servir como una máquina de dominación, no de liberación.

La única esperanza de una alternativa emancipadora al capitalismo –una alternativa que encarne los ideales de igualdad, democracia y solidaridad– es construirla sobre el terreno y trabajar para ampliar su alcance.

Como visión estratégica, la erosión del capitalismo es a la vez tentadora y descabellada.

Es tentadora porque sugiere que, incluso cuando el Estado parece poco propicio para los avances en justicia social y la transformación social emancipatoria, todavía se puede hacer mucho. Podemos seguir adelante con la tarea de construir un nuevo mundo, no desde las cenizas del viejo, sino dentro de sus intersticios.

A su vez, es inverosímil. Es así porque la acumulación de espacios económicos emancipatorios dentro de una economía dominada por el capitalismo difícilmente podría llegar a desplazar al capitalismo, dado el inmenso poder y riqueza de las grandes corporaciones capitalistas y la dependencia de los medios de vida de la mayorías del buen funcionamiento del mercado capitalista. Seguramente, si las formas emancipatorias no capitalistas crecieran hasta el punto de amenazar el dominio del capitalismo, simplemente serían aplastadas.

Aún así, la erosión del capitalismo no es una fantasía. Pero sólo es plausible si se combina con la idea socialdemócrata de domesticar el capitalismo.

Necesitamos una forma de vincular la visión estratégica del anarquismo, centrada en la sociedad desde abajo, con la lógica estratégica de la socialdemocracia, centrada en el Estado. Necesitamos domesticar el capitalismo de forma que sea más erosionable, y erosionar el capitalismo de forma que sea más domesticable. Un concepto que nos ayudará a vincular estas dos corrientes de pensamiento anticapitalista es el de utopías reales.

Utopías reales

Utopía real es claramente una expresión contradictoria. La palabra “utopía” fue acuñada por primera vez por Tomás Moro en 1516, combinando dos prefijos griegos –eu, que significa bueno, y ou, que significa no– en la letra “u” colocándola antes la palabra griega para lugar, topos. U-topía es, pues, el lugar bueno que no existe en ningún lugar. Es una fantasía de perfección.

¿Cómo puede entonces ser “real”? Puede ser realista buscar mejoras en el mundo, pero no la perfección. De hecho, la búsqueda de la perfección puede socavar la tarea práctica de hacer del mundo un lugar mejor. Como dice el refrán, “lo mejor es enemigo de lo bueno”.

Existe, pues, una tensión inherente entre lo real y lo utópico. Es precisamente esta tensión la que pretende captar la idea de una “utopía real”. Se trata de sostener nuestras aspiraciones más profundas a un mundo justo y humano que no existe y, al mismo tiempo, dedicarnos a la tarea práctica de construir alternativas reales que puedan construirse en el mundo tal y como es, que también prefiguren el mundo tal y como podría ser y que nos ayuden a avanzar en esa dirección.

Las utopías reales transforman así el “no-dónde” de la utopía en el “ahora-aquí” de la creación de alternativas emancipatorias del mundo como podría ser en el mundo tal como es.

Las utopías reales pueden encontrarse allí donde los ideales emancipatorios se encarnan en las instituciones existentes y en las propuestas de nuevos diseños institucionales. Son elementos constitutivos de un destino y de una estrategia. He aquí algunos ejemplos.

Las cooperativas de trabajo son una auténtica utopía que surgió junto al desarrollo del capitalismo. Tres importantes ideales emancipatorios son la igualdad, la democracia y la solidaridad. Todos ellos se ven obstaculizados en las empresas capitalistas, donde el poder se concentra en manos de los propietarios y sus sustitutos, los recursos internos y las oportunidades se distribuyen de forma muy desigual y la competencia socava continuamente la solidaridad.

En una cooperativa de trabajo, todos los activos de las empresas son propiedad conjunta de los propios empleados, que también gobiernan la empresa de forma democrática, con una sola persona y un solo voto. En una cooperativa pequeña, este gobierno democrático puede organizarse en forma de asambleas generales de todos los miembros; en cooperativas más grandes, los trabajadores eligen consejos de administración para supervisar la empresa.

Las cooperativas de trabajo asociado también pueden incorporar rasgos más capitalistas: pueden, por ejemplo, contratar a trabajadores temporales o ser inhóspitas con los miembros potenciales de determinados grupos étnicos o raciales. Por lo tanto, las cooperativas suelen encarnar valores bastante contradictorios.

Sin embargo, tienen el potencial de contribuir a erosionar el dominio del capitalismo cuando amplían el espacio económico en el que pueden operar los ideales emancipatorios anticapitalistas. Las agrupaciones de cooperativas de trabajadores podrían formar redes; con formas adecuadas de apoyo público, esas redes podrían extenderse y profundizarse para constituir un sector de mercado cooperativo; ese sector podría –en ciertas circunstancias– expandirse para rivalizar con el dominio del capitalismo.

Las bibliotecas públicas son otro tipo de utopía real. A primera vista puede parecer un ejemplo extraño. Las bibliotecas son, después de todo, una institución duradera que se encuentra en todas las sociedades capitalistas. En Estados Unidos, el vasto sistema de bibliotecas públicas fue fundado en gran medida por Andrew Carnegie, uno de los despiadados barones ladrones de la Gilded Age. Ciertamente no era anticapitalista y, en todo caso, veía su apoyo filantrópico a las bibliotecas como una forma de fortalecer el capitalismo como sistema.

Sin embargo, las bibliotecas encarnan principios de acceso y distribución que son profundamente anticapitalistas. Consideremos la marcada diferencia entre la forma en que una persona accede a un libro en una librería y en una biblioteca.

En una librería, uno busca el libro que quiere en una estantería, comprueba el precio y, si puede permitírselo y lo quiere lo suficiente, va a la caja, entrega la cantidad de dinero necesaria y se va con el libro. En una biblioteca, uno va a la estantería (o, más probablemente, a un terminal de computadora) para ver si el libro está disponible, lo encuentra, va al mostrador, muestra su carné de la biblioteca y se va con el libro. Si el libro ya está retirado, se le inscribe en una lista de espera.

En una librería, el principio de distribución es “a cada uno según su capacidad de pago”; en una biblioteca pública, el principio de distribución es “a cada uno según su necesidad”. Además, en la biblioteca, si hay un desequilibrio entre la oferta y la demanda, aumenta el tiempo que hay que esperar por el libro; los libros que escasean se racionan por tiempo, no por precio.

Una lista de espera es un dispositivo profundamente igualitario: un día de la vida de cada uno es tratado como moralmente equivalente. Una biblioteca bien dotada de recursos considerará la extensión de la lista de espera como una señal de que es necesario pedir más ejemplares de un determinado libro.

Las bibliotecas también pueden convertirse en servicios públicos polivalentes, no sólo en depósitos de libros. Las buenas bibliotecas proporcionan un espacio público para reuniones, a veces lugares para conciertos y otros espectáculos, y un lugar de encuentro agradable para la gente.

Por supuesto, las bibliotecas también pueden ser zonas de exclusión que se hacen inhóspitas para cierto tipo de personas. Pueden ser elitistas en sus prioridades presupuestarias y en sus normas. Así pues, las bibliotecas reales pueden reflejar valores bastante contradictorios. Pero, en la medida en que encarnan ideales emancipadores de igualdad, democracia y comunidad, las bibliotecas son una auténtica utopía.

Un último ejemplo de utopía real existente son las nuevas formas de producción colaborativa entre iguales que han surgido en la era digital. Quizá el ejemplo más conocido sea Wikipedia. Una década después de su fundación, Wikipedia destruyó un mercado tricentenario de enciclopedias; ahora es imposible producir una enciclopedia de propósito general comercialmente viable.

Wikipedia es producida de forma totalmente no capitalista por unos cientos de miles de editores no remunerados de todo el mundo que contribuyen al patrimonio mundial y la ponen a disposición de todo el mundo de forma gratuita. Se financia mediante una especie de economía del regalo que proporciona los recursos infraestructurales necesarios.

Wikipedia está llena de problemas –algunas entradas son maravillosas, otras terribles–, pero es un ejemplo extraordinario de cooperación y colaboración a muy gran escala, altamente productivo y organizado sobre una base no capitalista.

Hay muchos otros ejemplos en el mundo digital. Si imaginamos que este modelo de colaboración se extiende al mundo de la producción de bienes, no sólo de información, entonces es posible imaginar que la producción colaborativa “p2p” invada el dominio del capitalismo.

Las utopías reales también pueden encontrarse en las propuestas de cambio social y en las políticas estatales, no sólo en las instituciones realmente existentes. Este es el papel fundamental de las utopías reales en las estrategias políticas a largo plazo para la justicia social y la emancipación humana. Un ejemplo es el ingreso básico universal (IBU).

Un IBU simplemente da a todos, sin condiciones, un flujo de ingresos suficiente para cubrir las necesidades básicas. Proporciona un nivel de vida modesto, pero culturalmente respetable y sin lujos. Al hacerlo, también resuelve el problema del hambre entre los pobres, pero lo hace de forma que pone en marcha un bloque de construcción de una alternativa emancipatoria.

El IBU controla directamente uno de los daños del capitalismo: la pobreza en medio de la abundancia. Pero también amplía el potencial de erosión a largo plazo del dominio del capitalismo al canalizar los recursos hacia formas no capitalistas de actividad económica. Consideremos los efectos de la renta básica en las cooperativas de trabajo. Una de las razones por las que las cooperativas de trabajo suelen ser frágiles es que tienen que generar ingresos suficientes no sólo para cubrir los costos de materiales de producción, sino también para proporcionar un salario básico a sus miembros.

Si se garantizara un ingreso básico independientemente del éxito de la cooperativa en el mercado, las cooperativas de trabajo serían mucho más sólidas. Esto también significaría que representarían un menor riesgo para los préstamos de los bancos.

Así, de forma un tanto irónica, un ingreso básico universal ayudaría a resolver un problema del mercado de créditos para las cooperativas. También garantizaría un aumento masivo de la participación en la producción colaborativa “p2p” y en muchas otras actividades productivas que no generan por sí mismas ingresos de mercado para los participantes.

Domesticar y erosionar

Entonces, ¿cómo ser anticapitalista en el siglo XXI?

Abandona la fantasía de destruir el capitalismo. El capitalismo no se puede destruir, al menos si realmente quieres construir un futuro emancipatorio. Puede que personalmente puedas escapar del capitalismo mudándote fuera de la red y minimizando tu implicación con la economía monetaria y el mercado, pero esto no es una opción atractiva para la mayoría de la gente, especialmente los que tienen hijos, y ciertamente tiene poco potencial para fomentar un proceso más amplio de emancipación social.

Si te preocupa la vida de los demás, de un modo u otro tienes que enfrentarte a las estructuras e instituciones capitalistas. Domesticar y erosionar el capitalismo son las únicas opciones viables. Tienes que participar tanto en los movimientos políticos para domesticar el capitalismo a través de las políticas públicas como en los proyectos socioeconómicos de erosión del capitalismo a través de la expansión de las formas emancipatorias de la actividad económica.

Debemos renovar una socialdemocracia progresista enérgica que no sólo neutralice los daños del capitalismo, sino que facilite las iniciativas para construir utopías reales con el potencial de erosionar el dominio del capitalismo.

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