En las últimas décadas, la economía de la atención se volvió una de las claves para entender el capitalismo contemporáneo. Vivimos rodeados de una cantidad de información que desborda cualquier capacidad humana de procesamiento. En ese contexto, la atención deja de ser un trasfondo silencioso de la experiencia para convertirse en un recurso escaso y disputado.
Este artículo parte de una pregunta simple: ¿qué hacen los medios con nuestra atención? La respuesta que proponemos es que los medios no solo capturan la atención sino que la sincronizan: alinean ritmos de percepción y disposiciones afectivas, producen coincidencias en la manera de experimentar el mundo. Esa sincronización no es neutral. Tiene ganadores y perdedores, y sus efectos se extienden mucho más allá de la pantalla. El objetivo del artículo es recorrer distintos dispositivos mediáticos (el libro, el cine, internet) para mostrar cómo cada uno organiza la atención de una manera específica y con consecuencias políticas concretas.
Entendida así, la sincronización no remite a una coincidencia mecánica ni a una experiencia idéntica compartida por todos. Designa el proceso mediante el cual los medios coordinan cuerpos, miradas y expectativas, aun cuando esa coordinación sea desigual o conflictiva. La atención es siempre un fenómeno colectivo, incluso cuando se vive como algo íntimo. La pregunta política no es si los medios sincronizan o no: es qué tipo de sincronización producen y a favor de quién.
Christian Marazzi observó que el capitalismo contemporáneo se caracteriza por una porosidad creciente entre la economía «real» y la economía financiera. En ese marco, el lenguaje y la comunicación se convierten en fuerzas productivas primarias. Y dado que la información puede multiplicarse sin límite mientras que la atención humana no puede, la competencia por capturarla adopta la forma de una guerra permanente: los medios compiten, se superponen y se neutralizan entre sí.
¿Qué estatuto teórico tiene la atención en este esquema? Sería impreciso decir que es una mercancía en el sentido clásico del término. La atención no se intercambia directamente ni tiene un valor de uso independiente. Una analogía más exacta es la del dinero: así como el dinero media entre mercancías sin tener valor de uso propio, la atención capturada es la condición de posibilidad del intercambio mercantil contemporáneo. Lo que circula no es la atención en sí, sino los productos y publicidades que la atención capturada hace rentables.
A diferencia del dinero, la atención no es un equivalente neutro. Lo que está en juego cuando se la captura es la construcción de identidades y deseos. Capturar atención hoy equivale a orientar consumos futuros y hábitos culturales. Además, la atención capturada en el presente casi garantiza capturar atención en el futuro: funciona como una deuda que el usuario contrae sin saberlo con la plataforma.
Aquí se ve con claridad la originalidad del capitalismo cognitivo respecto de sus formas anteriores. La producción de valor ya no se apoya solo en el trabajo manual. Moviliza también el lenguaje y el afecto. El tiempo de ocio no escapa a esa lógica: se convierte en uno de sus espacios centrales. Los usuarios de plataformas no son solo consumidores pasivos; generan contenidos, los circulan, los comentan. Son también productores, aunque sin remuneración y en condiciones definidas por otros. La atención, en este sentido, es una forma de trabajo no pagado.
Bernard Stiegler ofrece aquí una pista útil. Los medios técnicos funcionan como memorias exteriores: almacenan, repiten y formalizan comportamientos. A través de lo que Stiegler llama grammatización -el proceso por el cual los gestos y emociones se convierten en representaciones reproducibles como imágenes, códigos o algoritmos- los medios no solo registran la experiencia humana sino que la moldean. No se trata únicamente de un control sobre los cuerpos, en el sentido foucaultiano. Stiegler habla de psicopoder: una intervención directa sobre las formas de atención, sobre cómo se aprende a percibir y a desear.
La distinción importa. El biopoder actúa sobre poblaciones y cuerpos. El psicopoder actúa sobre la atención misma: desplaza las formas de concentración profunda, las que permiten sostener una idea o imaginar algo distinto, hacia formas de atención fragmentada diseñadas para maximizar el consumo. No es un complot. Es la lógica estructural de industrias cuyo modelo de negocio depende de mantener a los usuarios enganchados el mayor tiempo posible.
Stiegler señala además el carácter farmacológico de los medios: son veneno y remedio al mismo tiempo. La misma tecnología que fragmenta la atención puede también organizarla y convertirla en instrumento de coordinación colectiva. Nada está determinado de antemano. La pregunta política no es si la técnica es buena o mala: es quién controla sus formas y con qué fines.
Esto la convierte en una forma de resistencia, aunque no debería romantizarse. Leer no produce automáticamente conciencia crítica ni garantiza emancipación alguna. Lo que preserva es algo más modesto: la capacidad de sostener una idea en el tiempo, de construir una experiencia que no responda al pulso inmediato del mercado.
Peter Sloterdijk describió la cultura letrada como una comunidad construida en el tiempo diferido, no en la simultaneidad. Los lectores de un mismo libro no lo leen al mismo tiempo ni en el mismo lugar, pero comparten algo: una forma de atención lenta e introspectiva que conecta épocas y distancias. En un capitalismo que necesita sincronizar percepciones para extraer valor, esa lentitud tiene un carácter político mínimo pero real: mantiene abierto un espacio donde la experiencia no queda del todo subsumida en la aceleración técnica.
No es poco. Tampoco es suficiente.
Walter Benjamin fue uno de los primeros en tomarlo en serio como fenómeno político. El cine, para él, no era simplemente un nuevo arte: era una máquina de reorganizar la percepción colectiva. La risa compartida, el sobresalto simultáneo, el silencio expectante antes del golpe de efecto; nada de eso es accidental. Son efectos del dispositivo. El espectador no controla el tiempo; se ajusta a él.
Benjamin llamaba a esto inervación: la manera en que la técnica cinematográfica se mete literalmente en el cuerpo, entrena reflejos y habitúa a la discontinuidad. Ver cine es un aprendizaje físico, no solo intelectual. Y ese aprendizaje es colectivo.
Décadas después, Jonathan Beller llevó esta intuición más lejos: mirar ya es una forma de trabajo. La atención visual que el cine extrae del espectador produce valor, valor que se apropia la industria, no quien mira. La sincronización deja de ser solo un fenómeno estético para convertirse en uno económico.
Las plataformas producen alineamientos masivos: viralizaciones, tendencias, momentos de indignación o euforia compartidas. Al mismo tiempo, fragmentan la experiencia en burbujas personalizadas donde cada usuario recibe una versión distinta del mundo. No se trata solo de polarización ideológica: es una ruptura de la experiencia común. Los grupos se sincronizan hacia adentro y se desconectan entre sí.
El algoritmo es el mecanismo de ese proceso. No muestra el mundo: predice qué va a mantener al usuario enganchado y le muestra eso. La atención ya no se organiza en torno a una masa sino en torno a micro-colectivos y trayectorias individuales. Existe, en cierto sentido, una internet para cada uno, lo cual hace casi imposible hablar de un espacio público compartido.
El resultado es paradójico: nunca estuvimos tan conectados y nunca fue tan difícil coordinar algo juntos.
Cada medio organiza esa disputa de una manera distinta. La lectura preserva una atención lenta y autónoma. El cine construyó una sincronización sensorial colectiva que Benjamin vio como potencialmente emancipadora. Internet produce sincronías aceleradas y al mismo tiempo multiplica las desincronías.
La técnica no determina por sí sola el destino político de una sociedad. Eso es lo que Benjamin entendió con el cine y lo que Stiegler repite con los medios digitales: lo decisivo es cómo se organiza la experiencia sensible, quién controla esa organización y con qué fines. Las formas de dominación y las posibilidades de emancipación se juegan exactamente ahí.
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