La última vez que visité La Habana, en marzo de 2025, fue en medio de lo que entonces era el peor apagón en años. Al descender el avión, el suelo debajo aparecía casi completamente a oscuras, apenas salpicado por la luz de los microsistemas que se mantienen funcionando durante los cortes de electricidad. Esa noche de sábado, la mayoría de los bares de la ciudad estaban cerrados, con la excepción de aquellos que podían permitirse sus propios generadores. Mi vecino de asiento durante la travesía sobre el Atlántico resultó ser un locuaz ingeniero que viajaba a Cuba como parte de una delegación de la Unión Europea interesada en la construcción de baterías y parques solares descentralizados que —según me dijo— podrían resolver los problemas crónicos de suministro de energía eléctrica de Cuba durante los próximos treinta años. Pero los progresos seguían siendo lentos —cuestión de años, en lugar de una solución a corto plazo de la crisis energética—, de lo cual el ingeniero culpaba a la burocracia. Entretanto, el Estado insular se mantenía a duras penas en pie gracias a los suministros de petróleo venezolano, cada vez más restringidos por las sanciones de Estados Unidos, al tiempo que recurría a otras fuentes como México, Rusia y Argelia; o como las barcazas eléctricas turcas ancladas en la bahía de La Habana, que inyectaban un poco más de energía a la red. Cuba se ha visto plagada de apagones desde 2024, cuando se redujeron drásticamente las importaciones de petróleo venezolano, problema agravado por el envejecimiento de la tecnología en ese sector, en gran parte de fabricación soviética. La limitada disponibilidad de energía eléctrica se raciona mediante cortes programados, mientras que los excesos momentáneos de demanda se gestionan mediante «desconexiones de carga» y apagones parciales. Ningún lugar se libra por completo de los cortes de electricidad —ha habido momentos en que se ha caído toda la red—, pero fuera de la capital la situación es mucho peor.

Figura 1: Exportaciones de crudo y petróleo a Cuba desde 2020

Fuentes: Kpler, FT.

Tras un período de relativo optimismo por la apertura bajo Obama y el inicio de un programa de «reformas» por parte de La Habana, el recrudecimiento del bloqueo tanto bajo Trump durante su primer mandato como después bajo Biden —en un contexto de desastres agravantes como la epidemia de COVID y el colapso del turismo internacional, el aumento de la inflación a escala mundial, el desorden macroeconómico local, la escasez de productos básicos y la migración masiva de jóvenes— ha dejado al Estado cubano en su momento más vulnerable desde el triunfo de la Revolución en 1959, sin exceptuar el «período especial» postsoviético, cuando la isla enfrentó igualmente problemas de suministro de energía eléctrica y las restricciones en el abastecimiento de alimentos provocaron brotes de enfermedades hasta entonces desconocidas, pero aun así logró mantener a una población en crecimiento, a diferencia de hoy, en que hace frente a un colapso demográfico. Infortunio tras infortunio, en 2025 el resurgimiento a nivel internacional de enfermedades transmitidas por mosquitos, como la chikunguña y el dengue, azotó a un país que ya sufría de escasez de medicamentos, a lo que vino a sumarse la estela de destrucción que dejara el huracán Melissa a su paso por la zona oriental de la isla. Entretanto, el Caribe volvía a ser escenario de un amenazador despliegue estadounidense —el mayor en la región desde el fin de la Guerra Fría— durante el cual se ejecutó sumariamente a llamados «narcoterroristas» frente a las costas venezolanas. Lo absurdo de las alegaciones por parte del gobierno de Trump en relación con un presunto «Cartel de los Soles» —al tiempo que aumentaba la presión sobre Nicolás Maduro— acentuó la sensación de que los verdaderos objetivos de semejante despliegue no se habían revelado: ¿sería Cuba la que estuviera en la mirilla?

Las estrechas relaciones entre los Estados venezolano y cubano comenzaron a forjarse a principios del primer mandato presidencial de Hugo Chávez, sobre la base de convicciones políticas compartidas y la amistad entre Chávez y Fidel Castro, quienes, según me han dicho, solían llamarse a altas horas de la madrugada para conversar sobre política mundial y literatura. En 2000, al amparo del Convenio Integral de Cooperación entre ambos países, se establecieron acuerdos en virtud de los cuales Cuba enviaría personal médico y técnico a Venezuela a cambio de petróleo; el tratamiento por parte de médicos cubanos se convirtió en algo habitual en Venezuela. Uno tras otro, un intento de golpe militar en 2002, un referéndum revocatorio en 2004 y un plebiscito constitucional que concluyera en derrota en 2007 llevaron a Chávez a solicitar a Cuba apoyo para reforzar su gobierno mediante la reestructuración de los servicios militares y de inteligencia. Es ese el origen de la presencia de los guardaespaldas cubanos que serían asesinados durante el secuestro de Maduro el 3 de enero. En la febril imaginación de la derecha de Miami, esos acuerdos vinieron a servir de base a una tesis al estilo de la cola que menea al perro, según la cual era Cuba quien verdaderamente gobernaba a un país muchas veces superior en población, superficie y riqueza. El derrocamiento del chavismo por parte de Washington podía así reconceptualizarse implícitamente como un acto de liberación nacional respecto de la dominación de Venezuela por Cuba.

Desde el comienzo de su carrera política, Marco Rubio ha pulido sus credenciales anticomunistas ante la audiencia de Miami, para lo cual ha presentado a sus padres como refugiados de la Cuba de Castro, cuando lo cierto es que se habían convertido en residentes de Estados Unidos tres años antes de la Revolución. Ya durante el primer gobierno de Trump —en un contexto receptivo a los halcones en materia de política con respecto a América Latina—, Rubio desempeñó un papel en la configuración de políticas agresivas hacia Caracas y La Habana. No fue de extrañar entonces que su nombramiento como Secretario de Estado supusiera una mayor presión sobre ambos países. Desde que, tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, se empezara a adoptar medidas para cortar el flujo de fondos financieros en dirección a Al Qaeda, Estados Unidos ha perfeccionado sus herramientas de guerra económica, habiendo reclutado a los Departamentos del Tesoro y de Comercio para que causaran estragos en las economías de los adversarios de turno —Corea del Norte, Irán, Rusia, Venezuela— excluyéndolos de los mercados financieros mundiales, de los mecanismos de compensación del dólar, del sistema de pagos SWIFT o, simplemente, haciendo que fuese demasiado arriesgado para los bancos entrar en tratos con esos países. Esas medidas, que se han convertido en armas predilectas en una época en que han perdido su atractivo las intervenciones militares directas —habida cuenta del desastre que dejó tras sí la invasión de Iraq y la humillación de la derrota ante los talibanes—, suelen traer como resultado la inflación, la depreciación de la moneda y la escasez.

El objetivo declarado de las sanciones impuestas a Cuba por Estados Unidos desde principios de la década de los sesenta ha sido deslegitimar al gobierno cubano infligiendo penurias económicas a la población; el hecho de que, dos tercios de siglo después, aún no se haya producido la esperada revuelta popular ha suscitado poca reflexión estratégica. Al parecer, el statu quo ha persistido ya durante tanto tiempo que la voluminosa bibliografía reciente sobre las sanciones tiene dificultades para encontrar algo que decir al respecto. La política estadounidense hacia Cuba ha sido tan persistentemente punitiva desde el triunfo de la Revolución que cabe preguntarse si existe algo más que Estados Unidos pueda hacer. Sin embargo, las sanciones contra Cuba han cambiado durante esta nueva era de guerra económica, comenzando por el ataqueexpresamente dirigido contra la industria turística en 2003 y continuando con la reimposición por parte de Trump y Biden del Título III de la Ley Helms-Burton, cuyo objetivo es disuadir las inversiones extranjeras por medio de amenazas jurídicas. En momentos en que los llamados «puntos de estrangulamiento» geoeconómicos desempeñan un papel cada vez más protagónico en la política exterior estadounidense —y con un «giro hemisférico» a la vista en el horizonte—, la dependencia cubana respecto del petróleo venezolano ofrecía un blanco fácil y la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro. Si bien Cuba ha mantenido un significativo grado de apoyo internacional, los impopulares remanentes del chavismo oficial —que reinaban de forma antidemocrática sobre una sociedad sumida en la corrupción y en sus propias crisis económicas recurrentes— eran un blanco de ataque por el que pocos a nivel internacional derramarían una lágrima una vez alcanzado, excepto Cuba.

A partir de 2017, el primer gobierno de Trump intensificó las sanciones contra Venezuela. Pero, al igual que en el caso de Rusia, esta vez la guerra económica no ha sido una simple cuestión de bloqueo a la vieja usanza —independientemente del reciente espectáculo de los petroleros capturados en altamar—, ya que la inveterada imbricación de los sectores petroleros venezolano y estadounidense persistió de forma reducida incluso bajo Chávez, al tiempo que Chevron obtenía una exención especial del Departamento del Tesoro para seguir operando en Venezuela a pesar de las sanciones, exención que no se rescindió sino en la primavera de 2025. Debido a esas complicaciones, las medidas estadounidenses han amenazado con ser contraproducentes en algunos momentos: en un cómico paso en falso, el Estado ruso, a través de Rosneft, estuvo a punto de heredar una parte importante de la infraestructura petrolera de Estados Unidos tras el hundimiento de la empresa venezolana PdVSA, en cuyas acciones Rosneft tenía una significativa participación, lo que llevó a que funcionarios del Departamento del Tesoro se apresuraran a cerrar la puerta.

Tras una pausa entre 2020 y 2022, las importaciones estadounidenses de crudo venezolano se reanudaron en 2023, mucho antes de la reciente intervención militar, a un ritmo muy superior al que Venezuela se los suministraba a Cuba (compárese la figura 2, infra, con la figura 1, supra). En lugar de centrarse simplemente en la producción, las sanciones se aplicaron —al igual que en el caso de Rusia— al transporte marítimo, estableciéndose así una distinción —que los propios Estados Unidos se han encargado de controlar— entre petroleros lícitos e ilícitos. No puede haber duda alguna respecto del lado de esa línea de demarcación en que se situaban los envíos a Cuba: parte de la campaña de presión naval sobre Maduro comprendió la incautación, el pasado mes de diciembre, de un envío con destino a Cuba, en un año en que los propios Estados Unidos ya habían aceptado una cantidad mucho mayor de crudo venezolano. Los funcionarios estadounidenses a cargo de las sanciones no suelen preocuparse demasiado por la coherencia de los discursos jurídicos y éticos que acompañan a sus actos de guerra económica.

Figura 2: Importaciones estadounidenses de crudo venezolano desde 2017

Fuente: Administración de Información Energética de Estados Unidos.

En 2025, México desplazó a Venezuela como principal proveedor de petróleo a Cuba, según un arreglo que probablemente estipule la entrega de suministros a precios de descuento o de forma gratuita, si bien a niveles muy inferiores a los suministros hasta entonces enviados desde Caracas. Suministros, los de México, hoy incluso en tela de juicio, por cuanto México ya ha suspendido varios envíos, en virtud de una decisión que Claudia Sheinbaum ha calificado de «soberana», si bien la postura amenazante de Estados Unidos hacia México en un momento en que se está revisando el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá no deja de ser un elemento adicional de peso en esa decisión. En el momento de redactarse este artículo, el gobierno de Trump acababa de declarar que impondría aranceles a cualquier país que suministrara petróleo a Cuba, sobre la base del argumento, a todas luces ridículo, de que Cuba había adoptado «medidas extraordinarias que perjudican y amenazan» a Estados Unidos y que el país caribeño «apoya el terrorismo y desestabiliza la región a través de la migración y la violencia».

El cerco se estrecha, pero Cuba cuenta con cierto suministro interno de crudo y cierta capacidad de refinación, factor que da cuenta de una parte nada desdeñable de lo que consume el país: el 41 % en 2023, incluso antes del colapso de los suministros venezolanos; en apariencia, un porcentaje suficiente para mantener en funcionamiento las destartaladas centrales termoeléctricas que constituyen la columna vertebral de la red eléctrica cubana. Cuba también cuenta con gas natural, recurso que representó el 12,6 % de la generación de electricidad y el 23,6 % de la producción energética nacional en 2023; en su conjunto, esos combustibles fósiles por sí solos representan una ligera mayoría de la producción energética procedente de fuentes «soberanas». Consiguientemente, Cuba podría disponer de cierta capacidad para resistir incluso un embargo total de combustible, sin que ello deje de entrañar un desafío: no hay que subestimar el hecho de que, en ese mismo año, la mayor parte del suministro de petróleo a Cuba —que representa el 84 % de su consumo total de energía— procedía de Venezuela.

¿Podrían las energías renovables venir al rescate? «Por mucho que quieran, no nos pueden quitar el sol»—me dijo un funcionario cubano en 2025. Recientemente, China ha estado financiando proyectos solares en todo el país, por lo que es concebible que la situación pueda transformarse con relativa rapidez: en 2023, la electricidad total generada ascendió a 54.304 MWh al día, de los cuales solo 457,5 MWh, o el 0,8 %, procedían de la energía solar, pero la capacidad solar al parecer es hoy de 3250 MWh al día, lo que supone un aumento del 610 % en apenas un par de años. Aunque todavía es una parte bastante pequeña de lo que se necesita (alrededor del 6 % del total de 2023), se prevé que esa cifra se triplique, como mínimo, para 2030, lo que situaría a la energía solar en torno al 18 % del total. La cuota combinada de las energías renovables en la mezcla energética ya había aumentado significativamente, habiendo alcanzado el 5,2 % en 2021. Si bien todavía no estamos ante una revolución energética, hay indicios de que podría producirse una transición relativamente rápida, en la que la energía solar cubra cada vez más el vacío dejado por las fuentes de energía no soberanas. Es posible que la actual crisis energética represente un momento crucial en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, entre el estrangulamiento de la dependencia del petróleo venezolano y una alternativa ecológica a este.

La cuestión es si el Estado cubano cuenta o no con la capacidad de aguantar lo suficiente como para alcanzar un nuevo terreno estratégico. Además de la ampliamente difundida exigencia expresada el 11 de enero —que Cuba «llegue a un acuerdo, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE»— y de haberse mantenido el habitual tono amenazador, Trump ha dejado transparentar cierta ambivalencia sobre las perspectivas de Estados Unidos en ese sentido, quizás sobre la base de alguna evaluación realizada por los propios servicios de inteligencia estadounidenses:

No creo que sea posible ejercer mucha más presión, salvo entrar y arrasar con el lugar. Mira, los cubanos… todo su sustento, todo lo que los mantiene con vida lo tenían por Venezuela [. . .] Creo que Cuba pende de un hilo [. . .] Mira, Cuba obtenía todo su dinero por proteger [a Maduro]. Eran como protectores. Son gente dura, fuerte. Son gente estupenda. Marco tiene un poco de sangre cubana […] Creo que Cuba está realmente en serios problemas. Pero, para ser justos, hay que decir que la gente lleva muchos años diciendo eso de Cuba. Cuba lleva 25 años con problemas. Y, aunque no han caído del todo, creo que están muy cerca de hacerlo por su propia voluntad.

A pesar de su deterioro, vale la pena recordar algunas particularidades sobre Cuba que podrían poner en tela de juicio las perspectivas de una fácil victoria de Estados Unidos.

Huelga decir que, en cualquier enfrentamiento militar directo, Estados Unidos poseería una capacidad destructiva absolutamente abrumadora; en efecto, podría «arrasar con el lugar» con suma facilidad. Pero Estados Unidos tiene un pobre historial en lo que se refiere a ganar guerras, incluso pequeñas, algo que podría estar relacionado con su dependencia de la superioridad tecnológica. Es más, en general su población se sitúa bastante a la izquierda del lobby de Miami en lo que respecta a la política hacia Cuba: una clara mayoría apoyó la apertura de la época de Obama y el fin de las sanciones. Cuba, por su parte, cuenta con un arsenal pequeño y decrépito, en su mayor parte de fabricación soviética, con algunos suministros rusos más recientes. Sin embargo, a nivel mundial, su presupuesto militar es relativamente alto: el 4,2 % del PIB en 2020, según la última estimación publicada por la CIA (si bien cabe señalar que esa proporción del PIB puede deberse en parte a la prioridad concedida a los gastos militares en un contexto de reducción de la producción total). Según el informe de 2025 de Global Firepower, el presupuesto cubano de defensa era de 4.500 millones de dólares, lo que situaba a Cuba en el puesto 54 entre 145 países: cifra harto considerable para un país pobre con una población inferior a 10 millones de habitantes.

El historial de Cuba, en cambio, nos habla de un país dado a rendir más allá de sus capacidades: es el único país de su tamaño con un historial de campañas militares extranjeras exitosas, emprendidas por iniciativa propia y por invitación de los movimientos de liberación nacional en Angola, Guinea-Bissau y Mozambique, por no mencionar los sorprendentes logros alcanzados en materia de inteligencia contra Estados Unidos. Por supuesto, Cuba se ha estado preparando para una invasión estadounidense más o menos desde el triunfo de la Revolución. Sus fuerzas armadas cuentan con unos 50.000 miembros en activo y están estrechamente integradas en el régimen civil del Partido Comunista, mientras que una gran parte de la población permanece nominalmente disponible para ser llamada a filas. Las fuerzas armadas gozan de un alto nivel de legitimidad entre la población cubana, pues se han mantenido al margen de la represión interna y controlan los sectores más lucrativos de la economía: turismo, finanzas, construcción, bienes inmobiliarios, etc. Y, salvo por la base estadounidense en la bahía de Guantánamo, Cuba tiene la ventaja insular de contar con fronteras naturalmente defendibles.

Aunque cualquier enfrentamiento directo entre Cuba y Estados Unidos sería claramente una pelea entre David y Goliat, un enfoque basado directamente en la presencia de «botas sobre el terreno» podría resultar costoso e impopular para Estados Unidos, factores que a menudo son decisivos para ganar una guerra. Por consiguiente, la exhortación de Trump a los cubanos para que vengan «por su propia voluntad» y «lleguen a un acuerdo» probablemente sea la vía más realista para que Estados Unidos salga victorioso. Es intrínsecamente más difícil evaluar si parte del ejército, la burocracia o el Gobierno cubanos podrían ser receptivos a tales súplicas, como parece haber sido el caso en Venezuela; cosas que son opacas por naturaleza. El hecho de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias controlen partes claves de la economía en un contexto de liberalización parcial y crisis general tal vez conlleve un riesgo de corrupción. La experiencia generalizada de familias divididas entre Cuba y Florida, con la inevitable comparación en términos de riqueza, podría suponer un factor subjetivo de atracción para algunos en todo el Estado cubano y las Fuerzas Armadas.

Pero no hay que subestimar la fuerza del nacionalismo cubano. En el caso de Cuba, el Estado-nación es algo prácticamente sui generis: el producto tardío no de iniciativas de la élite criolla, como fue habitual en las Américas, sino del vuelco de una lucha convencional por la independencia en una guerra social por la liberación de los esclavos, contra el telón de fondo de un último reducto de la economía de plantaciones atlántica. Ello dotó al proyecto cubano de un aspecto social mucho antes de la llegada de Fidel Castro y, además, fue en esencia eso lo que se inhibió cuando Estados Unidos invadió la isla en 1898 —con el pretexto de apoyar la independencia del pueblo cubano— para reclamar las últimas colonias de España y apoderarse de gran parte de la economía local. Por esa razón, lo que Fernando Martínez Heredia denominó la primera y la segunda «repúblicas» de Cuba resultaron a la larga inestables: bajo la dominación estadounidense, ambas repúblicas se esforzaron por llegar a acuerdos que pudieran resolver las persistentes demandas sociales. Si bien las presiones geopolíticas han empujado durante mucho tiempo a Cuba hacia la condición de protectorado de Estados Unidos, sus fuerzas sociales, plenamente conscientes de ello, han supuesto un importante freno. Así ocurrió incluso bajo el régimen de Batista, momento —como de todos es conocido— simbolizado en El padrino, parte II, cuando la mafia corta un pastel que representa la isla.

En última instancia, tales tensiones pudieron resolverse mediante una revolución y la consolidación de un tipo peculiar de Estado —internacionalista, social, popular— distinto de los Estados típicos de la región. La forma arquetípica de Estado en América Latina es tan extrovertida y está tan socialmente dividida que apenas puede considerarse «nacional»: propensa a golpes de Estado, con una pequeña élite rica que controla gran parte de la economía y tiende a alinearse con los intereses extractivos extranjeros; plagada por la delincuencia y la corrupción; apenas fugazmente democrática, si fuera el caso. Es esa una configuración de la que Cuba se salió en gran medida gracias a la Revolución, que, a pesar de sus aspectos autoritarios y burocráticos, ha mantenido durante décadas un inusual aspecto demótico y una capacidad intermitente de participación masiva. La identidad cubana es algo complejo, dada la dispersión de su diáspora y la contradicción que encarna el estrecho de Florida, pero en la medida en que siga identificándose con un territorio y una vívida experiencia de trato prepotente por parte de su vecino del norte, podrá fácilmente adoptar un cariz militante. La identificación con las huestes mambisas, la invocación de la carga al machete, la iteración del grito de «Patria o muerte» —a menudo en los más altos niveles del Estado— no carecen de bases populares residuales. Hasta en lo más profundo de la desmoralización tras años de crisis y del desvanecimiento de la generación revolucionaria, las amenazas externas pueden atizar esos rescoldos.

La célebre afirmación de Charles Tilly según la cual «la guerra hizo al Estado» tiene, en este caso, visos de veracidad. El gobierno revolucionario tuvo que rehacer los aparatos represivos internos y las fuerzas militares externas prácticamente desde cero, bajo la amenaza inminente de una invasión estadounidense, y pudo hacerlo con una historia nacional convincente: la epopeya de la independencia, desde José Martí hasta Fidel Castro. Bajo una intensa presión, se crearon estructuras para imponer la disciplina frente a las amenazas conjuntas de la contrarrevolución interna y la intervención externa. No es de extrañar que esto diera lugar a un Estado parcialmente militar-autoritario: conviene recordar que Francia y Gran Bretaña forjaron Estados de ese tipo en sus momentos revolucionarios, por no mencionar, por supuesto, la experiencia más amplia de las revoluciones comunistas del siglo XX. Algunos aspectos del modelo estatal cubano —el monolitismo, la desconfianza hacia las corrientes críticas, la intolerancia cultural— se importaron posteriormente de una Unión Soviética ya conservadora, sin que por ello Cuba perdiera una independencia y una capacidad de actuar de forma diferente que eran artefactos de su propia dimensión anticolonial; simplemente no se puede injertar al por mayor otro modelo estatal sin bases materiales. De hecho, si ha habido una influencia externa significativa en la formación del Estado cubano, es la presión persistente a la que ha estado sometido por Estados Unidos. Ello, sin duda, ha acentuado las tendencias hacia la consolidación autoritaria y ha obstaculizado las perspectivas de una plena participación democrática, mientras que la aceptación de migrantes por parte de Estados Unidos ha tenido el efecto perverso de proporcionar una válvula de escape a los sectores descontentos de la población, al tiempo que debilita demográficamente a Cuba.

En contraste, a pesar de la larga historia de golpes de Estado y corrupción anterior a Hugo Chávez, y de una constitución popular y democrática bajo su mandato, el Estado venezolano jamás experimentó el mismo tipo de remodelación revolucionaria. Y pese a que Chávez contó con el apoyo de Cuba para reestructurar parte del ejército y de los servicios de inteligencia, las transformaciones chavistas tuvieron un alcance más limitado. Es probable que esto haya brindado mayores oportunidades a los servicios de inteligencia estadounidenses para ganar terreno o encontrar posibles traidores con quienes negociar. Es difícil imaginar que ello valga en la misma medida en el caso de Cuba. Sin duda, los espías han estado estudiando cuidadosamente el terreno para ver dónde podrían obrar su magia, pero puede que a los mecanismos creados precisamente para evitarlo les quede algo de vida. El ejemplo reciente de Alejandro Gil Fernández, Ministro de Economía hasta su caída en 2024, condenado por espionaje y por delitos de corrupción, malversación, soborno, evasión fiscal y blanqueo de capitales, podría ser una señal de lo que apuntamos, aunque la mezcla de acusaciones y la opacidad del proceso parecerían aconsejar no dar por sentada la veracidad de la versión oficial. Han circulado rumores sobre casos de corrupción a niveles altos y de cooptación por parte de servicios de inteligencia extranjeros, pero es difícil saber qué creer y qué no. Ahí radica el mayor peligro. Los Estados revolucionarios no permanecen inalterados con el paso del tiempo, y sus mutaciones suelen estar vinculadas a la desaparición de sus fundadores. A medida que la cohorte revolucionaria va desapareciendo, Cuba se adentra en territorio desconocido. ¿Encontrará su antiguo antagonista finalmente colaboradores adecuados o sus más recientes agresiones movilizarán a las generaciones nuevas?

 

Publicado originalmente en Sidecar. Traducido al español y publicado por Communis.

Rob Lucas

Director editorial de New Left Review.

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