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La lucha de clases en el Polo Norte

¿Qué hay detrás del sangriento ascenso de Papá Noel? Tres dirigentes obreros élficos nos ofrecen un análisis de clase de la «economía del don» en el Polo Norte.

El Grupo de Estudios Laborales del Polo Norte fue fundado por un grupo de elfos navideños en 2008. Los talleres de Papá Noel tambalearon por la recesión económica global. El sentido de descontento en nuestras bases fue palpable. Desde entonces nos reunimos cada dos semanas para desarrollar un análisis concreto de nuestras condiciones de trabajo y estrategias para la resistencia. 

Sometemos al examen del grupo el siguiente documento con el espíritu de profundizar nuestros análisis.

En 2008, la Primavera Árabe y el movimiento Occupy radicalizaron a muchos elfos. Pero está claro que todavía no tenemos certezas acerca de cómo desafiar el sistema de explotación bajo el que vivimos. Creemos que la confusión reinante en lo que respecta a la estrategia política se debe en parte a un análisis errado de la estructura de clases y la dinámica de nuestro sistema económico.

¿Cuál es la verdadera naturaleza de la relación entre los elfos, Papá Noel y sus renos? ¿Cómo se constituyeron estas relaciones y cómo se reproducen?

Para responder a estas cuestiones, debemos considerar la dinámica de nuestra supuesta «economía del don». A pesar de que es cierto que los regalos que producimos no se venden, su producción está gobernada por algo más que las normas y las costumbres sociales. Las galletas horneadas pueden servir para mantener la cintura de Papá Noel, pero es insano que un productor sobreviva exclusivamente a base de azúcar y harina (a menos que, claro está, también venda galletas). Además, se necesita dinero para expandir los talleres y para comprar nuevos equipos o para realizar el mantenimiento de los antiguos.

Otro tema es que nuestros talleres dependen de recursos que no están inmediatamente disponibles en el Polo Norte. Durante mucho tiempo, Papá Noel se contentó simplemente con explotar nuestras reservas naturales de madera y combustibles fósiles. Pero a medida que se introdujeron nuevas líneas de productos, se hizo necesario comprar materiales adicionales en el mercado mundial.

En lugar de los tradicionales juguetes de madera, nos hemos visto en la obligación de adoptar el plástico para competir en el mercado navideño. Esto responde tanto a las demandas del consumo como a los costos de la mano de obra. Si bien Papá Noel pretende seguir viviendo en una burbuja del don, desde el auge del neoliberalismo se está privatizando una proporción cada vez mayor de regalos navideños, lo cual se hizo posible gracias a la creciente competencia de precios con la floreciente industria china.

Pero la competencia no llevó necesariamente a que Papá Noel incremente la productividad de cada trabajador y trabajadora. En cambio, le permitió rebajar los costos de producción por unidad ejerciendo más presión sobre la mano de obra empleada, o añadiendo simplemente más trabajadores para reducir el tiempo durante el cual los talleres permanecen inactivos. En la medida en que tenga a su disposición trabajo élfico excedente, lo cual ciertamente es el caso, es inútil tener alguna expectativa en que Papá Noel se preocupe por la salud y por las reivindicaciones de seguridad laboral que hemos elevado a la administración.

Además, en estas condiciones, la gratitud es un monopolio exclusivo del empresario. Papá Noel, como único dueño, es capaz de mantener las finanzas en secreto. Pero quienes han tenido la desgracia de trabajar en su oficina, han reportado que, unos días antes de que Papá Noel anuncie la planificación trimestral de la producción, suelen llegar cartas del Vaticano y de Washington Podemos conjeturar que es el apoyo financiero proveniente de estas fuentes, junto con sus estimaciones anuales de niños y niñas «buenos», lo que realmente sostiene nuestra economía. Es a través de estos fondos externos que Papá Noel es capaz de proveer los caramelos y el albergue a cambio del cual debemos entregar nuestra fuerza de trabajo.

¿Pero cómo fue que Papá Noel llegó a tener tanto poder sobre nuestras vidas? ¿Fue solo a causa de nuestra ingenuidad o fue algo más siniestro?

El ascenso de Papá Noel

Debemos recordar que Papá Noel comenzó su vida como un pequeño productor de juguetes de madera. Antes había sido un maestro carpintero, entrenado por algunos de los mejores elfos del Polo Norte. Sin embargo, mientras algunas personas se contentaban con intercambiar sus mercancías de madera en los mercados locales, Papá Noel empezó a vender las suyas en los pueblos circundantes.

Quiso la suerte que el clero, en algunos de los pueblos que visitaba, encontrara en estas escasas mercancías los medios para fomentar la disciplina moral entre un número creciente de niños y niñas de las clases más bajas que inundaban las calles.

El clero recaudó fondos de los patrones ricos, como así también de las clases medias, para compensar generosamente a Papá Noel por repartir sus juguetes de madera en concepto de regalos para un selecto grupo de niños y niñas.

A medida que las poblaciones urbanas se expandían y los problemas que enfrentaba la clase dominante eran cada vez más graves, Papá Noel empezó a verse sobrepasado por la demanda creciente de sus juguetes manufacturados. Inicialmente intentó expandir la producción explotando a su propia familia, pero no pasó mucho tiempo hasta que tuvo que buscar plustrabajo en otro lugar. A pesar de todos los cuentos de servir al bien común y ayudar a los pobres de las tierras lejanas, Papá Noel no logró convencer a un número suficiente de elfos para que trabajaran en sus talleres.

Finalmente, luego de un experimento fallido con un sistema de talleres domésticos, Papá Noel tuvo que recurrir a la violencia, que fue el único medio con el que logró forzarnos a trabajar para él. Esto no hubiese sido posible sin el apoyo del clero y de la burguesía que estaba en ascenso en los pueblos. Con su ayuda, Papá Noel organizó una clase marginal de renos, que históricamente habían mantenido relaciones tensas con los elfos, prometiéndoles seguridad económica y estatus social.

Se enviaron bandas de renos a las villas de los elfos para que, con sus temibles astas, destruyeran nuestras tierras cultivables. Las constantes interrupciones de la producción de alimentos hicieron que muchos de nosotros no tuviéramos más opción que trabajar para Papá Noel.

Mientras tanto, la clase dominante en los pueblos inventó una historia para contrarrestar los informes de la violencia desplegada en el interior que lograba abrirse paso hasta las ciudades. Observando los regalos que otorgaba a los niños y a las niñas de los pueblos, la gente llegó a asimilar a Papá Noel con San Nicolás de Mira, un hombre rico conocido por su generosidad, y a figurarse que los renos eran criaturas nobles.

Pero Papá Noel no es ningún santo y los renos no son nuestros amigos. Papá Noel reconstruyó violentamente la vieja estructura de clases en beneficio de sus propios intereses. Nos separó de nuestros medios básicos de subsistencia a través de la amenaza coercitiva de las astas, una estrategia que se ve obligado a mantener en la actualidad para proteger su posición de clase.

Comprender los distintos intereses de clase de nuestra sociedad es esencial para desarrollar una estrategia efectiva que nos permita resistir a la explotación. Armados con este análisis, podemos explicarles a nuestros hermanos y hermanas por qué las recientes declaraciones que admiten la existencia de unas pocas «manzanas podridas» entre los renos no convencen a nadie. Los renos seguirán siendo nuestros enemigos en astas en la medida en que sigan sirviendo como bastión del poder en nuestra sociedad.

El análisis de clase también nos permite contrarrestar la narrativa dominante que se nos vende para explicar por qué los elfos navideños están tan bien dispuestos a trabajar a cambio de una compensación tan exigua. No entramos en sus talleres porque tengamos disposiciones innatas que serían idóneas para la producción de juguetes. Tampoco abandonamos nuestras granjas porque prefiramos los caramelos a nuestros tubérculos.

Este es un punto clave. Según el dicho popular, nos entregamos alegremente al trabajo a cambio de caramelos. Pero esta no fue nuestra decisión. Antes de que los renos devastaran nuestras parcelas familiares, cosechábamos un amplio rango de vegetales que se adaptaban bien a las tierras circundantes. Hasta se nos reconocía mundialmente por nuestra experticia para conservar las cosechas durante los meses más cálidos, satisfaciendo de esta forma nuestras necesidades de consumo anuales. Todo esto se ha perdido.

Nuestra dependencia del azúcar importada es el resultado de condiciones sociales que están más allá de nuestro control. Y en este sentido, tenemos muchas más cosas en común con los trabajadores y las trabajadoras de las plantaciones de caña que con nuestro sobredimensionado explotador, que se beneficia de nuestra sangre, nuestro sudor y nuestro esfuerzo.

Hay quienes han concluido que la vieja consigna «¡Trabajadores del mundo, uníos!» es demasiado anticuada para la nueva realidad posindustrial. Dicen que la clase trabajadora ya no es el agente de la transformación social. Pero creemos que está conclusión ignora las condiciones que siguen imponiéndose en los talleres de Papá Noel y más allá.

Esperamos que este documento sirva para aclarar algunos de los puntos que consideramos esenciales para un análisis adecuado de las clases en el Polo Norte. Es hora de recomenzar la «guerra navideña» sobre bases científicas.

 

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Publicado en Artículos, Desigualdad, homeIzq, Sindicatos and Trabajo

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