Javier Milei en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, el 1º de marzo de 2026. (Foto: CEDOC)
Se trata del desmoronamiento del patrón de poder unilateral centrado en Estados Unidos, dejando al mundo en un estado de incertidumbre y desorganización institucional. En este sentido, que problematiza la idea de que la/s crisis implican de por sí el surgimiento de algo nuevo, Perry Anderson ha señalado que, a diferencia de la crisis de 1929, cuando emergieron alternativas como el keynesianismo y el New Deal, el colapso de 2008 no produjo un paradigma alternativo consolidado, sino la persistencia de un neoliberalismo sin horizonte, sostenido por la lógica TINA (There Is No Alternative [No hay alternativa]), expresión que había acuñado Margaret Thatcher en los años ochenta.
En el centro del sistema, esta policrisis adopta la forma de un repliegue proteccionista: el giro de Donald Trump expresa una estrategia de nacionalismo económico frente al ascenso de China. Ya desde la presidencia de Biden, instrumentos como la Ley de Reducción de la Inflación (Inflation Reduction Act) y la Ley de CHIPS y Ciencia (CHIPS and Science Act) habían ido consolidando un intervencionismo industrial orientado a asegurar la supremacía tecnológica y energética de Estados Unidos en competencia con China. En la periferia, el caso argentino exhibe una radicalización inversa, en la que el discurso neoliberal que propone desmantelar el Estado bajo premisas «anarcocapitalistas» es sostenido y reafirmado.
Pero Javier Milei no solo postula la supremacía irrestricta del mercado, sino que despliega una violencia verbal sistemática, literalizando metáforas belicistas y construyendo enemigos absolutos («casta», «zurdos», «parásitos»). No obstante, esta «batalla cultural», lejos de ser meramente retórica, está enraizada en una genealogía de violencia que Ramírez, Cadahia y López relacionan con el concepto de A. Mbembe de «necropolítica»: la ofensiva en curso de las derechas radicales es heredera directa del Plan Cóndor, el terrorismo de Estado y la expansión del crimen organizado, y se manifiesta actualmente a través del lawfare y de los múltiples actos de quiebre institucional (por solo dar el ejemplo más reciente: el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro).
Este lenguaje opera en el seno de la práctica política como «creación destructora»[1], interviniendo en la demolición simbólica de las instituciones y de los lazos solidarios que estructuraban el orden previo. Así, lo que vamos a denominar «lexicón libertario» no es un repertorio de palabras o expresiones anecdóticas, sino la gramática de una reconfiguración dominante en condiciones de poshegemonía capitalista.
En tiempos de policrisis global, en los que el neoliberalismo sobrevive como dogma sin promesa, el lenguaje deviene campo de batalla y tecnología de poder. Comprender este lenguaje —sus metáforas, desplazamientos semánticos y operaciones de antagonización— es condición necesaria para descifrar la mutación contemporánea de las luchas sociales y el ascenso de un autoritarismo reaccionario que ya no se presenta como contrario al liberalismo, sino como su desenlace extremo.
Estos dos últimos casos recurren a terminologías propias de otras disciplinas: una acentuando lo financiero («déficit») y otra empleando metáforas de tintes biologicistas que amalgaman procesos o fenómenos económicos con un ciclo biológico natural y que, acentuando su parentesco con categorías de la psiquiatría o la medicina, proponen un tratamiento «invasivo»: la palabra «shock» otorga un sentido de urgencia opuesto a cualquier idea de tratamiento gradual. En su discurso de asunción, Milei fue explícito a este respecto: «(…) la conclusión es que no hay alternativa al ajuste y no hay alternativa al shock (…). Tampoco hay lugar a la discusión entre shock y gradualismo».
Aquí, además, rememora otro gesto similar: el ajuste llevado a cabo por Thatcher, figura admirada por Milei, cuando era primera ministra del Reino Unido. El tema sobre el cual se argumenta está clausurado a todos los ciudadanos: es inevitable ejecutar el ajuste y esa decisión unilateral es la que se plasma en el nombre de la medida económica. La rememoración es ideológica en doble sentido: lo alinea a las políticas de ajuste en los comienzos del neoliberalismo (la Inglaterra de los años ochenta, cuando Thatcher recibió el asesoramiento de Hayek para la implementación de la reducción del gasto fiscal) y con una práctica discursiva que se desvía del ideal democrático (la lógica del There Is No Alternative).
El debate, en tanto práctica propia de la política, está cancelado. En términos de Anderson, se trata de una clausura de la imaginación política, ya que el neoliberalismo funciona como sistema de creencias que naturaliza el mercado y presenta cualquier alternativa como impensable. La discusión democrática no está agotada: directamente «no tiene lugar».
Ahora bien, en contraste a estas denominaciones, el «Plan motosierra» es una opción mucho más fuerte porque la metáfora presenta al plan económico como una «máquina de matar» y no ya como un remedio o terapia para «estabilizar» al «organismo económico». Las metáforas que comparan procesos económicos con máquinas de uso cotidiano son habituales en Economía; por ejemplo, las expresiones construidas con la imagen de la «licuadora» o de las «tijeras»: «licuar», «recortar». No obstante, más que el uso cotidiano de estas herramientas, la «motosierra» de Milei afianza la idea de instrumento de destrucción de humanos, ya que apela a la memoria de la cultura de masas, a la estética de películas terror como el clásico Masacre de Texas.
Es esto lo que se refuerza en la campaña cuando Milei se paseaba con una motosierra: se da un paso más a lo que habitualmente ocurre con las metáforas en su disciplina porque la motosierra adquiere existencia real, es literal, y además es sostenida por un cuerpo (el suyo) y se dirige a un otro con ademán amenazante. Incluso para acentuar el patetismo, la motosierra se encendía y rugía, construyendo un espectáculo sádico. Ese sadismo quedó plasmado en el merchandising que el mismo Milei promocionaba en las redes. La metáfora está funcionando en la dirección opuesta a los eufemismos típicos del discurso político: no se intenta hacer que las cosas parezcan más bonitas o apacibles, sino que se apela a una estética violenta y a la literalidad del discurso.
De hecho, la preferencia por imágenes de «destrucción creadora» —esas que son tan caras al capitalismo y que transmiten la idea de que de la destrucción o la crisis se crea «naturalmente» un nuevo orden— es casi una constante en el discurso de Milei, especialmente en momentos de campaña electoral, cuando se desplaza a lo religioso o en homenajes realizados en el ámbito de la comunidad judía (en Argentina o Israel). Por momentos, él y gran parte de su equipo parecen indiferentes al sufrimiento humano: la pobreza es cifra, los datos son neutros y se dicen sin que aflore ningún rasgo humanitario frente al padecimiento de los otros:
Violencia verbal es también saturar el espacio discursivo con amplificaciones o repeticiones de la misma idea, como la repetida imagen de la motosierra, que saturó el espacio digital. O, como en este caso, cuando las enumeraciones amplifican en cantidad las medidas de ajuste. Allí donde algún tópico pueda generar emociones porque se trata de la pérdida del empleo de las personas (los empleados públicos), se duplica la intensidad: «echamos un montón de empleados púbicos», dice, y agrega: «cada vez serán más». El hecho de que no aflore sensibilidad alguna por parte del locutor en estos enunciados ni anticipe que puedan aflorar sentimientos hostiles a su tesis en los destinatarios puede responder a rasgos de su personalidad, representaciones estereotipadas sobre sus destinatarios directos (los «financistas») o falta de interés por generar consensos.
Esta actitud sintoniza con lo que Claudio Katz describe como una gestión signada por una «inestabilidad emocional» que en realidad encubre un metódico plan de gobierno tiránico, destinado a atemorizar a la oposición para administrar el país por decreto y disciplinar a la justicia. En este punto, la política se aleja de la deliberación para acercarse a lo que Bob Jessop, expandiendo la tesis de Poulantzas, define como un «estatismo autoritario»: la transferencia de poder del Legislativo hacia un Ejecutivo personalista que opera a través de redes de poder paralelo y que el autor vincula con el concepto de «Estado profundo» que ignora el consenso de los gobernados.
En otras ocasiones, la subjetividad se presenta pero bajo la forma del goce, del regodeo, de la fiesta en contextos del sufrimiento humano. El locutor logra hacerlas admisibles utilizando simbología de la tradición judía con diferentes registros semióticos. Por ejemplo, en el cierre de campaña, cuando construye su liderazgo como «lo nuevo», transmite un video en el Movistar Arena repitiendo imágenes desgarradoras de destrucción de la humanidad —similares a las que verbaliza en sus discursos tomando como fuente el Antiguo Testamento— y de ellas encuentra un renacer bajo las cenizas, cual ave fénix, y con la guía del líder. En estos casos, el judaísmo es usado igual que la cultura de masas[4]: le sirve para hacer más aceptable el ajuste. El discurso que pronunció en su visita al Museo del Holocausto YadVashe en Israel es emblemático porque la lectura del texto bíblico parece justificar su propia conducta:
Son innumerables las veces que Milei y sus seguidores han corporalizado este fragmento del Talmud con sus poses, sus gestos, sus actitudes. La interpretación del mensaje religioso en el cuerpo es literal: se ríen, se mofan, se regodean en plena destrucción de la «motosierra». No se realiza una lectura simbólica del texto, no se extrae otro sentido trascendente: parece quedarse con una imitación literal del comportamiento y el goce de la destrucción. En ese sentido, el gesto, la puesta en escena, en definitiva, el cuerpo, deben controlar el sentido que la palabra verbal puede dispersar. Quizás el mensaje que quiera transmitir es simplemente que conforman grupo.
Este tipo de «estética» parece estar orientada a unificar y consolidar a los diferentes sectores que conforman la derecha argentina. No obstante, no deja de ser un mensaje para el resto de la sociedad: por más que se sostenga que es el mercado el que interviene, el gobierno de LLA aplica un programa que repercute destruyendo sectores enteros de la industria, derrumbando salarios, generando desempleo, atacando la soberanía nacional y, entre otros, elevando la deuda pública al límite de alterar profundamente la relación entre la acumulación interna y el capital global.
Wolfgang Streeck señala que el capitalismo contemporáneo ha roto su matrimonio de posguerra con la democracia, transitando hacia un «Estado consolidador» en el que las obligaciones con los acreedores financieros tienen prioridad absoluta sobre los derechos de la ciudadanía. En este sentido, el «plan motosierra», el recorte universitario y científico, la destrucción de empleo estatal y la desregulación laboral son las herramientas de ejecución de lo que Streeck denomina «represión fiscal»: la devaluación sistemática de las protecciones sociales en favor de la solvencia de la deuda, una dinámica que vacía de contenido la soberanía popular al subordinarla discursivamente a la sintaxis de la «creación destructora».
Pero para que esta gramática funcione, para que estas prácticas (discursivas y no discursivas), sostenidas en la destrucción de los derechos del pueblo, sean aceptables, es necesaria una operación previa: cosificar, animalizar y criminalizar a los sujetos que se resisten o podrían resistirse.
Tras asumir como diputado en diciembre de 2021, la idea de «casta política» se mantuvo, pero expandiéndose internacionalmente, vinculándola a distintos sistemas ideológicos (todos definidos vagamente como equivalentes). Así, el adjetivo «empobrecedor/a» devino en el nexo que permitió unir la casta política con el «populismo», el «socialismo», el «progresismo» o el «colectivismo», y asociar a los diferentes líderes de la región con esas ideas. Dos años después, durante la campaña presidencial de 2023, la categoría se diversificó. En un acto en la ciudad de Paraná el 9 de junio, Milei afirmó: «La casta no son solo políticos. También hay empresaurios, sindicalistas prebendarios, periodistas ensobrados y econochantas».
La ampliación semántica incorporó actores provenientes de distintos campos —económico, sindical, mediático, académico—, diluyendo la frontera inicial. Empleados estatales, docentes universitarios, jubilados, aquellos que accedieron a moratorias previsionales, manifestantes callejeros, etc., pasaron a quedar, explícita o implícitamente, bajo el paraguas del «modelo de la casta». Esta mutación no es contingente sino estratégica: «casta» opera como categoría de equivalencia que unifica sujetos heterogéneos bajo un mismo rótulo descalificador. Y el enlace discursivo «viven del Estado» resulta clave en esa operación. En sentido figurado, alude a corrupción política; en sentido literal, la referencia abarca desde un empleado público hasta una artista contratada para un festival. La ambigüedad se resuelve mediante la supresión de la idea de trabajo como fuente legítima de ingresos, desplazando el foco hacia la supuesta «parasitismo estatal».
Así, la palabra «casta» ya no designa simplemente a una élite gobernante: funciona como tecnología política de construcción del enemigo. Al expandirse indefinidamente, convierte cualquier mediación colectiva —sindical, académica, estatal o social— en sospechosa. En tiempos de poshegemonía capitalista, en los que el consenso neoliberal ya no promete prosperidad sino sacrificio, la lengua de la batalla cultural necesita un antagonista omnipresente que legitime la demolición institucional. El término «casta» cumple esa función: despolitiza la desigualdad estructural y la reemplaza por una guerra moral que reorganiza el campo social en héroes y villanos, mercado y parásitos, pueblo y antipueblo. En ese sentido, construye una oposición binaria: los «argentinos de bien» (empresarios y emprendedores) encarnan a los héroes; la «casta parasitaria o empobrecedora», a los villanos. El discurso tiende a borrar la distinción entre empresario y emprendedor, invisibilizando relaciones estructurales de poder y reforzando la tesis de raigambre liberal de que «el mercado es cooperación social» (Hayek, 1944).
La noción de «capital humano», proveniente de Gary Becker (1964), al redefinir a los sujetos como portadores individuales de activos y no como miembros de clases con intereses antagónicos, contribuye a ese borramiento. No es casual que el actual Ministerio de Capital Humano concentre áreas como Educación, Trabajo y Desarrollo Social: el nombre mismo traduce una concepción económica del sujeto. «Capital humano» se relaciona en el discurso de Milei con los recursos de una empresa o país (que suele ser lo mismo) o con la capacitación del trabajador. Como sucede en este pasaje, cuando busca inversiones del exterior y, luego de haber elogiado los recursos naturales, dice:
Más que de «capacitación», se trata del «padecimiento» del trabajador («ciudadanos entrenados al calor de una vida entera de volatilidad económica»), que es visto como una ventaja comparativa. Además, el acto de nombrar al Ministerio correspondiente es motivo de orgullo en el locutor: «Ya lo revolucionario, en nuestro caso, fue el nombre que tiene el Ministerio: se llama Ministerio de Capital Humano. Nuestro objetivo no es darle pescado a la gente. Nuestro objetivo es enseñarles a pescar, enseñarles a ser un empresario. Y, si pueden, que tengan su propia empresa de pesca» (Madrid, 21 de junio de 2024).
Al construir la idea de que el trabajador es poseedor de un capital, cambia toda la percepción sobre el trabajo y la fuerza de trabajo: el trabajador debe ser el que se encargue de gestionar su propio capital, convirtiéndose en emprendedor o empresario de sí, y su salario pasa a ser percibido como ganancia. Milei retoma un preconstruido y lo naturaliza: el «capital humano» había sido concebido por el discurso neoliberal en su versión Escuela de Chicago disociando la noción de «recurso»: recursos físicos (capital material) y recursos mentales (capital humano). El discurso de Milei trae a la memoria que el término proviene de la Escuela de Chicago y dice que es una genialidad, pero prefiere olvidar el dominio de nociones involucradas en él. El problema está en que, si lo explicita, se podría objetar, ya que la categoría económica degrada a lo humano y simplifica el proceso de producción: un empresario puede colocar su capital en la bolsa, puede invertirlo o puede heredarlo porque este sigue siendo una mercancía. Pero las personas no son mercancía, no pueden heredarse ni introducirse en el mercado.
En términos políticos, esta operación puede leerse como una estrategia de distracción que desvía la lucha de clases. Nuria Alabao, apoyándose en las tesis de Thomas Frank, explica que las guerras culturales de la nueva derecha desplazan el conflicto desde la redistribución material hacia una confrontación moral entre «pueblo» y «élite progresista». El antagonismo deja de ser «ricos versus pobres» para reconfigurarse como «clases populares versus casta arrogante», es decir que focaliza en estilos de vida más que en las desigualdades económicas. Esta maniobra es todo menos accidental: apunta conscientemente a integrar a sectores de la clase trabajadora a un proyecto neoliberal que, al tiempo que los perjudica materialmente, canaliza su resentimiento hacia minorías o derechos conquistados.
El significante «casta» permite a Milei apropiarse del sentimiento antipolítico y del malestar social, unificándolo bajo la figura del «individuo libre» o del «pueblo del mercado», negando la existencia de antagonismos estructurales entre capital y trabajo. La consecuencia es doble. Por un lado, cosifica y criminaliza al adversario: quien resiste el ajuste o defiende derechos laborales puede ser subsumido bajo la etiqueta de «casta». Por otro lado, desarticula la identidad obrera y popular, al sustituirla por una subjetividad competitiva e individualizada, coherente con la racionalidad neoliberal.
La proliferación de estas oposiciones es otra de las formas en la que se presentan lo hiperbólico o las amplificaciones. Pero, además, la preferencias por parejas opositivas y el ocultamiento de las disociaciones pueden mostrar otro rasgo del autoritarismo lingüístico que venimos observando. Reflexionando respecto de la disociación de nociones, Perelman y Olbrechts-Tyteca sostuvieron que esta surge del intento de suprimir una incompatibilidad nacida de la confrontación de tesis, del compromiso de conciliar exigencias opuestas. El ocultamiento de la disociación impide detectar las huellas del conflicto en el lenguaje y la forma de designar se presenta como «natural». Otra vez, las propias palabras de Milei, aludiendo a la idea del sistema de precios como reemplazo de la justicia social en la búsqueda de equidad, resultan ilustrativas:
Más allá del hecho de que la antinomia «justo / injusto» materializada en el par «sistema de precios / justicia social» atenta contra postulados humanistas, debemos reparar también en la mención a Hayek, en tanto expone claramente la postura respecto del lenguaje de Milei y el modo como argumenta. Parafraséandolo, cada vez que se coloca un adjetivo a un concepto, la noción se disocia y eso es un peligro para esta discursividad. La justicia o cualquier otra noción podría ser entendida y aplicada contemplando más de un sentido, a veces por medio del consenso, otras como producto de las luchas sociales, otras con el compromiso e intervención en los debates públicos, siempre dialogando con el otro y vinculando las palabras a la dinámica de los procesos sociales.
Milei no cree en la justicia social; cree en la justicia a secas, como si tuviese acceso al sentido original de las palabras. O, en términos de su ideología lingüística, las palabras tienen un sentido original. Tal vez por ello «no se pueda discutir».
Bibliografía
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[1] Invertimos la expresión acuñada en 1942 por Schumpeter (2015) de «destrucción creadora». Siguiendo los planteos de Marcus Taylor (2006) y, desde una perspectiva ambiental y latinoamericana, de Picado Umaña, W. y M. Cariño Olvera (2023), la forma «creación destructora» es más apropiada para dar cuenta de «una estrategia consciente de construcción social por parte del Estado para destruir las formas institucionales en las que encastraban hasta entonces las relaciones sociales».
[2] Si bien este discurso se autodenomina «libertario», creemos conveniente usar un término más próximo a sus raíces estadounidenses (libertarians).
[3] Discurso en el Congreso del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), el 21 de mayo de 2024.
[4] Para un desarrollo mayor de la relación de la cultura de masas y los relatos religiosos con la discursividad libertariana, puede verse el artículo de Elvira Arnoux «Viejos y nuevos relatos en la ‘batalla cultural’ libertaria».
[5] Discurso que pronunció en el Museo del Holocausto YadVashe en Israel, el 8 de febrero de 2024.
[6] Discurso ante empresarios y financistas en el Instituto Milken en Los Ángeles, el 6 de mayo de 2024.
[7] Discurso de Javier Milei en Madrid, el 21 de junio de 2024.
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