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El monumento a Rosa Luxemburgo en Zwickau, Alemania. (Jens K. Müller / Wikimedia Commons)

El legado revolucionario de Rosa Luxemburgo

UNA ENTREVISTA CON

Rosa Luxemburgo es un icono del movimiento socialista que murió como una mártir en 1919. Pero también fue una pensadora política brillante y muy original, cuyas ideas sobre el capitalismo y cómo oponerse a él son sorprendentemente relevantes en el mundo actual.

Entrevista por Daniel Finn

El 5 de marzo de este año se cumplió un siglo y medio del nacimiento de Rosa Luxemburgo. La gran revolucionaria de origen polaco ha sido una referencia y una figura inspiradora para generaciones de socialistas. Pero algunos se preguntan si sus ideas políticas clave, desarrolladas a principios del siglo XX, han resistido el paso del tiempo.

La respuesta de Lea Ypi a esa pregunta es un rotundo «sí». Lea es profesora de teoría política en la London School of Economics. Su libro Free: Coming of Age at the End of History, sobre la experiencia de crecer en la Albania comunista, se publicará este otoño, junto con su estudio sobre Immanuel Kant.

Este artículo es una transcripción editada y traducida de un episodio del podcast Long Reads de Jacobin. El episodio en inglés se puede escuchar aquí.

 


 

DF

¿Cómo describiría la contribución de Rosa Luxemburgo al marxismo y a la teoría política?

 

LY

Uno de sus colegas describió a Rosa Luxemburgo como el intelecto más brillante de todos los herederos científicos de Karl Marx y Friedrich Engels. Fue sin duda una de las pensadoras más originales e influyentes de la historia del marxismo y una de las figuras clave del movimiento socialista del siglo XX. Lo que la hace destacar es una combinación de rigor intelectual con integridad política y la capacidad, poco frecuente entre los marxistas, de fusionar una profunda visión teórica con una visión política. Estaba comprometida con el conocimiento y la verdad, pero también con el activismo militante y la búsqueda de la causa de los trabajadores.

Sus contribuciones se encuentran entre las más originales en varios ámbitos del pensamiento marxista, desde los debates en torno a las cuestiones económicas y la acumulación de capital hasta la crítica de la globalización en relación con el colonialismo y el imperialismo. Las cuestiones que abordó incluyen la autodeterminación nacional, la relación entre democracia y revolución, los retos del parlamentarismo y la reforma parlamentaria, las huelgas y los sindicatos, los partidos políticos, etc.

Luxemburgo fue una marxista interesante y original cuya fortuna ha seguido, en cierto modo, la suerte intelectual y política del socialismo en el siglo XX. Fue anunciada como una de las heroínas del movimiento obrero en la República Democrática Alemana y el resto de Europa del Este durante el periodo comunista, pero fue marginada y relativamente olvidada en los «oscuros años 90», cuando la gente pensó que la historia había llegado a su fin.

En aquella época no había interés por las discusiones sobre el socialismo que fueran teóricamente rigurosas ni por la cuestión de la transformación revolucionaria. En el pasado, su pensamiento ha sido apropiado (y distorsionado) por los marxistas occidentales que procuraron trazar caminos alternativos a los del socialismo de Estado; pero también fue apropiado por los Estados socialistas, que se sintieron atraídos por su teoría de la crisis capitalista y su crítica a la socialdemocracia.

Más recientemente, las ideas de Luxemburgo han sido redescubiertas y han cobrado nueva importancia. Tras la crisis financiera y la actual crisis del coronavirus, y en el contexto del actual declive electoral de los partidos socialdemócratas tradicionales, su obra disfruta de un importante resurgimiento como fuente de crítica de la economía política global. Pero también despierta interés como uno de los intentos marxistas más sofisticados de pensar en la relación entre democracia y revolución, o en cuestiones como qué significa la emancipación socialista más allá de las fronteras nacionales y la democracia nacional.


 

DF

El papel más famoso de Luxemburgo como activista política se produjo en el marco del movimiento socialista alemán en los años anteriores a 1914 y posteriores. Pero ella nació en un contexto muy diferente, el de los territorios polacos gobernados por el imperio zarista. ¿Qué importancia cree que tuvo esto para su posterior desarrollo político? ¿La diferenció de las principales figuras del movimiento alemán?

 

LY

Sí, la diferenció. Luxemburgo tenía unos antecedentes muy inusuales. Nació, como usted dice, en la Polonia ocupada por los rusos, en el seno de una familia judía. Ingresó en una escuela secundaria femenina de Varsovia, una de las principales escuelas de élite, donde se radicalizó y politizó. Era una escuela dominada por los hijos de los funcionarios rusos, donde el uso de la lengua polaca estaba muy limitado. Las plazas para los niños de familias judías eran aún más limitadas.

Hay que ver su desarrollo político teniendo en cuenta el contexto en el que empezaron a surgir sus ideas y su interés por la actividad política. Sus primeros días de activismo fueron en el movimiento obrero polaco, cuando se unió a grupos revolucionarios ilegales que agitaban contra la opresión capitalista y el dominio despótico ruso. Esto ya era conocido cuando Luxemburgo terminó sus estudios secundarios. Su actitud hacia las autoridades fue mencionada en varios informes escolares oficiales.

También es relativamente conocido que, en esa época, se unió a lo que quedaba del primer partido socialista polaco. En ese momento, el partido estaba desorganizado porque muchos de sus líderes habían sido encarcelados y ejecutados como consecuencia de las medidas represivas adoptadas por las autoridades rusas tras el asesinato del zar Alejandro II en 1881. En este contexto empezaron a madurar sus ideas.

Luxemburgo fue sacada de contrabando del país porque se enfrentaba a una inminente detención y emigró a Zúrich, Suiza. Allí fue a la universidad y su tesis doctoral versó sobre el desarrollo industrial de Polonia. Su director de doctorado, que no era marxista, dijo que Luxemburgo había llegado de Polonia como una marxista completamente formada. Después de ir a Suiza a estudiar, su trabajo se caracterizó por una mezcla de compromisos académicos debido a que estaba escribiendo su doctorado pero también a su compromiso político.

Era muy joven —tenía poco más de veinte años— cuando se vio envuelta en una lucha con el principal partido socialista polaco, que por entonces estaba completamente comprometido con una mezcla de nacionalismo progresista y marxismo. Participó en la presión para que otro partido, la Socialdemocracia del Reino de Polonia (SDPK), fuera reconocido por la Segunda Internacional. El SDPK era un partido polaco revolucionario pero no necesariamente nacionalista. Su origen polaco fue fundamental para el desarrollo y la aparición de sus opiniones políticas.


 

DF

Ha mencionado el hecho de que Rosa Luxemburgo era muy escéptica respecto al nacionalismo polaco y a la idea de que un Estado polaco pudiera ser restaurado en el mapa europeo. ¿Cuál era el fundamento teórico de esa posición y cómo se midió con los acontecimientos posteriores?

 

LY

Este es uno de los aspectos más interesantes y complicados de la obra de Luxemburgo. Su posición sobre el nacionalismo en Polonia habla de su postura sobre la autodeterminación nacional en general, que se hizo muy relevante más tarde, en el momento de su ruptura con la socialdemocracia alemana (SPD) cuando estalló la Primera Guerra Mundial.

Para explicar su posición inicial: Luxemburgo estaba en contra de la autodeterminación nacional de Polonia por lo que consideraba motivos marxistas, insistiendo en un estricto internacionalismo proletario. Esto era muy interesante porque sus razones para estar en contra de la autodeterminación nacional polaca no reflejaban la posición dominante entre los marxistas, incluido el propio Marx. Los marxistas estaban tradicionalmente abiertos a los argumentos progresistas a favor de la autodeterminación en general y de la autodeterminación de Polonia en particular. Creían que cuando las luchas por la autodeterminación servían a un propósito emancipador, debían ser apoyadas.

La posición de Luxemburgo era que las luchas de autodeterminación nacional no podían servir a los propósitos emancipatorios si estaban divorciadas de la cuestión de la revolución proletaria en general. Esto habla de su postura sobre la revolución proletaria y la lucha del movimiento obrero, que ella creía que debía adoptar una forma amplia y transnacional. Pensaba que había una especie de dependencia mutua entre el poder político y el económico, lo que, en presencia de la globalización y de la explotación de determinadas zonas marginadas —incluida Polonia dentro del Imperio ruso, por ejemplo—, la hacía escéptica respecto a las teorías de la emancipación política a través de la autodeterminación.

Existe una tendencia generalizada entre los académicos a pensar que Luxemburgo estaba en contra de la autodeterminación nacional polaca porque no era nacionalista. Pero para ella la cuestión era diferente. Ella creía que si Polonia era lo suficientemente fuerte como para autodeterminarse, para independizarse de Rusia, entonces seguramente también debía tener la fuerza para extender y ampliar la lucha proletaria para incluir a la propia Rusia. El principal dilema, por tanto, era la cuestión de la eficacia del movimiento obrero, en un ámbito lo más amplio posible. ¿Corría la lucha nacional el peligro de paralizar o restringir la lucha proletaria, o podía realmente ampliarla?

Luxemburgo pensaba que en el caso de Polonia, el problema de la autodeterminación era una distracción de otra reivindicación más general, la relativa a la necesidad de convertir todo el Imperio ruso en una entidad socialista. Centrarse solo  en Polonia suponía el riesgo de entrar en el juego de la burguesía polaca, de servir a las élites políticas cuyos intereses podían estar ligados a la cuestión de la autodeterminación nacional, pero sin contribuir a la emancipación de la clase obrera en general.

¿La autodeterminación nacional iba a estar al final también al servicio de los trabajadores polacos? Luxemburgo pensaba que el trabajador polaco pasaría de estar dominado por el capital ruso a estarlo por el emergente capital polaco. La cuestión para ella era que los movimientos de liberación nacional acababan haciendo el juego a las élites gobernantes liberales y debilitando el movimiento obrero internacional.

Esta posición contra la autodeterminación nacional la mantuvo durante toda su vida. Comenzó con Polonia, porque fue allí donde surgieron sus ideas y donde radicaron inicialmente sus intereses teóricos. Caracterizó sus años de activismo juvenil en el movimiento revolucionario polaco, pero también se amplió cuando entró en contacto con la socialdemocracia alemana. Criticó a los socialdemócratas alemanes por no enfrentarse a los proyectos imperiales alemanes en Marruecos, por ejemplo, porque temían perder terreno entre el público nacional.

Toda su carrera estuvo marcada, en cierto modo, por esta original respuesta a la cuestión de la autodeterminación nacional. En 1915, escribió en el «Folleto Junius» que mientras existieran los Estados capitalistas, y mientras la globalización y la política mundial determinaran la vida de las naciones, no habría autodeterminación nacional, ni en tiempos de paz ni en tiempos de guerra.


 

DF

Cuando Eduard Bernstein presentó el conjunto de ideas conocido como «revisionismo», Luxemburgo se convirtió en su crítica más implacable en el movimiento socialdemócrata alemán. ¿Cuáles eran las ideas centrales de Bernstein y en qué se basaba Luxemburgo para objetarlas?

 

LY

Bernstein era un marxista muy eminente. Era conocido por Marx y era amigo y colaborador de Engels, así como su albacea literario. Era una figura importante en el Partido Socialdemócrata Alemán. Sus posiciones teóricas sobre el revisionismo empezaron a madurar cuando el gobierno prusiano empezó a relajar progresivamente las leyes antisocialistas que había promovido Bismarck. El movimiento socialdemócrata seguía creciendo y se enfrentaba a la cuestión de hasta dónde debía llegar su exigencia de representación legal e inclusión política en paralelo a la exigencia de lucha revolucionaria y derrocamiento del orden existente.

Bernstein empezó a contribuir a esta controversia con su libro The Preconditions of Socialism en 1899, y más tarde con varios artículos. Creía que defendía el reformismo desde los principios marxistas. Decía que el marxismo no era más que una especie de teoría dialéctica, que debía adaptar su análisis teórico a los cambios en las circunstancias políticas.

Comenzó criticando uno de los principios fundamentales de la economía marxista, que era la tendencia de la tasa de ganancia a caer bajo las presiones de la modernización tecnológica, por un lado, y la creciente explotación de la fuerza de trabajo, por otro. Marx había dicho que estas dos presiones hacían inevitable que el sistema entrara en una crisis fatal. Bernstein pensaba que esto ya no era así, que el sistema mostraba una sorprendente capacidad de adaptación con la que los socialdemócratas debían contar.

Bernstein creía que esto requería que los socialdemócratas abandonaran los objetivos revolucionarios en favor de la promulgación de leyes progresistas y de intentar representar a los trabajadores a través de la lucha parlamentaria. Insistió en que esto no era una subversión de las enseñanzas de los padres fundadores, sino un esfuerzo por liberar al marxismo de lo que él consideraba una camisa de fuerza dialéctico-materialista.

Luxemburgo no fue la única que protestó contra la reinterpretación del marxismo por parte de Bernstein. Su posición fue discutida y rechazada inicialmente en el Congreso de Stuttgart del Partido Socialdemócrata Alemán. Siendo muy joven, dio a este rechazo una forma teóricamente sofisticada, lo que otros socialdemócratas alemanes no habían podido hacer hasta entonces. En el movimiento socialdemócrata alemán se convirtió en una de las más agudas críticas de Bernstein, a pesar de su condición de recién llegada.

Lo que hizo que su intervención fuera especialmente interesante y aguda fue lo que dijo sobre el núcleo del dilema «reforma versus revolución». Bernstein había presentado la elección entre éstas como una cuestión táctica de si debíamos seguir este o aquel método de lucha. Para Luxemburgo, en cambio, se trataba de la existencia misma del movimiento socialdemócrata como fuerza distintiva en la lucha contra el capitalismo, y en relación con los progresistas liberales o democráticos que también podrían haber aceptado los límites del capital.

La cuestión era esencialmente si la democracia y el capitalismo eran compatibles. Bernstein sugirió que lo eran, debido a las formas en que tanto el capitalismo como la democracia se habían transformado en los años en que se desarrollaba este debate. Para Bernstein, el capitalismo había demostrado una increíble capacidad de adaptación. Había una serie de desarrollos con los que el marxismo tenía que contar en las áreas del comercio, la banca, el sector financiero, el sistema de crédito, el aumento de los propietarios, la aparición de los cárteles, etc.

Desde una perspectiva política, Bernstein también creía que la democracia representativa había cambiado, y que esos cambios en cierto modo ya implicaban el fin de la lucha de clases y de la dominación de clase. Pensaba que, con la relajación de las leyes antisocialistas, la expansión del SPD tras la ampliación del sufragio y el fortalecimiento de los sindicatos y las cooperativas de trabajadores, todos los partidos socialdemócratas de Europa Occidental estaban adquiriendo cada vez más relevancia como fuerzas políticas. Bernstein sostenía que el movimiento socialdemócrata podía seguir desarrollándose, independientemente de lo que él pensara que era el objetivo final.

Cuando Luxemburgo retomó el dilema de Bernstein de reforma o revolución, dijo que sí, que era posible que la reforma y la revolución fueran compatibles como métodos de lucha, pero que Bernstein estaba obviando el hecho de que la democracia y el capitalismo no eran compatibles. Las razones que daba para ello tenían que ver con el funcionamiento de la estructura de la globalización y el papel de los Estados nación en un sistema económico financierizado.

Por ejemplo, las observaciones de Bernstein sobre el desarrollo del sistema de crédito y débito destacaban que ahora había más dinero disponible para desarrollar proyectos sociales. En respuesta, Luxemburgo argumentó que el crédito, en lugar de ser una válvula de seguridad para el sistema capitalista, contribuye a su colapso. Subrayó que el capitalismo financiero y la disponibilidad de préstamos agravaron esa crisis en lugar de proporcionar una solución a la misma. Fomentó la especulación y aumentó las asimetrías entre la economía real y la economía especulativa.

Si bien el crédito podía estimular inicialmente el desarrollo de las fuerzas productivas, ya no podía ser útil cuando se convertía en un síntoma de estancamiento. Esa fue la respuesta económica de Luxemburgo al argumento de Bernstein de que el capitalismo se había desarrollado gracias a la disponibilidad de carteles y créditos y a la imposibilidad relacionada de una tendencia a la crisis. Argumentó que el pensamiento de Bernstein sobre el crédito y lo que éste ofrecía a una economía financierizada era muy limitado.

Por otro lado, Luxemburgo insistió en que lo que Bernstein veía como inclusión política y la posibilidad de responder a las presiones y tensiones de una economía capitalista con la representación de los trabajadores era imposible. Ella creía que en un sistema capitalista, el propio sistema representativo estaba a merced de las presiones capitalistas.

No daba a los trabajadores la posibilidad de emanciparse ni de tener voz en el sistema político. Más bien, convertía todo el proyecto en algo que ya no reconocerían, perdiendo de vista el objetivo de la transformación socialista al convertirlo en un vehículo progresista de adaptación a las exigencias de la democracia parlamentaria liberal.


 

DF

En la época de Luxemburgo, los socialistas se referían a la cuestión de la igualdad de género como «la cuestión de la mujer», lo que ahora suena bastante extraño. El líder socialista alemán August Bebel utilizó ese término en un libro muy influyente titulado La mujer y el socialismo. Sin embargo, Luxemburgo parece haberse resistido a ser estereotipada o encasillada como una autoridad en la llamada «cuestión de la mujer». Escribió sobre el mismo tipo de cuestiones políticas y económicas que figuras como Karl Kautsky, Rudolf Hilferding o Nikolai Bujarin. ¿Diría que es un resumen justo de su enfoque?

 

LY

Esta es otra cuestión interesante que ha preocupado a los comentaristas de Luxemburgo durante mucho tiempo, porque es otra dimensión, como la de la autodeterminación nacional, en la que su posición es ambigua y vulnerable a ser distorsionada de varias maneras. Es cierto que Luxemburgo era escéptica con respecto a lo que llamaba feminismo burgués y también es cierto que rechazó los llamamientos de sus colegas de la Segunda Internacional y de la socialdemocracia alemana a involucrarse en la «cuestión de la mujer» de forma similar a, por ejemplo, su estrecha colaboradora y amiga Clara Zetkin.

Por otro lado, más recientemente su obra ha sido redescubierta desde una perspectiva feminista, a veces yendo demasiado lejos: por ejemplo, interpretando toda la obra teórica y política de Luxemburgo a la luz de su género, a menudo también releyendo sus relaciones personales —las más destacadas, con su antiguo compañero Leo Jogiches— como fundamentales para el desarrollo de sus ideas.

Luxemburgo era particular porque no le convencía el feminismo como una cuestión de pura identidad política, cuando se separaba de otras preocupaciones como la clase, la raza y el imperialismo. Por otro lado, tampoco era alguien que se hubiera mantenido al margen y no se hubiera implicado en las cuestiones relativas a la emancipación de la mujer. Un buen ejemplo fue su respuesta cuando el líder socialista belga, Emile Vandervelde, formó un pacto electoral con los liberales. La alianza apoyaba el sufragio universal masculino, pero dejaba de lado la antigua exigencia socialdemócrata de dar el voto a las mujeres.

Luxemburgo dijo que se trataba de un movimiento vergonzoso. Atacó el abandono de este principio socialista básico por parte de Vandervelde, pero también escribió más ampliamente sobre cómo la emancipación de la mujer era crucial para la lucha contra el capitalismo. En su opinión, la cuestión de la emancipación de la mujer no podía separarse de la cuestión de la lucha anticapitalista porque, en gran parte, la situación de las mujeres dependía de la forma en que el capital las dominaba y explotaba, en el lugar de trabajo pero también en la familia. Recientemente, su obra ha sido releída y redescubierta a la luz de toda una tradición de escritos feministas que abordan estas cuestiones.

Otra dimensión muy interesante de su respuesta fue un artículo que publicó en 1914, que no es tan conocido, titulado «La mujer proletaria». Hablaba de la resistencia de las mujeres, no solo  en Europa, sino también en África y América Latina. Escribió de forma muy conmovedora sobre los huesos de las mujeres herero que se blanqueaban al sol, después de haber sido cazadas por los soldados alemanes en Namibia. Escribió sobre el grito de muerte, como ella decía, de las mujeres indias martirizadas que fue ignorado por los capitalistas internacionales, pero también, hasta cierto punto, por aquellos que limitaron la demanda de emancipación de las mujeres a una categoría muy particular de mujeres y a un contexto muy particular.


 

DF

En obras como La acumulación del capital, Luxemburgo planteó un argumento distintivo sobre la evolución del capitalismo, basado en la idea de que necesitaba expandirse hacia espacios no capitalistas, que eventualmente se agotarían. ¿Qué importancia tenía ese argumento?

 

LY

Su libro, escrito en 1913, desarrollaba su crítica al revisionismo y la combinaba con una intervención en el núcleo del análisis de Marx sobre la estructura dinámica de la acumulación de capital. La acumulación del capital era básicamente un estudio crítico del segundo volumen de El Capital de Marx. Era un esfuerzo por mostrar cómo el capitalismo sobrevive a través de su expansión en economías no capitalistas.

El libro comenzaba con una crítica a Marx, quien, según Luxemburgo, había basado el análisis del proceso de capital y reproducción en el segundo volumen de El Capital en la suposición de un sistema cerrado de acumulación, un mercado en el que solo había capitalistas y trabajadores. Luxemburgo criticó ese argumento como una obstrucción teórica que descuidaba las características económicas específicas de otras partes del mundo que no habían alcanzado el desarrollo capitalista.

Esta fue una polémica interesante, porque en la época en que Luxemburgo escribió, los escritos que Marx había hecho sobre el mundo no europeo —sobre el colonialismo y el imperialismo— eran desconocidos para ella. Análisis marxistas más recientes han demostrado que, de hecho, Marx no estaba tan ciego a este mercado mundial en el que había zonas enteras no capitalistas que necesitaban ponerse al día con el desarrollo capitalista.

Sin embargo, estos escritos de Marx no estaban al alcance de Luxemburgo en ese momento. Sugirió que el análisis de sistema cerrado, que había leído en el segundo volumen de El Capital, hacía muy difícil explicar por qué y cómo el capital puede reproducirse y valorizarse cuando hay una constante depresión salarial y una creciente desigualdad de ingresos, sin hacer también argumentos sobre la expansión del capital en otras partes no capitalistas del mundo.

Según Luxemburgo, la suposición de un sistema capitalista cerrado en el que solo había trabajadores y capitalistas dificultaba mucho la explicación de lo que ella consideraba la contradicción fundamental del capitalismo, entre la capacidad expansiva ilimitada de las fuerzas productivas, por un lado, y los límites del consumo social, por otro. Fue una de las primeras marxistas en llamar la atención sobre el lado del consumo del proceso de acumulación de capital.

Explicó los incentivos del desarrollo económico capitalista recurriendo a lo que los economistas posteriores llamaron la relación entre la tasa de ahorro y la tasa de inversión. Su trabajo teórico anticipa importantes ideas de figuras posteriores como John Maynard Keynes y Michał Kalecki.

Marx había explicado la reproducción del capital haciendo referencia únicamente al desarrollo de la tecnología y a la competencia entre los capitalistas, pero Luxemburgo pensaba que esto no hacía justicia a la contradicción fundamental y a la tendencia a la crisis. Ese argumento no tenía en cuenta la necesidad de los capitalistas de expandirse a nuevos mercados para vender bienes de consumo que los trabajadores nacionales no podían pagar.

La idea era que los trabajadores de los países capitalistas centrales estaban tan explotados que no podían comprar los bienes que los capitalistas tenían que vender. En el contexto de una economía deprimida, que carecía de suficiente demanda para estos bienes, sin este impulso de expansión hacia los mercados extraeuropeos, no habría salida para el capital acumulado.

Esto es lo que dio lugar a su crítica del imperialismo. Su idea central era que la expansión del capital en áreas no capitalistas del mundo —a través de la conquista, del comercio, de la violencia y, ahora, en nuestro mundo contemporáneo, a través de préstamos y subcontratos firmados a menudo con la ayuda de medios engañosos— proporcionaba esta salida y permitía la producción masiva y barata de bienes que no podían venderse en los mercados de los estados capitalistas desarrollados debido a los bajos niveles de consumo. Por supuesto, al hacerlo, estas empresas capitalistas crearon oportunidades de inversión que desplazaron los modos de vida tradicionales y destruyeron la producción agrícola, por ejemplo, u otros sistemas de producción no capitalistas.

Había una doble dinámica: por un lado, la expansión del capital trajo consigo innovaciones tecnológicas y modernizó las relaciones de autoridad en esos lugares, pero por otro lado, la conquista imperial y la guerra sometieron a partes enteras del mundo al control político de los países capitalistas más desarrollados. Esto sigue siendo relevante hoy en día, porque se puede pensar en préstamos internacionales o sistemas de dependencia económica y política que han colocado la política exterior y económica de los Estados capitalistas directamente bajo la influencia de estos amos neocoloniales (o en su momento coloniales).

El enfoque en el desarrollo de las áreas no capitalistas del mundo le dio a Luxemburgo esta visión original de lo que sucede cuando tratamos de explicar las contradicciones del capital, y por qué es importante no limitar nuestro estudio al capital tal como se manifiesta en un Estado nación particular o en un bloque de Estados nación. Tenemos que pensarlo de forma global. También le dio una sensibilidad a las cuestiones de raza, etnia y derechos indígenas que no era característica del marxismo de su época.

Los marxistas ortodoxos compartían más o menos la narrativa de la Ilustración según la cual había un desarrollo histórico a través de diferentes etapas: algunas de ellas eran primitivas, pero luego la modernización progresiva y las relaciones sociales llevaban primero a la agricultura, luego a la sociedad comercial y después a la sociedad capitalista como cumbre de la modernización. Pero Luxemburgo pensaba, por ejemplo, que los modelos de propiedad común eran en muchos aspectos superiores a los de las sociedades comerciales. Ella desbarató esta teoría estamental del progreso histórico que se encontraba en el pensamiento de la Ilustración, desde Rousseau hasta Kant y Hegel, en el que se había inspirado Marx y que, por tanto, también había configurado en cierto modo los debates de la Segunda Internacional.


 

DF

¿Cómo entendía Luxemburgo la relación entre capitalismo y democracia a largo plazo? ¿Preveía ella algún futuro para el sistema que los marxistas denominaban «democracia burguesa»?

 

LY

Luxemburgo nunca se opuso a la representación en el parlamento ni a la lucha por las reformas sindicales o democráticas como tales. Se opuso a la separación de estas luchas por la reforma de la lucha contra el capitalismo como sistema. Cuando escribió sobre el sufragio femenino, por ejemplo, estaba claramente involucrada en la campaña por la emancipación de las mujeres y muy interesada en la demanda de su representación en el proceso de emancipación política a través de la reforma.

Pero creía que este proceso de emancipación debía integrarse en una crítica más radical del capitalismo. Era crucial tener en cuenta la demanda de acceso de la clase obrera al poder político. Ella creía que si las clases trabajadoras no tenían acceso al poder político, o si ese acceso se convertía en una cuestión de compromiso entre las diferentes élites políticas —como ha terminado siendo históricamente, de una manera que ya se estaba mostrando en el momento en que ella empezó a escribir sobre estas cuestiones—, entonces toda la lucha quedaría vacía de contenido.

Luxemburgo no creía que hubiera que rechazar las reformas, porque estaba muy interesada en los procesos de aprendizaje a través de los cuales los oprimidos descubrían cómo tomar decisiones y se preparaban para la conquista del poder político. Pero siempre insistió en que estas reformas eran, como ella decía, ensayos de libertad: no eran la libertad en sí misma. Estas reformas no debían oponerse a los métodos de la revolución, sino que debían considerarse complementarios a ellos.

Luxemburgo pensaba que, históricamente, el objetivo de la reforma legal había sido consolidar las clases sociales emergentes después de una determinada revolución hasta que el equilibrio de fuerzas fuera tal que todo el sistema jurídico pudiera ser desmantelado en favor de un nuevo sistema. Para Luxemburgo, esto era lo que significaban los términos «reforma» y «revolución». No eran formas diferentes de hacer las cosas. Más bien, denotaban diferentes transformaciones jurídicas.

No se trata de decir: «¿Me gusta la reforma o me gusta la revolución?» como si una fuera mejor y otra peor, una más pacífica y otra más violenta. Se trata más bien de comprender que una revolución conlleva una forma diferente de relacionarse con el poder político. Luxemburgo creía que el acceso al poder político era crucial. La reforma legal y la revolución debían ser consideradas conjuntamente para llevar a cabo esta transformación jurídica radical de las relaciones políticas, de las relaciones de propiedad, etc.

Las demandas de reforma podían limitarse a retocar el capitalismo aquí y allá, a subir un poco los impuestos o a cambiar la distribución de oportunidades para mejorar las condiciones de los trabajadores en un país concreto, en una ciudad concreta o en una empresa determinada. El socialismo, en cambio, era una apuesta por un tipo de sociedad completamente diferente, con unos principios teóricos distintos. Era un proyecto de emancipación económica y política, y era un proyecto global, no solo  nacional.

Cuando Luxemburgo criticó a Bernstein, su principal punto de discordia era que Bernstein estaba comprometido con el desmantelamiento del propio ideal del socialismo como acceso al poder político. Esto fue lo que hizo que su discusión en torno a la reforma y la revolución se destacara. No se trata de decir que Luxemburgo es una revolucionaria y no una reformista. Es más bien una cuestión de ver qué propósito debe tener la reforma. Cuando pensamos en el capitalismo como un sistema global, la cuestión es entender que la reforma es limitada a menos que el sistema pueda ser desmantelado y reinventado para que los explotados tengan acceso al poder político, y para que puedan cambiar las relaciones jurídicas de forma irreversible.


 

DF

¿Cómo respondió Luxemburgo a los nubarrones de guerra que se cernían sobre la política europea, y luego al propio estallido de la guerra en 1914?

 

LY

1914 fue el año en que Luxemburgo rompió definitivamente con la socialdemocracia alemana. La ruptura ya había comenzado antes. Entre 1907 y 1914, la prensa liberal empezó a llamarla «Bloody Rosa». Su postura política había empezado a evolucionar en una dirección opuesta a la de los dirigentes socialdemócratas alemanes, por ejemplo, cuando los socialdemócratas se mostraron reacios a condenar las aventuras imperialistas del káiser Guillermo II en Marruecos.

Vio la reticencia del SPD a pronunciarse claramente contra el imperialismo por miedo a perder votos y representación política. Esto la hizo consciente de los peligros del nacionalismo para el movimiento obrero, que pretendía ser internacional. También le hizo empezar a preocuparse, muy pronto, de que los socialdemócratas pudieran apoyar una guerra. Vio que había un tipo de militarismo creciente en la sociedad que sus colegas socialdemócratas eran cada vez más reacios a condenar.

Mientras que el partido parlamentario del SPD se limitaba cada vez más a los debates en torno a los impuestos y el sufragio, Luxemburgo comenzó a abogar por las luchas de masas y la agitación por una república en la que los trabajadores conquistaran el poder político. Sus propuestas para desarrollar este tipo de lucha revolucionaria se encontraron con una creciente hostilidad antes de la guerra. Cuando estalló la guerra en 1914, el SPD votó a favor de los créditos de guerra. Para ella, esto significaba capitular ante el creciente militarismo y conservadurismo y abrazar el burdo nacionalismo en detrimento de la promesa internacionalista de que las clases trabajadoras trabajarían juntas sin importar las fronteras nacionales.

Luxemburgo se separó de la socialdemocracia alemana y fundó la Liga Espartaco, un grupo que agitaba por el fin de la guerra y se concentraba en la lucha proletaria contra el capitalismo a nivel internacional. Fue encarcelada y escribió un folleto titulado «La crisis de la socialdemocracia», también conocido como el «Folleto Junius», que era una síntesis de su crítica a los límites del parlamentarismo y a la búsqueda del compromiso como fin en sí mismo.

El folleto era también una síntesis de lo que significaba para la socialdemocracia como proyecto revolucionario fracasar en su compromiso con el internacionalismo de principios y limitarse a la organización sobre una base nacional. Esto, a su vez, conllevaría un compromiso con el patriotismo, la participación en la guerra y el abandono total de la lucha proletaria.


 

DF

La crítica de Rosa Luxemburgo a Vladimir Lenin y a los bolcheviques es bastante conocida, pero principalmente, quizás, en forma de fragmentos aislados, más que en un sentido claro del argumento completo. ¿Cuáles fueron los puntos clave que ella planteó?

 

LY

Creo que es importante evitar dar la impresión de una crítica aislada a Lenin y al proyecto bolchevique como tal. Tenemos que analizar las críticas que Rosa Luxemburgo hizo a ese proyecto —y el apoyo que le dio— pensando en cómo respondió no solo  a la revolución bolchevique de 1917, sino también a la primera revolución rusa de 1905, que Lenin describió famosamente como el ensayo general de la segunda revolución.

Para entender los dilemas que estas revoluciones plantearon al movimiento obrero internacional, vale la pena pensar en cómo el movimiento socialista en su conjunto contempló tanto 1905 como 1917. Lo que Luxemburgo tenía que decir sobre el proyecto bolchevique se encuentra en escritos que proceden de ambos periodos, por lo que se puede construir de forma más coherente si pensamos en ambos conjuntamente.

Empecemos por la revolución de 1905: Encontró al movimiento socialista profundamente dividido. En Europa Occidental, había partidos socialistas que estaban obteniendo beneficios electorales y estaban unidos en el reconocimiento de la autoridad de la Internacional, aunque también estaban profundamente divididos en cuestiones de principios y tácticas. En Rusia, no había un equivalente directo al debate sobre la reforma frente a la revolución porque todos los socialistas tenían que trabajar en la clandestinidad y con gran riesgo para ellos mismos. Estaban divididos en cuestiones de afiliación y organización del partido.

En 1905 no se planteó el reconocimiento legal del movimiento obrero, la lucha parlamentaria o el compromiso con la élite gobernante. Todos estos eran lujos de los socialdemócratas alemanes que los rusos no tenían. Lo que tenían era una revolución que estalló tras décadas de explotación, empobrecimiento y violencia autoritaria. La revolución de 1905 no fue una sola revolución, sino la suma de una serie de acontecimientos: huelgas masivas, disturbios en las fronteras, manifestaciones masivas, etc.

En este periodo, Luxemburgo estaba obviamente muy interesada en la revolución rusa y siguió los acontecimientos muy de cerca. Publicó varias intervenciones en las que debatía con Lenin sobre el papel de las masas y del partido en circunstancias revolucionarias. Como resultado de esos debates con Lenin, también trató de persuadir a sus colegas del SPD para que adoptaran la huelga de masas como arma política para promover la causa de los trabajadores en Alemania.

Se introdujo clandestinamente en la parte rusa de Polonia y trató de llegar a Varsovia. Fue detenida de nuevo y encarcelada, tras un viaje personal que pretendía conectar las luchas de los trabajadores polacos, alemanes y rusos. Uno de sus folletos más famosos, «La huelga de masas, el partido político y los sindicatos», fue el resultado de su análisis de estos acontecimientos. Luxemburgo llegó a Alemania con estas lecciones de la revolución rusa y habló en el congreso del partido en 1905 sobre los logros que habían conseguido los rusos y lo que se podía aprender de la socialdemocracia rusa.

August Bebel, uno de los fundadores del partido, bromeó, mientras escuchaba su discurso, que se hablaba tanto de sangre y revolución que no dejaba de mirar sus zapatos para ver si no estaban ya llenos de sangre. Esta fue la reputación que adquirió por su compromiso con la revolución de 1905 y sus reflexiones sobre lo que se podía aprender de este movimiento revolucionario clandestino que se había desarrollado en circunstancias muy diferentes a las de la socialdemocracia alemana. En cierto modo, su posición como originaria de Polonia explica su posición de outsider en estas cuestiones: pudo ver mejor que otros que las circunstancias en Rusia eran muy diferentes a las de Alemania y exigían un enfoque diferente.

Luxemburgo reflexionó sobre la revolución de 1917 en otro ensayo titulado «La revolución rusa», que a menudo se considera la síntesis de sus pensamientos sobre el tema. Se publicó después de su muerte y era en realidad una defensa de la Revolución de Octubre. Escrito mientras estaba en prisión, el ensayo de Luxemburgo elogia la revolución bolchevique como signo de la posibilidad de una lucha revolucionaria proletaria, incluso en circunstancias profundamente opresivas. Al mismo tiempo que elogiaba a los bolcheviques, llamaba la atención sobre lo que consideraba algunas de las limitaciones del movimiento y las formas en que se reflejaban en la relación entre las élites del partido y las masas oprimidas.

Por un lado, criticó algunas de las políticas que los bolcheviques habían aplicado al llegar al poder: la concesión de tierras a los campesinos, por ejemplo, o su continua insistencia en el derecho de autodeterminación nacional. Por otro lado, también criticó la supresión de lo que ella consideraba la democracia revolucionaria. Llamó la atención sobre la burocratización del partido y sobre algunas de las medidas que se habían tomado para limitar la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad de asociación. Creía que los bolcheviques estaban empezando a divorciar el socialismo y la democracia de una forma extremadamente peligrosa y que concentraba el poder en manos de unos pocos miembros de la élite del partido.

En este contexto surgieron sus observaciones más críticas sobre la Revolución Rusa, hablando de los riesgos de la supresión de la disidencia y de los peligros de la censura. Habló de lo que esto suponía para el movimiento revolucionario en su conjunto. De forma muy perspicaz, planteó la cuestión de lo que ocurriría cuando la revolución se llevara a cabo de esta forma, y cómo se corría el riesgo de concentrar el poder en una clase de burócratas del partido que ya no estarían conectados con las masas y su lucha, y que estaban empezando a desarrollar sus propios intereses y a consolidar el poder de forma profundamente problemática. Este es también el contexto en el que debe leerse una de sus frases más famosas: «La libertad es siempre la libertad de los que piensan de forma diferente».

Lo que hace que esta crítica sea especialmente interesante es que fue extremadamente perspicaz al ver lo que le ocurre a una revolución cuando sus líderes, la vanguardia, se alejan y divorcian progresivamente de las demandas de las masas, y de un proceso de lucha revolucionaria, que era en sí mismo un proceso de aprendizaje en el que las masas podían aprender a gobernar solo  participando en la lucha y creando instituciones que pudieran representarlas.

Sin embargo, Luxemburgo también era extremadamente hostil a los esfuerzos de los socialdemócratas alemanes por demostrar que la revolución bolchevique nunca debería haber ocurrido, y que el proletariado nunca debería haber llegado al poder de forma revolucionaria porque el método del SPD era el correcto. Se mostró escéptica ante los argumentos de personas como Karl Kautsky y otros, que decían que Rusia no estaba madura para una revolución.

Subrayó que estaba a favor de este esfuerzo revolucionario y del proceso de implicación de las masas en él. Al explicar por qué, Luxemburgo insistió en que era importante que los revolucionarios en Rusia ejercieran una «dictadura». Sin embargo, como ella decía, no se trataría de la dictadura de un partido o de una pequeña camarilla, sino de la dictadura de toda la clase obrera, que se produciría con la participación activa de las masas populares y de forma democrática.

De nuevo, esta es una de esas cosas que a primera vista podría parecer una contradicción —¿cómo podría una dictadura ser también democrática?— pero si se piensa en el papel de las masas y en la forma en que Rosa Luxemburgo reflexionaba sobre la emancipación política, tiene sentido. Tiene sentido cuando uno piensa en la dictadura democrática como una especie de medida de emergencia que sería realmente representativa del pueblo oprimido y no controlada centralmente por un partido.


 

DF

¿Qué cree que nos puede ofrecer todavía Luxemburgo como pensadora frente a las ideas que prevalecen hoy en día en la teoría política y la filosofía política?

 

LY

Creo que Luxemburgo es una pensadora extremadamente importante cuyas ideas deben ser tomadas en serio, en parte, porque contribuye a una tradición marxista que está profundamente preocupada por la libertad. Lo que anima toda su obra es esta cuestión: ¿en qué condiciones puede realizarse plenamente la libertad? Y ¿cómo debemos pensar en la libertad, en circunstancias normales pero también en circunstancias de crisis, transición y revolución, cuando ciertas tendencias corren el riesgo de socavar los objetivos emancipatorios iniciales de la clase de los oprimidos?

Su pensamiento tiene diferentes vertientes que se unen. Sus escritos están dispersos, así que no tenemos un cuerpo orgánico de escritos: tenemos libros, panfletos, artículos y cartas. Pero hay cuatro dimensiones. En primer lugar, está la cuestión de la explotación económica por parte del capital, que es global en su forma y que tiene que contar con las presiones de la globalización, con las limitaciones de su propia expansión y con las herramientas disponibles para contrarrestar sus tendencias explotadoras.

La segunda dimensión es la cuestión de la organización política: cómo reunir la reforma y la revolución, cómo pensar en utilizar ambos métodos, según las circunstancias, sin perder de vista el objetivo final, como han hecho los socialdemócratas tradicionales. Aquí, su pensamiento es valioso porque nos insta a no pensar en dicotomías abstractas, sino a adaptar el método de lucha al contexto en cuestión, y a reflexionar sobre la democracia no como una realidad institucional que ya existe, sino como un ideal que debe realizarse.

La tercera dimensión es la de la organización: cómo pensar la relación entre el partido y el movimiento social, en el momento de la lucha revolucionaria, pero también cuando está en el poder un partido que representa realmente a las clases trabajadoras. Aquí es crucial pensar en cómo la forma en que un grupo político se conduce en la fase de la lucha revolucionaria afecta al tipo de grupo dirigente en el que se convierte, y cómo garantizar que la espontaneidad y el dinamismo reflejados durante la revolución se mantienen y pueden seguir autocorrigiéndose también cuando los revolucionarios están en el poder.

Por último, está la cuestión de cómo pensar en la opresión de una manera que sea genuinamente interseccional, como diríamos ahora, reuniendo las preocupaciones de la opresión basada en el género, la opresión basada en la raza y la opresión basada en la clase en una crítica del sistema capitalista en su conjunto, que también es global y tiene en cuenta estas luchas diferenciadas en diferentes partes del mundo. Luxemburgo realmente dio un ejemplo de cómo pensar en estas diferentes cuestiones de una manera que no las enfrente entre sí, sino que nos ayude a desarrollar una alternativa coherente al statu quo.

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Que «las cosas continúen así» es la catástrofe.

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