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Tapa de José Aricó: Dilemas del marxismo en América Latina (CLACSO, 2020).

La última palabra de Aricó

Un 22 de agosto de 1991, hace 30 años, fallecía el marxista argentino José Aricó. Aunque siempre tuvo a Rusia en el centro de sus elaboraciones teóricas, los últimos meses de vida de Aricó fueron marcados por un inusitado interés en «el enigma ruso».

Un cierto arte de la oblicuidad acompaña la manera de trabajo de José Aricó –recomendaba la investigación del populismo ruso para entender la marcha de los procesos sociales en América Latina, e insistía en la importancia de la literatura para la militancia y un estudio de las cosas que permitan efectivamente su transformación–,[1]Este texto fue publicado originalmente en Anacronismo e Irrupción[2]«Mariátegui creía que era importante que los obreros del más modesto taller de Lima conocieran qué era el movimiento futurista o qué era el surrealismo. Hoy, en el terreno de la cultura … Continue reading como así también una paradójica dialéctica del azar que produce algunos hechos decisivos. Sobre esto último pueden indicarse tres ejemplos.

Un pasaje de las Nueve lecciones impartidas en el Colegio de México en 1977, sugiere que Gramsci pudo pensar lo que pensó –sin dejar de ser comunista– por haberlo hecho en la cárcel: «[E]s imposible pensar que las elaboraciones que hizo Gramsci en la cárcel hubieran podido ser pensadas y discutidas en el interior de la Internacional Comunista». De manera que –como había anotado irónicamente Hobsbawm– «a Mussolini le debemos varias cosas: una de ellas, que hubiera tenido a Gramsci en la cárcel. Gramsci pudo plantear lo que planteó y seguir siendo comunista porque estaba fuera del alcance de la Internacional Comunista».[3]Aricó, José María. Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica / El Colegio de México, 2012, pp. 317-318.

El segundo ejemplo es la historia de su paso por el servicio militar en el año 1952 en San Rafael. Como era uno de los pocos conscriptos capaces de escribir a máquina –la mayoría de sus compañeros eran campesinos analfabetos de Malargüe– le adjudicaron trabajo de oficina hasta las 2 de la tarde. Después se iban todos y Aricó se quedaba solo en su oficina. Había tomado la precaución de llevar una gramática italiana, un diccionario y las Notas sobre Maquiavelo de Gramsci, cuya traducción junto al aprendizaje del italiano emprendía por las tardes. Por eso –dice en la última entrevista–, «le debo al Ejército Argentino la posibilidad de haber adquirido el idioma que me permitió leer a Gramsci dentro de los cuarteles del Ejército».[4]“La última entrevista a J. M. Aricó”. Estudios, 5, (1995), p. 55.

Finalmente, en el texto que corresponde a la clase sobre el populismo ruso dictada en la Universidad de Buenos Aires para estudiantes de literatura en 1987, relata la historia de las peripecias corridas por Franco Venturi en las bibliotecas soviéticas cuando era agregado cultural de la Embajada italiana en la URSS entre los años 47 y 50, que lo llevaron a escribir su gran libro sobre El populismo ruso. Lo que en realidad Venturi había querido estudiar era el leninismo y la historia de la ideología revolucionaria en el interior del PCUS.

Cuando trató de conseguir el material bibliográfico para poder hacer ese estudio, el manejo existente en las bibliotecas de la Unión Soviética –donde a veces los libros son secreto de Estado– se lo impidió. Entonces fue retrocediendo en los años de pedido y se encontró con que el material referido al movimiento populista ruso entre 1840 y 1850 era de relativamente fácil acceso. Entonces se puso a estudiar el populismo. Vale decir que debemos a la censura de las bibliotecas soviéticas el hecho de que un historiador italiano nos haya suministrado la obra más importante [sobre el populismo ruso].[5]Aricó, José María. “El populismo ruso”, en ibid., pp. 32-33.

De manera que el fascismo, el Ejército argentino y la censura estalinista –sugiere Aricó de manera borgiana– tuvieron involuntarios efectos benéficos sobre el pensamiento de izquierda en el siglo XX.

El mencionado escrito sobre el populismo[6]Se trata de un texto donde la recurrencia a los escritores para comprender los procesos sociales de Rusia en el siglo XIX es constante (a lo largo de la clase se invocan Las almas muertas de Gogol, … Continue reading es el documento que testimonia de manera más plena una ininterrumpida pregunta por Rusia en el pensamiento de Aricó, que tenía en el centro la experiencia comunista tras la Revolución de Octubre y su destino, pero también los grandes debates del siglo XIX. En particular la correspondencia sobre el porvenir socialista de la comuna social rusa entre Marx y Vera Zasúlich,[7]La correspondencia entre Marx y Zasúlich fue editada y anotada por Aricó durante el exilio mexicano. Marx, Karl., Engels, Friedrich. Escritos sobre Rusia. II. El porvenir de la comuna rural rusa. … Continue reading donde el autor de El capital se diferencia de los “marxistas” que leen su obra como una «filosofía de la Historia Universal». Luego de la derrota de la Comuna de París comienza a estudiar la lengua rusa, y los últimos años de su vida (entre 1870 y 1883) se dedica a leer literatura rusa. Estudió la comuna agraria en Rusia y en otros pueblos (trabajó por ejemplo sobre la comuna agraria de los aztecas y de los incas). En esta misma cuestión acerca del sentido multilineal de la historia, resultan asimismo relevantes las anotaciones al libro Obshchinnoe Zemlevladenie del historiador Maximo Maximovich Kovalevsky –conocidas como Cuaderno Kovalevsky–, a las que de reciente ha prestado particular atención Álvaro García Linera.[8]García Linera, Álvaro. La potencia plebeya. Buenos Aires: CLACSO/Prometeo, 2008.

La posibilidad del socialismo en Rusia parece desprenderse para Marx de su capacidad de evitar el capitalismo y no de superarlo evolutivamente. Pero esta respuesta marxiana a lo planteado por los populistas, que abjura de todo determinismo histórico (solo conocida mucho después, por la publicación de Riazánov en 1928), fue desestimada por los propios populistas. Luego de un primer momento en el que planteaban el atraso ruso como una situación favorable que permitía pensar un camino social alternativo al recorrido por Europa, se habían vuelto “marxistas” y desestimaban el campesinado como agente del cambio social para defender la hipótesis del proletariado. Desestiman la respuesta afirmativa de Marx sobre la posibilidad de una vía hacia el socialismo centrada en la comuna agraria y no en su desintegración capitalista, y derivan en prácticas jacobino-blanquistas que propulsan el cambio desde arriba, luego heredadas por el bolchevismo.

El hilo rojo de la obra de Aricó y que une sus diversos momentos (el momento gramsciano, el momento mariateguiano, el momento benjaminiano, al que pueda quizá añadirse un momento althusseriano…) es la pregunta que interroga por la transformación social y por las condiciones de esa transformación. Aricó reconoce no haber sido ni haberse propuesto ser un científico social, ni un historiador de las ideas, sino un militante político y un gran lector del libro del mundo (militancia y lectura a las que subordinaba la historia y la ciencia). No obstante el interés por Benjamin de los últimos años, fue un interpretador de sentidos, no un pensador del fragmento; y aunque haya abjurado althusserianamente de las nociones de fin, origen, necesidad o trascendencia, nunca renunció a la “prosa del mundo”, a pensar en términos de totalidades concretas. El objeto principal de la reflexión aricoísta fue la totalidad viva de la historia, nunca su abstracción, y por ello hasta el final se mantuvo fiel a Hegel (ya desde hace tanto tratado como “perro muerto” ). Hay siempre una razón que desentrañar y un trabajo del concepto que comprender. Ello sin detrimento de que la “crisis del marxismo” –que era el gran tópico de discusión en el exilio mexicano– fuera interpretada en términos de crisis de una voluntad totalizadora (que según Aricó el marxismo en realidad nunca tuvo). Es decir, su trabajo fue el de una «laicización del marxismo» y la consideración de este como «teoría finita». Sin embargo, no hay nunca una renuncia de la comprensión –que lo es siempre de un sentido–.

En momentos de adversidad Aricó enseñaba a encontrar en lo que efectivamente sucede un estímulo para la reflexión y un motivo de trabajo, en lugar de un desencanto fácil y la pereza de creer que está todo perdido. Su comprensión no abandona nunca el gusto por la historia; una precaución y una desconfianza frente a todo sesgo demasiado trágico; una declinación de incluir cualquier contenido patético en su reflexión. Cualquiera de sus trabajos delata una inmediata animadversión hacia el cinismo, el esteticismo, la misantropía, la ironía displicente frente a las luchas humanas, y cualquier fácil escepticismo que se burla de los seres humanos, se lamenta de ellos o los denuesta. Había en su pensamiento una secreta filiación spinozista, que nunca fue explícita y se mantuvo siempre oral.

Exentos de cualquier aspiración apologética, los escritos de Aricó revelan un profundo «trabajo en Marx», a la vez minimalista y comprensivo, artesanal, amoroso, orientado siempre a solucionar los problemas humanos y nunca a la petulancia académica. Ese trabajo redunda en un socialismo abierto, que no privilegia tanto ideas que cierren en perfecta coherencia como explicita el lado paradójico de las convicciones, las sendas perdidas de la teoría hacia la vida justa. Preservar siempre una dimensión de hospitalidad en el socialismo que, desmonopolizado, se expande hacia posibilidades insospechadas y opera corrosivamente sobre cualquier límite que lo fije en una dogmática. Resulta así un socialismo desorganizado, pluridimensional, inapropiable, que se busca interminablemente a sí mismo. Socialismo como transformación del mundo y como amor intelectual.

El enigma de Rusía

Compañera de José Aricó durante el exilio mexicano y la vida en Buenos Aires hasta su muerte en agosto de 1991, María Teresa Poyrazian escribió una carta dirigida a algunos amigos, fechada el 22 de agosto de 2006, que encabezaba así: «Queridos amigos: Hoy 22 de agosto se cumplen quince años de la muerte de Pancho. ¿Cuánto es eso? ¿Es poco, es mucho tiempo?». Y rememora a continuación un episodio de la vida intelectual de Aricó, que es el que quisiéramos reconstruir, para conjeturar que en esos últimos meses el constante interés por Rusia –y con él la comprensión de la vida– adopta una intensidad particular y diferente. El algún momento de 1990 el Club de Cultura Socialista de Buenos Aires organizó una mesa redonda sobre Andrei Tarkovsky, en la que cada participante debía referirse a alguna escena de sus películas que le hubiera impactado particularmente. Años más tarde, Poyrazian encuentra entre los papeles de su compañero las notas que escribiera para esa intervención, que según ella despertó en él una emoción como ninguna otra lo había hecho: «se había sentido tan afectado, tan conmocionado que tuvo la sensación de que la emoción le iba a impedir terminar su intervención», le había confiado esa noche. «Pero la pregunta sobre ese episodio siguió vigente en él hasta el final».

La escena de la que se trata es una secuencia de El espejo, en la que Ignat – un muchacho muy joven, que probablemente evoca a Andrei mismo o a su hijo Senka– queda solo en casa porque su madre ha salido. De pronto aparecen dos mujeres, una de ellas deja una taza de té y bizcochos sobre la mesa y se retira; la otra, sentada junto a la ventana, le indica al muchacho un cuaderno que está en la biblioteca entre los libros. Ignat no siente sorpresa por la presencia misteriosa de la mujer, a la que toma con completa naturalidad, como si la conociera desde siempre. «Lee la página donde está la cinta», le dice. Ignat abre y comienza a leer: «A la pregunta de cómo influyen las ciencias y el arte en las costumbres humanas, Rousseau responde que negativamente». Aquí es interrumpido por la mujer, quien le pide leer «solo lo subrayado con lápiz rojo». Ignat recomienza la lectura. Se trata de una carta de Alexander Pushkin del 19 de octubre de 1836. El episodio de El espejo que tanto conmovió a Aricó es el que revela el contenido de esa carta, que según él cifraba toda la profundidad del film.

La misiva de Pushkin estaba dirigida a su amigo Piotr Chaadaev (o Chaadayev), quien ese mismo año había publicado la primera de sus “Cartas filosóficas” (conocidas también como “Cartas francesas”) en el número de octubre del periódico moscovita Telescopio. En el apunte de su intervención, Aricó escribió: «Escéptico en el futuro de Rusia, la carta de Chaadaev tuvo mucha repercusión y suscitó un gran escándalo. Según Herzen tuvo el efecto de ‘un disparo en la noche’. El autor fue declarado loco y encerrado en su casa, donde recibía cada día la visita de un médico».

La Primera Carta de Chaadaev, que se agotó a las pocas horas, fue inmediatamente censurada por su oposición al zarismo, la revista clausurada y su editor –P. Nadeydin– separado de su Cátedra en la Universidad en Moscú y desterrado. Se reflexionaba allí sobre el carácter de la relación cultural con Europa, que motivó una intensa disputa intelectual y una apasionada controversia política sobre el camino que Rusia debía tomar. Por reacción a ella surge el eslavismo y se desarrollan diversas vertientes nacionalistas.[9]En la transcripción de los apuntes de Aricó, esa carta dice: «Venimos al mundo como hijos ilegítimos, sin herencia, sin lazos con aquellos que nos precedieron sobre la tierra, no tenemos nada … Continue reading

La respuesta de Pushkin –uno de los escritores rusos más estimados por Tarkovsky, varias veces evocado en sus escritos– que Ignat lee en la secuencia de El espejo, es reproducida en las anotaciones de Aricó en esta versión:

La división de las iglesias nos separó de Europa. Nosotros no tomamos parte en ninguno de sus grandes acontecimientos pero teníamos nuestra predestinación especial. Rusia, sus vastos espacios, absorbieron la invasión mongola, los tártaros no osaron traspasar nuestras fronteras occidentales y se retiraron a sus desiertos. Así fue salvada la civilización cristiana. Para alcanzar tal fin debimos llevar una existencia especial que dejándonos cristianos nos hiciera ajenos al mundo cristiano. En lo que se refiere a nuestra insignificancia histórica, yo no puedo estar de acuerdo con usted. ¿Acaso usted no encuentra algo significativo en la situación actual de Rusia que asombrará al futuro historiador? Aunque estoy cordialmente ligado al soberano no me entusiasma todo lo que veo a mi alrededor. Como literato me irrita, me siento ofendido, pero por nada del mundo quisiera cambiar mi patria o tener otra historia que no fuera la historia de nuestros abuelos así como las donó Dios.

Al final del apunte utilizado para la participación en esa mesa redonda tarkovskiana, luego de reproducir las cartas finalmente halladas de Chaadaev y de Pushkin, Aricó añade algunas escuetas anotaciones: «El motivo principal – el aislamiento, la separación de la unidad universal, el particularismo religioso y nacional, cuya fuente a su vez fue el cisma, esto es, la fractura de la iglesia universal. Los rusos subordinaron el cristianismo al prejuicio nacional. Rusia debía volver a recorrer desde el inicio todo el precedente desarrollo espiritual de Europa. El patriotismo divide a los pueblos, el amor por la verdad los une. El camino hacia el nuevo reino divino pasa no a través de la patria sino a través de la verdad». Quizá estas frases buscan interpretar de manera sucinta el sentido que Tarkovsky atribuye a la carta de Pushkin,[10]En un escrito que lleva por título “Sobre la responsabilidad del artista”, Tarkovsky menciona la carta por única vez, en el contexto de una reflexión acerca de la importancia para su trabajo … Continue reading o bien simplemente expresan ideas del propio Aricó tras la confrontación de la correspondencia transcripta. No lo sabemos.

La imaginación se tienta en una imposible escena de lectura: Aricó abre el capítulo 22 de Todo fluye, última novela escrita por Vasili Grossman, publicada –al igual que Vida y destino– de manera póstuma.[11]A comienzos de los años 70, una versión reducida del original ruso de Todo fluye fue editada en Alemania, e inmediatamente traducida al alemán y al inglés. La versión completa fue … Continue reading Allí, Grossman evoca la historia intelectual rusa del siglo XIX «para comprender a Lenin» –su «ascetismo», su «modestia», su «honestidad», su «fe», su «apego a la naturaleza» –. En particular, su capacidad de dejarse impregnar por el espíritu de Occidente es la «manifestación de un rasgo profundamente ruso enunciado por Chaadaev»; la existencia de «una simpatía universal, la sorprendente capacidad de entrar en el espíritu de otros pueblos, que Dostoievsky veía en Pushkin. Ese rasgo emparienta a Lenin con Pushkin». De Chaadaev, Grossman enfatiza la importancia que atribuye a «la fuerza cristiana del alma rusa» y a la esclavización del campesinado ruso, para comprender lo que sobrevendría después. Para comprender a Lenin.[12]Grossman, Vasili. Todo fluye. Buenos Aires: Debolsillo-Galaxia Gutenberg, 2010, pp. 239-254 De haberlo podido leer, Aricó hubiera encontrado, revelado en este texto de Grossman, el núcleo del asunto que la escena de Tarkovsky había despertado en él un interés tan intenso.

En los días previos a su muerte –siempre según el testimonio de María Teresa Poyrazian–, en efecto, Aricó siguió tomado por el enigma de Rusia, por su vacilación entre Oriente y Occidente, por la pregunta acerca de su significado, que dejó sin responder. Una pregunta que «lo mantuvo en suspenso», hasta que fue anulada por la muerte, y con ella la posibilidad de una respuesta. Se presenta aquí la tentación de lucubrar que la pregunta por el significado histórico de Rusia fue una manera –oblicua– de enunciar la pregunta sobre la Argentina: la misma vacilación entre la civilización y la barbarie, la misma excentricidad íntima respecto de Europa, la misma pertenencia extranjera a su cultura… Esa conjetura sería posible, de no haber sido en aquel caso la cuestión religiosa la que se halla en el centro, la que pone en juego el estatuto de la espiritualidad tarkovskyana que tanto atrajo la atención de Aricó en sus últimos días. Es exactamente aquí donde se produce el giro en relación al anterior interés por Rusia –que, como se vio, había sido sin duda intenso–, por los debates en torno al marxismo y el populismo, por la correspondencia de Marx con los narovnikis. Es decir, se trata aquí de algo distinto a la primera pregunta motivada por la cuestión comunista.

Que la indagación del significado de Rusia para la humanidad sea esta vez a través del cine de Tarkovsky –y de la intensa presencia de la literatura, la música y la pintura que hay en él–, quizá no únicamente abrió en Aricó una perspectiva de comprensión diferente sobre una cultura y una historia que habían estado siempre en el centro de su trabajo teórico, sino también, probablemente, produjo la irrupción de una pregunta que, como las clásicas mamushkas, contenía otras dentro de sí, apenas sugeridas o lejanamente evocadas. Aunque resulte improbable que el autor de La cola del diablo haya alcanzado a leerlo, la idea central de su anotación antes transcripta la encontramos en un pasaje de Esculpir en el tiempo –que contiene un conjunto de escritos sobre el sentido del arte publicado por Tarkovsky en 1985, poco antes de su muerte– donde se transcribe un diálogo entre Stravogin y Schatov en Los demonios de Dostoievsky:

“Solo quiero saber si usted mismo cree en Dios o no”.
Nicolai Vsevolodovich lo miró con severidad.

“Yo creo en Rusia y en su ortodoxia… Yo creo en el Cuerpo de Cristo… Yo creo que su retorno se dará en Rusia… Creo”, tartamudeó Schatov fuera de sí.

“Y, ¿En Dios?, ¿En Dios?”. “Yo… creeré en Dios” .[13]Ibid., p. 63. Algunas páginas más adelante Tarkovsky explicita la importancia de Dostoievsky para su trabajo cinematográfico. “Para mí son extraordinariamente importantes las tradiciones … Continue reading

La última pasión intelectual de Aricó se sustrae a cualquier certeza de nuestra parte, pero nos deja el enigma de algo que la carta de Pushkin en la escena de El espejo escogida para ser pensada en una lejana noche de 1990, pone en abismo para siempre.

Notas

Notas
1 Este texto fue publicado originalmente en Anacronismo e Irrupción
2 «Mariátegui creía que era importante que los obreros del más modesto taller de Lima conocieran qué era el movimiento futurista o qué era el surrealismo. Hoy, en el terreno de la cultura los izquierdistas son analfabetos… Los estudiantes de sociología no leen novelas y por ejemplo no podemos entender la revolución mexicana si no leemos la literatura mexicana; se puede prescindir de los sociólogos, de los economistas y demás, pero no se puede prescindir de la literatura y eso Mariátegui lo entendía perfectamente» (Aricó, José María. Entrevistas 1974-1991. Córdoba: Ediciones del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, 1999, p. 131).
3 Aricó, José María. Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica / El Colegio de México, 2012, pp. 317-318.
4 “La última entrevista a J. M. Aricó”. Estudios, 5, (1995), p. 55.
5 Aricó, José María. “El populismo ruso”, en ibid., pp. 32-33.
6 Se trata de un texto donde la recurrencia a los escritores para comprender los procesos sociales de Rusia en el siglo XIX es constante (a lo largo de la clase se invocan Las almas muertas de Gogol, La isla del capitán de Pushkin, Humo de Turgéniev, Crimen y castigo y Los demonios de Dostoievsky, Guerra y Paz de Tolstoi…), así como el señalamiento de la pertinencia que las cuestiones planteadas por los populistas rusos tienen para la actualidad latinoamericana: «La particularidad de trabajar sobre estas corrientes del siglo pasado es que ustedes encuentran allí, vinculadas a un mundo particular [Rusia] que no es el nuestro, el conjunto de problemas que otros pueblos –entre otros América latina– se han venido planteando desde el siglo pasado y que aún hoy lo hacen» (…) «Esto es lo que estaba en la discusión de los populistas rusos en el siglo pasado: ¿cómo construir una sociedad donde el bienestar colectivo, la felicidad de los hombres, la igualdad, la justicia y la libertad sean los valores que determinan toda la dinámica de la sociedad? Este es el problema que tenemos nosotros, y ése es el problema que tienen todas las sociedades» (ibid., p. 45).
7 La correspondencia entre Marx y Zasúlich fue editada y anotada por Aricó durante el exilio mexicano. Marx, Karl., Engels, Friedrich. Escritos sobre Rusia. II. El porvenir de la comuna rural rusa. México: Cuadernos de Pasado y Presente, 1980.
8 García Linera, Álvaro. La potencia plebeya. Buenos Aires: CLACSO/Prometeo, 2008.
9 En la transcripción de los apuntes de Aricó, esa carta dice: «Venimos al mundo como hijos ilegítimos, sin herencia, sin lazos con aquellos que nos precedieron sobre la tierra, no tenemos nada en nuestras almas de las enseñanzas anteriores a nuestra existencia de hoy. Es preciso que cada uno de nosotros busque reanudar por sí solo el hilo roto de la familia. Aquello que en los demás pueblos es instinto, hábito, nosotros debemos hacerlo entrar en nuestras cabezas a golpe de martillo. Nuestros recuerdos no van más allá de la jornada de ayer. Nosotros somos, por así decirlo, extranjeros a nosotros mismos. Procedemos frente al tiempo de un modo tan extraño que, a medida que avanzamos, la vigilia se nos escapa sin posibilidad de retorno. Es la consecuencia natural de una cultura del todo importada y de imitación. No existe entre nosotros un desarrollo interior, un progreso natural: las nuevas ideas rebasan a las viejas porque no derivan de ellas y cayeron como lluvia sobre nosotros sin saber de dónde. Porque solo tomamos ideas ya elaboradas y fijadas, en nuestras inteligencias no se forman las huellas incancelables que un movimiento de ideas sin solución de continuidad imprime en los espíritus, otorgándoles su fuerza, Crecemos pero no maduramos, procedemos pero en sentido oblicuo, es decir, en una dirección que no conduce a la meta. (…) Solos sobre la tierra, no hemos dado nada el mundo, no le hemos enseñado nada; ni una sola idea hemos aportado al conjunto de las ideas humanas, no contribuimos en nada al progreso del espíritu humano, y todo lo que de él recibimos lo hemos luego desfigurado. Durante todo el curso de nuestra existencia social no hicimos nada por el bien común de los hombres; ni un solo pensamiento útil ha nacido en el estéril suelo de nuestra patria, ni una sola verdad ha surgido de nosotros».
10 En un escrito que lleva por título “Sobre la responsabilidad del artista”, Tarkovsky menciona la carta por única vez, en el contexto de una reflexión acerca de la importancia para su trabajo que tienen las «raíces culturales» (así como «la casa de los padres, la niñez, la patria, la tierra»), a la vez que considera al arte como diálogo con la humanidad e interrogación por el hecho de estar en el mundo. «En El espejo intenté transmitir el sentimiento de que Bach, Pergolesi, la carta de Pushkin, los soldados pasando el Sivasch y esas escenas hogareñas tan íntimas tienen en cierto sentido el mismo valor para cualquier hombre» (Tarkovski, Andrei. Esculpir en el tiempo. Madrid: Rialp, 2019, pp. 215- 216).
11 A comienzos de los años 70, una versión reducida del original ruso de Todo fluye fue editada en Alemania, e inmediatamente traducida al alemán y al inglés. La versión completa fue publicada, en inglés, en 1992
12 Grossman, Vasili. Todo fluye. Buenos Aires: Debolsillo-Galaxia Gutenberg, 2010, pp. 239-254
13 Ibid., p. 63. Algunas páginas más adelante Tarkovsky explicita la importancia de Dostoievsky para su trabajo cinematográfico. “Para mí son extraordinariamente importantes las tradiciones rusas que proceden de Dostoievsky”, descuidadas en la Rusia soviética debido a ser “radicalmente incompatibles con el materialismo” y porque los personajes dostoievskyanos son seres “en crisis” (Ibid., p. 216).
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