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Recordando a Leo Panitch

Traducción: Valentín Huarte

Debemos mantener la sensatez en medio de todo esto. Es una lucha larga. Esa lucha debe continuar ahora sin Leo, pero su escritura seguirá influyendo en las décadas por venir.

Mi primer encuentro con Leo Panitch no salió tan bien. Yo estaba con Bhaskar Sunkara, editor de Jacobin, en un restaurante de Liverpool antes de la conferencia del Partido Laborista de 2016. Leo llegó vestido con una campera de cuero ajustada. Parecía muy joven para la edad que tenía. Desafortunadamente, parecía haber viajado desde Canadá con la determinación de discutir algunos temas con Bhaskar. Dio inicio a una conversación enérgica. Literalmente no comprendí ni una palabra. Apenas tuvimos la oportunidad de decirnos nuestros nombres antes de que despedirnos. Leo estaba llegando tarde a una reunión con otro de sus discípulos.

Las cosas no mejoraron rápidamente. Bhaskar y yo nos habíamos comprometido a organizar uno de los eventos principales del festival World Transformed, que consistía en una discusión sobre el legado de Ralph Miliband en la que participaban Leo Panitch, John McDonnell y Max Shanly, que era otro de sus protegidos.

Entendiendo que el rol de John como canciller en las sombras implicaría que este probablemente llegaría tarde al panel, le había dicho a Leo que se sintiera libre para hablar más tiempo del que tenía asignado. Luego aprendería, al hacerme amigo de Leo, que mi sugerencia no era necesaria. Sea como sea, siguió hablando dos o tres veces más tiempo del que habíamos imaginado. Como moderador, Bhaskar asentía con la cabeza, tan embelesado por el discurso de Leo que no se molestó en darle un codazo hasta que fue interrumpido por un miembro furioso de la audiencia que exigía su derecho a hacer preguntas.

Lo que recuerdo ahora con claridad de aquel intercambio es la perspectiva de Leo sobre el horizontalismo. Seguramente hubiésemos podido sacar provecho de escucharlo hablar otra hora más acerca de sus ideas sobre Miliband. Cuando finalmente llegó la pregunta, fue completamente insustancial. Aun en aquel sótano sofocante, era imposible no sentirse conmovido por Leo Panitch y la profundidad de la comprensión histórica que trajo a colación para lidiar con los desafíos planteados por la obra de Miliband.

En síntesis, Leo tenía la habilidad para aclarar los dilemas sobre el Partido Laborista y su política, o sobre la tarea de construir el socialismo en una democracia liberal, que en nuestras cabezas se presentaban de forma confusa desde hacía meses. Y hacía todo esto con una de las grandes voces de la política de izquierda, que exudaba autoridad, convicción y calma, aun cuando argumentaba, de forma desconcertante, a favor de una idea cuya legitimidad era dudosa.

Pero, por suerte, este no solía ser el caso. Para el momento en que conocí a Leo Panitch, su obra ya había influido en mi forma de pensar. A lo largo de nuestro recorrido intelectual, siempre nos encontramos con libros que llegan justo en el momento exacto, como si estuviesen designados para intervenir en cierto diálogo interno que se desarrolla en nuestras cabezas. En mi caso, es lo que sucedió con La construcción del capitalismo global, escrito por Leo junto a Sam Gindin, que fue su colaborador durante muchos años. 

Explicaba tantas cosas: cómo el capitalismo podía ser un sistema global, pero al mismo tiempo estar hegemonizado por Estados Unidos; cómo la globalización capitalista había sido estructurada por EE. UU., desde su intervención en la Europa de posguerra hasta la creación de las instituciones transnacionales, pasando por la demolición de los controles de capitales tras la crisis de los años 1970, la financiación de los programas de ajuste estructural, el rescate del sector financiero durante la crisis de 2008 y la conservación del estatus de reserva mundial del dólar.

En esta obra, Panitch y Gindin intentaban transmitir un punto de vista más amplio que habían heredado de Ralph Miliband: a pesar de que los años de austeridad parecían sugerir que la línea divisoria pasaba entre el Estado y el mercado, entre lo público y lo privado, ambos estaban en realidad íntimamente relacionados. La clase cuya riqueza determinaba el mercado también dirigía el Estado, utilizándolo para estructurar la economía de acuerdo con sus intereses. Este fue el objeto del primer artículo de Leo para el relanzamiento de Tribune, un balance de El Estado en la sociedad capitalista de Miliband con ocasión de su quincuagésimo aniversario.

Para ese entonces nos habíamos hecho amigos, aunque solo a través del intercambio de ideas. Luego del relanzamiento de Tribune, tuvimos muchas discusiones sobre cuestiones vinculadas a la tradición. Estábamos de acuerdo en que era un tema importante y en que era necesario sentar las bases para que nuevas generaciones de socialistas conocieran la historia del movimiento del cual empezaban a formar parte. Pero para Leo, la tradición de Tribune estaba irremediablemente asociada a la experiencia de los años 1980, a la derrota del benismo y a nociones generales del laborismo que marcaron las divisiones de esa época.

Yo no estaba de acuerdo, pero acepté el debate. Pensé nuestra relación reanimada con la izquierda laborista institucional teniendo en mente las palabras de Leo. Luego de una conversación, decidí que la nueva Tribune retomaría la historia de la publicación durante los años 1930 y 1940, una época en la cual llegó a representar una alianza socialista que iba más allá de los límites del Partido Laborista y adoptó un enfoque más mordaz frente a la fracción parlamentaria del partido.

Leo también cambió de parecer. Empezó a valorar la importancia de la historia de Tribune para un movimiento socialista renovado que, después de todo, había surgido a través del Partido Laborista y de la elección de Jeremy Corbyn. Empezó a escribir regularmente para la revista e incluso estuvo de acuerdo, a comienzos de este año, en formar parte de nuestro consejo asesor. Fue a través de este compromiso, en el proceso de poner en práctica las ideas radicales –y no simplemente en construir teorías abstractas, ni en elaborar críticas casuales, ni en recitar el viejo evangelio para las nuevas generaciones– como me convertí en otro de los discípulos de Leo Panitch. Muchas otras personas podrían contar la misma historia.

Su primer artículo para Tribune fue la base para nuestro tercer número luego del relanzamiento, que incluyó también una cita de Ralph Miliband en la contratapa. Lo titulamos La obra maestra de Miliband, pero hay que decir que era más bien una obra maestra de Leo. Se trataba de una revisión de El Estado en la sociedad capitalista para una audiencia cuyos padres probablemente no habían nacido cuando el libro fue escrito.

Sin embargo, Leo logró probar su relevancia para la actualidad y, una vez más, aclaró las contradicciones que atravesaban nuestro movimiento durante ese período. Mostró cómo Miliband podía afirmar que las reformas socialdemócratas habían operado para apuntalar el sistema capitalista y absorber a la oposición radical, tal como mucha gente sugirió que sucedería con el programa de Corbyn durante los años recientes, pero que al mismo tiempo habían empoderado, educado e impulsado a la clase obrera, produciendo un «estado de desubordinación» que estalló durante el trágico final de los años 1960.

Cuando dijo que «la enorme influencia del libro se debía a un estilo de escritura notablemente accesible, caracterizado por la claridad de su prosa y la justeza de su argumentación», Leo podría haber estado hablando de sí mismo. Nadie hizo más que él por mantener vivas las ideas de Miliband, tanto a través de Socialist Register como de The End of Parliamentary Socialism.

El segundo artículo de Leo para Tribune, escrito junto a Colin Leys, otro de sus colaboradores frecuentes, fue una conmemoración de Tony Benn en su 95° aniversario. Inmediatamente percibí en este artículo algunos elementos de nuestras discusiones anteriores. Leo y Colin criticaban a Michael Foot y reivindicaban a Benn, pero también hacían referencia al panfleto de Tribune de 1972 que inspiraba en gran medida sus argumentos sobre la democracia partidaria. Todavía perduran algunos desacuerdos fundamentales –Tribune sigue siendo una nueva versión de la vieja izquierda– pero, otra vez, Leo se las arregló para resumir la encrucijada de tantas décadas a la que volvía a enfrentarse la izquierda laborista, tan apremiante durante la experiencia de Corbyn, con una precisión que no he podido apreciar todavía en ninguna pluma de nuestra época:

A quienes querían reformar el partido les preocupaba mantenerlo viable en términos electorales, para proteger a quienes buscaban en él un instrumento para gestionar sus intereses inmediatos; sin embargo, si se abstenían de cualquier intento de transformar el partido, no podrían evitar ser presas de la decadencia del sistema.

Durante sus últimos años de vida, tuve la oportunidad de hablar mucho sobre política con Leo. Algunas veces me escribía un mail para criticar tal o cual línea de Tribune, y otras veces, a medida que se intensificaban los debates acerca de un segundo referéndum sobre el Brexit, me llamaba para alentarme a que me «mantuviera firme» y resistiera a la pendiente que llevaba hacia una política de guerra cultural. Llegué a considerarlo un amigo, y solíamos discutir cuestiones que iban mucho más allá de la política, muchas veces junto a Max Shanly, a quien Leo adoraba en términos personales pero también valoraba por su propia perspicacia sobre algunos de los temas más importantes de los últimos cinco años.

Fue durante una de estas discusiones que Leo aceptó participar de una entrevista para nuestro número de balance sobre el corbinismo, el primero en el cual tuvimos que lidiar con la magnitud de la derrota electoral de diciembre de 2019. Fueron tiempos difíciles, pero la habilidad de Leo para darles una perspectiva en términos de la experiencia histórica hizo que sea más sencillo transitarlos.

«Las derrotas no deben ser justificadas», me dijo por teléfono a comienzo de 2020, «aunque deben ser contextualizadas». En su última y perdurable contribución a Tribune, no solo discutimos sobre el corbinismo, sino sobre todos los movimientos que generaron esperanza en la izquierda occidental desde 2010, desde Occupy Wall Street, pasando por Syriza y Podemos, hasta Bernie Sanders.

Leo, que fue uno de los pocos que resistió al pesimismo de la izquierda durante los años 1990 y durante comienzos de los 2000, rehusándose a abrazar la tercera vía o a convertirse en un marginal nostálgico, mantuvo su optimismo en nuestras perspectivas incluso luego de diciembre de 2019. Veía en esta nueva generación de socialistas muchas más posibilidades que las que habían existido durante las décadas anteriores. Y trató de transmitirnos tranquilidad para enfrentar la lucha que teníamos por delante, sabiendo que, tal como había aprendido durante toda su vida, no sería una tarea fácil:

Creo que mi mejor consejo es que hay que considerar el largo plazo. El tenor del momento pasa por decir que, dada la profundidad de la emergencia climática, «solo nos quedan entre cinco y diez años». Este tipo de consignas fue concebido para darle a la gente una idea de la gravedad de la situación. Pero, si se lo considera como una estrategia política, es un callejón sin salida. No podemos pensar en esos términos, sin importar cuán apremiante sea la situación climática. Tenemos que ser capaces de pensar en términos de diez, quince o veinte años. Debemos encarar una reconstrucción fundamental en términos organizativos y en términos de clase. Esto lleva tiempo.

Aun si Corbyn hubiese ganado la mayoría simple en las elecciones de diciembre, se hubiese visto forzado a gobernar no solo con el SNP y con el Partido Liberal, sino con muchos diputados y diputadas que no están comprometidos con el socialismo. ¿Qué tanto habría podido hacer realmente sin un proceso de organización de largo plazo por fuera del gobierno? ¿Sin reconstruir las instituciones de clase? ¿Sin formación política? Debemos mantener la sensatez en medio de todo esto. Es una lucha larga.

Esa lucha debe continuar ahora sin Leo, pero su escritura seguirá influyendo en ella durante las décadas por venir. Mir shvern, mir shvern, mir shvern!

Cierre

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