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¿Podemos salir de nuestro momento hiperpolítico?

Reseña de Hyperpolitics: Extreme Politicization Without Political Consequences (Hiperpolítica: Politización extrema sin consecuencias políticas, aún sin traducción al español), de Anton Jäger (Verso, 2026).

 

En una escena particularmente memorable de Eddington (2025), ambientada durante las protestas por el asesinato de George Floyd de 2020, el estudiante secundario Brian (Cameron Mann) intenta explicarle a sus padres, en la mesa familiar, su recién adquirida conciencia racial. Brian —quien, como sus padres, es blanco— les habla sobre la necesidad de «cambiar las instituciones, desmantelar la blanquitud y no permitir que la blanquitud se reafirme». «Pero estamos prácticamente a años luz de eso», concluye. «¿De qué carajo estás hablando?», responde el padre de Brian tras una larga pausa. «Eres blanco».

El director Ari Aster plantea el intercambio como una escena cómica, apoyándose en el hecho de que conversaciones similares fueron habituales en cenas familiares, salas de profesores, oficinas corporativas y otros espacios de toda América durante el verano de 2020, llegando incluso a pequeños pueblos rurales como el ficticio Eddington, Nuevo México, gracias al poder contagioso de las redes sociales.

La escena contribuye a ilustrar la tesis central de Hyperpolitics, de Anton Jäger. Si bien las manifestaciones de Black Lives Matter desencadenadas por los asesinatos policiales de George Floyd y Breonna Taylor constituyeron el movimiento de protesta más grande de la historia de Estados Unidos, lograron muy poco. Los estallidos fueron alimentados por —y a su vez alimentaron— un febril ciclo discursivo en las redes sociales y en los medios tradicionales que arrastró incluso a jóvenes blancos acomodados y previamente apolíticos, como Brian, en los rincones remotos de Estados Unidos.

Las protestas pueden haber producido algunas victorias menores, como la obligatoriedad de las cámaras corporales para los policías y algunos cambios en ciertas actitudes, pero a nivel nacional los hechos materiales permanecen obstinadamente inalterados. La tasa de homicidios policiales incluso parece haber aumentado levemente desde 2020 y, desde luego, persisten las desigualdades más profundas que contribuyeron a inspirar las protestas.

Se trata de una «politización extrema sin consecuencias políticas», como reza el subtítulo del libro de Anton Jäger, y constituye uno de los muchos casos recientes. Ya sea la indignación por las políticas frente al COVID-19, las conspiraciones de derecha sobre presuntas elecciones robadas o, desde la izquierda, la oposición al genocidio en Gaza y al autoritarismo de Donald Trump, los años 2020 fueron escenario de episodios recurrentes de intensa polarización política y movilización masiva.

Estos episodios, sostiene Jäger, son característicos de la era de lo que él llama hiperpolítica. La vida cotidiana en Estados Unidos y otras democracias occidentales está cada vez más politizada: nuestras ideologías políticas, tal como se configuran en las redes sociales, se volvieron centrales para nuestras identidades e incluso comenzaron a estructurar nuestras relaciones personales más cercanas. Sin embargo, esta politización creciente no se tradujo en cambios sustanciales de política pública. En cambio, la insatisfacción del público con los partidos tradicionales, tanto de izquierda como de derecha, no cesa de crecer, mientras que una panoplia de nuevas formaciones populistas de derecha logró atraer a votantes desencantados en cantidades cada vez mayores en todo el mundo desarrollado. Mientras tanto, los elementos centrales del programa económico neoliberal —bajos impuestos, desinversión pública y subsidios corporativos— siguen estando a la orden del día.

De la política de masas a la pospolítica

¿Cómo llegamos hasta aquí? Para Jäger, Estados Unidos y los países europeos se encuentran al final de un proceso de evolución —o, con mayor precisión, de involución— que comenzó con la era de la «política de masas», que se extiende desde finales del siglo XIX hasta aproximadamente la caída del Muro de Berlín. Desde entonces, estas sociedades transitaron de manera inestable por dos nuevas orientaciones hacia la política —la pospolítica y la antipolítica— antes de recalar en nuestra actual era hiperpolítica.

La era de la política de masas comenzó a fines del siglo XIX y se extendió a lo largo de ambas guerras mundiales y la Guerra Fría. Fue inaugurada por el surgimiento del movimiento sindical y de los partidos políticos de masas en Europa, muchos de ellos de orientación socialista, que lucharon por el sufragio universal y por garantías económicas y sociales. Otros tipos de partidos de masas emergieron y encontraron éxito también, pero fueron los partidos socialdemócratas —y los sindicatos en los que estaban institucionalmente arraigados— quienes organizaron a los trabajadores más allá de las líneas de clase y estuvieron a la vanguardia de las luchas por los derechos laborales y el Estado de bienestar. (Estados Unidos nunca desarrolló un partido obrero o socialista de masas; pero gracias al New Deal de Franklin Delano Roosevelt, el movimiento obrero se convirtió durante un tiempo en una parte importante de la coalición del Partido Demócrata, que actuó como una suerte de análogo cuasi socialdemócrata a sus contrapartes europeas.)

En la era de posguerra, el trabajo y sus partidos contribuyeron a garantizar que los frutos del rápido crecimiento económico en Occidente se distribuyeran ampliamente. También contribuyeron a mantener un sentido de comunidad e identidad colectiva: las sedes sindicales y las organizaciones partidarias ofrecían con frecuencia el entorno en el que los trabajadores se encontraban, socializaban, debatían política y criaban a sus hijos. Sin embargo, la «edad de oro» del capitalismo fue efímera.

La densidad sindical alcanzó su punto máximo en la década de 1950 en Estados Unidos, en la de 1970 en el Reino Unido, y ya estaba en declive incluso en bastiones socialdemócratas como Suecia en los años noventa. La osificación de los sindicatos, la desindustrialización y —en Estados Unidos y el Reino Unido— las revoluciones thatcherista y reaganista le asestaron golpes fatales al movimiento obrero. Los partidos socialdemócratas pronto se volvieron también contra sus bases de clase trabajadora, priorizando políticas orientadas a incrementar las ganancias del capital —como recortes impositivos, desregulación financiera y acuerdos de libre comercio— en un intento por estimular la inversión privada. En consecuencia, estos partidos atravesaron un proceso de «desalineación de clase», atrayendo a profesionales más acomodados y con alta formación educativa mientras se desvanecía la lealtad de sus tradicionales bases obreras.

En la cronología de Jäger, el colapso de la Unión Soviética constituye un punto de inflexión. La caída del longevo «Estado obrero» y sus satélites significó el golpe de gracia a la idea de una forma de sociedad alternativa y no capitalista; ese momento marca la transición hacia la era pospolítica: un período en el que parecía, como lo formuló Francis Fukuyama, que la historia había terminado. En los años noventa, el Partido Demócrata de Bill Clinton y el Partido Laborista de Tony Blair —completamente neoliberalizados, adeptos a la «Tercera Vía»— presidieron economías en auge y una cultura crecientemente atomizada y orientada al consumo.

De la pospolítica a la antipolítica

La era pospolítica llegó a su fin con la crisis financiera de 2008 y la austeridad que los gobiernos impusieron en su epílogo. La devastación provocada por la crisis destruyó el optimismo económico previo e inauguró el breve período que Jäger denomina «antipolítica», una etapa marcada tanto por protestas masivas como por desafíos organizados al establishment político.

En el continente europeo, una variedad de partidos populistas —tanto de izquierda como de derecha— se volvieron ascendentes a comienzos de la década de 2010, canalizando el descontento con la gobernanza neoliberal. Sin embargo, hacia el final de la década, los populistas de derecha estaban cosechando bastante más éxito que sus contrapartes de izquierda.

Eventos similares se desarrollaron en un cronograma diferente en Estados Unidos y el Reino Unido. Un movimiento de protesta libertario conocido como el Tea Party emergió en la estela de la gran crisis financiera en Estados Unidos como reacción contra los rescates y los esfuerzos de estímulo del gobierno federal, empujando al Partido Republicano hacia la derecha. El año 2011 vio una respuesta de izquierda en la forma de Occupy Wall Street, una serie de manifestaciones que condenaron a la administración Obama por dejar impune al «uno por ciento» de su responsabilidad por haber arruinado el sistema financiero mientras abandonaba al «noventa y nueve por ciento».

Esta corriente populista de izquierda encontró su expresión política formal, con retraso, en la sorpresiva candidatura de Bernie Sanders a la nominación presidencial del Partido Demócrata en 2016. Sanders fue derrotado por la candidata del establishment Hillary Clinton; quien luego procedió a perder ante Donald Trump, que había combinado la indignación por las políticas económicas neoliberales con agravios culturales conservadores para hacerse con el control del Partido Republicano.

En Gran Bretaña, Jeremy Corbyn, diputado laborista de larga trayectoria en la izquierda del partido, fue elegido líder en un rechazo al legado de Tony Blair, quien había buscado abandonar las tradiciones socialistas del Partido Laborista. Tras una actuación sólida en las elecciones generales de 2017, sin embargo, el Partido Laborista colapsó ante los conservadores de Boris Johnson en 2019. No hay duda de que Corbyn fue saboteado por opositores centristas dentro de su propio partido, pero su fracaso se debió en parte a la tóxica cuestión del Brexit, sobre la cual el Partido Laborista intentó sin éxito una posición equidistante.

Salir de la hiperpolítica

Jäger sostiene que el fracaso de los populistas de izquierda, y el creciente éxito de sus adversarios de derecha, sentaron las bases para el momento hiperpolítico que comenzó en 2020. Lo que ocurrió fue una amplia «repolitización» de la sociedad, aunque una que tuvo lugar en ausencia de las instituciones formales basadas en la membresía —en particular, los partidos de masas y los sindicatos— que habían estructurado anteriormente el conflicto político:

«En los años posteriores a 2008, la repolitización [antipolítica] quedó en gran medida confinada a subsecciones específicas de la sociedad: la pequeña burguesía conservadora tradicional y los millennials frustrados en proceso de movilidad descendente. Pero ahora el centro liberal pasivo y pospolítico experimentó una suerte de shock de politización reactiva. En paralelo, movimientos como #MeToo y Black Lives Matter mostraron que las demandas de grupos largo tiempo marginados bajo la democracia de masas habían alcanzado un punto de inflexión. (…) Cuando la historia retornó en la forma de una pandemia global y la inflación fue desencadenada por la invasión rusa de Ucrania (…) los países de la OCDE se vieron envueltos en una suerte de Asunto Dreyfus permanente, que se extendió a las reuniones familiares, los círculos de amigos y los grupúsculos del lugar de trabajo.»

Sin embargo, esta politización creciente no implicó un mayor control popular sobre el Estado, con políticas que divergen cada vez más de la opinión pública. Y en Estados Unidos, al menos, la derecha mantiene su dominio sobre el poder en gran medida explotando los rasgos antimayoritarios de la Constitución y ahora, quizás, por medios más explícitamente autoritarios.

¿Existe una salida de este impasse para la izquierda? La propuesta de Jäger, que él mismo reconoce que puede ser poco realista, es una revitalización del partido de masas y del movimiento obrero. Solo a través de la «reinstitucionalización» de la política puede la izquierda cohesionar una fuerza social lo suficientemente poderosa, y duradera, como para enfrentarse al capital y a los partidos de derecha. Es difícil disentir de este diagnóstico en sus líneas generales; muchos escritores de Jacobin (incluyéndome) han formulado propuestas similares a lo largo de la última década.

Las preguntas reales tienen que ver con cómo hacer esto en la práctica. En este punto, Jäger no tiene mucho que decir, lo cual no es una falla de su análisis. Pero su lectura de la situación política actual en Estados Unidos pasa por alto de manera poco útil algunos comienzos prometedores en la construcción de instituciones de izquierda. En un nuevo prefacio para la edición en inglés de Hyperpolitics, escribe que «tras una década de experimentación con actividad partidaria semi-independiente, una Squad que aún se ve a sí misma como un batallón ansioso por un Partido Demócrata mejor es el principal remanente de la ola populista de izquierda en Estados Unidos». Esta valoración es demasiado sombría.

Los Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés), que recibieron un nuevo impulso con la campaña de Sanders en 2016, cuentan hoy con alrededor de cien mil miembros y exhiben una presencia creciente en legislaturas locales y estatales de todo el país. Si bien siguen siendo bastante pequeños en el esquema general de las cosas —y en su mayor parte tienen vínculos débiles con lo que queda del trabajo organizado—, el grupo tiene músculo. La maquinaria electoral que DSA construyó en la ciudad de Nueva York incubó la carrera política de Zohran Mamdani y luego contribuyó a impulsarlo a la victoria en la elección a la alcaldía de la ciudad sobre el demócrata del establishment Andrew Cuomo, quien contaba con el respaldo de un torrente de dinero de los ultrarricos y del lobby de Israel.

Mamdani se presentó y ganó con una ambiciosa plataforma para enfrentar la crisis de accesibilidad económica de la ciudad mediante una mayor inversión pública (un programa de cuidado infantil universal, autobuses gratuitos, supermercados de propiedad municipal, vivienda social) y una regulación más agresiva de los actores privados (congelamiento del alquiler en los apartamentos con estabilización de renta, persecución de las tarifas abusivas y las infracciones de propietarios y empleadores). Sus primeros pasos en estos frentes son prometedores y su administración sugiere que el impulso electoral de la izquierda está lejos de haberse agotado. (Victorias como esta, en las que los socialistas han tenido un peso muy superior a su peso social, son sin duda posibles en parte gracias a la desinstitucionalización de la política que describe Hyperpolitics.)

Pero Jäger tiene razón en que la actividad electoral de izquierda, desanclada de la vida asociativa cívica y, en particular, de un movimiento obrero sólido que pueda otorgar a los socialistas una palanca estructural sobre los empleadores y el Estado, más temprano o más tarde verá detenido su impulso hacia adelante. Las preguntas sobre cómo revitalizar y hacer crecer el movimiento obrero, y cómo conectarlo con el proyecto socialista, son por tanto de crucial importancia para la izquierda de hoy.

No hay respuestas fáciles, dado que la densidad sindical en Estados Unidos se mantiene cerca de sus mínimos históricos. Aun así, es alentador que DSA y sus compañeros de ruta hayan estado construyendo un ecosistema de proyectos dedicados a crear y fortalecer sindicatos, entre ellos el Emergency Workplace Organizing Committee (EWOC), el Rank & File Project y Workers Organizing Workers. El crecimiento de este ecosistema coincidió con oleadas de nueva organización en Starbucks, Amazon y otros lugares, con jóvenes progresistas y socialistas desempeñando con frecuencia un papel protagónico. Y otros esfuerzos por construir comunidad a través de la actividad política —ya sea mediante sindicatos de inquilinos o, en el segundo gobierno de Trump, mediante la organización de personas para defender a sus vecinos frente a la policía migratoria autoritaria— también dieron muestras de ser prometedores.

Si el camino hacia la reinstitucionalización de la política es por lo demás oscuro, Jäger tiene sin duda razón en que «las perspectivas de cualquier renovación deberán buscarse en la vida cotidiana, en aquellas circunstancias en las que las personas todavía entran regularmente en contacto con otras, en las que las preocupaciones comunes son evidentes por sí mismas». Es un mérito de Jäger que su diagnóstico de nuestra actual dolencia política apunte hacia este hecho. Y también es una señal esperanzadora el hecho de en la izquierda hoy muchos parezcan comprenderlo cada vez más.

 

Nick French

Editor de Jacobin Magazine (EE. UU.)

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