Ciudades

Zohran Mamdani y la contradicción del socialismo democrático

A medida que Zohran Mamdani supera los cien días como alcalde de Nueva York, se nos ofrecen numerosas retrospectivas de sus primeros resultados. Algunos buscarán calificar su labor política y evaluar su éxito en la implementación de su agenda. Otros analizarán el estado de sus alianzas políticas dentro y fuera del gobierno. Los balances más ideológicos intentarán contrastar sus acciones con su propio discurso y con el del movimiento socialista que lo llevó al poder.

Otra manera de contemplar todos estos aspectos es desde el ángulo de la contradicción que el alcalde Mamdani representa. Es decir, una contradicción en el sentido dialéctico marxista propiamente dicho: un antagonismo que no puede resolverse sin superar el sistema más amplio que lo genera, como el que existe entre el capital y el trabajo. En este caso, la contradicción se da entre Mamdani como producto de los Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés), una organización que apunta al menos nominalmente a derrocar el modo de producción capitalista, y Mamdani como político que intenta operar la maquinaria del aparato estatal capitalista.

Incluso antes de su victoria, se había trazado una línea de batalla interna en la izquierda entre dos visiones distintas sobre cómo relacionarse con una administración de Mamdani. Esta división puede verse como un reflejo de la contradicción recién descripta. Por un lado, están quienes consideran que la tarea del DSA es defender la agenda política de Mamdani y construir la base de apoyo popular para ella. Por el otro, quienes se preocupan más por señalar las concesiones o traiciones que separan las acciones del nuevo alcalde en el poder de los principios de una organización socialista democrática.

Esta tensión aparece dondequiera que los partidos socialistas logran elegir a sus miembros para gobiernos burgueses y, a lo largo de la historia, llevó frecuentemente a conflictos entre el «partido parlamentario» y la base de militantes. El propio DSA ya lidió con la contradicción respecto de sus otros funcionarios en distintos concejos y legislaturas. Pero la magnitud de las disputas se intensificó ahora que un socialista ocupa un cargo ejecutivo —y no meramente legislativo— en la ciudad más grande del país, con la tarea no solo de sancionar leyes sino de gestionar la burocracia del gobierno mismo.

Además, Mamdani, a diferencia de algunos otros funcionarios electos prominentes como Alexandria Ocasio-Cortez, es un auténtico «elegido de DSA». Es decir, se desarrolló políticamente en buena medida a través de su militancia en DSA, llegó a la asamblea estatal en una lista respaldada por su dirección política y el trabajo voluntario de sus miembros, y se convirtió en alcalde mediante una campaña que, si bien terminó por articular una amplia coalición progresista, fue iniciada y conducida por DSA.

Los externos suelen no comprender la ruidosa cultura interna de DSA, que es bastante diferente a la de la mayoría de las grandes instituciones políticas de la vida estadounidense. Es intensamente democrática, con liderazgos, avales y campañas sujetos a las votaciones y consultas con la totalidad de los miembros, que ahora suman más de cien mil en todo el país. Y dado que la organización se financia casi exclusivamente con los aportes de sus miembros, esta democracia es verdaderamente significativa y no está sujeta al veto de financistas ricos ni de una junta directiva sin fines de lucro. Además, los principios declarados de DSA son tan abiertos y amplios que pueden sostener una organización que atrae a todos, desde socialdemócratas hasta comunistas e incluso anarquistas.

Por eso es importante, e inevitable, que los miembros de DSA debatan el equilibrio correcto entre criticar al alcalde y actuar como su infantería. La disputa resultante, sin embargo, suele tener una calidad rígida y estéril, con cada bando caricaturizando al otro y reduciéndose a su vez a la caricatura.

De un lado aparece el argumento de que criticar a nuestros propios funcionarios electos es simplemente un sectarismo desorganizador. Como señala el líder de DSA de Nueva York Álvaro López: «Necesitamos alejarnos de un marco que pasa por “responsabilizarlos” hacia un marco que apunte a “construir poder”». Al parecer, en esta concepción, «construir poder» se entiende como la creación de una base de organizadores capaces de ganar elecciones para candidatos de izquierda y luego continuar organizando al servicio de la agenda política de los elegidos.

Opuestos a la perspectiva de López están quienes desconfían de las corrupciones del poder y de la facilidad con que los políticos individuales pueden ser cooptados. Dentro del DSA, esta tendencia se manifestó en campañas periódicas para censurar o incluso expulsar a figuras como Jamaal Bowman y Alexandria Ocasio-Cortez por actos públicos que contradicen directamente las posiciones declaradas de la organización.

Necesitamos romper con este debate repetitivo tratándolo como una verdadera contradicción y analizar las formas en que esta contradicción se manifestó en los primeros tiempos de la gestión del alcalde. Hacerlo nos permitirá desarrollar ideas sobre cómo DSA y la administración Mamdani pueden mantener una unidad contradictoria, operando de manera independiente sin caer en la oposición directa.

Contradicción y honestidad revolucionaria

Mi enfoque de la contradicción entre Zohran y el DSA consiste en verla a través del prisma de la honestidad revolucionaria. Son Karl Marx y Friedrich Engels quienes proclaman en el Manifiesto Comunista que «los comunistas no tienen por qué ocultar sus opiniones y sus propósitos. Abiertamente declaran que sus objetivos solo pueden alcanzarse derrocando por la fuerza todo el orden social existente». Ofuscar o suavizar nuestras posiciones en busca de una ventaja inmediata sería, desde esta perspectiva, una traición a la revolución.

En una línea similar, los socialistas gustan de citar al líder socialista guineano Amílcar Cabral, quien le dijo a los miembros de su partido en 1965: «No digan mentiras. Denuncien las mentiras siempre que se digan. No oculten las dificultades, los errores, los fracasos. No reclamen victorias fáciles». Es un llamado convincente a la honestidad revolucionaria, a confiar en las masas en lugar de pensar que las difíciles realidades de la revolución deben ocultarse o edulcorarse.

Naturalmente, en algún nivel siempre habrá visiones en pugna sobre cuál es la verdad de cualquier situación política, razón por la cual el debate político serio es necesario. Pero en política existe una presión particular para decir cosas que sabemos que no son del todo ciertas o para hacer cosas que sabemos que contradicen nuestra visión y nuestro objetivo declarados. A eso me refiero cuando hablo de falsedad política.

En ese sentido, decir la verdad es un dictamen atractivo, particularmente en contraste con el carácter deshonesto de gran parte de la política. Así pues, podríamos aplicarlo directamente a la situación que enfrentamos ahora. ¿Puede DSA ser honesto? ¿Puede serlo Zohran Mamdani? ¿Cuáles son las condiciones en que esto se vuelve posible?

Podría ser tentador utilizar las citas anteriores de manera «responsabilizadora», aprovechando cada oportunidad para señalar que los elegidos del DSA están suavizando los verdaderos objetivos de la revolución. El problema con esto, sin embargo, es que Amílcar Cabral enfrentaba una situación bastante diferente a la de Zohran Mamdani, una que confrontaba contradicciones muy distintas.

Como líder de un ejército y un gobierno revolucionarios, podía ver la totalidad de su política a través del prisma de la honestidad revolucionaria. Zohran, si quiere tener éxito como alcalde, encontrará en ocasiones necesario decir mentiras y reclamar victorias fáciles. La pregunta es si nosotros, como socialistas que en última instancia queremos que triunfe, podemos defender nuestra propia capacidad de ser políticamente íntegros y lúcidos ante las realidades estratégicas.

Al ingresar a un cargo electo burgués, y al asumir la responsabilidad de gestionar la ciudad más grande de los Estados Unidos, Mamdani se encuentra atrapado entre dos proyectos: el de administrar el capitalismo y el de derrocarlo. Esa contradicción es estructural y no es una propiedad ni de su agenda política ni de sus convicciones personales. La pregunta es si el movimiento que lo eligió sabrá gestionar la contradicción o será desgarrado por ella.

El alcalde y el poder azul

El proyecto Mamdani (y el proyecto electoral del DSA en términos más generales) se basa en la idea de que es posible que un socialista electo no se limite a actuar como tribuno de la izquierda sino que gobierne de manera efectiva y produzca mejoras tangibles en la vida de la clase trabajadora de la ciudad. Esto implica trabajar con diversos actores políticos y económicos en sus propios términos convencionalmente capitalistas. Significa equilibrar el presupuesto, navegar el mercado de bonos y enfrentar a un gobierno federal antagónico, a una gobernadora centrista y a un presidente del concejo hostil a gran parte de la agenda del alcalde, entre otras cosas.

Pero otro obstáculo, quizás aún mayor, emana del propio gobierno de la ciudad. Nueva York, como prácticamente todas las grandes ciudades estadounidenses, tiene en esencia dos gobiernos: la burocracia civil supervisada por el alcalde y el Departamento de Policía de Nueva York. Como explica Stuart Schrader en su recientemente publicado Blue Power [Poder azul], la policía, a través de sus sindicatos, «construyó un movimiento político que volvió a los agentes intocables», capaces de «presionar a los líderes locales y anular los intentos de supervisión pública». Y estos departamentos de policía son aliados confiables de las fuerzas del capital urbano, especialmente las finanzas y el sector inmobiliario, que los prefieren por sobre las partes del Estado más democráticamente responsables. Es a esta lucha particular a la que nos dirigimos ahora.

La relación de Mamdani con el Departamento de Policía de Nueva York estaba destinada desde siempre a ser un obstáculo central para los objetivos de su administración. Su decisión de mantener a Jessica Tisch, hija de una familia multimillonaria, como comisaria de policía fue percibida por muchos como un intento de tranquilizar a las fuerzas de la clase dominante en Nueva York y provocó críticas de gran parte de su base. Pero también puede verse como su intento de lidiar estratégicamente con algo que es, en cierta medida, una situación imposible.

Si bien los policías responden nominalmente al alcalde, la realidad es bastante más compleja. Como en muchas grandes ciudades, el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) —con sus 33.000 agentes y un presupuesto de 6.400 millones de dólares— representa una base de poder independiente, que en ciertos aspectos es más poderosa que la propia oficina del alcalde. La naturaleza inflada de los departamentos de policía urbanos, sumada al vaciamiento neoliberal del Estado civil, significa que los agentes armados del Estado están entretejidos en el funcionamiento de la sociedad de todas las maneras posibles (no solo en situaciones de alto perfil como las crisis de salud mental, donde Mamdani abogó por reemplazarlos con especialistas desarmados, sino incluso en cosas tan mundanas como asistir a automovilistas varados, administrar desfiles y completar formularios después de un robo).

Que esta no sea manera de gestionar una sociedad sana no significa que se pueda arrancar a los policías de estos procesos de golpe sin generar desorden, por lo que la policía tiene la capacidad de socavar la habitabilidad de la ciudad y, por lo tanto, la legitimidad del alcalde. Eso fue lo que ocurrió durante la alcaldía de Bill de Blasio, quien provocó una rebelión abierta de la policía —hasta el punto de que llegaron a amenazar públicamente a su hija— aun sin lograr reformarla de manera significativa, y esto debería servir como ejemplo aleccionador. Es lo que hace que su poder sea tan difícil de desafiar, ya que los llamados a desfinanciar a la policía son fáciles de presentar como una profundización de la austeridad en lugar de una redirección del gobierno hacia las necesidades humanas.

A la luz de todo esto, la identidad del comisario de policía se convierte en un asunto delicado. Se podría nombrar a Angela Davis en el cargo y todo lo que se conseguiría sería una pérdida total de cualquier posible control sobre el departamento. El mejor escenario al inicio del mandato de Mamdani probablemente era el de alguien capaz de ganarse la lealtad del departamento sin hacer demasiado para socavar activamente al alcalde.

Puede que haya habido mejores opciones que Tisch —el periodista Spencer Ackerman, por ejemplo, sugirió recurrir a las filas de los agentes de origen sudasiático, una sección de policías que en términos generales apoya a Mamdani. Pero romper el poder estructural del NYPD es un proyecto a largo plazo que no puede resolverse únicamente eligiendo al referente adecuado.

Mamdani es sin duda consciente de esta dinámica, y su propuesta de un Departamento de Seguridad Comunitaria puede entenderse como otro camino hacia el desfinanciamiento, ya que reasignaría tareas como la respuesta a crisis de salud mental a empleados civiles desarmados. Pero «desfinanciar a la policía» no fracasó simplemente porque se eligió el eslogan equivocado. Incluso aunque los policías a veces afirman estar dispuestos a desprenderse de algunas de sus funciones no esenciales —algo que Mamdani cita regularmente con efecto retórico—, es necesario aclarar que los agentes no tienen ninguna intención de que eso vaya acompañado de una reducción proporcional de su presupuesto y de su planta.

El avance en el Departamento de Seguridad Comunitaria fue lento en sus inicios. En lugar de la propuesta original de un departamento con un presupuesto de mil millones de dólares, que requeriría legislación del concejo municipal, se optó por una Oficina de Seguridad Comunitaria más pequeña que opera dentro de la oficina del alcalde. Esto no se concretó hasta marzo, incluso después del tiroteo policial de enero contra un joven que atravesaba una crisis de salud mental, precisamente la situación que Mamdani había prometido prevenir.

Si bien es imposible saber qué lo que pasó entre bastidores, la escala y el momento del lanzamiento de la oficina sugieren el delicado equilibrio de poder no solo con el concejo municipal sino también con Tisch y la cúpula del NYPD. Tisch no asistió a la conferencia de prensa de lanzamiento y fue evasiva respecto de su apoyo a la propuesta de un departamento más amplio.

También se demoró otra promesa de Mamdani: la disolución del Grupo de Respuesta Estratégica del NYPD, tristemente célebre por sus violentas respuestas a las protestas políticas. Recién el 9 de abril, al concluir sus primeros cien días en el cargo, el alcalde planteó por primera vez la posibilidad de imponerse por sobre la comisaria si ambos no pudieran llegar a un acuerdo sobre el tema. Esto sugiere, una vez más, una compleja lucha de poder que se desarrolla entre bastidores.

En tales condiciones, ¿qué nos exige la honestidad revolucionaria? En los términos más simples, podemos simplemente continuar exigiendo el cumplimiento de la plataforma original de Mamdani. Pero también podemos ir más allá, hacia una forma más abarcadora de abolicionismo que imagine el tipo de desmantelamiento amplio de las instituciones carcelarias que cobró breve prominencia tras la rebelión por el asesinato de George Floyd en 2020. Esto no debería tomar la forma de simplemente exigirle a Mamdani un programa maximalista, ya que estructuralmente es incapaz de lograrlo, aunque lo desee. Pero tampoco deberíamos hacer una virtud de la necesidad y pretender que los compromisos que deben alcanzarse con el Poder Azul son algo más que compromisos.

El alcalde, la gobernadora y los millonarios

Un segundo tema de la alcaldía de Mamdani es su relación con otros políticos y ramas del gobierno. Muchos temían que la administración Trump de extrema derecha extendiera su cadena de ataques a las grandes ciudades hacia Nueva York, ya sea denegando fondos federales o enviando una invasión de redadas de control migratorio al estilo de Los Ángeles, Chicago y Minneapolis. Esto se ha evitado en gran medida por ahora, ya sea por la aparente capacidad de Mamdani para encantar personalmente al presidente, por la derrota que sufrió el régimen en las calles de Minneapolis o por la distracción que implicaron las numerosas crisis en las que la Casa Blanca sumergió imprudentemente al país.

La atención se centró así en las relaciones de Mamdani con políticos a nivel municipal y estatal. La más significativa es la suya, y la de DSA, con la gobernadora Kathy Hochul. Hochul es una centrista pro-corporativa, que habitualmente bloquea la agenda de la izquierda en el estado. En particular, se opuso a una de las propuestas centrales del alcalde: aumentar los impuestos a los ricos para cerrar una brecha presupuestaria y preservar los servicios públicos. Y sin embargo, tras apenas un mes en el cargo, y pese a tener un rival de primarias a su izquierda (que luego se retiraría), Mamdani respaldó a Hochul para su reelección.

Estratégicamente, la movida es comprensible; Hochul tiene muchas probabilidades de ganar, y Mamdani necesita su cooperación para subirle los impuestos a los ricos y financiar su agenda. En un artículo en The Nation, defendió su decisión hablando de Hochul como «alguien dispuesta a entablar un diálogo honesto que conduzca a resultados» y del Partido Demócrata como una «gran carpa» que «canaliza el conflicto hacia el progreso». Definió a Hochul (una criatura del establishment demócrata que bloqueó el cambio progresista durante años) como alguien que «cree en la transformación». En la medida en que estas frases tengan algún contenido, ciertamente parecen disonantes. Y desde luego no son una gran muestra de honestidad revolucionaria.

También hay críticas estratégicas, por supuesto, aunque estas son difíciles de dirimir desde afuera. ¿Era necesario el aval? ¿Qué obtuvo Mamdani concretamente a cambio? ¿Puede atribuirse a esta movida el reciente y tentativo giro de la gobernadora hacia la imposición fiscal a los ricos, en la forma de un impuesto limitado sobre segundas residencias de alto valor? También estuvo la peculiaridad del momento elegido (varios meses antes de las elecciones primarias y en medio de una huelga de enfermeras que Mamdani supuestamente apoyaba y que Hochul intentaba quebrar). Pero todo esto es secundario respecto de la incompatibilidad básica entre los principios de una política socialista y la sustancia de lo que Mamdani decidió que se veía compelido a decir.

La movida de Mamdani planteó de inmediato un desafío para su base socialista, tanto en la forma de sus compañeros funcionarios electos como para la de la militancia de base de los Socialistas Democráticos de América. Y en efecto, la respuesta que mostraron es alentadora, como ejemplo de la posibilidad de mantenerse honesto incluso cuando un componente de tu proyecto político se siente estructuralmente compelido a la deshonestidad.

Inmediatamente después del aval, el senador estatal socialista Jabari Brisport emitió una declaración que, sin nombrar a Mamdani, era inconfundible en su objetivo: Hochul, dijo, era alguien «de los multimillonarios, para los multimillonarios», y «ningún político jamás tendrá suficiente poder de palanca para cambiar eso». Para subrayar su punto, declaró que «nuestro movimiento es más grande que cualquier decisión individual de cualquier persona» y avaló al rival de Hochul en las primarias, Antonio Delgado.

El DSA de Nueva York, por su parte, fue un poco más circunspecto, pero demostró independencia a su manera. Su declaración, presentada como respuesta directa al aval de Mamdani, no critica a Mamdani directamente, para disgusto de algunos miembros. Pero sí afirma que la organización «no cree que la gobernadora Kathy Hochul haya estado a la altura de este momento» y subraya que «el alcalde Mamdani fue claro en que la gobernadora debe gravar a los ricos», añadiendo que DSA «trabajará para asegurarse de que cumpla esa demanda». Aunque un tanto evasiva respecto del significado del aval en sí, esta retórica al menos establece que la organización tiene prioridades que son separables de las del alcalde y no dependen de él.

Esto posiciona a DSA como una fuerza que luchará por la plataforma sustantiva con la que Mamdani se presentó y no como un ejército al que el alcalde puede convocar para cualquier batalla que elija. Esto es importante, y de hecho la relación que revela puede ser la clave del éxito de todo el proyecto electoral socialista. Evoca el momento en que Hochul, habiendo avalado tardíamente a Mamdani antes de las elecciones, se encontró ante una multitud que durante su discurso coreaba «Impuestos a los ricos».

Los cánticos fueron algo fugaz y catártico, pero representan algo más profundo, algo que Mamdani y todos los políticos socialistas deberían celebrar. Representan la realidad autónoma de las masas en movimiento, existente antes y al margen de los líderes electos. Esa autonomía es en última instancia la fuente de fortaleza de los propios políticos. Le permite a Mamdani decirle a Hochul: «Ya ves, esto es lo que me trajo hasta aquí, y no solo que tú no puedes controlarlo, sino que yo tampoco puedo». La política de masas genuina dice la verdad y exige lo que quiere, y no está sujeta a las consideraciones estratégicas de un político dentro del Estado burgués.

Entre el adentro y el afuera

Junto a todas estas luchas mayores, ha habido por supuesto el flujo constante de cobertura mediática y charla en redes sociales, reaccionando a diversas declaraciones realizadas o posiciones adoptadas por Mamdani y quienes lo rodean. Es aquí donde la cuestión de la honestidad surge de la manera más obvia. A veces es la prensa sensacionalista intentando vincular a Mamdani con posiciones de DSA que espera que sean impopulares. Otras veces son miembros de DSA y otros izquierdistas que expresan alarma ante Mamdani por lo que perciben como concesiones excesivas a esos críticos de derecha, ya sea en su rechazo a la frase «Globalicen la intifada» o en sus ocasionales publicaciones de elogio al NYPD.

Este es también un ámbito donde la contradicción entre las necesidades del movimiento y las exigencias de gobernar puede manifestarse de la manera más directa. Quizás Mamdani no diga «Globalicen la intifada» (lo cual, de todos modos, afirma que nunca dijo), pero nosotros sí podemos decirlo. Tal vez no pueda llamar racistas a los policías ni pedir una reestructuración radical del NYPD, aunque en algún nivel pudiera estar de acuerdo. Pero nosotros sí podemos, y debemos. Dejemos las celebraciones para la oficina del alcalde; nosotros podemos seguir diciendo la verdad.

Sin embargo, los organizadores del DSA inevitablemente escudriñarán las declaraciones públicas de Mamdani, analizándolas para determinar si reflejan un compromiso político o un verdadero cambio en los objetivos políticos. En este caso, gestionar la contradicción requiere alguna forma de comunicación a través de la brecha, alguna señal medianamente confiable de qué está haciendo realmente el alcalde. Por eso vale la pena mirar más de cerca las relaciones internas entre Zohran y DSA, en lugar de simplemente contraponerlos.

Hasta ahora, presenté en buena medida a DSA y al aparato de Zohran (es decir, la oficina del alcalde y Our Time) como entidades desconectadas que operan a distancia una de la otra. Pero esto evidentemente no es así. Además de la plétora de miembros del DSA empleados en la oficina del alcalde, existen también mecanismos formales de coordinación con la organización en su conjunto, en la forma de reuniones periódicas con los copresidentes electos del capítulo neoyorkino. Esto replica el sistema de comités de Socialistas en el Cargo, que están destinados a ser mecanismos de cogobierno entre representantes de la militancia de DSA y sus legisladores estatales y locales electos.

Es aquí donde el «adentro» y el «afuera» de la legendaria estrategia adentro-afuera se encuentran. Y es también aquí donde el principio de la honestidad revolucionaria se enfrenta a las exigencias de operar dentro del Estado. Inevitablemente, el delicado trabajo de legislar o gobernar significa que los funcionarios electos no pueden ser completamente transparentes sobre todas las realidades entre bastidores de la política, ni siquiera con los propios miembros del DSA (porque la organización es, después de todo, notablemente permeable y cualquiera puede acceder a buena parte de su información simplemente ingresando los datos de su tarjeta de crédito en un sitio web). Por eso, lo mejor que los funcionarios electos pueden hacer en ocasiones es convocar, para una discusión franca, a un grupo más pequeño de líderes de confianza, quienes deben entonces ejercer su propio juicio sobre cómo iluminar a la militancia más amplia.

Para quienes temen que los funcionarios socialistas electos inevitablemente arrastren a DSA hacia la cooptación liberal, es aquí, en el encuentro metafórico y literal de los políticos con las masas, donde reside el mayor peligro. Y no es una preocupación que debamos ignorar sino una a la que debemos prestarle una atención cercana. Al mismo tiempo, si en verdad vamos a intentar el experimento del socialismo electoral estadounidense del siglo XXI, es inevitable y necesario que existan algunos mecanismos de ese tipo.

Verdad revolucionaria y consecuencias

A principios de este mes, DSA de Nueva York convocó un foro con Alexandria Ocasio-Cortez mientras que el capítulo local debatía si volver a avalarla para su elección a la Cámara de Representantes. AOC había sido un punto de conflicto en la organización durante años, y uno de los puntos especialmente sensibles pasaba por su voto para financiar el sistema de defensa antimisiles israelí Cúpula de Hierro. En el último ciclo, aunque el capítulo la avaló, la dirección nacional de DSA se dividió, lo que llevó a que no hubiera aval nacional.

Este año, parecía, podría ser un punto de quiebre. A medida que la opinión pública continúa volviéndose contra Israel, ¿cómo es sostenible tener a una funcionaria electa emitiendo votos como estos, particularmente cuando se vuelve claro que no hay ningún cálculo político real que justifique alejarse de la posición correcta? Independientemente de lo que se piense sobre los compromisos que implica la relación con AOC, DSA siguió diciendo una verdad evidente: la distinción entre armas «defensivas» y «ofensivas» carece de sentido en una situación donde Israel es el agresor contra los palestinos ocupados y los países vecinos, y los escudos antimisiles defensivos le permiten librar una guerra sin fin mientras queda protegido de las consecuencias.

En el foro, para sorpresa de muchos, AOC anunció que ahora se oponía a cualquier ayuda militar a Israel, de cualquier tipo. Si bien para algunos esto fue demasiado poco y demasiado tarde, la mayoría de las facciones del espectro de DSA se apresuraron a atribuirse el mérito y a declarar la victoria (y, en cierto sentido, todas lo merecían). Por cualquier combinación de presión entre bastidores e indignación pública, los socialistas habían continuado diciendo la verdad, y finalmente la representante Ocasio-Cortez decidió que ella también podía hacerlo. Se la responsabilizó. O construimos poder. O ambas cosas. O quizás, a medida que las ambiciones de AOC continúan evolucionando y la posición liberal más amplia se desplaza contra Israel, ninguna de las dos es verdad.

De decir la verdad a hacer las preguntas reales

Esto no pretende ser un llamado a que todas las facciones de DSA, o de la izquierda en términos más amplios, simplemente se lleven bien. Ni siquiera es realmente un llamado a abandonar los debates sobre la construcción de poder o la responsabilización de los funcionarios electos. Después de todo, si la alcaldía de Zohran representa una contradicción objetiva que actualmente no podemos trascender, entonces esa contradicción inevitablemente estará representada dentro del propio DSA. Esa es una manera de ver la importancia y la función de nuestra naturaleza de gran carpa y multitendencia.

Un llamado a la honestidad revolucionaria es un llamado a ser honestos sobre las cosas en las que coincidimos, entre nosotros y con el público. Pero hay desacuerdos e incógnitas importantes que deben debatirse, y algunos tipos de análisis más profundos y sustanciales que deberían recibir mayor énfasis. Sugeriré solo uno que incide directamente en Mamdani y en el resto de los funcionarios electos de DSA.

En última instancia, el destino del audaz y precario proyecto del socialismo electoral de DSA depende de la verdad de su premisa básica: que es posible, en la fase actual del capitalismo, construir un nuevo tipo de socialdemocracia institucionalizada que reemplace a aquella fordista quebrada que sostuvo los estados de bienestar fuertemente sindicalizados del siglo XX. Porque, independientemente del abanico declarado de ideologías dentro de la gran carpa del DSA, incluso las tendencias más revolucionarias y menos gradualistas no tendrían realmente razón de estar allí si no creyeran, en algún nivel, que el proyecto de la socialdemocracia del siglo XXI es viable al menos por un tiempo.

Si lo es, no sería un régimen que se vería exactamente como el apogeo de los estados de bienestar de posguerra. Y probablemente no sería uno que duraría indefinidamente, ni que haría una transición fluida hacia el poscapitalismo. En algún momento, habrá o bien una ruptura revolucionaria que arrebate el poder a la clase capitalista de manera definitiva, o bien la nueva socialdemocracia sufrirá el mismo destino que la antigua, derrotada por la contrarrevolución de la clase dominante.

Necesitamos un análisis serio de esa pregunta, una comprensión de las formas en que el proyecto puede ser obstaculizado y redirigido por las fuerzas del capital. Quizás necesitemos comenzar a construir nuevos tipos de instituciones que puedan apuntar más allá del Estado popular, como las asambleas populares propuestas por Bhaskar Sunkara y Gabriel Hetland. Pero mientras tanto, podemos seguir organizando, diciendo la verdad e intentando usar cualquier palanca del poder estatal que tengamos a nuestro alcaence para cumplir nuestras promesas a la clase trabajadora.

 

Peter Frase

Peter Frase forma parte del equipo editorial de Jacobin y es autor de «Four Futures: Life After Capitalism»

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