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Alegato socialista de Papá Noel

Traducción: Valentín Huarte

El viejo San Nicolás aboga por la igualdad y el internacionalismo, ignorando las costumbres del libre mercado y las fronteras nacionales. Por eso debemos recibirlo con los brazos abiertos.

En una discusión reciente con mi pareja, en la que debatimos el futuro de la Navidad, surgió un punto de disenso: ¿qué lugar debería ocupar Papá Noel –si acaso debería ocupar alguno– en nuestros hogares izquierdistas, si se da el caso de que estén habitados por niños o niñas?

A primera vista, parece haber buenos motivos para que la izquierda evite mencionar a Papá Noel. En primer lugar, hay que decir que no existe y que el presunto vehículo que utiliza para distribuir sus regalos viola tanto las leyes básicas de la física newtoniana como los rasgos fundamentales de la fisiología de los renos. Hay que decir que la izquierda, a lo largo de su historia, ha abrazado fervientemente la ciencia y ha desdeñado la superstición. Basta recordar la gran estima que Marx tenía por la obra de Charles Darwin.

También está el asunto del plusvalor apropiado de los elfos, que trabajan a temperaturas bajo cero en la fábrica de juguetes del Ártico, tema que, en otra ocasión, fue examinado con detalle por Jacobin.

Pero, dejando de lado el compromiso histórico de la izquierda con la racionalidad científica (que puede ser inculcado en las mentes infantiles por otros medios), como así también las prácticas explotadoras de la empresa de juguetes del Polo Norte (de la cual podríamos decir que en realidad es una cooperativa, dado que, en cualquier caso, todo esto no es más que un invento), sostengo que es posible defender a Papá Noel desde una perspectiva distributiva.

Porque la naturaleza esencial de la operación de Papá Noel es esta: él y sus elfos producen y distribuyen regalos, a escala industrial, sin ningún vínculo con la cruel realidad del pago en efectivo.

Los regalos no se les entregan a los niños y a las niñas en función del valor de su trabajo ni en función de su propiedad de capital. La distribución de regalos no está atada a la posición política o social de sus padres y madres: Papá Noel evita cualquier evaluación socioeconómica. Además, Papá Noel viola flagrantemente (y con alegría) todas las fronteras nacionales. El muro de Trump complicaría un poco las cosas, pero ciertamente no sería un impedimento para un trineo aéreo supernatural que, cada año, viaja a la velocidad del sonido el 24 de diciembre.

En otras palabras, la operación de Papá Noel implica un aparato de distribución de bienes de lujo, internacionalista e igualitario, que ignora abiertamente las costumbres del libre mercado, que no se basa ni en la búsqueda de ganancias ni en las jerarquías de la caridad y que no se apoya sobre el Estado nación.

Hay que comparar esto con el simbolismo político de otros días festivos, en los que les imponemos a los niños y a las niñas distintas formas de intercambio. Por ejemplo, el intercambio de dientes por dinero fresco, en una operación que se realiza bajo la almohada con un traficante de órganos llamado «Ratón Pérez». Entonces, cuando tu hijo o tu hija venga unas semanas después de meditar sobre este intercambio dental a preguntarte por qué sería tan problemático vender un riñón, no finjas sorpresa.

También pueden considerarse los orígenes medievales del «dulce o truco» que, de acuerdo con el sitio Today I Find Out (que asumiré que dice la verdad), comenzó cuando «niños y niñas, aunque a veces también adultos pobres, se vestían […] para ir de puerta en puerta […] mendigando comida o dinero a cambio de canciones y plegarias».

En otras palabras, el desempeño laboral de los niños y de las niñas termina siendo remunerado con las migajas de la caridad (o, lo que es aun peor, con caramelos), y no con salarios decentes ni prestaciones de salud. Esto está muy lejos de la perspectiva de izquierda, caracterizada por el empoderamiento de la clase trabajadora y la provisión universal de bienes básicos, que deberíamos transmitirles a los niños y a las niñas.

Pero sí, es verdad, también hay mucho para decir en contra de Papá Noel. En particular, la idea de que el aparato de distribución es igualitario contrasta duramente con la realidad: sean cuales sean las promesas del mito, los niños y las niñas de las familias ricas no solo reciben regalos mejores, más lujoso y elegantes, sino que también tienen garantizados los bienes sociales esenciales que se les niegan a los niños y a las niñas pobres: una alimentación de calidad, una vivienda digna, un buen servicio de salud y agua potable.

¿Pero esto es culpa de Papá Noel? ¿O es culpa del capitalismo? Si el sistema económico permaneciera igual, pero lográramos convencer a cada Pequeño Tim de que Papá Noel no es nada más que una mentira, ¿sería por eso más justa la distribución de pan y rosas o, en este caso, de carne asada y postres?

Así que ya saben, izquierdistas de todo el mundo: dejen que las fantasías de caramelos –y, no hace falta decirlo, de una salud y una vivienda dignas– revoloteen en las cabezas de los niños y de las niñas. Un mundo mejor es posible pero, hasta que lo conquistemos, podemos mentir un poco y fingir que existe al menos una vez al año.

 

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