Cultura

El legado filosófico de Jürgen Habermas

Tras más de setenta años escribiendo y reflexionando sobre la democracia, el capitalismo y la posibilidad de una política emancipatoria, el filósofo alemán Jürgen Habermas murió el viernes, a los noventa y seis años. Para una generación de teóricos políticos y filósofos, su obra fue un punto de referencia. Autor de más de treinta libros, le interesaban las preguntas fundamentales sobre cómo debemos vivir juntos sin dominación ni explotación. Sin embargo, gran parte de su escritura está hoy subvalorada y es malinterpretada.

Leí a Habermas alrededor de los veinte años, cuando era estudiante de gestión de políticas en la Universidad Carleton de Ottawa. Nunca fui un analista de políticas especialmente atento; prefería pasar mi tiempo resolviendo una crisis existencial interminable provocada por mi vacilante fe católica. Justo después de terminar la secundaria empecé a leer filosofía, sin prestarle demasiada atención a su contenido político. Desde el principio me atrajeron los pensadores más reaccionarios. No es exagerado decir que absorbí a Carl Schmitt, Friedrich Nietzsche y especialmente a Martin Heidegger como una esponja. Combinaban intensidad religiosa con un elitismo encubierto, lo que encajaba a la perfección con mi angustia taciturna, cultivada durante años atendiendo clientes exigentes como cajero. Heidegger y compañía me parecían pensadores visionarios que le hacían un corte de manga al tipo de liberalismo muy cortés, muy canadiense, por el que mi país era y es justamente conocido. En otro mundo, probablemente me hubiera quedado con ellos y habría tomado un camino muy siniestro.

Habermas parecería un filósofo poco probable para curar a alguien de su atracción por el pensamiento de extrema derecha. Su escritura no tiene nada de visionaria ni llamativa. Abandonen toda esperanza de aforismos fulminantes y reflexiones como «¡Dios ha muerto!» o «¿Cuál es el sentido del Ser?». Prepárense para aprender sobre el giro peirceano hacia el pensamiento posmetafísico a través de una transición hacia el pragmatismo y la filosofía del lenguaje ordinario. Sin tener nunca una estimación adecuada de mis capacidades en ningún momento, me lancé directamente a lo que todos decían que era el libro más importante y desafiante de Habermas: los dos volúmenes de Teoría de la acción comunicativa. De inmediato pensé que era la obra teórica más aburrida que había leído en mi vida. ¿Quién demonios hacía algo así? ¿Cuál era el punto de ese interminable deambular por Max Weber, Talcott Parsons y prácticamente todos los demás teóricos sociales y sociólogos habidos y por haber? ¿Dónde estaba el editor del libro? ¿Por qué Habermas no podía ir al grano y explicar por qué las situaciones de habla ideal y la comunicación no distorsionada deberían ser el fundamento de una buena sociedad? ¿Cómo podría, de otro modo, empezar a enumerar razones «reflexivas» por las que sus tediosos procedimientos democráticos eran una pavada frente a la intensa angustia espiritual de la modernidad?

Entonces algo empezó a hacer clic. Cuanto más leía el libro, más a mi pesar me impresionaba la vastedad del saber que desplegaba. Desde luego, esto era algo fácil de admirar para un joven con pretensiones intelectuales. Pero lo que realmente me llamó la atención fue la cuidadosa matización con que Habermas abordaba cada argumento. Le importaba entender correctamente a Weber, Parsons, Karl Marx y otros, y situarse en relación con ellos, porque eran grandes maestros y se les debía ese nivel de respeto. Además, la honestidad teórica exigía reconocer la deuda con ellos y construir a partir de sus logros —y criticarlos— con el espíritu de refinar el conocimiento.

Por esa misma época empecé a tomar clases con dos profesores de Carleton que se identificaban fuertemente con Marx y Habermas. Ambos fueron influencias enormemente formativas y les debo bastante de lo que soy. Se oponían profundamente a la guerra de Irak y me señalaron el incansable activismo de Habermas contra ella. Eso me marcó mucho, al igual que la profunda empatía y la falta de elitismo de mis nuevos mentores. Lo que me llamó la atención es cómo tomaban las ideas tan en serio como muchos de los filósofos de derecha que yo había leído, pero eran mucho menos propensos a la grandiosidad especulativa y a la autocomplacencia. Inspirados por Habermas, pensaban que un buen filósofo era alguien que presentaba su caso al público lector de la manera más clara posible y dejaba que la gente decidiera qué estaba bien o mal según la solidez de los argumentos. Por supuesto, no eran ingenuos respecto a las múltiples formas en que la comunicación y el diálogo eran distorsionados y manipulados por los medios, la retórica y los apegos irracionales. Pero entonces la solución consistía precisamente en pensar en soluciones a esos problemas, en lugar de atribuirlos simplemente a una eterno embrutecimiento por parte de unas masas inauténticas.

Una vida de muchas mentes

Habermas nació en Alemania en 1929. Era un momento agitado en la historia mundial y alemana, y las sacudidas de esa época marcaron para siempre su filosofía. Debido a una ley de 1939 que imponía la afiliación obligatoria, Habermas fue reclutado en las Juventudes Hitlerianas y obligado a participar en el esfuerzo bélico nazi siendo adolescente. El filósofo hizo referencia a estos eventos formativos durante toda su vida. No es exagerado decir que toda su obra está motivada por la pasión de vacunar a la sociedad contra cualquier impulso autoritario. Habermas estudió filosofía en la década de 1950 y alcanzó notoriedad temprana en 1953 con una serie de artículos de opinión en los que criticaba a Heidegger y a los heideggerianos por no reconocer la proximidad del existencialista con el régimen nazi. Este compromiso de por vida con el antifascismo y la desnazificación se convirtió en un sello de sus intervenciones públicas en la vida alemana. En 1956 Habermas se incorporó al Instituto de Investigación Social, que llegaría a ser conocido como la Escuela de Fráncfort, y fue profundamente influenciado por Theodor Adorno, Max Horkheimer y otras luminarias de la emergente teoría crítica. A partir de ese momento, Habermas fue un hombre de izquierda, aunque desconfiaba del extremismo en todas sus variantes.

En 1962 Habermas publicó su primera obra importante, Historia y crítica de la opinión pública, inaugurando una tradición de publicar libros densos pero interesantes con títulos agresivamente aburridos. El núcleo de gran parte del pensamiento posterior de Habermas puede encontrarse en este trabajo temprano, a pesar de ser breve en comparación con los tomos posteriores. Eminentemente un estudio de teoría social guiado filosóficamente, Historia y crítica desnaturaliza la idea de la «esfera pública burguesa» al mostrar cómo las cambiantes condiciones materiales permitieron el surgimiento de una nueva clase de intelectuales, filósofos y periodistas, figuras que liderarían la Ilustración y sus revoluciones. Los conservadores como Edmund Burke los despreciaban y temían por propagar la «contaminación de las sandeces de los cafés más licenciosos e irreflexivos». Habermas pensaba de manera diferente. En la esfera pública veía el germen de una vida social organizada democráticamente. En lugar de que las autoridades políticas y religiosas dictaran de arriba hacia abajo la verdad ideológica, la moral y la ley, estas debían ser debatidas racionalmente y decididas de abajo hacia arriba. Esto se convirtió más tarde en algo fundacional para las aspiraciones liberales y socialistas de democracia política y económica.

Desde finales de la década de 1960 en adelante, Habermas continuó produciendo obras mayores. Conocimiento e interés fue un paso importante en su desarrollo intelectual. Apoyándose en Marx, Freud y la tradición idealista alemana, Habermas intenta comprender las conexiones entre lo que sabemos (o creemos saber) y lo que queremos. A diferencia de su mentor Adorno, Habermas abrigaba la esperanza de que fuera posible comprendernos mejor a nosotros mismos y así recalibrar nuestros intereses de manera más racional. La crisis de legitimación también esbozó los fundamentos de la teoría política de Habermas. Allí examinaba la forma en que ocurren diversas crisis en las sociedades capitalistas y reclamaba una integración más estrecha de las esferas de los distintos sistemas con la sociedad civil, de modo que pudieran ser dirigidas por los ciudadanos que esos sistemas gobernaban. Esto incluía a la economía y al Estado.

Los años ochenta y noventa fueron la fase imperial de Habermas. En ese período se publicaron tres obras gigantescas. La más importante fue su opus en dos volúmenes, Teoría de la acción comunicativa, que exploraba cómo las fuentes del discurso racional en el mundo vital habían sido colonizadas por sistemas de dominación, lo que socavaba nuestra capacidad de organizar la sociedad en interés de todos. Mientras desarrollaba su propia filosofía, Habermas también buscó reinterpretar la historia de su disciplina, produciendo el polémico y abarcador El discurso filosófico de la modernidad y Facticidad y validez. El primero era muy crítico de una larga línea de filósofos modernos, desde Georg Wilhelm Friedrich Hegel pasando por Nietzsche hasta Michel Foucault. Inicialmente intentando fundamentar la razón en diversas teorías sobre cómo el sujeto individual podía alcanzar un conocimiento racional, los filósofos terminaron por rendirse y abrazar nuevas formas de irracionalismo de izquierda y de derecha que, según Habermas, favorecían la política autoritaria. Sin recursos para formular argumentos razonados y lograr que prevalecieran, las cuestiones políticas y morales quedaban destinadas a ser resueltas por autoritarios visionarios que imponían su voluntad a las masas, o bien a abandonar la idea de construir un mundo compartido.

Facticidad y validez fue una obra mayor de teoría política. En ella Habermas extendió su énfasis filosófico en la comunicación racional para defender el establecimiento de un Estado altamente democrático e igualitario. Aquí Habermas mostró su enorme amplitud al entablar un diálogo con pensadores analíticos como John Rawls, Ronald Dworkin y otros. Muchos entonces y ahora —incluido yo— han criticado su filosofía política por alejarse demasiado de los bordes más afilados de la teoría crítica y el marxismo. En la caricatura, tiene una cualidad casi hiperprofesoral; la creencia de que la vida política debería parecerse al seminario de posgrado perfecto. Las personas razonables se convencerán mutuamente, y el mejor argumento prevalecerá. Esta caracterización no hace justicia a la riqueza de la posición de Habermas, pero es una acusación que reaparece porque tiene algo de verdad.

En la década de 2000, la obra de Habermas se centró cada vez más en la defensa del derecho internacional y en el diálogo con diversas tradiciones religiosas. La guerra civil yugoslava y el 11 de septiembre le revelaron el poder perdurable y el peligro del fundamentalismo nacionalista y religioso, y vio cómo ambos se cristalizaban en la decisión unilateral de la administración de George W. Bush de embarcarse en una construcción nacional mesiánica en Irak. Philipp Felsch, en su reciente libro El filósofo: Habermas y nosotros, recuerda a los lectores que Habermas nunca dejó de identificarse como socialista. Pero el suyo era un socialismo que para los años 2000 era abiertamente reformista, aunque dispuesto a aprender de la izquierda radical. En colecciones de ensayos como El Occidente dividido, Habermas veía mucho potencial en el proyecto de unificación europea, siempre que avanzara en una dirección más democrática y trabajara para elevar a los estados más pobres.

A comienzos de la década de 2010, muchos pensaban que Habermas, ya bien entrado en sus ochenta años, estaba listo para disfrutar de un merecido retiro. Estaban equivocados. Si los noventa mostraron a Habermas en su faceta más anodina e inofensiva, los años 2020 lo encontraron inmerso en una sorprendente controversia. Confirmando las peores impresiones que muchos izquierdistas tenían de él, Habermas suavizó su crítica a Israel durante el conflicto en Gaza y expresó preocupación por el uso del término «genocidio» para describir lo que estaba ocurriendo. Esto dio lugar a un extenso debate en el que fue defendido y criticado por adoptar un tono benévolo hacia Israel que no extendía a países como Estados Unidos, producto al menos en parte de un sentimiento de responsabilidad hacia ese país, derivado de haber vivido bajo el régimen nazi y de haber sido obligado a participar en él.

Esta tardía intervención política le dio la razón a quienes lo criticaban por haber abandonado el legado crítico de la Escuela de Fráncfort para convertirse en defensor del statu quo. Curiosamente, esto ocurrió en un momento en que su filosofía estaba recuperando su mordiente radical. En 2019, Habermas publicó lo que solo puede describirse como un segundo magnum opus: su obra en tres volúmenes Una historia de la filosofía. Reseñé esos tomos aquí y no hace falta decir que son obras de una erudición y una generosidad intelectual asombrosas. Una historia de la filosofía es una obra gigantesca, tan densa y multifacética que simplemente aplasta cualquier objeción que uno pudiera tener sobre este punto o aquel. Pero es más que una mera historia de la filosofía. Lo que se vuelve claro a lo largo de ella es que el Habermas más optimista de antaño había desaparecido. Aunque solo hace referencias leves a los eventos actuales, Habermas deja en claro que su última gran obra fue un esfuerzo máximo y definitivo por recuperar y defender el proyecto racional, progresista e inclusivo de la modernidad frente a un número creciente de poderosos enemigos reaccionarios.

Es significativo que Marx ocupe una vez más un lugar importante y positivo en el relato de Habermas. Duramente criticado en El discurso filosófico de la modernidad, en Una historia de la filosofía Marx es promovido a la condición de figura ilustrada por excelencia, el pensador que de manera singular restableció el poder crítico —incluso revolucionario— y vital de la razón. Se vislumbraba el regreso del Habermas teórico crítico, ahora considerablemente más pesimista respecto a que los procedimientos jurídicos liberales y las ONG internacionales pudieran llevar a cabo la tarea de la Ilustración. Frente a la creciente manipulación oligárquica y la exacerbación de la xenofobia, la razón necesita de armas más poderosas.

Habermas merece ser criticado por muchas cosas. Ya he mencionado su tendencia a mantenerse fiel a los bordes radicales de la teoría crítica. Tenía razón al ver el pesimismo implacable y el carácter puramente «negativo» de la teoría crítica como un callejón sin salida para la izquierda. Algún proyecto positivo tenía que estar sobre la mesa. Pero la decisión de Habermas de suavizar su crítica al capitalismo (al menos hasta el final) y una tendencia persistente a subestimar y a no teorizar suficientemente el atractivo de la derecha política fueron dos fallas teóricas que implicaron que Habermas estuviera siempre lejos de una comprensión real del atractivo de las doctrinas mitológicas y aristocráticas; del anhelo de elevarse a uno mismo y a la propia tribu por encima de las masas vulgares. Su filosofía cuenta con pocas herramientas eficaces para responder a estos duraderos anhelos reaccionarios. Además, Habermas tomó muchas malas decisiones políticas. La minimización de la guerra Israel-Gaza y sus atrocidades contra los derechos humanos es solo uno de los muchos ejemplos.

Pero a pesar de todo, Habermas sigue siendo un pensador ineludible en la izquierda. En su entrevista en formato de libro Things Needed to Get Better [Las cosas tienen que mejorar, aún no traducido al español] se tiene una idea real de cuánto intentó Habermas vivir sus valores de manera personal. Siempre estuvo dispuesto al diálogo con otros, procuró invariablemente presentar sus puntos de vista para que el público los evaluara y trabajó arduamente para ser preciso y claro en su escritura. Estos no eran meros rasgos de personalidad. Habermas comprendía que la tarea de un filósofo de izquierda, incluso si quiere escribir libros de recetas para las cocinas del futuro, no es la de ser un profeta visionario y ni siquiera una voz de los que no tienen voz. Es hacer lo poco que pueda para devolverles su propia voz a quienes no la tienen, de modo que podamos crear juntos un mundo compartido. Que Habermas a veces no estuviera a la altura de este ideal no sería algo que lo hubiera sorprendido. Era más consciente que la mayoría de las exigencias éticas que este espíritu igualitario y democrático nos impone. Habermas siempre intentó ser el tipo de persona que él consideraba que debía ser un filósofo. Y luchó hasta el final para que las cosas mejoraran en el ámbito de las ideas.

Matt McManus

Profesor de ciencias políticas en Whitman College. Es autor de «The Rise of Post-Modern Conservatism and Myth» y coautor de «Mayhem: A Leftist Critique of Jordan Peterson».

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