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Los niveles crecientes de desigualdad son el problema político y económico definitorio de nuestro tiempo. La clase media y trabajadora estadounidense, que hace una generación podía comprar una casa y ahorrar para la universidad de sus hijos, hoy pelea para llegar a fin de mes. Donald Trump le debe en parte su ascenso al poder al diagnóstico equivocado de este malestar. El actual presidente sostiene, desde los años ochenta y de manera consistente, que los déficit comerciales están en la raíz de los problemas de Estados Unidos. En su visión, el principal culpable es China y la solución son los aranceles.
Hay mucho que cuestionar en el relato de Trump. El economista Michael Pettis sostiene que lo que de verdad distorsiona la economía estadounidense es la desigualdad global, por lo que es necesario tomar medidas para corregir los desequilibrios que produce. Países mercantilistas como Alemania, Japón y China, que buscan aumentar su riqueza incrementando sus exportaciones, consumen de manera persistente mucho menos de lo que producen y manejan el excedente exportando bienes y ahorro, principalmente a Estados Unidos. La negativa de las élites nacionales alrededor del mundo a enfrentar el aumento de la desigualdad encareció los costos para los estadounidenses promedio y socavó la producción industrial en Estados Unidos.
Hace más de dos décadas que Pettis viene advirtiendo sobre la insostenibilidad de estos desequilibrios globales. Es autor de varios libros sobre la crisis de las finanzas y el comercio global, incluyendo The Volatility Machine, The Great Rebalancing y, más recientemente, Trade Wars Are Class Wars, que coescribió con Matthew Klein. Las sociedades occidentales parecen haber llegado hoy a un punto de inflexión. No está claro si alguna vez volveremos a la era de libre comercio posterior a los años noventa.
Tu trabajo sobre comercio ganó atención recientemente en ámbitos políticos de los Estados Unidos. Junto con tu coautor Matthew Klein, ubican los orígenes de la guerra comercial actual en los modelos de crecimiento de grandes economías orientadas a la exportación, como Alemania, Taiwán, Japón y, en particular, China. Los grandes y persistentes desequilibrios del comercio y las finanzas globales se originan en «distorsiones institucionales» en esos países. Toman la forma de regímenes de bienestar débiles y crecimiento salarial reprimido, que desplazan ingresos hacia entidades con alta propensión al ahorro —como empresas y hogares ricos— a costa de los trabajadores. En otras palabras: la alta desigualdad genera un exceso de ahorro en un sector y menor consumo en otro.
En países como China, esto es resultado de una política industrial concertada: ese «exceso» de ahorro puede canalizarse hacia la inversión y los bienes pueden exportarse de manera competitiva. Y China es, sin dudas, el ejemplo más espectacular de desarrollo económico impulsado por inversión y exportaciones netas. Pero en una economía globalizada, estas distorsiones domésticas se transmiten a través de las cuentas comercial y de capital, dado que, a escala global, el ahorro y la inversión tienen que equilibrar el «exceso» tanto de producción como de ahorro.
Estados Unidos, con su gran mercado de capitales y de consumo, cumple un rol singular no solo como socio comercial sino como destino de primera elección para esos «excesos de ahorro». ¿Cómo distorsionan esos flujos de capital la economía estadounidense y cómo influyen en la política comercial actual?
Mucho de este marco proviene de John Maynard Keynes y, especialmente, de una de sus discípulas, Joan Robinson. Lamentablemente, como Robinson escribió un libro sobre economía marxista, muchos economistas mainstream no la consideran. Pero su gran fortaleza era que entendía realmente las identidades contables y era increíblemente lógica. Lo que escribió Robinson no se aplica necesariamente a todas las economías, sino a aquellas que no sufren restricciones de ahorro. En otras palabras, escribía sobre economías avanzadas.
Según Robinson, los superávits comerciales persistentes son en gran medida el resultado de lo que ella llamaba la política de «empobrecer al vecino». Y lo que quería decir con eso es que en un sistema que funciona bien, si el propósito del desarrollo económico es maximizar el bienestar doméstico, entonces el propósito de las exportaciones es maximizar el valor de las importaciones. Sostenía que las economías que intentan crecer muy rápido pueden «salirse» o aprovecharse del sistema.
Esto conduce a una paradoja, que lleva el nombre del contemporáneo de Robinson, Michał Kalecki. La paradoja de Kalecki describe cómo tiene sentido que una empresa individual reprima salarios y aumente así sus ganancias, pero no tiene sentido colectivamente. Porque si todas las empresas reprimen salarios, en lugar de volverse más rentables, se vuelven colectivamente menos rentables, ya que en economías avanzadas es la demanda la que impulsa la inversión.
Esto es lo que se llama una «falacia de composición»: la idea de que lo que beneficia o aplica a un individuo, sector o país necesariamente beneficiará o aplicará a toda la economía.
Exacto. Podés extender esto a la economía global: globalmente, todos estamos mejor si los salarios suben rápido, porque unos salarios que aumentan rápidamente significan una demanda que aumenta rápidamente, y las empresas responden a esa demanda creciente invirtiendo en aumentar su capacidad. Y como los salarios suben, invierten en tecnología que mejora la productividad. No es casual que en el siglo XIX la mayoría de las innovaciones estadounidenses apuntaran a mejorar la productividad: los salarios en Estados Unidos eran, en ese momento, los más altos del mundo. Si mirás la innovación tecnológica británica del siglo XVIII, gran parte se organizaba en torno al aumento de insumos energéticos, como la máquina de vapor.
La paradoja de Kalecki aplicada a la economía global es que cuando los salarios globales suben, los países crecen mucho más rápido porque las empresas invierten en formas de expansión productiva para responder a una demanda muy alta. Pero si países individuales tratan de competir por costos reprimiendo salarios, ganan una porción mayor de la demanda global, pero a costa de la productividad de largo plazo y, por lo tanto, del crecimiento de largo plazo.
Para aclarar: cuando decís «que mejora la productividad», básicamente querés decir inversión para ahorrar trabajo como respuesta al aumento de los salarios.
Exactamente. La paradoja es que si, en cambio, reprimís los salarios domésticos y usás tus ganancias para subsidiar, por ejemplo, la manufactura, vas a crecer más rápido. El problema es que tu producción crecerá más rápido que tu demanda. Y como en un sistema cerrado no podés producir de manera sostenible más de lo que demandás, terminás con un superávit comercial. En algún momento tenés que recortar la producción y permitir que suba el desempleo. Pero en un sistema abierto como la economía global, podés mantener un superávit comercial.
Robinson afirmaba que eso era algo malo, pero no necesariamente es cierto. Podés exportar tu exceso de ahorro a países en desarrollo que pueden usarlo para aumentar la inversión doméstica. Como tienen altas necesidades de inversión y ahorros domésticos insuficientes, la reducción de tu consumo doméstico se compensa con un aumento de la inversión en otro lado. Y el mundo sigue funcionando: la demanda continúa creciendo, y las empresas tienen que responder a esa demanda creciente ampliando la producción y la productividad.
El problema surge cuando exportás el desequilibrio del ahorro a economías avanzadas que no sufren restricciones de ahorro. En otras palabras, si exportás tu exceso de ahorro a Inglaterra, Canadá o Estados Unidos —que juntos absorben dos tercios o tres cuartos del total del ahorro excedente exportado— tu desequilibrio doméstico es absorbido por países que no tienen restricciones de ahorro. En ese caso, la inversión no sube.
Si el ahorro sube en, digamos, Alemania, eso es en relación con la inversión alemana. Si España fuera un país en desarrollo cuya inversión estuviera limitada por la falta de ahorro doméstico, entonces, impulsada por los flujos de capital alemán, la inversión española podría aumentar, y el mundo estaría mejor: más inversión en un país que la necesita y crecimiento como resultado. Pero si España no enfrenta restricciones de ahorro, la inversión no va a subir. Y como todo tiene que equilibrarse, algo tiene que ocurrir para que el aumento del ahorro alemán se compense con una disminución del ahorro en España. Entonces algo tiene que ajustarse, y hay varias formas.
Robinson sostiene que el ajuste del ahorro español se daría por medio de un aumento del desempleo. Cuando aumentás tu manufactura reprimiendo salarios, el aumento del ingreso por exportaciones no vuelve a los trabajadores en forma de ingresos más altos, así que el consumo no sube y las importaciones no suben. Alemania, entonces, mantiene un superávit comercial persistente con España. [En un sistema comercial ideal que no permitiera crecimiento exportador del tipo «empobrecer al vecino», los desequilibrios tenderían a equilibrarse si un aumento en los ingresos por exportaciones alemanes se tradujera en un aumento en el consumo doméstico hasta que creciera la demanda de bienes y servicios españoles.]
Robinson escribía en la época del patrón oro, cuando el crecimiento del crédito estaba limitado. Pero vivimos en un mundo distinto, donde podés expandir el crédito. Entonces España tiene una alternativa al aumento del desempleo: un aumento del endeudamiento vía déficit fiscal. Eso elevaría la demanda doméstica en España. Ahora no hay un aumento del desempleo, pero sí un aumento de la deuda española. Además, el aumento de la demanda causado por la deuda se desvía del sector de bienes comerciables hacia el sector servicios, provocando inflación y un alza de los precios de los activos.
Este es el problema básico: si Alemania mantiene un superávit exportador producto de distorsiones en la distribución doméstica del ingreso y exporta el ahorro excedente a España, y si España no usa ese ahorro excedente en inversión porque no tiene una restricción de ahorro, entonces España debe responder con un aumento del desempleo o con un aumento de la deuda.
Esto es prácticamente lo que ocurrió. Después de las reformas laborales alemanas de principios de los 2000, Alemania pasó a ser un país superavitario. Ese dinero fluyó hacia España, el crédito al consumo se expandió muy rápido y España pasó de superávit fiscal a déficit. Una vez que la deuda española dejó de poder crecer tras la crisis de 2008, España todavía tenía que ajustarse. Entonces el ajuste adoptó la forma de un aumento del desempleo.
Lo mismo vale para Corea del Sur o Japón: si implementan políticas que generan superávits persistentes, específicamente superávits impulsados por la represión salarial doméstica, y si luego invierten esas ganancias en Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido, entonces lo que deberíamos ver es que esos países mantienen déficits persistentes respaldados ya sea por aumento del desempleo o —mucho más probablemente— por aumento de la deuda de los hogares o por déficit fiscales. Esto es exactamente lo que pasó.
¿Es justo decir que la estructura de la unión monetaria europea impidió que España se ajustara de otra manera?
Sí. Las reglas de la eurozona lo hicieron difícil. Antes del euro, España podría haberse ajustado devaluando su moneda o modificando las tasas de interés domésticas. Había muchas cosas que España podía hacer, pero con el euro ya no podía. Y la lección importante no es que el euro sea malo. La lección es que si tu economía es abierta y creás una distorsión en tus cuentas internas, se creará un desequilibrio externo. Y si la mía también es una economía abierta, tu desequilibrio externo se convierte en mi desequilibrio externo, lo que significa que mi economía interna debe moverse para acomodar ese desequilibrio.
Por ejemplo, si mi país aplica una política industrial para aumentar la participación de la manufactura en su economía, entonces, te guste o no, mi política industrial se convierte en la inversa de tu política industrial. Vos tenés que reducir la participación manufacturera de tu economía y desplazarte de bienes comerciables a bienes no comerciables, sea o no esa tu política.
Este argumento tiene origen tanto en Joan Robinson como en John Maynard Keynes. Pero más recientemente, Dani Rodrik hizo un planteo similar. Señala que en un mundo hiper-globalizado, donde los costos friccionales del comercio y del capital son muy bajos, cada país tiene que elegir entre más control de la economía doméstica o más integración global. Entonces, si vos y yo elegimos integración global por encima de la soberanía económica, podemos tener cierto equilibrio. Pero si vos elegís integración global y yo elijo soberanía económica, entonces yo controlo tanto mis desequilibrios internos como los tuyos.
Esa es la dimensión de «empobrecer al vecino». Pero ¿siempre tiene que ser un juego de suma cero? Estoy pensando en los beneficios que la industrialización de China significó para el mundo en desarrollo, o la expansión industrial de Alemania para Europa Central y del Este.
Puede ser algo bueno o algo malo. Si yo te impongo mis desequilibrios internos y vos sos un país en desarrollo, eso puede ser bueno para los dos. Pero si no sos un país en desarrollo, entonces tu política industrial es la imagen invertida de la mía. Y presumiblemente mi política industrial está diseñada para beneficiarme a mí, así que puede que no te beneficie.
Ahora que tenemos los contornos generales del argumento, enfoquémonos en el comercio sino-estadounidense. Quiero llamar la atención sobre algunas de las premisas empíricas de tu argumento. Asumís un sesgo de subconsumo en la economía china. Un artículo reciente del economista Oliver Kim, basado en investigaciones previas, planteó que ese subconsumo podría estar sobreestimado, tanto por sobreestimar el PBI como por subevaluar el consumo de varias maneras.
En ese relato, China aparece como una sociedad relativamente rica en consumo. ¿Creés que existe la posibilidad de que el subconsumo no sea tan drástico como pensabas, y que aún así tu tesis se sostiene?
Creo que es muy probable, de hecho. Es lo que vimos en Japón en los años ochenta y noventa, en Brasil en los sesenta y setenta, y en la Unión Soviética. Es decir: si el consumo doméstico es mucho más alto de lo que pensamos, hay un rompecabezas. Y solo hay tres maneras de resolverlo: la inversión es mucho más baja de lo que creemos; el PBI es mucho más alto de lo que creemos; o el país en realidad no tiene un superávit comercial sino un déficit. Si creés cualquiera de esas cosas, entonces podés argumentar que el consumo como porcentaje del PBI es mucho más alto.
Pero el problema es este: ¿qué entendemos por PBI? Si la inversión china fuera productiva, entonces la medición de PBI sería correcta. Pero como preguntó hace un mes o dos Martin Wolf del Financial Times: ¿cómo es posible que un país invierta el equivalente al 43 % de su PBI y crezca solo 5 %?
Veamos Malasia. En el pico de su crecimiento, cuando crecía mucho más rápido de lo que crece China hoy, la inversión era del 33 % del PBI. Y eso tiene sentido: si mirás países que crecen muy rápido con inversión productiva alta, la inversión suele estar entre el 30 y el 34 % del PBI en promedio. El promedio global es 25–26 %.
La única manera de conciliar una inversión muy alta con un crecimiento relativamente bajo en China es asumir que gran parte de la inversión no es productiva. En la práctica, esto significa que la inversión no es rentable. Cien hace más de dos décadas. de ahorro se invierten, pero crean algo que vale, digamos, ochenta renminbi.
Hay muchas razones para asumir que eso viene ocurriendo. Es imposible que la deuda aumente más rápido que el PBI, porque el aumento de la deuda debería estar acompañado —o superado— por el crecimiento económico. Ese fue el caso en China antes de 2007, donde la deuda crecía rápido, pero el ratio deuda/PBI se mantenía estable. Recién después se vio una aceleración de la deuda y una desaceleración del PBI.
Esto no puede ocurrir si estás invirtiendo de manera productiva. En una economía capitalista, la inversión improductiva lleva a la insolvencia. Es lo que el economista János Kornai llamó «restricción presupuestaria dura». Pero en una economía con «restricciones presupuestarias blandas», no necesitás reconocer las pérdidas de inversión. Podés, de hecho, fingir que la inversión es productiva. En otras palabras: tomás cien renminbi de recursos, los convertís en un proyecto que solo crea ochenta renminbi de valor, pero lo mantenés en tus libros como si valiera cien. Esto cambia el cálculo del PBI, porque normalmente, cuando asumís una pérdida, eso reduce el PBI total. Y si no reconocés la pérdida y la capitalizás, vas a terminar con un PBI más alto que en una economía con restricción dura. Las restricciones duras imponen disciplina porque, con el tiempo, la inversión improductiva se vuelve quiebra que, en efecto, corrige el «PBI falso».
Si el crecimiento real del PBI en China es mucho menor que el reportado, no es porque estén mintiendo. Están calculando el PBI igual que el resto del mundo. Pero ese proceso no distingue entre inversiones buenas y malas. Imaginemos dos Chinas idénticas en todo excepto en esto: en la primera, invertís de manera improductiva pero lo sabés y de inmediato reconocés la pérdida. En la segunda, no lo sabés. Esas dos Chinas idénticas van a reportar números de crecimiento muy distintos.
Ahora podrías decir: bueno, ese es un problema chino. ¿Por qué debería importarle al resto del mundo? Debería importarle por el impacto en la cuenta comercial de China, especialmente después del estallido de la burbuja inmobiliaria. El sector inmobiliario es una de las tres grandes áreas de inversión en la mayoría de las economías. Y el crecimiento del PBI es igual al crecimiento de la inversión más el crecimiento del consumo más el crecimiento del superávit comercial o las exportaciones netas.
Si la inversión inmobiliaria cae muy rápido —como ocurrió en China— entonces o bien la inversión total debe caer, o bien tenés que hacer algo para evitar que la inversión total caiga. Pero si permitís que la inversión total caiga, entonces la tasa de crecimiento del PBI tiene que caer a menos que consigas un crecimiento explosivo de tu superávit comercial o un crecimiento mucho más rápido del consumo. ¿Qué eligió China? Eligió externalizar el costo del derrumbe del sector inmobiliario recurriendo nuevamente a las exportaciones netas de manufacturas. Dólar por dólar, la caída de la inversión inmobiliaria fue compensada por un aumento de la inversión manufacturera.
Pero China ya tenía sobreinversión en manufactura y ya producía más de lo que podía absorber internamente. Entonces, aquellos socios comerciales que no controlan su comercio y su cuenta de capital vieron una contracción en su manufactura, porque la manufactura total tiene que igualar la demanda global.
Recapitulemos. Vivimos en una economía abierta hiper-globalizada donde persisten el comercio de «empobrecer al vecino» y los desequilibrios, y donde algunos países enfrentan restricciones de ahorro y otros no. En el centro está la lucha de China por reequilibrarse después del agotamiento de su modelo de crecimiento.
Empezamos hablando del impacto sobre Estados Unidos. Un elemento importante son los flujos de capital provenientes de países superavitarios. Estados Unidos atrae esos flujos debido al tamaño de su sector financiero y al rol del dólar como moneda de reserva global. Esto infla el valor de los bienes no comerciables en Estados Unidos y fortalece el dólar más allá de lo que indican los fundamentos económicos. ¿Quién se beneficia con este arreglo?
Un dólar fuerte, así como una libra esterlina fuerte, no es algo necesariamente malo para Estados Unidos o para el Reino Unido. Es malo para trabajadores, agricultores y empresas de Estados Unidos y del Reino Unido. Pero es buenísimo para Wall Street, la City de Londres, los dueños de capital móvil y las empresas lo suficientemente grandes como para mudar la producción a otro lado.
Como decías, si consumís mucho más de lo que producís, tarde o temprano algo tiene que ceder. Eso puede ser por la vía de un aumento del desempleo o, como ocurrió en Estados Unidos, de déficits fiscales muy altos y persistentes. En tus escritos parecés atribuir los desequilibrios de la mayoría de los otros países a decisiones de política, mientras que en el caso de Estados Unidos tendés a tratarlos como excepcionales. O sea, pareciera que atribuís los déficits fiscales y el aumento de la deuda estadounidense sobre todo a los correspondientes déficits comerciales impulsados por los flujos de capital impuestos desde afuera. La implicancia es que hay poca capacidad de acción a nivel doméstico. Pero ¿no son los grandes déficits fiscales de Estados Unidos principalmente una expresión de decisiones regresivas, como recortes impositivos muy agresivos para las clases medias?
Yo nunca dije eso. No es cierto que la deuda estadounidense no tenga nada que ver con las condiciones domésticas. La razón más importante del aumento de la deuda estadounidense fue articulada en una serie de trabajos de los economistas Atif Mian, Ludwig Straub y Amir Sufi: la desigualdad de ingresos y «el exceso de ahorro de los ricos». Si la desigualdad aumenta, el consumo baja. Porque las personas ricas consumen una proporción mucho menor de sus ingresos. Si le sacás 100 dólares a un trabajador y se los das a un multimillonario, probablemente el consumo del trabajador baje unos 95 dólares, pero el del multimillonario no va a aumentar en absoluto. Así que la desigualdad incrementa no la tasa de ahorro nacional sino el ahorro de los ricos.
Ahora bien, ¿cómo afecta esto a Estados Unidos? Si se tratara de un país en desarrollo del siglo XIX, tener muchos ricos sería muy bueno para la inversión, porque habría enormes necesidades de inversión y de ahorro de los ricos. Eso es lo que hacen. Esa es su función en la economía. Pero las empresas estadounidenses se abstienen de invertir, no porque no puedan acceder al ahorro o no puedan financiarse. Hubo un momento en el que había tasas de interés cero en Estados Unidos, y aun así no aumentaba la inversión. La razón por la que no invierten es porque construir, digamos, una planta automotriz en Estados Unidos no tiene sentido si simplemente no puede competir con automóviles subsidiados en el exterior. Entonces, si aumentó el ahorro de los ricos pero la inversión estadounidense no lo hizo, quiere decir que el ahorro en algún otro sector tuvo que caer.
Una manera en que esto ocurrió fue que los estadounidenses dejaron de comprar autos fabricados en Estados Unidos y pasaron a comprar autos alemanes, y las automotrices estadounidenses despidieron trabajadores. Y los trabajadores desempleados tienen una tasa de ahorro negativa. Así que el ahorro de los ricos se corresponde con el «desahorro» de la gente común a través del aumento del desempleo. Si no queremos que el desempleo aumente, podemos aflojar las condiciones monetarias, incentivar un aumento de la deuda de los hogares o expandir el déficit fiscal.
Y esto, atención, es exactamente de lo que hablaba Joan Robinson. Ella decía que, si no estás restringido por el ahorro y si el ahorro externo fluye hacia tu país, el desempleo sube. O, en nuestra economía actual, suben el déficit fiscal o la deuda de los hogares. La evidencia muestra un aumento de la deuda de los estadounidenses comunes. Por eso diría que el déficit comercial estadounidense agrava un problema que probablemente esté impulsado principalmente por el aumento de la desigualdad de ingresos, en el cual la única manera de mantener la economía creciendo y evitar que suba el desempleo es promoviendo el endeudamiento de los hogares y/o los déficits fiscales. No es una coincidencia que cuando la desigualdad en Estados Unidos empezó a dispararse, también lo hicieron el déficit comercial, la deuda de los hogares y la deuda fiscal.
Bien. Supongamos que la administración actual efectivamente reduce el déficit fiscal. ¿Qué pasa con el déficit comercial?
Pongamos que Donald Trump reduce el déficit fiscal estadounidense. Lo que la mayoría de los economistas estadounidenses te van a decir —porque creo que los estadounidenses realmente no creen que los extranjeros tengan agencia— es que, si el déficit fiscal baja, entonces el ahorro sube por definición. Si el ahorro sube, la cuenta comercial se contrae. Esto supone que los flujos netos de capital hacia Estados Unidos también se contraerían.
Pero si fueras un inversor chino, británico, suizo o malasio, o un dentista belga o el banco central de Corea, ¿te volverías menos propenso o más propenso a invertir tus excedentes en Estados Unidos si el déficit fiscal bajara? Yo diría que probablemente serías más propenso, porque de repente la deuda estadounidense se volvió mucho más valiosa y más segura. En ese caso, incluso podrías ver aumentar el déficit comercial.
Así que la pregunta es: ¿El déficit comercial estadounidense está impulsado por el bajo ahorro nacional o por el alto ahorro externo? Si realmente se trata solo del bajo ahorro estadounidense, entonces estoy de acuerdo en que, si aumentás la tasa de ahorro, el déficit comercial va a bajar. Pero si lo impulsan los extranjeros, entonces reducir el déficit fiscal probablemente se vea compensado por un aumento del desempleo, no por una reducción de los flujos externos.
O sea que los flujos no son la causa de los déficits fiscales, pero sí agravan un problema ya existente en una sociedad extremadamente desigual. Y déficits fiscales menores podrían volver a los activos estadounidenses «más seguros» y aumentar los flujos. Pero seguramente la razón por la que la gente invierte en Estados Unidos no es solo por la seguridad sino también por los altos retornos. Y me parece que la economía política estadounidense está orientada a producir retornos altos. Permite que grupos con enorme capacidad de captura de rentas se apropien de gran parte del crecimiento del país creando enormes barreras alrededor de sus ingresos. La diferencia entre Estados Unidos y otros países ricos es que hay un montón de intermediarios de clase profesional que se llevan una tajada enorme de todo. Y están respaldados por un régimen global muy asimétrico de derechos de propiedad intelectual que garantiza ganancias extraordinarias para las empresas estadounidenses. Así que no se trata solo de la seguridad y del tamaño del mercado de capitales estadounidense, sino de la promesa de ganancias excepcionales. Ahora bien, siguiendo la ecuación de beneficios de Levy-Kalecki, déficits fiscales más grandes significan inevitablemente mayores ganancias para las empresas. ¿Esto contradice tu visión sobre qué impulsa los flujos de capital y los déficits? [En la ecuación de Levy-Kalecki, las ganancias están determinadas por los flujos de fondos entre sectores de la economía. Los sectores más grandes son los hogares y el gobierno. Cuando el gobierno ahorra menos/gasta más, las ganancias corporativas suben, todo lo demás se mantiene constante.]
No, no la contradice, pero encuentro inconsistencias en lo que decís. Una vez más, los estadounidenses son increíblemente provincianos. Existe la idea de que solo los estadounidenses tienen agencia. Pero si eso fuera realmente así, ¿por qué Gran Bretaña tiene un déficit comercial incluso mayor que el de Estados Unidos? Podrías preguntar lo mismo respecto de Canadá o, hasta hace poco, de Australia.
Pero seguro que lo que tienen en común es un modelo político-económico que, como dije, está orientado a producir rentas muy grandes para sus clases profesionales y para los inversores extranjeros. Eso los diferencia de la mayoría de los otros países ricos.
Puede ser. Aunque, en ese caso, no estarían comprando bonos del Tesoro, que es lo principal que compran, ¿no? Estarían invirtiendo en formas que generen muchas más ganancias. Pero es una combinación de cosas. Algunos invierten en Estados Unidos porque está creciendo rápido, otros por los altos retornos, otros porque es un mercado muy líquido y seguro, con la menor cantidad de restricciones a la propiedad extranjera. Podés invertir mil millones un martes y retirarlos un miércoles, y nadie te lo va a impedir.
Lo importante es esto: si invertís en un país extranjero, estás cambiando su desequilibrio externo y, por lo tanto, estás cambiando su desequilibrio interno. La pregunta es si esos cambios son los que estadounidenses, británicos y canadienses quieren. ¿Simplemente lo aceptamos porque el resto del mundo quiere invertir en estos países, sea cual sea la razón? Por eso países como China han buscado controlar cada vez más sus cuentas de capital.
¿Qué tan eficaces te parecen los aranceles para reequilibrar esto? ¿No perjudican principalmente a los trabajadores?
Los aranceles no tienen nada de especial. Por alguna razón, los economistas académicos se vuelven locos cuando mencionás los aranceles. Pero lo que hacen los aranceles, al subir el costo de las importaciones, no es solo actuar como un impuesto al consumo para algunos hogares y también como un subsidio a la producción para otros. Un montón de cosas hacen eso. Si depreciás tu moneda, estás haciendo exactamente lo mismo. Si estás en un sistema como China o Japón, donde el sistema bancario financia la mayor parte y está orientado hacia el lado de la producción, bajar las tasas de interés es una forma mucho más eficiente de transferir ingresos entre hogares.
La pregunta es qué querés hacer y cuál es la manera más eficiente. Lo que querés hacer en Estados Unidos y en Inglaterra, presumiblemente, es incentivar la producción. Y si lo llamás subsidio, todo el mundo entra en pánico porque estás haciendo más rentable producir y más caro consumir: estás gravando el consumo. Ahora, mucha gente dice que eso es terrible. El consumo es lo que hacen los pobres. Los estás perjudicando. Pero el consumo depende de la producción. La forma de lograr que consumas más no es bajar el precio de las importaciones, sino hacer que produzcas más. Entonces, ya sea que los precios de las importaciones suban o bajen, vas a consumir más. La única manera de separar el consumo de la producción es temporalmente, con aumentos del endeudamiento. Eso es realmente lo que estás haciendo.
Veo algunos problemas con la idea de que los aranceles sean un subsidio a la producción. Primero, las ganancias extraordinarias inducidas por aranceles solo irían a parar a los pocos hogares que son efectivamente productores, y el poder de mercado está muy concentrado. ¿Crees entonces en la idea de que mayores ganancias para algunos hogares estadounidenses llevarían también a mayor producción general? En segundo lugar, el costo de las importaciones subiría para todos los que se espera que produzcan exportaciones, lo que los haría menos competitivos. ¿No disminuiría eso la producción? También mencionaste las devaluaciones como un método equivalente para subsidiar a ciertos hogares. Mi impresión es que no son métodos útiles de ajuste externo. Supongamos que sos un sindicato italiano, antes de la introducción del euro, y que acabás de negociar un aumento salarial arduo. Ahora la lira se devaluó para hacer más competitiva a la industria italiana. Lo único que pasa es una transferencia de ingresos de los salarios hacia los beneficios. ¿Cómo sería eso un subsidio efectivo a la producción?
Hay todo tipo de condiciones. Pero fijate cómo implementó China los aranceles. Al principio, redujo el consumo, pero terminó provocando un enorme auge de la producción. Hace veinte años, el sector de vehículos eléctricos chino era un chiste. Pero después de implementar todo tipo de restricciones comerciales y políticas industriales, ahora son los productores más eficientes del mundo. Las políticas industriales y los aranceles funcionan. Los economistas neoliberales se escandalizan cuando decís eso, pero hay muchísima evidencia histórica de que el tipo adecuado de políticas industriales y comerciales funciona bajo las condiciones adecuadas. Pero los aranceles también son muy fáciles de identificar, y por eso se vuelven muy conflictivos políticamente.
Entonces los aranceles pueden ser un subsidio pobre a la producción, pero son ciertamente un impuesto muy oneroso al consumo. Como dijiste, los hogares más pobres gastan más de sus ingresos. Mucho de ese gasto no es discrecional sino necesario para mantener el consumo básico. Algunos reducirán el consumo, pero la mayoría va a responder endeudándose. ¿No son obviamente malos resultados macroeconómicos?
En el corto plazo. Pero a largo plazo, si los aranceles provocan un auge de la producción, entonces el consumo va a subir sin deuda. Porque, al final del día, tu consumo no depende de los precios a los que comprás las cosas sino que depende de tu producción. Es como el problema de Walmart. Cuando Walmart llega a tu ciudad y baja los precios, ¿consumís mejor o peor? Si tus ingresos no cambian, consumís más. Pero si Walmart llega y deja a todo el mundo sin trabajo, entonces, incluso con precios bajos, vas a consumir menos porque hay menos producción. Si todo el mundo está desempleado, no importa dónde estén los precios.
Soy escéptico respecto de los plazos en los que aumentaría la producción. Hemos visto muchos proyectos manufactureros cancelados tras los aranceles. Como sabés, la manufactura estadounidense depende mucho de bienes intermedios de socios comerciales que ahora están alcanzados por aranceles. ¿Cómo pueden los productores estadounidenses modificar el déficit comercial si aumentás el precio de todos esos bienes intermedios?
Cuando China le impuso aranceles a los vehículos eléctricos, fue malo para los consumidores chinos. Podían haber comprado vehículos eléctricos extranjeros mucho mejores. Así que en el corto plazo pagaron un precio. Pero en el largo plazo, la producción de vehículos eléctricos se disparó y generó enormes beneficios para los consumidores. Creo que una de las cosas que tenemos que hacer es separar el corto del largo plazo. Esto implica que, si vas a imponer aranceles, deberías hacerlo lentamente, aumentándolos durante un período de cinco a diez años, de modo que la economía doméstica pueda ajustarse. No vas a empezar a producir autos de un día para otro. Necesitás tiempo para ajustarte. Ese es otro problema de los aranceles: políticamente, es muy difícil implementarlos de la manera correcta. Tenés que ponerlos todos de inmediato, lo que puede ser muy disruptivo en el corto plazo.
En general coincidiría en que hay margen para los aranceles como parte de políticas industriales nacionales. Pero además de no imponerlos todos inmediatamente, como dijiste, ¿no deberían ser más focalizados y sectoriales?
Creo que la única manera de implementar aranceles es un arancel generalizado, como uno del 20 % para todas las importaciones. Cuando empezás con aranceles bilaterales o sectoriales, lo único que hacés es redirigir los flujos comerciales a través de otros países, dada la forma en que funcionan hoy las cadenas de suministro. Es como decir que Estados Unidos debería depreciar el dólar frente al renminbi, pero no frente a la libra esterlina. No tendría sentido. Si tenés renminbi y querés comprar dólares, simplemente comprarías libras y después dólares. Entonces los flujos de capital seguirían, igual que los flujos comerciales.
Diría que la manera más eficiente de hacer esto es tener una nueva Unión Aduanera global en la línea de lo que Keynes propuso en Bretton Woods, en la cual penalizás a los países que tengan desequilibrios profundos y persistentes. El argumento de Keynes era: «No quiero decirte cómo administrar tu economía. Podés ser comunista, capitalista, fascista, socialista, lo que quieras, pero sea cual sea tu problema doméstico, no podés externalizarlo a través de la balanza comercial». Entonces no permitiríamos que generes desequilibrios persistentes. Esa sería la mejor solución: una nueva forma de globalización.
Mucha gente dice que esto es imposible: que en Bretton Woods todos se odiaban y Estados Unidos dominaba el mundo. Que en ese entonces solo había que convencer a un país y ahora serían muchos. Pero creo que eso es un poco pesimista. Si incluís a Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y algunos países deficitarios en desarrollo, como México o Colombia, tenés el 80 % de los déficits globales. Si creás una Unión Aduanera que diga «si comerciás con nosotros, no podés tener superávits», eso forzaría al resto del mundo a ajustarse. Pero si no podés hacer eso, entonces lo segundo mejor es hacerlo unilateralmente. Esto significa que Estados Unidos debería negarse a seguir absorbiendo el exceso de ahorro global. ¿Cómo hacemos eso? Ponemos un impuesto a los flujos de entrada, también conocido como tasa Tobin. [Nombrado por su creador, el economista ganador del Nobel James Tobin.]
Una tasa Tobin es apenas un pequeño impuesto transaccional sobre los flujos de capital. Así que, si sos un especulador de «dinero caliente», puede volverse brutalmente caro. Pero si vas a construir una planta automotriz en Leeds, Inglaterra, vas a tardar veinte años en recuperar tu inversión. Un impuesto pequeño a los flujos no va a tener ningún impacto en esa inversión. Así que podés imponer un impuesto bajo que desincentive los flujos de corto plazo sin desalentar la inversión productiva extranjera.
También estoy a favor de resucitar alguna forma del «plan Keynes» para lidiar con los desequilibrios a nivel global, y coincido en que, dado que eso no va a ocurrir pronto, por ahora gravar los flujos entrantes al dólar parece más elegante. Pero tu propuesta también tiene varios problemas. Por un lado necesitarías una coalición bipartidaria lo suficientemente fuerte como para superar a Wall Street y a un sector tecnológico extremadamente poderoso, que se benefician de los flujos interminables de dólares. Además, habría efectos no deseados en otras partes de la economía dentro del sistema del dólar global. Si hubiera un impuesto a los flujos de entrada en Estados Unidos, se generarían incentivos para invertir en ciertos puntos calientes del sistema del dólar. ¿Querría decir eso que habría más flujos desestabilizadores hacia lugares como Londres? ¿Me desalojarían de mi departamento en Londres dentro de unos años si hubiera una tasa Tobin?
Hubo una propuesta del senador Josh Hawley (republicano de Misuri) y la senadora Tammy Baldwin (demócrata de Wisconsin) hace unos años. Mucha gente dijo que se basaba en mi trabajo. No era así. Pero era una buena idea y tenía apoyo bipartidario.
En cuanto a los efectos en otros lugares: recordá que el mercado de eurodólares —el término original para el mercado de dólares extraterritorial—, centrado en Londres, se creó debido a los impuestos estadounidenses sobre los flujos de entrada y salida. Así que lo que eso haría realmente es crear un mercado de dólares offshore, y sí, podría estar en Londres o en cualquier otro lugar. No importa demasiado. El punto clave es que Estados Unidos dejaría de jugar el papel de absorbente de los desequilibrios de ahorro global.
Sobre el entrevistador
Dominik A. Leusder es economista y escritor y reside en Londres.
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