La operación ideológica que ha puesto en marcha Tel Aviv para justificar la guerra alegando que lo que está en juego es la propia existencia de Israel —ante la presunta amenaza de Teherán de dotarse de armas nucleares— es deshonesta y falsa. Los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de las Naciones Unidas no han aportado prueba alguna al respecto. Una capacidad de enriquecimiento de uranio que es hoy en Irán del 60 % resulta todavía demasiado insuficiente para producir armas nucleares.
Desde 1991 se ha anunciado innumerables veces que Irán estaría a punto de construir la bomba, pronóstico que lleva ya treinta y cinco años sin confirmarse. El bombardeo de las centrifugadoras nucleares iraníes no es más un pretexto. El objetivo de la guerra es consolidar el dominio israelí sobre Oriente Medio. Los planes de Israel son indisociables de la estrategia estadounidense de mantener su supremacía mundial frente a China.
En su momento, tampoco se confirmó que Iraq, durante el gobierno del partido baazista liderado por Sadam Husein, poseyera armas de destrucción en masa cuando fue invadido por Estados Unidos en 2003. No es por azar que el argumento esgrimido para agredir hoy a Irán sea el mismo. El objetivo es aprovechar la oportunidad que brinda la desembozada complicidad de los Estados Unidos con Israel ahora que Trump está de vuelta en la Casa Blanca, precedida por el genocidio en Gaza y la neutralización de Hezbolá, para infligir una derrota histórica a Irán —habiéndose llegado incluso a amenazar de muerte por asesinato del ayatolá Alí Jamenei— y consolidar así el poder imperialista de Israel.
Tampoco se trata de una guerra por el control de las fuentes de suministro de petróleo, si bien es cierto más de un tercio del consumo mundial de crudo transita por el Golfo Pérsico, en proveniencia de la Arabia Saudita, los Emiratos Árabes o Irán. En ningún momento de la historia, Irán ha amenazado con provocar un desabastecimiento mundial de petróleo; y ello, en primer lugar, porque el régimen de Teherán depende para su supervivencia, de los ingresos que obtiene de la venta de su petróleo.
Tampoco se trata de una guerra defensiva de Israel contra la amenaza inminente de una impensable invasión iraní, dada la inmensa superioridad de la fuerza aérea de Tel Aviv. Irán es consciente de que Israel se ha fortalecido militarmente tras la invasión de la Franja de Gaza y del Líbano, si bien al precio de ver aumentado su aislamiento político internacional.
a) al final de la Segunda Guerra Mundial, el horror ante el Holocausto nazifascista legitimó políticamente la reivindicación del movimiento nacionalista judío —es decir, del sionismo— de que se creara un Estado judío en la Palestina histórica, a pesar de la oposición de los Estados árabes y de la resistencia de la población palestina que sufrió la Nakba: la depuración étnica que desplazó a cientos de miles de personas, si no a un millón de pequeños campesinos, con métodos militares contra una población desarmada, en lo que constituyó un crimen de lesa humanidad;
b) Palestina no era «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», por lo que fracasó el proyecto del Estado sionista de estabilizar una sociedad de apartheid estructurada en torno a la «superioridad» judía, puesto que jamás cesó la lucha de los palestinos, a pesar de décadas de derrotas; resistencia palestina que exigió de Israel la creación de un aparato militar desproporcionado, cosa que fue posible sólo con el apoyo del lobby de la burguesía judía en Estados Unidos y Europa y que, por tanto, era artificial;
c) el Estado de Israel es, políticamente, un híbrido, por ser al mismo tiempo un enclave de los imperialismos occidentales y un Estado nacional-imperialista que ha consolidado sus propios intereses;
d) la estrategia de los dos Estados fue aceptada por la mayoría de las fuerzas sionistas que se radicalizaron en su desplazamiento hacia la extrema derecha sólo como una mediación para ganar tiempo y acumular fuerzas;
e) la ofensiva contra Irán obedece al cálculo de que la superioridad militar de Israel permitirá destruir el aparato de seguridad militar de Irán, pero no excluye la apuesta por una guerra total con el objetivo final de infligir una derrota política que legitime el derrocamiento del régimen de la Iglesia-Partido-Ejército chiita, a pesar de que Israel es consciente de que por sí solo no puede erradicar todas las instalaciones nucleares y militares de Irán sin «botas sobre el terreno»; es decir, sin una invasión terrestre, cuyo desenlace no podría ser sino peor que el de las guerras de Estados Unidos en Afganistán y Vietnam.
La inserción de Irán en el mercado mundial es periférica debido a su condición de exportador primario, su dependencia de las inversiones y las tecnologías y su precaria industrialización, agravada durante la pandemia por los efectos de devastadoras sanciones. Paradójicamente, Irán se ha ganado un lugar independiente en el sistema de Estados porque su Gobierno tiene plena soberanía sobre sus decisiones internas y autonomía en las externas. Sin embargo, Irán se encuentra en situación de inferioridad militar frente a Israel, y su Gobierno ya se ha mostrado dispuesto a negociar y ha solicitado un alto el fuego.
En tercer lugar, el régimen iraní es una teocracia, al igual que lo es el Vaticano; es decir, no existe en su seno separación entre las dimensiones política y religiosa en las instituciones de poder que ejercen la administración civil y militar del Estado, y es ese poder teocrático el que impone normas morales, espirituales, educativas y culturales; aunque se celebran elecciones, estas no son libres y las candidaturas obedecen todas a la autoridad del clero chiita; no obstante, no está claro cuál es el grado de cohesión social interna.
Cuarto: si bien Irán posee importantes reservas de petróleo —extrae 3,3 millones de barriles diarios de petróleo, por lo que es el tercer mayor productor entre los países miembros de la OPEP y el séptimo a escala mundial—, el régimen es consciente de que la soberanía energética no puede depender de un recurso no renovable, de ahí que haya perseverado en el desarrollo de un complejo de centrifugadoras de enriquecimiento de uranio con fines civiles, lo cual no obsta para que también ambicione llegar a poseer armas nucleares al igual que Israel.
Finalmente, Irán es consciente de que China no tiene interés en precipitar un enfrentamiento con Washington y aboga por una desescalada inmediata de la guerra, posible sólo mediante concesiones de Teherán a Tel Aviv. Irán se ha asociado a los BRICS, asociación comercial y red diplomática alternativa del Sur Global, inicialmente integrada por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica y posteriormente ampliada tras la incorporación de Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Indonesia, la cual, a pesar de no contar con una plataforma política común, podría ser el embrión de un espacio de intercambios al margen del dólar estadounidense, si se llegara a constituir una moneda virtual de las «cinco r», el renminbi, el rublo, la rupia, el real y el rand.
No hay dudas sobre las afinidades políticas entre Trump y Netanyahu, dos líderes mundiales de la extrema derecha neofascista. El desenlace de la guerra contra Irán dependerá del papel que en ella desempeñe Estados Unidos. Es cierto que en ningún caso deberán subestimarse los extremos a que puede llegar Trump, pero sin un bombardeo que solamente la Fuerza Aérea de Estados Unidos es capaz de llevar a cabo, no es posible destruir las instalaciones subterráneas de Irán.
Con todo, no existe un peligro real e inmediato de que se desate una tercera guerra mundial. Rusia no puede permitirse una internacionalización de la guerra, cosa que tampoco desea China. El peligro real e inmediato es que sea derrotado Irán. No existen razones para que la izquierda socialista alimente ilusión alguna sobre el régimen teocrático de Teherán, pero el deber internacionalista más elemental es hoy defender a Irán contra la agresión imperialista de Israel.
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