Durante la década de 1960, los economistas soviéticos participaron en amplios debates sobre cómo reformar el sistema económico planificado. Yakov Kronrod fue uno de los participantes clave, pero los dirigentes soviéticos no podían aceptar su visión de una economía socialista verdaderamente democrática. (Ullstein Bild vía Getty Images)
Yakov Kronrod fue una figura destacada de la escuela económica soviética de los llamados «mercantilistas» (tovarniki) y un participante central en los debates sobre la reforma económica de la década de 1960, cuando los planificadores soviéticos discutían si convenía otorgar un mayor papel a las relaciones de mercado dentro del marco de la economía planificada y nacionalizada.
Kronrod nació en 1912 y cursó sus estudios universitarios durante la década de 1930. Al concluirlos, comenzó a trabajar en los organismos estatales de planificación y estadística. Cuando Alemania invadió la URSS en junio de 1941, se alistó voluntariamente de inmediato y combatió en la batalla de Moscú, terminando la guerra en Prusia Oriental con el rango de mayor.
Tras la guerra, dirigió la sección teórica del prestigioso Instituto de Economía de la Academia de Ciencias de la URSS, cargo que ocupó hasta su degradación punitiva a finales de la década de 1960. Revisitar la vida y las ideas de Kronrod puede ofrecernos una perspectiva renovada sobre el ascenso y la caída del sistema económico soviético, el intento más ambicioso de construir una alternativa al capitalismo de estilo occidental.
Al mismo tiempo, Kronrod insistía en la primacía de la planificación bajo el socialismo y de la asignación directa y no equivalente de recursos. Era un férreo opositor del modelo yugoslavo, en el que las empresas gozaban de una autonomía casi completa y el papel del Estado se limitaba a imitar al mercado o a corregir sus fallas. Para Kronrod, el papel del plan bajo el socialismo consiste en mantener las proporciones necesarias entre los grandes sectores económicos, en correspondencia con los objetivos a largo plazo decididos por la sociedad, siendo el principal de ellos necesariamente una igualdad social en constante crecimiento.
El plan constituye así la esfera de las relaciones económicas directas y no equivalentes. La competencia opera entre empresas establecidas por el plan y cuya actividad se circunscribe a su gran sector económico; su autonomía es, por tanto, solo relativa. Se desarrolla sin secretos comerciales y dentro de los parámetros del plan nacional. Esta competencia —la esfera de las relaciones de mercado— promueve el progreso tecnológico y envía señales a los planificadores, a través de la aparición de desequilibrios locales, sobre la necesidad de corregir las proporciones económicas entre los sectores.
Kronrod argumentaba que el intento del Estado de gestionar las empresas mediante órdenes administrativas directas —en la práctica, dirigir la economía como si fuera una única y gigantesca empresa— tenía la consecuencia irónica de minar su capacidad de planificar, de establecer correctamente las proporciones necesarias entre los grandes sectores y de ajustarlas de manera continua a medida que se manifestaban los desequilibrios.
Si bien Kronrod desafiaba a los clásicos marxistas, el contenido de sus argumentos no alcanza para explicar por qué él y sus ideas fueron posteriormente reprimidos. En diciembre de 1971, una reunión del partido en el instituto de Kronrod lo condenó por «errores ideológicos de significación teórica». La reunión se celebró en presencia de un miembro del Politburó gobernante; el propio secretario del partido del instituto tuvo el valor de disentir de la decisión. Tras este golpe, fue relegado a un cargo menor y su obra se volvió impublicable.
En 1972, Kronrod redactó un brillante ensayo «para el cajón del escritorio» (publicado por primera vez en 1992) titulado «El socio-oligarquismo: el pseudosocialismo del siglo XX». Allí caracterizó el sistema soviético como «una combinación de la socialización de los principales medios de producción a escala nacional con el poder dictatorial totalitario del estrato social que controla el Estado». La combinación de ambos «transforma a este estrato dominante en un grupo privilegiado diferenciado, compuesto por oligarcas políticos y económicos».
Este sistema, escribió, era un callejón sin salida histórico, siendo el socialismo solo uno de sus posibles sucesores, en función de la correlación de fuerzas de clase. Los otros desenlaces posibles eran la restauración capitalista y un régimen tecnocrático-militarista. Aunque Kronrod reconocía los serios obstáculos para el surgimiento de una conciencia política adecuada entre los trabajadores, mantenía un optimismo fundamental respecto al futuro del socialismo.
El destino de Kronrod plantea la pregunta de por qué no solo fue tolerado sino muy respetado dentro del sistema soviético hasta finales de la década de 1960, para luego ser reprimido y silenciado. Esto, a su vez, trae la cuestión del papel de la ideología en la Unión Soviética. Cuando la URSS todavía existía, la mayoría de los «sovietólogos» académicos occidentales retrataban el sistema como una «ideocracia» (una ideología en el poder). Según este análisis, la vasta concentración de poder de la élite se explicaba por su deseo de formar al «nuevo hombre soviético» de acuerdo con esa ideología.
Tras la muerte de Stalin en 1953, la dirigencia soviética emprendió diversos intentos de reforma, que comenzaron en serio con la denuncia de los crímenes de Stalin por parte de Jruschov en el vigésimo congreso del Partido Comunista soviético en 1956. Si bien Stalin fue denunciado, el régimen burocrático que había construido quedó más o menos intacto. Eso le convenía a la mayoría de los funcionarios, que anhelaban la estabilidad, ya que su poder y sus privilegios materiales dependían de la permanencia en sus cargos. Bajo Stalin, la policía política había sido el aparato dominante, y ningún funcionario podía sentirse seguro.
El problema para los burócratas surgió, sin embargo, cuando Jruschov intentó reformar el sistema económico, que era derrochador y resistente al progreso tecnológico. Era una época en la que los abundantes y baratos recursos humanos y naturales de las décadas anteriores se estaban agotando. Si bien es cierto que las reformas de Jruschov solían estar mal concebidas, también chocaron contra el conservadurismo intrínseco de la burocracia.
Jruschov buscó formas de neutralizar esa resistencia, llegando incluso a desempolvar la olvidada idea marxista de la extinción del Estado, al transferir diversas funciones estatales menores a organizaciones civiles (que permanecían, sin embargo, bajo la supervisión del aparato del partido). Pero su gran impulso llegó en septiembre de 1961, en el vigésimo segundo congreso del partido, cuando pronunció una nueva y ampliada denuncia de los crímenes de Stalin. Esta vez, se dirigió al público en lugar de presentarse como un discurso secreto destinado únicamente a los altos funcionarios.
Aún más preocupante para los burócratas fue que el congreso adoptó cambios en los estatutos del partido que hacían obligatoria la renovación periódica de los cuadros administrativos. Esto constituía un ataque directo a las importantísimas estructuras de inamovilidad burocrática. En la mayoría de los casos, los cuadros quedarían limitados a seis años en cualquier cargo, con jubilación obligatoria a los sesenta años.
Jruschov fue destituido en una reunión del Comité Central en octubre de 1964 y reemplazado por Leonid Brézhnev, cuya crítica a Jruschov en esa reunión giró en torno a su «falta de respeto por los cuadros». Por su parte, Brézhnev prometió su respeto por los cuadros y posteriormente cumplió esa promesa. Esto selló el destino de la Unión Soviética al descartar efectivamente cualquier reforma seria durante las dos décadas siguientes. El período de gobierno de Brézhnev pasó a ser conocido oficialmente como el «período de estancamiento».
La Primavera de Praga de 1968 en Checoslovaquia, un movimiento para democratizar el Estado en el que el Partido Comunista checoslovaco participó plenamente, dio un impulso nuevo y poderoso a la reacción burocrática que ya estaba en marcha en la URSS. Los intelectuales progresistas, que habían colonizado el aparato ideológico del partido y los consejos editoriales de las publicaciones bajo Jruschov, fueron reemplazados por conservadores, y la censura se endureció. Al mismo tiempo, los anteriores intentos limitados de reforma económica fueron liquidados.
La reforma que Kronrod propugnaba les hubiera otorgado a las empresas una autonomía operativa y comercial significativa, aunque su actividad quedara restringida a su gran sector económico, tal como lo determinara el plan, y no existieran secretos comerciales. En tal sistema, las empresas serían sujetos económicos con poder para tomar decisiones de importancia económica. Esto, a su vez, habría reducido el papel económico pivotal que el aparato del partido —la facción más poderosa de la burocracia soviética— había llegado a desempeñar.
Al mismo tiempo, la autonomía relativa de las empresas y el papel que la competencia y la rentabilidad hubieran jugado en la determinación de una parte de la remuneración de los trabajadores llevaría lógicamente a estos a exigir participación en la gestión de su empresa, tanto más cuanto que el control obrero había sido siempre parte integral de la concepción marxista del socialismo. La activación y la organización independiente de los trabajadores, tal como ocurrió en Checoslovaquia en respuesta a su reforma económica, no podía haber sido una perspectiva grata para la nomenklatura.
En sus obras publicadas, Kronrod no podía haber llamado abiertamente a la democracia, ya que el régimen insistía en afirmar que ya era democrático. Negar esa afirmación era invitar a una represión segura. Pero la democracia y su supresión por parte de la burocracia eran elementos centrales en su ensayo de 1972 sobre el socio-oligarquismo.
Para Kronrod, en una sociedad socialista heredada del capitalismo, el plan tenía que ser el resultado de un proceso democrático, con la política concebida como economía concentrada. Las cuestiones económicas más importantes —como la relación entre acumulación y consumo, el equilibrio entre industria y agricultura, entre el fondo de construcción de capital y el fondo salarial, los salarios de las distintas categorías de trabajadores y mucho más— eran todas cuestiones políticas que no podían ser decididas a priori por los burócratas sino únicamente a través de un proceso político genuinamente democrático. Eso valía aún más, por supuesto, para los objetivos últimos del desarrollo socioeconómico, que para Kronrod tenían que conducir a una igualdad siempre creciente.
Rakitski ve a la escuela de pensamiento de Kronrod como un camino no tomado:
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