Tenemos que repetir ciertas cosas, las veces que haga falta: lo central ahora es parar el genocidio. En ese sentido todo cese de los bombardeos es progresivo. Pero debemos comprender que el plan trumpista no es un plan de paz. De hecho, con Israel, en la medida en que no sea desarmado como Estado colonialista, no hay paz posible, aún si se logran armisticios temporales. Israel puede pausarla estratégicamente, pero no va a detener la limpieza étnica de Palestina. La ofensiva israelí sobre Gaza es la continuación del despojo económico y social de la población palestina iniciado hace más de un siglo por parte del movimiento sionista. Fue un colonialismo particular, sin metrópoli. Para muchos judíos fue un proyecto de liberación nacional, el sueño de salvación de un pueblo diezmado, pero su constitución política fue la de un colonialismo de asentamientos que, desde un comienzo, negó la existencia y la identidad palestina para luego trabajar denodadamente en destruirla. Pretendía ser una democracia occidental etnocrática en un territorio donde los judíos eran minoría. Había una sola deriva para un estado exclusivista de ese tipo: radicalizar su carácter supremacista y su empresa colonial. El 7 de Octubre de 2023 le dio una oportunidad única al Estado sionista en ese sentido. Lo que venimos viendo es el intento, mediante limpieza étnica y genocidio, de lograr una mayoría israelí-judía desde el río hasta el mar. Hoy, en la Palestina histórica, la población está dividida casi por igual: alrededor de siete millones y medio de origen israelí-judío y siete millones y medio de origen árabe-palestino. Israel apuesta a que, con Gaza ahora invivible, se produzca un exilio masivo sumado a los miles de muertos, y que en Cisjordania los pogroms de colonos y milicias, resguardadas por el ejército, expulsen progresivamente a los palestinos de sus tierras para transformarlos a su vez en refugiados. La idea explícita es anexionarse Gaza y Cisjordania garantizando una mayoría demográfica israelí, dejando a lo sumo una pequeña población palestina con derechos limitados, similar al estatus de los «árabes-israelíes» dentro de las fronteras de 1948: ciudadanos de segunda con derechos políticos limitados (votar, pero no manifestarse por ejemplo) y muchísimos menos derechos económicos y civiles (por no hacer el ejército no tienen los mismos beneficios laborales y crediticios de un Israelí, su idioma natal, el árabe, ya no es lengua oficial dentro del estado en que son el 20% de la población, etc.). Israel vio una ventana de oportunidad para concretar ese proyecto mediante un genocidio, y eso es lo que estamos presenciando. Pero presenciar sin más un genocidio no debería ser una opción. John Berger escribió en algún lugar que se puede declarar inocente de una conspiración tanto a quien ignora dicha conspiración como a quien la resiste activamente. Hoy no hay excusas: nadie puede ignorar lo que ocurre. Hoy se es cómplice si no se interviene contra el genocidio de los palestinos. Cada uno, en la medida y como pueda, tiene que evitar la complicidad. Los genocidios no admiten indiferencia.
Hay un chiste Idish que cuenta cómo un rabino angustiado le terminó preguntando a Dios: «Dios, ¿somos el pueblo elegido?» y, después de recibir una respuesta afirmativa, se quejó con el Creador «¿pero por qué tenemos la desgracia de que nos hayas elegido?». Ese chiste sintetiza algo. Todos los pueblos se afirman singulares, pero eso no los hace supremacistas, ni implica que lleguen a constituir estados totalitarios de tinte fascista. El razonamiento antisemita de que el problema con Israel es que el pueblo judío es supremacista ontológicamente («se creen superiores por ser el pueblo elegido, eso viene del judaísmo, no del sionismo») hay que erradicarlo porque, vale la pena repetirlo, no puede haber lugar para el antisemitismo en la lucha propalestina. Los chinos no dicen «China» para referirse a su país, sino «Chunguo», que significa «centro del mundo», los guaraníes, como tantas otras civilizaciones, se consideran dioses caídos. Ser «el pueblo elegido» es una abstracción, no implica, no implicó por siglos, prácticas supremacistas. «Es la colonialidad, estúpido». Lo que convierte una reafirmación identitaria en supremacismo son las lógicas y las prácticas históricas de colonización.
El sionismo transfiguró la historia del judaísmo, realizó un cisma. En su proyecto estado-nacional, logró la peor reconciliación del judaísmo con la historia colonial, occidental y cristiana, y sentenció el fin de la singularidad judía. El judaísmo, que fuera resistencia y parte del freno de mano al tren de la catástrofe histórica, un otro de esa historia del dominio y el poder occidental, fue puesto por el sionismo sobre los rieles de esa historia voraz, predatoria. La aventura y el fracaso de Israel es un peligro mortal a la vez que una oportunidad para el judaísmo. Debemos entender la centralidad de la reivindicación y la politización de un judaísmo antisionista como movimiento social central en la lucha contra todo supremacismo. El Estado de Israel se define como el Estado del Pueblo Judío y el sionismo es, al fin y al cabo, una corriente política hegemónica, potencialmente en crisis, dentro de la comunidad judía. ¿Qué sucedería con Israel si el antisionismo se volviese preponderante en las comunidades judías en la diáspora, si en escuelas comunitarias ya no se cantara el Atikva (Himno nacional de Israel) y en los clubes y agrupaciones juveniles se discutiera la instrumentalización del genocidio nazi por parte de Israel?
Al judaísmo le toca rebelarse, reinventarse en su tradicion más bella. Es imperioso: un judaísmo emancipado del sionismo es indispensable para frenar el genocidio y la lucha por su propia libertad y la del pueblo palestino.
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