Foto de YAMIL LAGE/AFP via Getty Images
Este 20 de mayo se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de la República de Cuba de 1902 y la isla lo atraviesa bajo la amenaza más grave de las últimas décadas. Dos días antes del aniversario, el 18 de mayo, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) del Departamento del Tesoro estadounidense dictó una nueva oleada de sanciones contra la dirección política y militar del país. Las medidas implican «el bloqueo de bienes y activos bajo jurisdicción estadounidense» y prohíben toda transacción financiera con ciudadanos o entidades de ese país. La lista nominal alcanza al presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular y a los ministros de Energía, Justicia y Comunicaciones. Asimismo, las restricciones se extienden a la Dirección General de Inteligencia, el Ministerio del Interior, la Policía Nacional Revolucionaria y a varios altos mandos del Ejército. Todo este despliegue punitivo se aplica al amparo de la Orden Ejecutiva 14404, firmada por Donald Trump este primero de mayo, en la que cataloga a Cuba como una amenaza para la seguridad nacional estadounidense.
Las sanciones financieras son el correlato visible de un asedio más profundo. Desde el secuestro de Nicolás Maduro en enero, Washington bloqueó el suministro de crudo venezolano que sostenía buena parte de la generación eléctrica cubana y amenazó con represalias a cualquier país que le venda combustible a la isla. Luego Trump declaró que Cuba era «la siguiente» y deslizó la posibilidad de «tomar el control» del país, incluso insinuando que podría enviar un portaviones al Caribe. Sobre ese trasfondo apareció un informe del portal Axios que le atribuye a La Habana la compra de trescientos drones a Rusia e Irán con la intención de emplearlos contra bases estadounidenses. El propio funcionario citado por ese medio describió la versión como un posible pretexto para una intervención militar. La maquinaria de fabricación de un casus belli ya está en marcha, y la inminente acusación judicial contra Raúl Castro por el derribo de dos avionetas en 1996 forma parte del mismo libreto y de un episodio más de su política inhumana y perversa.
La aritmética del cerco se vuelve elocuente al traducirla a derechos concretos. Sesenta días de bloqueo equivalen al combustible necesario para cubrir la demanda eléctrica de todo el país durante un año. Catorce horas bastarían para comprar la insulina de cada paciente diabético de la isla. Dieciséis días financiarían el cuadro básico nacional de medicamentos. El sabotaje opera también en lo cotidiano. En el último año, cuarenta bancos extranjeros se negaron a operar con entidades cubanas y rechazaron alrededor de ciento cuarenta transferencias, mientras numerosos buques de alimentos no logran descargar en puerto cubano. La causa no es la falta de pago por parte de la isla sino el hecho de que el circuito financiero internacional, gobernado desde Washington, rechaza una y otra vez sus transferencias.
Presentar a Cuba como amenaza es la coartada para justificar un crimen internacional de agresión contra un Estado soberano. El presidente Miguel Díaz-Canel respondió a las sanciones con un recordatorio elemental: nadie en la dirección del país posee activos bajo jurisdicción estadounidense que se puedan congelar, hasta el punto de que ni siquiera hay pruebas que presentar al respecto. También reivindicó el derecho legítimo de Cuba a defenderse de una arremetida bélica y advirtió que un ataque norteamericano provocaría un baño de sangre de consecuencias incalculables para toda la región.
Ante la posibilidad de una arremetida militar en el Caribe, la izquierda internacional necesita partir de una premisa clara: Cuba tiene el derecho a organizar su defensa nacional por todos los medios a su alcance. La doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo es la respuesta de una sociedad que sabe lo que se juega frente a una intervención extranjera. La paz regional se sostiene defendiendo la Carta de las Naciones Unidas y la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, firmada por los gobiernos de la región en 2014.
El castigo sistemático a la sociedad cubana busca provocar un cambio de régimen por la vía del sufrimiento de las mayorías populares. La resistencia del pueblo demuestra una vez más la fuerza de la dignidad colectiva. Cada año, la Asamblea General de la ONU aprueba por amplia mayoría una resolución que condena el bloqueo impuesto por Estados Unidos. Las votaciones registran habitualmente más de 180 votos a favor, dejando a Washington en un aislamiento internacional casi total. Frente a las nuevas sanciones de la OFAC y ante la amenaza de invasión, la tarea de las fuerzas populares del mundo es detener la mano del agresor. Es imperativo exigir el fin inmediato de un cerco genocida que se extiende ya por más de 64 años. La independencia cubana marca la frontera donde se define la posibilidad de un futuro libre de tutela imperial.
Hoy resulta imprescindible sostener la lucha antimperialista como uno de los principios centrales del proceso revolucionario. Las fuerzas populares del planeta tienen la responsabilidad histórica de actuar con firmeza. Este año confirma una escalada de agresiones del gobierno estadounidense contra América Latina. El cerco contra Cuba funciona como el ensayo general de lo que el imperio pretende aplicar a cualquier nación que se atreva a desafiar su hegemonía. José Martí enseñó que la independencia verdadera se afirma en la soberanía de Nuestra América. Ser antimperialista hoy significa defender la dignidad de todos los pueblos. Defender a la isla es defender el derecho de una sociedad a construir su propio destino sin pedir permiso a ninguna potencia. El antimperialismo nos recuerda que la solidaridad es la ternura de los pueblos. Enfrentar los dictados del imperio constituye un deber ético elemental.
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