Elecciones

Hungría después de Orbán

Burlándose de sus derrotados oponentes la noche de las últimas elecciones húngaras, hace cuatro años, Viktor Orbán había proclamado que su triunfo podía verse desde la luna, «o al menos, desde Bruselas». Cuatro años después —a pesar de las inversiones del gobierno en el programa espacial nacional— su oponente Péter Magyar respondió: el triunfo del pueblo húngaro «quizás no sea visible desde la luna», pero podía «verse desde cada ventana húngara». Reunidos a orillas del Danubio, sus seguidores estallaron en vítores. Una atmósfera festiva llenó las calles de Budapest y gran parte del país.

Los resultados que fueron llegando a lo largo de la noche confirmaron una reversión que había parecido solo una posibilidad remota durante buena parte de los dieciséis años de gobierno de Orbán. Su partido Fidesz fue barrido por el desequilibrado sistema electoral que él mismo había diseñado, lo que permitió al novel partido Tisza de Magyar obtener una mayoría absoluta en el parlamento, potencialmente suficiente para reformar la Constitución. La participación, de casi el 80 por ciento, fue la más alta en la historia de Hungría desde 1989.

A pesar del pequeño tamaño y el estatus periférico de Hungría, el fin del orbanismo acaparó titulares internacionales. Mientras líderes de derecha como Marine Le Pen y Donald Trump elogiaban el legado de Orbán, la mayor parte de la respuesta liberal se centró en el inminente «retorno a Europa» del país y en el restablecimiento de las normas democráticas. Las voces más moderadas de la izquierda señalaron que el nuevo parlamento sería enteramente de derecha; el propio Magyar había sido miembro del Fidesz de Orbán hasta 2024 y forma parte del conservador Partido Popular Europeo en el Parlamento Europeo. Algunos afirmaron que nada había cambiado —ni podía cambiar— y que esto era simplemente un Fidesz 2.0.

Para muchos en la izquierda húngara, fue una noche de sentimientos encontrados. Por un lado, alivio ante la caída de un sistema de gobierno injusto y cruel, que se había convertido en un elemento central —incluso como fuente directa de financiamiento— de las redes de la ultraderecha global. Por el otro, la ruptura tardía de Magyar con Orbán difícilmente implica una ruptura con las estructuras que posibilitaron su régimen. El alivio del domingo a la noche dice mucho sobre el deplorable estado de la izquierda en todo el mundo.

A medida que el Estado y el partido se fusionaron efectivamente, los medios independientes fueron cercenados, el Estado de derecho debilitado y la vigilancia digital ampliada. Simultáneamente, el gobierno recurrió a las guerras culturales para explicar los males del país: los refugiados, George Soros, los ucranianos o la «ideología de género».

Incluso mientras los indicadores sociales y económicos de Hungría se deterioraban —hoy es, junto con Bulgaria, uno de los dos países más pobres de la UE—, el orbanismo se mostró resiliente hasta los últimos años: el repunte económico de la década de 2010, los subsidios al consumo doméstico de energía, el uso coercitivo del poder estatal, la complicidad de la UE y una oposición ineficaz y dispersa permitieron su estabilización. Entonces, ¿cómo se desmoronó tan drásticamente?

Austeridad recargada

El resultado del domingo nos recordó que, a pesar del enorme perfil internacional de Orbán, esta fue una elección arraigada principalmente en realidades locales. Habiendo llegado al poder oponiéndose a la austeridad, el propio Orbán presidió lo que se convirtió progresivamente en una austeridad aún más drástica. Manteniéndose cerca de la ortodoxia fiscal de la UE, sus administraciones recortaron los presupuestos municipales, apenas invirtieron en infraestructura y consagraron un sistema de impuesto único y el IVA más alto del mundo.

Durante la pandemia de COVID, Hungría tuvo una de las tasas de mortalidad per cápita más altas de Europa y las frecuentes interrupciones de un sistema ferroviario estatal subfinanciado se convirtieron en un punto de inflexión de la ira popular en los últimos años. Si bien facilitó un boom de la construcción, sus políticas «profamiliares» consistieron en gran medida en rebajas fiscales y préstamos para las clases media y alta; por lo que más bien implicaron a una redistribución ascendente de la riqueza y no lograron revertir la caída de las tasas de natalidad. Ni J. D. Vance ni ninguna de las personalidades de derecha que peregrinaban a Budapest hablaron con los húngaros comunes que habían enfrentado años de estancamiento económico continuo —buena parte de ellos con niveles récord de inflación—, infraestructura en ruinas y un gobierno sordo a sus demandas.

La trayectoria de Orbán es, aun así, reveladora de la trayectoria de la ultraderecha en todo el mundo. Su hábil crítica del neoliberalismo tras la crisis financiera de 2008 y su uso selectivo de la intervención estatal en el poder esbozaron un nuevo contrato social con una comunidad nacional convocada —y disciplinada— a través de su «régimen de workfare». Este proyecto hizo eco e inspiró a partidos como los Verdaderos Finlandeses o los Demócratas Suecos en la década de 2010; algunos de sus elementos fueron articulados por Le Pen y Trump; y encontró su equivalente más cercano y sus aliados en el partido Ley y Justicia de Polonia.

Con el correr de la década, tras tomar o moldear suficientemente sus respectivos Estados, estos actores abandonaron casi por completo su pretensión bienestarista, un giro facilitado en gran medida por la debilidad del trabajo organizado. Estas promesas pueden haber sido huecas desde el principio, pero este proceso apunta también hacia la radicalización de grandes sectores del capital en todo el mundo. Habiendo descartado en buena medida la propia noción de contrato social, no pueden ofrecer mucho más que políticas de resentimiento, corrupción y militarización. Gran parte de estas tácticas han demostrado ser desalentadoramente eficaces a escala global, pero mientras el régimen de Orbán sufría una debacle electoral, multitudes jubilosas destrozaban los afiches electorales de su partido en todo el país.

Las apuestas perdidas de Orbán

La corrupción y la mala gestión desempeñaron sin duda un papel en los problemas económicos de Hungría, pero su mengua de margen económico es inseparable de los procesos internacionales. Siendo un país pequeño con escasos recursos naturales o capacidad de presión, la prosperidad económica de Hungría dependió durante mucho tiempo de la inversión extranjera. Desde la década de 2000, esta tuvo que ver sobre todo con la industria automotriz (predominantemente alemana), cuya presencia Orbán facilitó mediante exenciones fiscales y el poder disciplinador del Estado. Si bien algunos señalan la caída general de la manufactura alemana para explicar el propio declive de Hungría, esto es solo una parte de la historia.

Ya en 2016, Orbán realizó un esfuerzo concertado para atraer a fabricantes asiáticos de baterías a Hungría, con el objetivo de convertirla en un «hub de baterías» que conectara las economías asiáticas con los fabricantes europeos. La inversión fue asombrosa: en 2023, Hungría recibió el 43 por ciento de la inversión china en la UE y las fábricas brotaron por todo su territorio.

Sin embargo —como escribe el investigador Dávid Karas—, «careciendo de la infraestructura, la capacidad energética y la mano de obra necesarias para albergar un ecosistema de baterías, el gobierno asumió los costos de eliminar el riesgo de todo un régimen de producción». A medida que los precios de la energía se dispararon tras la guerra de Ucrania y Alemania recortó los subsidios a los vehículos eléctricos, todo el proyecto se desmoronó, tensando de manera significativa la red energética y la estabilidad macroeconómica de Hungría.

De manera significativa, esta fue una política industrial desvinculada de las realidades sociales. A medida que se hicieron evidentes los costos ambientales y sociales de estas fábricas —que ofrecen muy pocos puestos de trabajo locales y se demostró que contaminan gravemente el suelo y el agua—, el descontento creció incluso entre los fieles del Fidesz. En la última semana de la campaña electoral, se filtraron a la prensa informes sobre un encubrimiento gubernamental de accidentes industriales en la fábrica de Samsung en Göd, lo que provocó una oleada de indignación.

Hybris

Los fondos de la UE habían amortiguado los primeros años del régimen de Orbán y facilitado su consolidación; más allá de los roces públicamente conocidos con la Comisión Europea, en aquel momento había pocas diferencias sustanciales. Pero a medida que Orbán emprendió un camino cada vez más divergente en los últimos años —notablemente en lo que respecta a Ucrania—, los fondos de la UE fueron congelándose progresivamente en respuesta a una serie de vulneraciones del Estado de derecho. El ajuste financiero redujo el margen de maniobra del gobierno y, de manera significativa, dificultó el mantenimiento de las redes clientelares que mantenían a los empresarios medianos y a las figuras políticas locales dentro de la órbita del Fidesz.

Durante sus años en la oposición en la década de 2000, el Fidesz había construido una alianza con empresarios nacionales que se sentían excluidos de la economía húngara orientada a la inversión extranjera directa (IED). Sin embargo, hacia el final del gobierno del Fidesz, una proporción creciente del capital húngaro expresó públicamente su frustración ante la concentración de riqueza y poder en una pequeña clase oligárquica. A medida que la elite gobernante se entregaba a exhibiciones de riqueza cada vez más ostentosas —desde lujosos yates y estadios hasta cebras en la finca familiar de Orbán—, algunos empresarios llegaron incluso a declarar públicamente que el «juego estaba amañado».

Un proceso similar se desarrolló dentro del Fidesz: después de haber funcionado durante mucho tiempo como un vehículo de movilidad social y política para los ambiciosos —habitualmente hombres jóvenes de provincias, como los que habían formado el propio círculo de Orbán—, el partido se había atrofiado durante sus años en el poder. Surgido de este descontento, el propio ascenso frustrado de Magyar dentro del partido contribuyó sin duda a su ruptura.

La derrota de Orbán es también, en última instancia, un simple relato de hybris. Dieciséis años en el poder cegaron a la camarilla gobernante ante las realidades que enfrenta gran parte del país. Si la dependencia del régimen de la propaganda podía verse como una maniobra astuta y despiadada en sus primeros años, la elite orbanista parece haber creído cada vez más en sus propias fantasías, cada vez más grandiosas, y en los resultados de las ridículas «consultas nacionales» —ejercicios de propaganda financiados por el Estado— que organizaba regularmente. Si bien Orbán logró hacer jugar a su favor al miedo a la guerra en la vecina Ucrania en el período previo a las elecciones de 2022, el espectro de la amenaza existencial planteada por Kiev había perdido su filo después de cuatro años; y además, era más difícil presentar a Magyar como un agente ucraniano dado que este solo divergía levemente de la posición de Orbán en este asunto.

Esta complacencia se reflejó en la apagada campaña del Fidesz. Mientras que en elecciones anteriores se habían anunciado transferencias de dinero en efectivo y políticas económicas focalizadas en la previa al voto, la campaña de 2026 se construyó casi en su totalidad sobre el alarmismo y la noción de que Fidesz representaba la única opción estable.

Interrumpido a gritos por jóvenes manifestantes en un acto en Győr en los últimos días de la campaña, un Orbán enfurecido les gritó que deberían estar agradecidos. El hombre fuerte del régimen, János Lázár, hizo comentarios racistas profundamente dañinos durante la campaña sobre la población romaní del país, una minoría que de hecho a lo largo de la última década había votado en gran medida por Fidesz. Una operación de bandera falsa supuestamente dirigida contra la infraestructura energética que atraviesa Serbia resultó tan chapucera que incluso los medios afines al gobierno dejaron de informar sobre ella en poco tiempo. Como en los últimos veinte años, Orbán se negó a participar en cualquier debate público.

El ascenso del magyarismo

El ascenso de Magyar puede haber sido tan imprevisto como repentino —pero fue el resultado de la lenta disolución del proyecto económico del Fidesz y del contrato social que lo sostenía. También tuvo la fortuna de irrumpir en un campo anti-Orbán que había sido esencialmente arrasado: un vacío debido en partes iguales a la represión de Orbán sobre los potenciales contrapoderes, al deplorable historial de la oposición y a la misma ausencia de movimientos de masas con anclaje social que observamos en todo el mundo. Además de insider de Fidesz, Magyar es el ex marido de la ex ministra de Justicia Judit Varga, una de las principales responsables del desmantelamiento del Poder Judicial húngaro (quien luego lo acusó de violencia doméstica).

Magyar irrumpió en el mainstream húngaro en febrero de 2024 a través de una aparición en el canal de YouTube Partizán, durante la cual criticó el manejo de Fidesz del entonces incipiente «escándalo pedófilo» que había llevado a la renuncia tanto de Varga como de Katalin Novák, la presidenta húngara alineada con el partido de Orbán. Abogado y miembro de Fidesz desde 2006, Magyar había ocupado diversos cargos estatales de alto rango. La «deserción» de un insider orbanista fue lo suficientemente inusual como para captar la atención pública en un momento de aguda crisis moral para el gobierno.

Poco después, anunció su entrada en la arena política al frente del partido Tisza (Respeto y Libertad). En las elecciones europeas de 2024, superó ampliamente a todas las formaciones opositoras existentes. A diferencia de Orbán —que aparecía en entornos domésticos minuciosamente coreografiados o participaba en reuniones internacionales—, Magyar continuó su campaña por todo el país durante los dos años siguientes, emprendiendo a menudo viajes de semanas a pequeñas ciudades y pueblos.

El ascenso de Magyar se construyó sobre la indignación ante la decadencia moral y la corrupción de la elite gobernante; el hecho de que él mismo hubiera pertenecido a esa misma elite aportó tanto interés como credibilidad a su historia. Si esta indignación siguió siendo un elemento clave de su mensaje a lo largo de los últimos años, también hizo campaña con la promesa de invertir en el deteriorado sistema sanitario y la infraestructura del país. Supo entrelazar consideraciones sociales en lo que sigue siendo un programa esencialmente nacionalista, tecnocrático y pro-empresarial.

Movilizando a su causa a la juventud y a la clase media provincial abrumadoramente críticas de Fidesz, también pudo contar con el apoyo de empresarios descontentos que sentían que el partido de gobierno había «distorsionado la competencia»: su principal asesor económico es el ex vicepresidente global de Shell. Elementos del aparato estatal, temerosos de una ruptura con la UE y la OTAN, también se sumaron a Magyar, como lo demuestran las deserciones y las denuncias contra Orbán entre militares y policías de alto rango.

Prometiendo una renovación nacional y el restablecimiento de las normas democráticas y judiciales, el programa de Tisza es una mezcolanza de diversas inclinaciones políticas: promete un impuesto del 1 por ciento sobre la riqueza de los multimillonarios e inversión en vivienda social, pero también se compromete a no tocar el profundamente injusto sistema tributario de Fidesz, las desgravaciones fiscales «profamiliares» ni el régimen laboral. Prometiendo redoblar las políticas migratorias racistas de Fidesz, Magyar no atendió las demandas de los sindicatos ni a las iniciativas feministas, y si bien su programa alude a los méritos de las criptomonedas, la política climática está esencialmente ausente.

Hasta 2024, la trayectoria política de Magyar había estado enteramente moldeada dentro de Fidesz; con frecuencia mostró el mismo tipo de arrogancia y hostilidad al cuestionamiento que caracterizaba a los funcionarios del régimen. En sus primeras intervenciones tras las elecciones, prometió llevar ante la Justicia a quienes habían saqueado Hungría, limitar la jefatura de gobierno a dos mandatos y reincorporarse a la Corte Penal Internacional. También invitó a Benjamin Netanyahu a Hungría y elogió a la premier italiana de ultraderecha, Giorgia Meloni.

Desafíos por delante

La mayoría de los asesores y funcionarios electos del Tisza son desconocidos o están firmemente ubicados a la derecha del espectro político, e incluso el propio Magyar reconoció en su discurso de victoria que muchos lo habían votado menos por convicción que por necesidad. Habiendo absorbido la mayor parte de la oposición a Orbán, su propia coalición es inherentemente inestable. Ante desafíos económicos y políticos formidables, su base podría fracturarse rápidamente si no se materializan cambios tangibles.

Aunque firmemente derrotado, Fidesz no está, ni mucho menos, muerto: sus 2,2 millones de votantes —como subrayó Orbán— equivalen al mismo número que le había asegurado una mayoría de dos tercios de los escaños en 2014. Si el Tisza pudo contar con un gran número de voluntarios, Fidesz sigue siendo el único partido organizado institucionalmente a nivel nacional; su influencia se extiende además por toda la economía, el aparato estatal y el tejido social.

Tisza detenta la misma mayoría parlamentaria que le permitió a Fidesz modificar la Constitución a su antojo, pero también debe enfrentarse a tribunales hostiles, a un presidente leal a Fidesz y a una economía dominada por empresas transnacionales y oligarcas alineados con Orbán. La buena voluntad —y los fondos— de Bruselas podrían aliviar la situación del país a corto plazo, pero difícilmente pueden superar semejantes desafíos estructurales.

Una mirada desde la izquierda

El Parlamento húngaro elegido el domingo es el primero desde 1990 que no contiene ni un solo miembro nominalmente de izquierda. Además de las fracciones de Fidesz y Tisza, el abiertamente fascista partido Nuestro Hogar conservó su representación. En respuesta a la presión popular, las encuestas desfavorables y sus propias convicciones, los diputados de izquierda fueron abandonando progresivamente la contienda y respaldando a Tisza; otras voces de la izquierda extraparlamentaria llamaron a la abstención.

El partido Coalición Democrática (DK, durante mucho tiempo afiliado al desacreditado ex primer ministro socialista Ferenc Gyurcsány) apenas alcanzó el 1 por ciento y está finalmente destinado a unirse al otrora todopoderoso Partido Socialista y a los fragmentos del Partido Verde en el cementerio de lo que constituyó el rostro institucional de la izquierda húngara durante las últimas décadas. Otrora una fuerza prometedora que articulaba organización de base, política partidaria y trabajo comunitario, el movimiento Szikra (Chispa) se estancó ante desafíos formidables y la represión estatal. Después de décadas de represión tanto abierta como insidiosa, la densidad sindical y la organización gremial se encuentran en su mínimo histórico. En el conjunto de la región de Europa del Este, la oleada de movimientos de izquierda y verdes que emergió en la década de 2010 logró sobrevivir más que crecer.

Y sin embargo, la tardía desaparición de lo que a menudo apareció como izquierda en Hungría abre espacio para nuevas iniciativas y formas de organización. Existe también una escena progresista difusa y heterogénea que apenas estaba presente hace una década; surgió una nueva generación de organizadores sindicales y perduran plataformas y espacios de pensamiento crítico. El restablecimiento de un Poder Judicial y un aparato estatal menos represivos no puede abordar las causas profundas de la situación de Hungría, pero haría que la organización y movilización políticas fueran menos arduas de lo que lo fueron durante el gobierno de Fidesz.

La aspiración a un «Péter Magyar de la izquierda» sigue siendo una fantasía en las condiciones sociohistóricas existentes; sin embargo, su ascenso fue impulsado por un genuino apetito de cambio social e implicación política que cualquier iniciativa de izquierda debe tomar nota. Y si bien hay poco en el programa o la trayectoria de Magyar que rompa con la política orientada al mercado que convertió a Hungría en un país profundamente desigual, solo pudo alcanzar un apoyo tan amplio haciendo campaña por el tipo de políticas sociales conducidas por el Estado que anhela la mayoría de los húngaros. El fracaso en materializarlas podría llevar rápidamente a una confrontación con una población recién politizada.

Magyar aún no asumió el cargo, pero su promesa de un retorno a la normalidad ya puede descartarse como ilusoria: un orden internacional apuntalado por la hegemonía estadounidense, una globalización aparentemente sin fricciones y un clima relativamente estable no van a regresar. La Europa «a la que Hungría regresó» sigue careciendo de rumbo, permanece moralmente manchada y continúa siendo estructuralmente dependiente de la explotación del trabajo y los recursos de países como la propia Hungría. Pero el propio ascenso de Magyar epitomiza un terreno político hecho de cambio acelerado y recomposición. Hace dos años, el resultado del domingo era casi inimaginable. La movilización a gran escala, la esperanza y la politización que condujeron a este resultado pueden, ojalá, dar lugar a un espacio político más abierto y plural.

Este cambio quizás no sea visible desde la luna. Pero puede, esperemos, permitir la apertura de nuevos caminos.

 

Áron Rossman-Kiss

Áron Rossman-Kiss es investigador, trabajador del arte y organizador político. Vive entre Budapest y Viena.

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