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La normalización de los progresismos latinoamericanos

Considerando la historia colombiana, la victoria de Gustavo Petro ha generado una legítima euforia. Pero para que los festejos no opaquen nuestra capacidad crítica, cabe reflexionar sobre las tendencias de fondo de los progresismos latinoamericanos.

Algunos la considerarán una buena noticia. Otros —entre los que me incluyo— verán sus aspectos problemáticos e inclusive dramáticos. Pero, guste o no, lo cierto es que los progresismos latinoamericanos han terminado de normalizarse, asimilarse y adecuarse al orden existente, defendiéndolo de las embestidas que, más por derecha que por izquierda, lo están amenazando.

En efecto, a raíz de la persistencia e inclusive del resurgimiento de las derechas en América Latina en el último lustro, tanto los gobiernos progresistas tardíos (México, Chile, Perú y ahora Colombia) como los de segunda mano (Argentina, Bolivia y, eventualmente, Brasil) reflejan un proceso de normalización, es decir, un «desperfilamiento» en relación con sus raíces nacional-populares y/o izquierdistas. De esta manera, se definen en antítesis a las derechas más por una postura defensiva y conservadora que por aspectos propositivos y transformadores, exhibiendo una colocación más centrista, institucional y moderada, más o menos explícita según los casos.

Esto refleja una tendencia mundial de mediana duración pero que había sido contenida a escala latinoamericana por la combinación de la ola de movimientos antineoliberales de entre fines de los años 90 y principios de los 2000, y por la instalación de gobiernos progresistas en la primera mitad de esa década. La reconducción de la originalidad o excepcionalidad latinoamericana a la normalidad de una izquierda solo geométrica por simetría —y, por lo tanto, relativa y variable en función del adversario— es un rasgo que se podía percibir ya desde la involución de los progresismos de la primera ola, pero que termina de afirmarse en los años más recientes.

Se trata de una recomposición política general, a escala latinoamericana (es decir, transversal y sincrónica), pero que presenta particularidades y aristas especificas nacionales y otras tantas que pueden relevarse agrupando países en relación con la continuidad o la novedad de los distintos gobiernos progresistas, distinguiendo a los que hemos denominado «de segunda mano» de los que definimos como «tardíos».

A nivel general —dejando para otra ocasión el análisis de las especificidades—, se pueden rastrear los orígenes de este corrimiento hacia el centro en el cambio de clima económico y político. En lo económico, el fin de la bonanza del consenso de las commodities, que ya era perceptible en el fin del ciclo progresista, alrededor de 2015-2016, se agravó con la pandemia y con los efectos de la guerra en Ucrania. El crecimiento del tamaño del pastel era la condición sine que non de la hipótesis progresista de conciliación de clases, y el estancamiento de esta tendencia marcó no casualmente el punto de inflexión de la que he llamado la pax progresista, en la cual prosperaban tirios y troyanos.

Como contraparte, las derechas alzaron la cabeza y levantaron la mano, aspirando a representar directamente los intereses de las clases dominantes no dispuestas a negociar a la baja sus privilegios en términos de acumulación de riqueza. A la reaparición en escena de las derechas tradicionales bajo viejos o nuevos ropajes después de una década de marginalidad política, se sumó la aparición de derechas más abiertamente reaccionarias que nunca antes habían logrado tener protagonismo en la historia latinoamericana (salvo cuando se escudaron detrás de los militares).

El desdoblamiento de las derechas solo las debilitó en apariencia, ya que en realidad expresa su crecimiento cuantitativo, a cuyo interior se inserta la radicalización de un sector que canaliza y capitaliza el rechazo al progresismo. Se trata este de un rechazo ideológico de fondo pero también experiencial y coyuntural, ligado a la vivencia de los años de gobierno en un formato que fue estabilizándose y volviéndose régimen, una modalidad de gestión reformista de lo existente que aspiraba a volverse institucional, a confundirse con una forma político-estatal duradera.

Los alcances de la franja radical de las derechas latinoamericanas son diversos (Bolsonaro llegó sorpresivamente a la presidencia, mientras que Milei o Kast siguen siendo —al menos hasta ahora— outsiders) pero su aparición modificó los equilibrios partidarios y permitió a las derechas tradicionales dos movimientos solo superficialmente contradictorios: por una parte, presentarse como moderadas de cara a las variantes extremas; por la otra, aprovechando su empuje, sostener posturas más radicales en clave conservadora y antiprogresista. Más allá del debate sobre su caracterización como neofascistas o posfascistas, las asperezas de estas nuevas-viejas derechas modificaron el escenario político y generaron una alerta que trastocó tácticas y estrategias de las izquierdas latinoamericanas, en particular las progresistas, populistas o nacional-populares.

Apareció lo que podemos llamar el «reflejo del frente popular». De manera análoga, la amenaza fascista —real o imaginada— tiende a producir un efecto defensivo de compactamiento que induce la alianza entre las izquierdas y sectores democráticos progresistas, general o tendencialmente bajo el liderazgo o las posiciones programáticas e ideológicas de estos últimos. Esta recomposición política, en sus últimas consecuencias, al volverse partido o alianza orgánica y permanente, tiende a disolver las diferencias y anular los márgenes de maniobra de las franjas más izquierdistas. Es una forma de realizar la aspiración de Cristina Kirchner: no tener a su izquierda más que la pared.

De esta manera, el esquema binario antifascista produce el mismo efecto práctico que el anticomunista esgrimido por la derecha (aunque sus contenidos sean abismalmente distintos a nivel de valores y principios): a unos es asignado el papel del partido del orden y al otro el de la barbarie, y viceversa. Pero, más allá de la eficacia puntual del dispositivo antifa/anticom, la diferencia de fondo es que el anticomunismo se basa en la hipótesis de una amenaza por el momento inexistente y, por lo tanto, es a todas luces una artimaña o un espejismo sin fundamento, mientras que la posibilidad del fascismo (o de algo que se le parezca) corresponde realmente a una época de derechización, un ciclo largo iniciado a finales del siglo XX que hemos logrado solo por momentos frenar pero no revertir.

Los progresismos realmente existentes pueden efectivamente operar temporalmente como un dique o un antídoto al desbordamiento de las derechas de todo tipo y color: por ello son considerados un «mal menor» no solo respecto de una restauración del neoliberalismo más puro sino también de versiones racistas, autoritarias y culturalmente regresivas de un orden jerárquico en última instancia dictado por la lógica del capital. Al mismo tiempo, su normalización en clave socialdemócrata o socialiberal (que no pretende siquiera ni puede aspirar a ser revolución pasiva) difícilmente podrá clausurar las contradicciones de fondo y solo puede ser considerada una solución precaria y provisional en tiempos convulsos, en los cuales impera la crisis orgánica y no puede afianzarse ninguna hegemonía duradera.

En tiempos de monstruos, reales o imaginarios, el progresismo aspira ser el paladín —único, de preferencia— de los valores liberal-democráticos, el baluarte del humanismo y de la civilización.

Este clima político, vale la pena señalarlo, es muy distinto al que cobijó la primera ola progresista. Aquella ola estaba marcada a fuego por el empuje de un intenso ciclo de luchas populares, por el entusiasmo y la esperanza de una superación del neoliberalismo que permeó los programas y las filas de los progresismos. Así, tanto viejos como nuevos progresismos aprovecharon el espaldarazo de los movimientos y entraron, como nunca antes en la historia latinoamericana, de forma sincrónica y duradera a los palacios de gobiernos antes asediados por las multitudes.

Bajo formatos distintos, estos progresismos contenían elementos humanos y programáticos disruptivos. De talante izquierdista, nacional-popular, populista y plebeyo, estaban entreverados con las clases subalternas y sus aspiraciones. Sobre esta base fundaron su capacidad hegemónica, que logró sostenerse a lo largo de una década. A mediano plazo, sin embargo, y una vez pasado el impulso inicial, mostraron sus pliegues contradictorios. Revelaron ser revoluciones pasivas, hegemónicamente eficaces pero cuyos restringidos alcances reformistas se teñían siempre de más conservadurismo. Su transformismo y cesarismo contribuyeron a desmovilizar a las clases subalternas y a restablecer y garantizar un orden estatal por medio de reformas estabilizadoras cuyo limitado alcance redistributivo no pasaba de ser precario y coyuntural y estaba sometido a los vaivenes de la economía mundial y los designios de los gobiernos de turno.

Por ello, a la par del flanco derecho, en el fin de ciclo se asomaba ya el costado izquierdo de la protesta, producto de un malestar social que empezaba a politizarse pero que —salvo excepciones— no terminó cuajando en una oposición de izquierda organizada y durable. Ese mismo universo social y político de movimientos y organizaciones que, a pesar de los avances de las derechas y la consolidación normalizada del progresismo, se resiste a desaparecer porque es tan irreductible cuanto los son las brechas societales de las cuales nace. 

De allí que la rebelión, esa recurrente forma política latinoamericana y la fuente de su originalidad en la historia mundial reciente, que ha sido un recurso en contra de la derecha (salvo excepciones: en Ecuador contra Correa, el gasolinazo en 2010 en Bolivia, en 2013 en Brasil o en Nicaragua en 2018), podría no tardar en alzarse en contra del partido del orden de turno, sin distinciones, sea cual sea su coloración y su autoadscripción, evocando y generalizando el «que se vayan todos» del 19 y 20 de 2001 argentino (que fue, justamente, un grito de rechazo en contra de la normalización de una alternancia sin alternativa, una centroizquierda que se asimilaba a la centroderecha, asegurando la continuidad del orden neoliberal). Puede que a la izquierda de Cristina Kirchner y de los progresismos en general ya no haya una pared sino cristales, que pueden ser rotos por piedras como las que fueron lanzadas en ocasión de las recientes protestas en ese país contra el acuerdo con el FMI.

La normalización y banalización de los progresismos, depurados de sus aristas izquierdistas y nacional-populares, parece anunciar la caída de una noche en donde todos los gatos parecen pardos porque un tigre anda suelto.

Ahora, al interior de este fenómeno que ya es latinoamericano, caben las ya mencionadas diferencias nacionales y, en particular, como ya mencionamos, entre «progresismos de segunda mano» y «progresismos tardíos». Cabe señalar que en estos últimos, en los cuales se fincan hoy las esperanzas de muchos, el corrimiento normalizador que se operó en el proceso de ascenso, no en el reflujo —como en los casos de segunda mano— fue parte de la operación de construcción del consenso electoral, de lo que se consideró como un inevitable (para algunos deseable) «acentramiento» para buscar espacios de arraigo en sociedades neoliberalizadas y/o siempre más atravesadas por un sentido común profundamente antizquierdista.

A pesar de que hay que valorar el empuje de las rebeliones detrás del ascenso de los gobiernos de Perú, Chile, Colombia y —solo de forma diferida y mediada— de México, se impuso, ya sea por voluntad, por cálculo o por necesidad, una lógica institucionalista, de apego al orden político existente. La lógica de la lucha política orientada a la conquista del 50% de los votantes, en tiempos normales, de ordinaria vida cotidiana, fue concebida como un acercamiento al ciudadano elector (con sus vicios y virtudes) mientras que solo en tiempos extraordinarios, de catarsis colectiva, sea por crisis por arriba o rebeliones por abajo, se abrió, por fuera de los sistemas políticos y electorales, la posibilidad excepcional de un corrimiento hacia la izquierda. Portales a dimensiones alternativas que se cerraron abruptamente, no sin dejar la sensación de que otros mundos eran y siguen siendo posibles en la medida en que se rechace radicalmente lo inaceptable de este.

Los progresismos tardíos, más allá de la indiscutible ruptura simbólica y cultural que significan, por su propia composición y trayectoria, llegaron al poder con una limitada capacidad y disposición reformista. La retórica no puede ocultar el corto alcance de las transformaciones que proponen e impulsan. Por válidas y necesarias que sean, no dejan de ser intervenciones mínimas, de corte sistémico o, peor aún, paliativos. El humanismo y el principio de equidad son valores universales del mejor liberalismo pero dejaron de ser un criterio de distinción de izquierda hace más de un siglo. Y el nacionalismo sin adjetivos tampoco alcanza a ser un clivaje significativo en este sentido, ni siquiera en nuestro suroccidente dependiente.

En un contexto de derechización, con el espectro del fascismo rondando, aparentan o son percibidas como progresistas o de izquierda posturas y acciones de conservación o promoción de mínimos y elementales principios de convivencia social. Así que los progresismos tardíos llegan normalizados a la cita con la historia y parecen mostrar sus límites incluso antes de ser asediados o presionados por derechas viejas o nuevas, conservadoras o reaccionarias que, más temprano que tarde, en ausencia de una poderosa antítesis desde abajo, volverán a ejercer su poder de veto y a rellenar su caudal electoral.

Porque al ascenso de la derecha no parece poder hacer frente la paulatina moderación de progresismos siempre más conservadores, que hacen las veces de izquierdas simplemente geométricas (por ser simétricas a las derechas existentes) y aritméticas (por sumar votos y puestos de gobierno). Hasta que no se retomen, por necesidad más que por virtud, los principios del algebra, es decir, la compresión y la acción sobre las reglas y las estructuras económicas, políticas y culturales que rigen a las sociedades que conforman nuestra específica región del mundo capitalista, es posible que haya que reconocer que el progresismo está desnudo.

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