Viajé a Cuba en un convoy de ayuda humanitaria y pude ver de primera mano los efectos de la política estadounidense: apagones, penurias totalmente evitables y un país entero sometido a la presión de su gigantesco vecino. (Yuri Cortez / AFP vía Getty Images)
El último fin de semana de marzo viajé a Cuba en el convoy Nuestra América junto a una delegación de cubano-estadounidenses para entregar ayuda y mostrar solidaridad con nuestros hermanos cubanos, en un momento en que el bloqueo energético impulsado por Estados Unidos sumerge a la isla en una crisis cada vez más profunda. Llevamos suministros médicos esenciales al Hospital Hermanos Ameijeiras, uno de los más importantes de Cuba, donde médicos y enfermeras siguen haciendo milagros con recursos cada vez más escasos. Entregamos alimentos directamente a las familias en el Parque Maceo, donde la escasez ha hecho que incluso las necesidades básicas sean difíciles de conseguir. Y nos asociamos con activistas LGBTQ para distribuir la ayuda.
Estos momentos de conexión y cuidado son los que se quedan con uno. Pero también lo hace la realidad que los vuelve necesarios. Durante nuestro viaje, vivimos cómo la isla se sumía en la oscuridad tras un colapso de la red eléctrica. Nuestros amigos y familias se quedaron sin luz, sin refrigeración, sin ningún respiro del calor. El silencio que siguió fue impactante. Obligó a enfrentarnos a la magnitud de la crisis, que ninguna estadística ni titular puede captar por completo. Así es la escasez, en su forma vivida.
Desde afuera es fácil reducir la situación de Cuba a la política de siempre, un debate sobre ideología o gobernanza. Pero en el terreno, el panorama es mucho más humano y mucho más complejo. Hablamos con cubanos de todas las perspectivas políticas. Muchos se mostraron sinceros e incluso críticos respecto a su gobierno. Pero todas las conversaciones compartían un mismo hilo conductor: el compromiso férreo con la soberanía y la independencia. Independientemente de las diferencias políticas, existía un amplio consenso de que la crisis actual está causada en gran parte por la presión externa impuesta por Estados Unidos. Los cubanos quieren poder decidir su propio futuro sin verse estrangulados en el proceso.
Esa perspectiva suele faltar en las conversaciones en Estados Unidos. Como cubano-estadounidenses ocupamos una posición única y a veces incómoda en esta dinámica. Muchos de nosotros crecimos en comunidades donde regresar a Cuba todavía se ve como un tabú, incluso como una traición. Ese estigma, arraigado en décadas de dolor y desplazamiento, sigue marcando cómo nos relacionamos con la isla y entre nosotros.
Pero es precisamente por esa historia que este momento nos exige algo diferente. Se nos dice que la política de Estados Unidos hacia Cuba refleja la voluntad de los cubano-estadounidenses, una afirmación se repite tan a menudo que se da por hecho. Pero oculta una realidad más complicada. Hay millones de cubano-estadounidenses en este país, y no somos un bloque monolítico. Cada vez más, muchos de nosotros rechazamos la idea de que las políticas de aislamiento y presión económica hablan por nosotros. En este viaje, esa contradicción se volvió imposible de ignorar.
La crisis en Cuba no se trata simplemente de la falta de combustible, aunque eso por sí solo ya es devastador. Se trata de todo lo que sigue. Cuando el combustible escasea, el transporte se ralentiza o se detiene. Los alimentos no pueden distribuirse de manera eficiente. Los hospitales luchan por mantener sus operaciones. La basura no se recoge. Los efectos se acumulan, afectando cada aspecto de la vida cotidiana. Lo que desde lejos puede parecer una disfunción, a menudo, al observarlo más de cerca, es el resultado de limitaciones materiales.
Y, sin embargo, incluso en medio de estos desafíos, hay algo profundamente conmovedor en lo que persiste. El tejido social de Cuba sigue siendo fuerte. Existe un profundo sentido de responsabilidad colectiva, un compromiso con el cuidado que se manifiesta de maneras pequeñas pero significativas: vecinos que comparten comida, comunidades que organizan apoyo, artistas y activistas que crean espacios de alegría frente a las dificultades.
Esta es la Cuba que a menudo se pasa por alto: no una caricatura, no un tema de conversación, sino una sociedad viva y palpitante que lucha contra inmensos desafíos mientras se aferra a su humanidad. Nada de esto significa ignorar los problemas internos de Cuba. Como cualquier país, Cuba enfrenta serios problemas políticos y económicos. Esos debates pertenecen a los propios cubanos, y ya están ocurriendo.
Pero lo que con demasiada frecuencia se excluye del discurso estadounidense es el papel que desempeña la propia política estadounidense en la configuración de las condiciones bajo las cuales se desarrollan esos debates. Una política que restringe el acceso al combustible, limita las importaciones y castiga la participación económica no crea las condiciones para la apertura o la reforma. Crea escasez. Crea dificultades. Reduce el espacio en el que las personas pueden imaginar y construir alternativas.
Si el objetivo es un futuro mejor para Cuba, este enfoque no solo es ineficaz, sino contraproducente. Ya hemos vislumbrado antes otro camino. Los períodos de interacción limitada entre Estados Unidos y Cuba, por incompletos que fueran, condujeron a una mayor actividad económica, a un mayor intercambio y a una sensación de posibilidad en la isla. Esos momentos sugieren que una relación diferente no solo es posible, sino beneficiosa. Lo que falta es la voluntad política para llevarla a cabo.
Salimos de este viaje con una profunda tristeza por la situación en Cuba. Es imposible no sentirla, después de presenciar las realidades cotidianas por las que tantos están pasando. Pero también nos fuimos con un renovado sentido de propósito. Las políticas que contribuyen a esta crisis no son inevitables. Son elecciones. Y como estadounidenses —especialmente como cubano-estadounidenses— tenemos la responsabilidad de cuestionarlas. Eso comienza por decir la verdad, incluso cuando complica las narrativas familiares. Significa rechazar la idea de que la crueldad y la privación son herramientas aceptables de la política exterior. Y significa insistir en una visión de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba basada en el diálogo, el respeto y la prosperidad mutua.
Durante demasiado tiempo, las voces más fuertes que han dado forma a esta política no han representado a todo el espectro de nuestra comunidad. Eso está empezando a cambiar. Cada vez somos más los que alzamos la voz, nos organizamos y decimos claramente: no en nuestro nombre. El futuro de Cuba debe ser determinado por los cubanos. Nuestro papel no es dictar ese futuro, sino eliminar las barreras que impiden que se desarrolle según sus propios términos.
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