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Masivas movilizaciones en julio de 2019 que terminaron con la renuncia de Ricardo Rosselló (Foto: Getty Images)

Puerto Rico: ascenso del progresismo

El pasado 3 de noviembre hubo elecciones en Puerto Rico. Junto al debilitamiento de la partidocracia neoliberal, la gran novedad fue la consolidación de una nueva fuerza progresista en ascenso, dispuesta a disputar el control del Estado.

El pasado 3 de noviembre se realizaron las elecciones en Puerto Rico. Estas elecciones se dieron en el contexto de una serie de crisis que se han agudizado en las últimas décadas: austeridad, corrupción, deuda masiva, colapso de la infraestructura y de los servicios públicos esenciales, huracanes catastróficos de la era de la crisis climática y, ahora, pandemia de COVID-19. Ocurrieron, además, después de las amplias movilizaciones del verano de 2019, que lograron la renuncia del entonces gobernador Ricky Rosselló.

Para las corrientes progresistas, el reto consistió en los modos de enfrentar la grave crisis del país de cara al escenario electoral. En particular, la cuestión giraba en torno a cómo socavar el ya debilitado régimen bipartidista de alternancia en el gobierno entre los partidos neoliberales: el Partido Nuevo Progresista (PNP), que favorece la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos, y el Partido Popular Democrático (PPD), que defiende el actual status colonial del Estado Libre Asociado. Por más de cincuenta años, estos dos partidos han dominado la escena política del país, polarizando el debate en torno a la cuestión del estatus y bloqueando cualquier reclamo de carácter social.

Las políticas neoliberales del PNP y PPD, lejos de diferenciarse, han agravado la crisis del país hasta llevarnos al desastre y al colapso institucional que vivimos hoy. Por esa misma razón resulta tan significativa la emergencia de un nuevo partido, el Movimiento Victoria Ciudadana, que se afincó como fuerza política en esta contienda electoral con un programa popular que pretende romper con la partidocracia reinante en Puerto Rico.

Debilitamiento del bipartidismo

Lo primero que debe destacarse es si bien el candidato a gobernador del PNP, Pedro Pierluisi, ganó las elecciones y el candidato del PPD llegó segundo, el resultado electoral claramente demuestra un contundente desgaste del bipartidismo.

Estos dos partidos, que venían con una tendencia de pérdida de apoyos durante las últimas elecciones, recibieron una suerte de golpe de gracia en estas últimas. El PNP resultó ganador pero con apenas un 32% de los votos, mientras que en 2016 el candidato a gobernador del PNP, Ricardo Rosselló, había sido electo con el 41,8%. Por su parte, en las elecciones del 2020 el PPD logró solo el 31%, contra el 38,8% obtenido en las elecciones de hace cuatro años. Ambos partidos sacaron porcentajes históricamente bajos, lo cual demuestra que el régimen binomio PNP-PPD, si bien no ha muerto, está agonizando.

Por otro lado, la emergencia del Partido Dignidad –un partido de la derecha religiosa que en su primera campaña electoral obtuvo 6,9% de los votos— amenaza con debilitar seriamente el apoyo de los sectores religiosos que han apoyado al PNP. La emergencia de este partido de los sectores religiosos conservadores es otra conclusión del proceso electoral reciente que no habrá que perder de vista.

La victoria de Pierluisi y el PNP, por tanto, es pírrica. El futuro del PPD parece ser el de un cadáver viviente que va dando tumbos sin saber para dónde ni por qué: sin proyecto y sin ideas. A pesar de todas las ventajas que la actual ley electoral le ofrece a ambos partidos, el fin del bipartidismo parece haber comenzado.

Esta novedad es doblemente significativa. Y es que el paradigma subyacente del bipartidismo, el paradigma del estatus, ha sido una formulación que se traga cualquier otra discusión política sobre la crisis y las alternativas democráticas al neoliberalismo. El estatus es, en efecto, la lengua del sentido común de la cultura política tradicional puertorriqueña, y su efecto ha sido achatar y empobrecer el imaginario político y, sobre todo, bloquear la emergencia de un imaginario alternativo. Pero esto tal vez esté cambiando.

Emergencia de una nueva fuerza política

Deben resaltarse los logros en las ultimas elecciones obtenidos por el Movimiento Victoria Ciudadana (MVC), que se afianzó como la tercera fuerza política del país. Fundado en marzo de 2019, logró unificarse en poco más de un año. Este movimiento progresista emergente surgió como una alternativa de cambio frente al bipartidismo reinante y en contra de la políticas neoliberales que se han impuesto al país. Con escasos recursos financieros, ha logrado romper con la vocación de minoría de cierta tradición progresista y ubicarse en el centro del escenario político puertorriqueño.

La plataforma del MVC, titulada «Agenda Urgente», define a esta agrupación como un movimiento diverso y plural que se crea para atender la crisis contemporánea en Puerto Rico, enfocándose en tres problemas urgentes: (1) el rescate de las instituciones públicas; (2) la reconstrucción social, económica, ambiental y fiscal y (3) la descolonización.

El documento propone una tajante agenda antineoliberal: reformas democráticas, anticorrupción, defensa de bienes y servicios públicos (escuelas, educación universitaria, salud), de los derechos laborales, defensa de la pensiones dignas, en contra de la privatización y de las políticas de austeridad, de rechazo a la Junta de Control Fiscal (JCF), auditoría de la deuda y cancelación de la deuda ilegal, defensa del ambiente, proceso democrático de descolonización, defensa de la educación con perspectiva de género, entre otras. Es una agenda mínima que, al menos, apunta a frenar el desastre que han producido las políticas neoliberales en Puerto Rico, en lugar de profundizarlas como ha sido hasta ahora.

Más aún: el MVC aboga por un proceso democrático y transparente de autodeterminación mediante el proceso de una Asamblea Constitucional de Estatus, cuyo resultado sea vinculante. Así, se compromete a impulsar el estatus político (anexión, independencia, o libre Asociación) que sea favorecido democráticamente por la ciudadanía.

En tanto organización, el MVC no apoya ninguna opción de estatus en particular. Lo que apoya es el proceso democrático de autodeterminación. Esto implica que el MVC no participa de la lógica del régimen de partidos imperante, que es una que postula que los partidos políticos en Puerto Rico se definen como partidos ideológicos en torno a uno de los estatus (relación jurídica con Estados Unidos). Esta perspectiva es lo que más lo diferencia de los partidos tradicionales (PNP, PPD, y Partido Independentista Puertorriqueño, PIP). La perspectiva del MVC sobre la «cuestión del estatus» es lo que posibilita que este movimiento se enfoque en cuestiones sociales, económicas, y ambientales, ofreciéndole un espacio político para crecer fuera del gueto minoritario del independentismo puertorriqueño y de la jaula discursiva del estatus.

En su primera participación electoral, el MVC logró elegir cuatro candidatos/as a la legislatura estatal (al momento, se siguen contando los votos debido a irregularidades y no hay una certificación oficial de las elecciones): dos al Senado por acumulación, dos representantes por acumulación a la Cámara de Representantes, y está en contienda por la candidatura de una representante a la Cámara por distrito. Esto convierte a las y los legisladores del MVC en una importante delegación, que tendrá la posibilidad de negociar legislación en unos cuerpos legislativos en donde el «bipartidismo» está de capa caída. El dominio absoluto del PNP o el PPD en la legislatura estatal está en jaque.

Manuel Natal, candidato a la alcaldía de San Juan por el MVC se encuentra al momento de  escribir este artículo disputando el voto en una elección muy cerrada con Miguel Romero, el candidato del PNP. Según la Comisión Estatal de Elecciones, con el 98,83% de los colegios electorales escrutados, Natal tenía 41978 votos y Romero 43874. En un giro postelectoral inesperado, Natal ha movilizado a unas decenas de ciudadanos a salir a defender del voto por el cambio, convirtiendo su candidatura, en efecto, en la de un movimiento ciudadano. El triunfo de Natal sería un golpe duro al bipartidismo del PNP-PPD al elegir como alcalde de la capital del país a un candidato de un partido emergente y derrotar a los/as candidatos/as de estas fuerzas políticas tradicionales. Si Natal ganara la alcaldía el MVC podría, desde la capital, construir un modelo de gobernanza para el país. De no hacerlo, sin embargo, ya ha dado un gran paso al generar un movimiento en la capital que, potencialmente, puede representar una fuerza política clave.

Progresismo: diferencias y posibilidades de alianzas

Mucho/as de los seguidores del MVC se sintieron defraudado/as porque Alexandra Lúgaro no ganó la gobernación (algo que siempre fue improbable) o porque no obtuvo el crecimiento electoral esperado, aunque sacó un 14,5% de los votos (3% más que el 11,3% de las elecciones pasadas, cuando fue una candidata independiente a la gobernación). Entre otras razones, Lúgaro –más allá de las limitaciones de su campaña o de los errores cometidos— recibió múltiples ataques de todos lados (partidos opositores, medios de comunicación, sectores religiosos conservadores), entre los que resaltan un discurso machista y sexista. Un contraste notable con Juan Dalmau, el candidato a la gobernación del PIP (independentista), que pasó la campaña prácticamente sin ningún ataque de sus adversarios.

La campaña de Dalmau, por otra parte, pudo multiplicar significativamente los votos del PIP, que por primera vez desde 1968 (y segunda desde 1956) llegó al doble dígito (13,7%). Este logro cobra mayor importancia teniendo en cuenta que, en las últimas décadas, este partido había visto menguar su apoyo electoral y perdido, una y otra vez, su franquicia electoral. Cabe indicar que en estas elecciones el PIP suavizó su postura tradicional, planteando que un voto por ese partido no era un voto por la independencia.

Habrá que ver si el voto a favor de Dalmau se consolida como un voto orgánico por el programa del PIP y por la independencia –que, pese al discurso electoral suavizado, sigue siendo el objetivo y la razón de ser de este partido— o si, por el contario, este aumento en votos es solo un fenómeno pasajero vinculado fundamentalmente a la figura de un candidato articulado, «sexy» y «cool». Esto es, si es un voto que echa raíces o uno que es como la espuma.

En cualquier caso, en el escenario electoral era importante que el MVC afinara sus diferencias políticas con Dalmau y el PIP, pues no daba igual un voto por él que por Lúgaro, dado que el PIP es parte del régimen de partidos imperantes que se basa en el paradigma de «la cuestión del estatus». A pesar de que el PIP diluyó su discurso independentista, no ha querido o no ha podido romper con la lógica del estatus que le da su razón de ser.

Aunque el PIP es un aliado del MVC en asuntos específicos importantes (la derogación de la reforma laboral neoliberal, la defensa de pensiones digna, combatir la violencia machista, defensa de la salud, la educación pública, y el ambiente, etc.), sus objetivos y su visión estratégica están encontrados con los del MVC. De modo que, para expandir su propio espacio político, el MVC debe establecer claramente cuáles son sus diferencias no solo respecto al PPD-PNP, sino también al PIP (a la vez que actúa en concertación con este partido en los asuntos en que tienen afinidades).

Los logros del MVC no son insignificantes. Todo lo contrario: abren paso a la posibilidad de cambios políticos significativos en Puerto Rico. Si el MVC hace la labor legislativa que le corresponde y la combina con una participación efectiva en las luchas sociales que indudablemente se darán en este cuatrienio; si Natal, además, puede convertir a San Juan en un modelo para el país; y si, finalmente, este movimiento consigue organizarse en todos o la mayoría de los municipios, habrá esperanza para el bienestar común. En el proceso, si se logra enterrar definitivamente el bipartidismo neoliberal puertorriqueño, tanto mejor.

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