Estrategia

Todavía es posible reconstruir una mayoría de clase trabajadora

¿Cuál es la mejor manera de construir poder de clase trabajadora cuando el poder del trabajo sobre el capital se encuentra cerca de un mínimo histórico? Con una densidad sindical en el sector privado de apenas el 5,9 %, la debilidad estructural del movimiento obrero impone límites severos a las posibilidades políticas progresistas en el mediano plazo. Reconstruir el movimiento sindical debe ser una prioridad central de cualquier estrategia a largo plazo. Pero incluso los esfuerzos organizativos más innovadores —junto con tácticas prometedoras como las iniciativas electorales o las cooperativas de trabajadores— no pueden, por sí solos, generar un cambio mayor en el poder de clase.

Un avance de esa magnitud requiere condiciones políticas favorables y una base trabajadora amplia que vea el valor tanto de los sindicatos como de programas gubernamentales sólidos que amplíen la seguridad económica. En otras palabras, la organización laboral no puede tener éxito a gran escala sin un entorno legal y político favorable —uno creado por coaliciones mayoritarias capaces de aprobar reformas, enfrentar el poder corporativo y demostrar a una clase trabajadora escéptica que un gobierno progresista puede ofrecer resultados tangibles—. Ese tipo de transformación llevará años, incluso décadas. Pero, en el corto plazo, construir poder político para la clase trabajadora —especialmente en los estados “púrpura” y “rojos”— es esencial.

Para hacerlo posible, los progresistas deben priorizar un enfoque de populismo económico, liderado por candidatos creíbles —idealmente de clase trabajadora— y sustentado en una infraestructura local duradera, particularmente en las regiones donde más dificultades han tenido.

Por qué los progresistas deben reconstruir el apoyo entre la clase trabajadora

Los progresistas no pueden darse el lujo de ignorar las consecuencias políticas del desalineamiento de la clase trabajadora respecto del Partido Demócrata. Aunque la magnitud de este cambio varía según cómo se defina a la clase trabajadora, la tendencia subyacente es coherente y alarmante. El desalineamiento de clase es real y cada vez más multirracial, especialmente desde las elecciones de 2024, cuando los hombres no blancos se inclinaron decididamente hacia el Partido Republicano.

Source: AP Votecast
Nota: Cálculo del autor, datos de la Encuesta Social General (GSS). Intervalos de confianza del 95 por ciento informados.

El desalineamiento de la clase trabajadora importa por varias razones. En primer lugar, dificulta mucho más que los progresistas ganen elecciones nacionales. La estructura del sistema político estadounidense —particularmente el Colegio Electoral y el Senado— otorga poder desproporcionado a los estados con grandes electorados de clase trabajadora. Sin recuperar a un número significativo de esos votantes, los progresistas difícilmente lograrán mayorías gobernantes estables. En 2020, los votantes de clase trabajadora (definidos como aquellos sin título universitario de cuatro años) constituyeron la mayoría del electorado en los cinco estados clave en disputa —y los blancos de clase trabajadora, por sí solos, formaron mayorías absolutas en Michigan, Pensilvania y Wisconsin—. Según mi análisis de los datos del Cooperative Election Study, las ganancias de Joe Biden entre votantes de clase trabajadora en Arizona y Georgia entre 2016 y 2020 fueron, respectivamente, 2,3 y 8,5 veces mayores que su margen total de victoria en esos estados. De manera similar, los datos del American National Election Study (ANES) muestran que el 72 % de los votantes de estados disputados que cambiaron de partido entre 2016 y 2020 no tenían título universitario. Sin retener o ampliar su porción actual del voto de la clase trabajadora, las posibilidades de los demócratas de obtener mayorías nacionales duraderas siguen siendo escasas.

Pero el asunto va más allá de las matemáticas electorales. Como ha argumentado el analista político Andrew Levison, ceder la clase trabajadora tradicional a los republicanos profundiza el dominio de la extrema derecha en comunidades donde las voces progresistas ya son escasas. En los distritos obreros de los estados rojos, la ausencia de alternativas progresistas creíbles facilita la expansión de las narrativas ultraderechistas —no solo en las urnas, sino también en iglesias, escuelas, redes sociales y conversaciones cotidianas—. Una vez que las ideas progresistas desaparecen de la cultura política local, resulta mucho más difícil restablecerlas. El resultado es un ciclo auto-reforzado de alienación y extremismo que amenaza el tejido social y aumenta el costo político de la inacción.

También existen consecuencias políticas concretas. Como ha demostrado el politólogo Sam Zacher, una base demócrata cada vez más acomodada tiende a ser menos partidaria de las políticas económicas redistributivas. Mientras que los votantes demócratas más ricos pueden apoyar en abstracto la protección social, su compromiso se debilita cuando las políticas implican pagar más impuestos. En contraste, los votantes de clase trabajadora muestran un apoyo más fuerte y constante al populismo económico, especialmente cuando las políticas implican redistribución real. Desplazar la base demócrata hacia la clase profesional-gerencial pone en riesgo la propia agenda que los progresistas buscan impulsar.

Lecciones para una estrategia electoral progresista efectiva

Si construir mayorías electorales progresistas de clase trabajadora es una necesidad, la siguiente pregunta es cómo hacerlo de la manera más efectiva. En lo que sigue, se proponen cuatro elementos clave de una estrategia electoral progresista para ganar el voto obrero, basados en la investigación del Center for Working-Class Politics (CWCP) y en otros aportes académicos.

1. Postular candidatos con populismo económico

Para revertir la erosión del apoyo obrero hacia los demócratas, los progresistas necesitan más que vagas alusiones a las “familias trabajadoras” o promesas tecnocráticas de reformas graduales. Deben presentar candidatos que abracen sin disculpas el populismo económico: que centren sus campañas en las luchas de la clase trabajadora y nombrar y enfrentar al poder corporativo en términos claros y directos. La evidencia empírica —desde experimentos de encuestas hasta resultados electorales reales— muestra que los candidatos populistas económicos superan sistemáticamente a los demócratas más centristas, especialmente en los distritos obreros donde el partido enfrenta mayores dificultades.

El ejemplo más claro de populismo económico en la última década es Bernie Sanders, cuyas campañas presidenciales combinaron ataques implacables al poder corporativo con una defensa sencilla y directa de los trabajadores. En un mitin de 2023 con trabajadores automotrices en huelga, Sanders decía:

«La lucha que ustedes están librando aquí no es solo por salarios, beneficios y condiciones laborales decentes en la industria automotriz. No. La lucha que ustedes están librando es una lucha contra el nivel escandaloso de codicia y arrogancia corporativa de los directores ejecutivos que creen tener derecho a tenerlo todo y no les importa en absoluto las necesidades de sus trabajadores».

Pero Sanders no es el único. El congresista demócrata Chris Deluzio, de Pensilvania, ejemplificó este enfoque en su campaña exitosa de 2022. Veterano de la Armada y organizador sindical, Deluzio retuvo un escaño disputado con un mensaje que nombraba explícitamente al poder corporativo como amenaza para la democracia y la prosperidad obrera:

«Creo en luchar por el bien común, por nuestra prosperidad compartida, por un gobierno que sirva a todos —no solo a las corporaciones más grandes y poderosas—. Debemos producir cosas en este país, aquí mismo en Pensilvania occidental, con nuestros hermanos y hermanas sindicalizados haciendo el trabajo».

Las investigaciones del CWCP confirman que el mensaje populista económico es el más eficaz para llegar a los votantes de clase trabajadora. En experimentos con miles de perfiles hipotéticos de candidatos (2023), los votantes obreros preferían a quienes oponían a “los estadounidenses que trabajan para ganarse la vida” contra “los millonarios corruptos y las élites súper ricas”, sin generar rechazo en otros grupos. Una encuesta posterior (2024) en Pensilvania halló que el mensaje populista fuerte —con retórica antimonopolios y políticas ambiciosas— fue el más eficaz entre todos los marcos probados, sin evidencias de que alejara a los votantes más acomodados o educados.

Nota: Las estimaciones de rendimiento de los candidatos demócratas se extraen del análisis de Split Ticket sobre la inclinación partidista por distrito. Las puntuaciones de mensajería populista se basan en la frecuencia del lenguaje antiélite, calculado utilizando un diccionario de términos populistas aplicados a una base de datos de 2024 sitios web de candidatos mantenidos por el Centro de Política de Clase Trabajadora.

El análisis de las campañas reales de 2022 también mostró que los candidatos populistas superaron a sus pares no populistas en promedio por 12,3 puntos en distritos blancos no universitarios, 6,4 puntos en distritos con alta concentración de ocupaciones obreras y 4,7 puntos en zonas rurales o de pequeños pueblos.

A pesar de esta evidencia, muchos líderes demócratas siguen resistiéndose al populismo económico. Kamala Harris, por ejemplo, a pesar de haber defendido políticas progresistas, no logró transmitir un mensaje económico populista creíblepara la clase trabajadora y terminó centrando su campaña en Trump como amenaza a la democracia, dejando un vacío que la derecha llenó con su propio discurso populista.

2. Postular candidatos de clase trabajadora

Aunque constituyen la mayoría de la población, los trabajadores están drásticamente subrepresentados en los cargos electivos. El politólogo Nicholas Carnes estima que solo el 2 % del Congreso y el 3 % de las legislaturas estatalesprovienen de orígenes obreros. Según la base de datos del CWCP (2010–2022), menos del 6 % de los candidatos al Congreso trabajaron en ocupaciones obreras durante al menos la mitad de su carrera previa a la política.

La investigación demuestra que los candidatos de clase trabajadora atraen más apoyo entre los votantes obreros: preferidos por 6,4 puntos más que los de trayectoria profesional elitista, porque los votantes los perciben como personas que “representan a gente como yo”.

Además, los candidatos obreros tienden a usar más retórica protrabajadora y a impulsar políticas económicas más de izquierda que sus pares de élite, según estudios del CWCP.

3. Postularse con una plataforma económica progresista audaz

La evidencia confirma que los votantes obreros apoyan una amplia gama de políticas progresistas: aumentar el salario mínimo, gravar a los ricos, expandir la inversión pública y fortalecer los sindicatos. Según los datos analizados por el CWCP (2021–2022), 87,9 % de los trabajadores apoya reducir los precios de los medicamentos, 67,9 % subir impuestos a los ricos, 70,5 % aumentar el salario mínimo, y más de la mitad expresa opiniones favorables hacia los sindicatos.

Pero ese apoyo no se traduce automáticamente en votos. Los candidatos deben priorizar los temas económicos y presentarlos con lenguaje claro y universal. La investigación experimental muestra que quienes ponen en primer plano las preocupaciones materiales —empleo, salarios, salud, costo de vida— tienen un desempeño mucho mejor entre los votantes obreros que quienes se centran en otros temas.

Sin embargo, solo una cuarta parte de los candidatos demócratas de 2022 mencionó “empleos buenos o con salario digno” en su mensaje, apenas un 5 % habló del salario mínimo de 15 dólares y solo un 3 % mencionó una garantía de empleo.

Aun así, las políticas necesarias para revertir el desalineamiento obrero —industrialización, revitalización sindical, garantía de empleo—, aunque no sean impopulares, no son prioridades profundamente arraigadas. Por eso, los progresistas deben liderar, no seguir, moldeando la opinión pública con liderazgo y narrativa.

4. Rechazar tanto el “Trump Lite” como el “Trump Rope-a-Dope”

Los demócratas enfrentan dos tentaciones erróneas: adoptar posturas conservadoras en temas culturales para ganar votos (“Trump Lite”) o esperar pasivamente a que Trump se autodestruya (“rope-a-dope”). Ambas estrategias ya fracasaron.

Ceder en principios progresistas por conveniencia no ofrece beneficios duraderos. En cambio, los candidatos deben involucrar a los votantes culturalmente escépticos en sus propios términos, sin ceder en valores fundamentales. Un ejemplo lo dio la gobernadora de Arizona, Katie Hobbs, que en 2025 vetó un proyecto de ley republicano de cooperación obligatoria con ICE, argumentando en términos de autonomía local: «Los arizonenses, no los políticos de Washington, deben decidir qué es mejor para Arizona». Al mismo tiempo, reafirmó su compromiso con la seguridad fronteriza, demostrando que se puede defender a los inmigrantes sin desatender las preocupaciones locales.

Por otro lado, la estrategia del “rope-a-dope”, defendida por James Carville —dejar que Trump se desgaste solo—, representa simplemente una reencarnación de la pasividad centrista de los años noventa. Pero el trumpismo no se derrumbará por sí mismo; prospera precisamente cuando el progresismo carece de una narrativa clara.

5. Invertir en infraestructura y compromiso a largo plazo

Otro paso necesario para reconstruir el poder político obrero es dejar de tratar las campañas como esfuerzos de marketing temporales y construir infraestructura política y cívica duradera, especialmente en estados rojos o púrpura. Eso implica organización permanente, presencia visible en la comunidad y liderazgo local confiable.

Un ejemplo es la Rural Urban Bridge Initiative (RUBI), que impulsa proyectos comunitarios en condados rurales pobres de Virginia y Georgia: campañas de donación de sangre, limpieza de vecindarios, distribución de equipos de seguridad. Aunque formalmente apartidarios, son promovidos por dirigentes demócratas locales que buscan reconstruir una presencia positiva en comunidades abandonadas.

Los progresistas deben pensar no solo en ganar votos, sino en reconstruir una presencia permanente en las regiones olvidadas, presentando candidatos locales incluso en distritos difíciles, manteniendo oficinas abiertas todo el año y realizando trabajo comunitario sostenido.

Construir una mayoría obrera duradera

Reconstruir el poder de la clase trabajadora en una era de debilidad sindical requerirá una estrategia multifacética, que reconozca los límites del activismo existente y enfrente la crisis política y económica a su escala real. Aunque la organización laboral, las iniciativas populares y la democracia participativa cumplen papeles importantes, ninguna producirá un cambio transformador sin una ofensiva complementaria en el terreno electoral.

Como mostró la década de 1930, las victorias electorales y reformas estructurales impulsadas por movimientos populares sientan las bases para avances organizativos. Hoy, eso significa elegir populistas económicos capaces de impulsar políticas que mejoren las vidas materiales de los trabajadores y transformen su relación con la política.

Si la izquierda quiere construir un poder obrero duradero, debe adoptar una estrategia más audaz, enraizada en el populismo económico, anclada en las comunidades trabajadoras y comprometida con ofrecer resultados reales. Eso implica invertir en una nueva generación de líderes obreros, organizar todo el año en los territorios olvidados y avanzar políticas que estén a la altura de la devastación dejada por el neoliberalismo.

Jared Abbot

Investigador del Center for Working-Class Politics y colaborador de Jacobin y Catalyst.

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