A pesar de la favorable constelación de una oposición en ventaja y una sociedad civil movilizada, el camino de Hungría hacia la democratización sigue siendo estrecho y traicionero. (Jakub Porzycki / NurPhoto via Getty Images)
Desde que el partido de ultraderecha Fidesz de Viktor Orbán llegó al poder con una amplia supermayoría en 2010, las instituciones democráticas de Hungría han enfrentado una presión constante. Orbán calificó su victoria como una «revolución en las urnas» y procedió a desmantelar sistemáticamente la mayoría de los controles institucionales sobre su poder personal. Adoptó una nueva constitución, puso al Tribunal Constitucional bajo control del partido, modificó el sistema electoral y rediseñó los distritos electorales para darle a su partido una ventaja significativa.
Y hubo más. Orbán utilizó su poder político para enriquecer a amigos y familiares, consolidó la mayor parte del mercado mediático en manos de personas leales, convirtió la emisora pública en un órgano de propaganda y utilizó al Estado como arma para intimidar hasta el silencio a las ONG, los académicos, los sindicatos y los restos de la prensa independiente.
Si bien las elecciones siguieron siendo técnicamente libres, estaban lejos de ser justas. La distorsión sistemática del campo de juego en favor de Fidesz produjo tres supermayorías consecutivas en las elecciones parlamentarias de 2014, 2018 y 2022. Sin embargo, las perspectivas para la votación de este domingo son muy diferentes.
En las anteriores elecciones «libres pero no justas», la única pregunta realista era si el partido gobernante en el poder mantendría su supermayoría de dos tercios. Hoy, todos los institutos de encuestas independientes reportan una cómoda ventaja para la oposición, al menos en términos porcentuales. Una encuesta reciente de la empresa independiente Medián mostró una ventaja del 20 por ciento para el partido de centroderecha Tisza (Respeto y Libertad), aunque sus contrapartes alineadas con el gobierno continúan reportando que el partido de Orbán sigue encabezando.
El principal candidato opositor, el centroderechista Péter Magyar, también parece ser el favorito de las casas de apuestas. Probablemente no sea una coincidencia que las autoridades húngaras hayan prohibido al mercado de predicciones Polymarket por «facilitar juegos de azar ilegales» justo cuando comenzaba la campaña. Otro indicio de la genuina imprevisibilidad de estas elecciones es que las acciones cotizadas en bolsa de empresas afiliadas a Orbán mostraron una tendencia consistentemente bajista en las últimas semanas de la campaña.
Para empeorar las posibilidades de Orbán, una serie de escándalos sacudió a Hungría antes de la votación. En diciembre, un video filtrado reveló casos graves de abuso en hogares infantiles administrados por el Estado. En febrero, el público se enteró de cómo el gobierno permitió que Samsung expusiera a los trabajadores a productos químicos tóxicos en una planta de fabricación de baterías. Según se informó, a algunos trabajadores se les pidió que tomaran turnos rotativos dentro de las zonas más contaminadas, una práctica que recuerda a los trabajos de reparación en la zona de exclusión de Chernóbil. En marzo, un detective de la Oficina Nacional de Investigación reveló un plan del servicio secreto del país para infiltrarse en el partido Tisza y sabotearlo mediante intimidación, chantaje y sobornos.
A pesar de los escándalos y de sus propios sondeos favorables, los opositores de Orbán aún enfrentan un período desafiante por delante. Debido a la manipulación sistemática de los distritos electorales, Fidesz podría asegurarse una mayoría parlamentaria incluso si la mayoría de los votantes emite su voto por la oposición. Los oficialistas también pueden contar con una red neofeudal de élites locales acostumbradas a sobornar o coaccionar a algunas comunidades rurales de bajos ingresos para que voten por Fidesz. Si bien el resultado sigue siendo muy incierto, esa incertidumbre en sí misma hace que esta sea una contienda sin precedentes en la historia húngara reciente.
Pocos meses después, el flamante partido de este miembro de Fidesz hasta entonces poco conocido obtuvo casi el 30 por ciento de los votos en las elecciones europeas de 2024 y contribuyó al colapso casi total de la fracturada oposición liberal de izquierda. Magyar se posicionó en la centroderecha, adoptó una postura más pro-Unión Europea y pro-OTAN en política exterior, y en el Parlamento Europeo se incorporó al Partido Popular Europeo (integrado por partidos como los democristianos alemanes).
El partido Tisza le promete algo a cada bloque electoral: recortes de impuestos para los contribuyentes de bajos ingresos, un aumento de las pensiones, el mantenimiento de los populares incentivos fiscales de Orbán para las familias junto con transferencias en efectivo más elevadas, y también disciplina fiscal y la evitación de grandes déficits. Estas políticas dejarían a los húngaros de clase trabajadora en mejor situación que el statu quo pero, dado que el aumento del impuesto sobre la renta de los contribuyentes de altos ingresos no figura en la agenda, también dejarían en buena medida inalterado el famoso sistema impositivo regresivo impuesto por Orbán.
El manifiesto electoral de Tisza promete a la vez recortes de impuestos, mayores transferencias y mejores servicios públicos, al tiempo que sugiere que las medidas anticorrupción, un impuesto a la riqueza sobre el 0,2 por ciento más rico de los hogares, la confiscación de la riqueza ilícita de los oligarcas y el acceso a los fondos de la UE (actualmente congelados por violaciones del Estado de derecho) harán que estas políticas sean fiscalmente sostenibles. Magyar afirma trascender las divisiones tradicionales mediante consignas populistas como: «No hay izquierda ni derecha, solo húngaros». Si el marxista húngaro G. M. Tamás aún estuviera entre nosotros, probablemente repetiría su cita favorita de Alain: «Quienes no pueden decidir si son de izquierda o de derecha, son de derecha».
El ascenso de Magyar coincidió con —y contribuyó a— el declive fatal de varias formaciones liberal-izquierdistas. Varios partidos más pequeños, como el Partido Socialista Húngaro, el Movimiento Momentum (de orientación neoliberal), el otrora ultraderechista Jobbik, el Partido Verde y el partido Diálogo-Los Verdes, del alcalde de Budapest Gergely Karácsony, anunciaron que no participarán en las elecciones de este año para aumentar las posibilidades de Tisza de ponerle fin al largo mandato de Orbán. Si bien la mayoría de los izquierdistas y liberales tienen algunas reservas sobre Tisza, la mayor parte de los formadores de opinión liberales del establishment tiende a reconocer que esta no es una elección democrática normal y que Magyar podría ser la única oportunidad de frenar una mayor autocratización.
La promesa de Magyar de restaurar los estándares democráticos básicos parece ser suficiente para aglutinar a los liberales desesperados detrás de él, mientras que su retórica nacionalista le permite ganar apoyo entre los votantes socialmente conservadores del bastión rural de Fidesz. Los dos pequeños partidos que se ubican a la izquierda de Magyar y que aún se presentan a las elecciones son la Coalición Democrática, fundada por el ex primer ministro Ferenc Gyurcsány —cuyas impopulares políticas de austeridad contribuyeron directamente a la primera supermayoría de Orbán— y el satírico Partido del Perro de Dos Colas.
Ambos partidos se encuentran actualmente por debajo del umbral del 5 por ciento necesario para entrar en el parlamento. Si se puede confiar en las encuestas, el único partido además de Fidesz y Tisza que podría superar ese obstáculo es el Movimiento Nuestra Patria, en el extremo lunático de la derecha, que aglutina una ecléctica mezcla de conspiracionistas antivacunas y fascistas sin complejos.
En muchos aspectos, el secreto del éxito de Magyar reside en hacerle «probar su propia medicina» a Orbán al impulsar un nuevo estilo de populismo adaptado a la era de TikTok. Orador carismático, evoca con frecuencia las luchas heroicas de las revoluciones húngaras de 1848 y 1956, mientras enfrenta a los «húngaros de a pie» contra la élite cleptócrata de Orbán.
En un principio, Magyar publicaba videos cortos de sí mismo en entornos cotidianos: en la cocina, en el gimnasio o en la peluquería. Sin embargo, a medida que se acercaba la campaña electoral, su contenido viró hacia una imagen más propia de un estadista.
Mientras Orbán se acerca a otros líderes iliberales de la región, como el primer ministro eslovaco Robert Fico, Magyar presenta esto como una traición a las minorías de habla húngara en los países vecinos, presentándose a sí mismo como un nacionalista más creíble que Orbán. En materia de inmigración, Tisza promete mantener políticas restrictivas —incluida la valla de alambre de púas a lo largo de la frontera sur de Hungría— pero critica al gobierno por permitir que las empresas multinacionales contraten trabajadores extracomunitarios con visas temporales.
Sin embargo, el efecto de estos anuncios fue el opuesto al que pretendía el gobierno. En lugar de aterrorizar a los actores de la sociedad civil para someterlos, el espectro de una deriva hacia una autocracia abierta similar a la de un país como Bielorrusia los reanimó. La movilización posterior obligó al gobierno a reconsiderar su prometida «limpieza de primavera».
Para mayor vergüenza del gobierno, la Marcha del Orgullo de Budapest no solo se celebró a pesar de la prohibición oficial y las amenazas, sino que se convirtió en una de las mayores concentraciones públicas de la historia húngara reciente.
Si bien la prohibición de la Marcha del Orgullo probablemente tenía como objetivo presionar a Magyar para que tomara posición sobre un tema divisivo, él se mantuvo al margen de la polémica, permitiendo que el alcalde verde Karácsony tomara la iniciativa para hacer que la prohibición de Orbán resultara inaplicable.
La importancia de esta masiva concurrencia va mucho más allá de una muestra de solidaridad con la comunidad LGBTQ+ de Hungría. Los líderes autoritarios tienen poderosos incentivos para aferrarse al poder por todos los medios disponibles, especialmente en una cleptocracia como la de Hungría, donde perder el control del sistema judicial podría exponer a las élites corruptas a toda una serie de procesos penales. En este contexto, la marcha también fue una señal de que cualquier intento de subvertir las elecciones sería una apuesta arriesgada, que quizás no valdría la pena correr, especialmente para quienes tienen fondos sustanciales en cuentas bancarias en el extranjero.
Magyar advirtió recientemente al público que podrían usarse contra él tácticas de kompromat (material comprometedor) al estilo ruso. Sospecha que alguien lo filmó en secreto en una situación íntima. En el actual clima geopolítico, las tácticas del miedo sobre la escalada bélica también podrían asustar a los votantes y llevarlos a apoyar al actual gobierno. Fidesz publicó recientemente un video generado por inteligencia artificial que muestra la ejecución pública de prisioneros de guerra, insinuando que Hungría podría unirse a la guerra en Ucrania si los votantes llevan un nuevo gobierno al poder.
El domingo de Pascua, una semana antes de la votación, las autoridades serbias supuestamente descubrieron un plan para volar un gasoducto crítico para el suministro energético de Hungría. Tanto Magyar como un exoficial de contrainteligencia sugirieron que la amenaza de seguridad, de oportuno momento, podría ser una operación de falsa bandera diseñada para darle a Orbán un impulso final.
Aunque en gran medida aislado dentro de la UE, Orbán todavía cuenta con poderosos aliados en el exterior, desde Moscú hasta Washington, DC. La edición de este año de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) celebrada en Hungría tuvo el aspecto de un «quién es quién» de la internacional ultraderechista, con asistentes como Javier Milei, Alice Weidel, Eduardo Bolsonaro y Geert Wilders. Donald Trump le aseguró a Orbán su «respaldo total y completo»; Benjamin Netanyahu le agradeció por «defender a la civilización occidental contra esta marea de musulmanes radicales y fanáticos». Incluso J. D. Vance visitó Hungría apenas cinco días antes de las elecciones para respaldar a Orbán, al tiempo que advertía sobre una posible interferencia de «Bruselas», una narrativa que podría usarse para socavar la legitimidad de los resultados en caso de que Fidesz pierda.
De manera quizás aún más preocupante, informes del Financial Times y del Washington Post sugieren que actualmente hay operaciones encubiertas rusas en curso en Hungría para ayudar al aliado más importante de Vladimir Putin en la UE a mantenerse en el poder, incluyendo, según se afirma, una propuesta para escenificar un falso intento de asesinato.
Incluso en el caso de un cambio de gobierno, la democratización dista mucho de estar garantizada. Revertir la mayoría de los cambios antidemocráticos introducidos por Orbán probablemente requeriría una supermayoría parlamentaria. Un nuevo gobierno también tendría que gobernar junto a miles de leales a Fidesz profundamente arraigados en las instituciones de todos los niveles del Estado administrativo.
Algunas encuestas sugieren que una supermayoría de Tisza no está fuera del ámbito de lo posible. Tal resultado le permitiría al nuevo gobierno promulgar las reformas institucionales necesarias para restaurar el Estado de derecho, como restablecer la independencia de los tribunales superiores, remover a los funcionarios de designación política del sistema judicial que actualmente garantizan la impunidad de los actores corruptos, y adherirse a la fiscalía europea. Sin embargo, también podría tentar a Magyar a apoderarse de la mismísima maquinaria del poder que Orbán construyó y erigirse como el próximo hombre fuerte autoritario de Hungría.
En este clima de incertidumbre, las organizaciones de la sociedad civil que detuvieron el deslizamiento de Hungría hacia la «bielorrusización» en 2026 deben permanecer vigilantes. Tendrán que prevenir posibles intentos de manipulación electoral, pero también presionar a un gobierno de Magyar para que implemente las reformas que los votantes le han encomendado.
La posible partida de Orbán no será una victoria para la izquierda. No obstante, sería un golpe serio para la ultraderecha global y podría ofrecer una esperanza muy necesaria para los ciudadanos de las democracias en apuros a nivel mundial.
Tras una ruidosa protesta frente a un evento inmobiliario en la Sinagoga Park East, el…
Las ciencias de la vida y de la Tierra no son un «añadido» al marxismo,…
La historiografía de la Revolución Francesa suele poner el acento en la retórica sanguinaria de…
Contra la clausura del porvenir impuesta por las derechas, la tarea de la izquierda es…
El Partido Laborista podría haber defendido un sistema de inmigración humano que tratara a los…
Tras el fracaso de las revoluciones árabes, la élite egipcia se propuso impedir futuras resistencias.…