Israel es un líder mundial en el «nuevo urbanismo militar» —control de multitudes, vigilancia fronteriza y contraterrorismo— que proliferó desde el 11 de septiembre. Para muchos de sus clientes, el papel de Israel en el genocidio es más una prueba de eficiencia que un problema. (Menahem Kahana / AFP vía Getty Images)
En el último trimestre de 2023, Israel se tambaleaba simultáneamente por el shock y el trauma del ataque de Hamás del 7 de octubre contra las ciudades y kibutzim del perímetro de Gaza y se movilizaba para una campaña de venganza y represalia. Más de 200.000 israelíes fueron evacuados de comunidades fronterizas con la Franja de Gaza y el Líbano, y unos 300.000 reservistas fueron movilizados.
En los meses siguientes, la economía israelí quedó desarticulada. El gasto de consumo, las importaciones y las exportaciones disminuyeron drásticamente. En última instancia, casi 50.000 empresas quebraron. Mientras tanto, la marca global de Israel quedó por el suelo. Su campaña genocida en Gaza la colocó bajo una luz desfavorable en círculos progresistas de todo el mundo y en gran parte del Sur Global. Pero esa disrupción económica viene resultando manejable para los dirigentes israelíes, al menos hasta ahora.
A modo de comparación, la economía estadounidense creció un 2,9 por ciento en 2023 y un 2,5 por ciento en 2022. Estas cifras se consideran «buenas» para una economía capitalista desarrollada. La tasa de crecimiento del PIB de Israel superó a la de Estados Unidos en todos los años entre 2015 y 2023.
Los costos relacionados con la guerra, que el Banco de Israel estimó en 80.000 millones de dólares entre 2023 y 2025, en 2024 llevaron el déficit presupuestario del gobierno a casi el 7 por ciento del PIB, más del doble del umbral del 3 por ciento del PIB fijado por la Unión Europea para los Estados miembros de la eurozona. Al aumentar impuestos, el gobierno redujo el déficit presupuestario de 2025 al 4,7 por ciento del PIB, cifra todavía muy por encima de la referencia europea. A modo de comparación, la Oficina de Presupuesto del Congreso estima el déficit presupuestario de Estados Unidos de 2025 en 5,9 por ciento del PIB.
Otro indicador habitual de salud económica es la deuda pública como porcentaje del PIB. En 2024, la deuda de Israel ascendió al 69 por ciento del PIB, frente al 61,3 por ciento de 2023, indicador muy por encima del 60 por ciento exigido a los miembros de la eurozona. La deuda pública actual de Estados Unidos ronda el 120 por ciento del PIB (pero ningún otro país tiene el privilegio especial de emitir dólares para pagar sus deudas).
Basándose en parte en estos indicadores macroeconómicos, las principales agencias internacionales de calificación degradaron la nota crediticia de Israel, aumentando la tasa de interés que debía pagar para endeudarse y cubrir su déficit presupuestario. Sin embargo, pese a un déficit y un nivel de deuda superiores a lo deseable, la economía israelí repuntó lo suficiente como para que, a fines de 2025, S&P elevara la calificación de Israel al nivel A, con perspectiva estable. Se trata de un grado de inversión que indica un riesgo mínimo de incumplimiento, aunque más débil que AA o AAA. Moody’s mantuvo, de manera más pesimista, su rebaja de septiembre de 2024 a Baa1 con perspectiva negativa, aunque recientemente mejoró la perspectiva a «estable».
La fuga de capitales fue significativa en 2023 y 2024. Impulsados por las protestas masivas semanales contra el asalto del gobierno de Benjamin Netanyahu a la independencia del poder judicial, los inversores institucionales transfirieron más de 8.000 millones de dólares fuera de Israel hasta junio de 2023. En el año posterior al 7 de octubre de 2023, movieron otros 40.000 millones de dólares fuera del país.
El Fondo Soberano de Noruega se desprendió completamente de inversiones vinculadas a la ocupación, y el Fondo de Pensiones Danés retiró todas sus inversiones de bancos israelíes. El Fondo Estratégico de Inversión de Irlanda desinvirtió aproximadamente 3 millones de euros en cinco bancos israelíes y en Rami Levy, que opera varios supermercados en Cisjordania.
Sin embargo, estas sumas se compensaron con importantes entradas de capital en 2024 y 2025. Adquisiciones récord de start-ups israelíes por parte de firmas estadounidenses y precios récord en la bolsa de Tel Aviv en 2025 sugieren que, aunque muchos capitalistas internacionales y locales puedan tener dudas sobre la estabilidad económica de Israel, están lejos de abandonarla.
Las industrias de alta tecnología de Israel, y el complejo militar-industrial-de vigilancia estrechamente relacionado, están plenamente integradas en los circuitos globales del capital. Las firmas tecnológicas emplean a unas 409.000 personas localmente y a otras 440.000 fuera del país. Más de un centenar de empresas israelíes cotizan en el NASDAQ de Nueva York, un mercado de valores fuerte en tecnología, más que el de cualquier otro país extranjero, después de China y Canadá, y mucho personal directivo y técnico israelí circula entre Israel y Silicon Valley (y otros polos tecnológicos estadounidenses), en ocasiones permaneciendo en el exterior durante años.
Un vistazo a dos empresas, Intel y Nvidia, ilustra simultáneamente elementos de incertidumbre y de resiliencia en el sector tecnológico israelí. Intel invirtió 27.000 millones de dólares en Israel, más que cualquier otra firma extranjera. Emplea a unas 9.000 personas, frente a las 12.000 que tenía en 2021. En 2017, Intel compró Mobileye, que fabrica sensores y cámaras para vehículos autónomos, por 15.300 millones de dólares. En ese momento, fue la mayor adquisición extranjera en la historia de Israel.
A comienzos de 2024, con un subsidio gubernamental de 3.200 millones de dólares, Intel anunció una expansión de 25.000 millones de dólares de sus operaciones de fabricación de chips en la ciudad sureña de Kiryat Gat, denominada Fab 38. En junio de ese año, tras varias rondas globales de recortes de costos y despidos, Intel anunció que postergaría el inicio de operaciones en Fab 38 hasta 2028 o más. Como una parte de la instalación está casi terminada, analistas predijeron que Intel la pondrá en funcionamiento o la venderá a otra empresa.
La campaña palestina de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) afirmó que fue responsable de la postergación de Fab 38 y la atribuyó a una pérdida de confianza de Intel en la economía israelí. Sin embargo, Intel estuvo más fuertemente motivada por su fracaso global para competir con AMD y Nvidia en la fabricación de chips de IA y por las posteriores caídas en participación de mercado, ganancias y precio de sus acciones. A menos que su situación global se desplome, Intel no abandonará Israel en el futuro cercano, ya que allí tiene inversiones de capital que representan casi el 10 por ciento de su presencia global.
Nvidia es el empleador de más rápido crecimiento en Israel, con 5.000 empleados. En diciembre declaró que Israel es su «segundo hogar» y anunció que invertirá 1.500 millones de dólares en la construcción de un nuevo campus de investigación y desarrollo en el suburbio de Haifa, Kiryat Tiv’on, y una granja de servidores en las proximidades. Su presencia física allí igualará el tamaño de su sede en Silicon Valley. La instalación, diseñada para albergar a 10.000 empleados, posiciona a Nvidia como candidata para superar a Intel como el mayor empleador privado de Israel.
El ascenso y la caída de empresas competidoras es la forma en que se supone que funciona el capitalismo, aunque el subsidio estatal de 3.200 millones de dólares a Intel y el fuerte descuento a Nvidia por el arrendamiento de tierras en Kiryat Tiv’on, valuado en unos 21,7 millones de dólares, confirman que nunca existe un «mercado libre».
Impulsada por la ciberseguridad y la IA, en general la alta tecnología israelí se mantuvo fuerte. En 2024, las start-ups recaudaron alrededor de 11.000 millones de dólares, un aumento del 13 por ciento respecto de 2023. La ciberseguridad captó el mayor capital, el 39 por ciento del total, mientras que el sector aeroespacial y militar logró el mayor crecimiento interanual con un incremento del 143 por ciento en inversiones de capital. En 2025, las start-ups israelíes recaudaron 15.600 millones de dólares en capital privado, un 68 por ciento más que en 2023, y hubo dieciocho ofertas públicas iniciales durante el año.
Las empresas de ciberseguridad e IA lideraron un 2025 récord, con 60.000 millones de dólares en fusiones y adquisiciones. Dos adquisiciones enormes fueron las principales: Google compró la plataforma de seguridad en la nube Wiz por 32.000 millones de dólares y Palo Alto Networks adquirió CyberArk Software por 25.000 millones de dólares. Estos acuerdos fortalecen la relación entre Silicon Valley y el aparato militar-de inteligencia israelí. Los cuatro cofundadores de Wiz, los fundadores de CyberArk y Palo Alto Networks, y muchos otros empleados en alta tecnología son veteranos de la Unidad 8200 de Inteligencia Militar.
Israel se estableció en las fronteras de la innovación conocida como deep tech, con tecnologías revolucionarias basadas en nuevos descubrimientos científicos e ingeniería avanzada. Pero, como sugiere el tamaño de las adquisiciones de Wiz y CyberArk, el sector podría estar entrando en un período de consolidación dominado por gigantes industriales y no por start-ups.
Lockheed Martin ilustra la integración de Israel en la industria armamentística global. Es el mayor fabricante de armas del mundo por volumen de ventas. Lockheed Martin Israel se estableció en 2014 y opera oficinas en Tel Aviv y en Beersheba (que se desarrolla como un polo de alta tecnología orientada a lo militar). La empresa arma a Israel desde 1971, y sus cazas F-16 son el pilar de su fuerza aérea desde 1980. Es el contratista principal, con Northrop Grumman y la británica BAE como socios secundarios, del caza furtivo F-35, notoriamente sobrepresupuestado y de rendimiento inferior. Israel contribuyó de manera destacada al proyecto y adquirirá al menos setenta y cinco F-35I Adir, con aviónica personalizada israelí.
Los acuerdos de coproducción de Lockheed Martin con empresas israelíes para componentes del F-35 tienen un valor previsto superior a los 4.000 millones de dólares, que podría ascender hasta 6.000 millones. En 2014, Israel Aircraft Industries, entonces estatal y en proceso de privatización, abrió una nueva línea de producción para fabricar más de ochocientos pares de revestimientos de alas del F-35, valorados en 2.500 millones de dólares. Cyclone, subsidiaria de Elbit, produce aeroestructuras del F-35; Elisra suministra su sistema de guerra electrónica; y la estatal Rafael fabrica armas y sensores avanzados del F-35.
El F-35 y muchos otros aviones militares estadounidenses utilizan el Joint Helmet Mounted Cueing System, un visor digital desarrollado por Elbit y Rockwell-Collins. El vicepresidente de Lockheed Martin para requisitos de clientes, el general retirado de la Fuerza Aérea estadounidense Gary North, proclamó: «Hay una parte de Israel en cada F-35 que se construyó». En diciembre de 2017, Israel se convirtió en el primer país fuera de Estados Unidos en desplegar F-35 operativos. Actualmente opera más de cuarenta.
El Merkava («carro»), el principal tanque de batalla de Israel, fue diseñado y en su mayor parte construido en el propio país. Pero también está integrado en cadenas globales de suministro militar. MTU, subsidiaria alemana de Rolls-Royce, fabrica el motor MT-883 para el Merkava y el transporte blindado Namer («tigre»). Aunque la mayoría de los componentes del motor se fabrican en Alemania, se ensamblan en Muskegon, Michigan, por Rolls-Royce Solutions America. Esto permite que la ayuda militar estadounidense financie la compra de los motores por parte de Israel y vincula cientos de empleos estadounidenses a esta cadena de suministro, lo que dificulta políticamente su interrupción.
El sistema de transmisión del Merkava fue diseñado por la firma alemana Renk y se fabrica bajo licencia en Israel. Cuando Alemania pausó brevemente la venta de armas a Israel en 2025, el CEO de Renk, Alexander Sagel, describió la probable respuesta ante una congelación más prolongada: «Si no podemos producir [transmisiones] en Alemania, trasladaremos esos volúmenes a otra planta, por ejemplo, a Estados Unidos… Esto podría llevar quizás de 8 a 10 meses, pero si no hay avances, lo haremos porque tenemos este negocio». Es decir, Renk necesita el negocio de Israel tanto como Israel necesita sus transmisiones de tanques.
En julio de 2025, Eslovenia se convirtió en el primer país de la Unión Europea en imponerle un embargo de armas a Israel, anunciando que había detenido sus compras poco después del 7 de octubre. Sin embargo, al mes siguiente, Haaretz informó que Eslovenia utilizó mecanismos alternativos de la UE para seguir adquiriendo equipamiento militar por aproximadamente 970.000 dólares durante 2024, sin incluir misiles antitanque y el mantenimiento de material previamente adquirido.
En agosto de 2025, Alemania, segundo mayor proveedor de armas de Israel después de Estados Unidos, anunció que suspendía la venta de algunas armas que podrían utilizarse en la Franja de Gaza. Pero en noviembre, tras el anuncio del «alto el fuego» de Donald Trump, Alemania reanudó sus exportaciones de armas al país.
En diciembre de 2025, semanas después de que Alemania recibiera el primero de sus sistemas de defensa aérea israelíes Arrow 3, anunció un acuerdo ampliado por 6.500 millones de dólares, convirtiéndolo en el mayor contrato de exportación militar de la historia de Israel. Israel Aerospace Industries desarrolló conjuntamente el Arrow con Boeing y la Agencia de Defensa de Misiles de Estados Unidos. El gobierno estadounidense le otorgó a Israel alrededor de 1.000 millones de dólares en fondos de I+D para el Arrow entre 1988 y 2002.
Pese a las reservas de España y Eslovenia —y de Irlanda, que no le compra armas a Israel—, Europa fue el mayor comprador de las exportaciones militares israelíes en 2024, con el 54 por ciento del total, frente al 35 por ciento registrado en 2023, seguida por la región Asia-Pacífico, con el 23 por ciento. Los firmantes de los Acuerdos de Abraham —Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos— representaron el 12 por ciento de las exportaciones de armas, frente al 3 por ciento de 2023. Esta cifra no incluye compras discretas de equipos de vigilancia y otros por parte de Arabia Saudita y otros países árabes del Golfo. El genocidio no disuadió a las autocracias árabes de hacer negocios de seguridad con Israel.
Otros sectores de la economía israelí prosperaron pese a —o en algunos casos debido a— la devastación de la sociedad palestina en la Franja de Gaza. En diciembre de 2025, Israel concluyó un acuerdo por 35.000 millones de dólares para suministrarle gas natural a Egipto desde su yacimiento Leviatán en el Mediterráneo, en el que Chevron Mediterranean Limited posee una participación del 40 por ciento.
Egipto proclamó en voz alta que se trataba de un arreglo comercial sin implicancias políticas. Sin embargo, resulta difícil creer que la dependencia egipcia del gas natural israelí no influya en su política hacia Gaza tras el genocidio. Aproximadamente la mitad de los ingresos del acuerdo irá a parar a las arcas estatales israelíes, una contribución significativa para reducir el déficit presupuestario en los próximos años.
La guerra también generó ganancias extraordinarias en algunos sectores. En 2024, cuando El Al tuvo el monopolio de los vuelos entre Israel y América del Norte, sus beneficios superaron el total acumulado de los quince años anteriores. El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo informó que Elbit, Israel Aerospace Industries y Rafael registraron ingresos combinados de 16.200 millones de dólares en 2025.
Los bancos se beneficiaron de las compensaciones gubernamentales a empresas e individuos evacuados de zonas de guerra y del programa de reemplazo salarial de 8.000 dólares mensuales para reservistas, que totalizó unos 18.000 millones de dólares hasta mediados de 2025. Debido a la estructura económica interna basada en el consumo, estas transferencias alimentaron la actividad económica sin aumentar deudas impagas en los balances bancarios, impulsar la inflación o provocar una crisis de balanza de pagos.
Entre 2009 y 2021, unos 36.000 israelíes abandonaron el país anualmente. Tal vez impulsados por la escalada de violencia que acompañó a la Intifada de la Unidad de 2021, 43.400 se fueron en 2021 y 59.000 en 2022. Un informe de la Knesset de octubre de 2025 encontró que 82.800 ciudadanos israelíes partieron en 2023 y una cifra similar en 2024, lo que implica una pérdida histórica de capital humano.
Este drenaje poblacional se compensó con 24.200 retornados en 2023 y 23.800 al año siguiente. Se proyectó que unos 75.000 partirían en 2025. Restando retornados de emigrantes, quedan unas 58.000 salidas netas anuales en 2023 y 2024. En diciembre de 2025, la Asociación de Industrias de Tecnología Avanzada de Israel informó que el 53 por ciento de las empresas recibió un aumento de solicitudes de reubicación en el extranjero por parte de empleados israelíes, «una tendencia que puede, con el tiempo, dañar el motor de innovación local y el liderazgo tecnológico de Israel».
En el sector académico, la tendencia a abandonar el país es más pronunciada en campos STEM [Ciencia, Tecnología, Ingeniería, y Matemáticas, por sus siglas en inglés]. La mayoría de los titulados que viven en el exterior provienen de localidades acomodadas y en su absoluta mayoría asquenazíes del área metropolitana de Tel Aviv y Haifa, y de Omer, suburbio de Beersheba. El Consejo de Presidentes de las Universidades de Investigación de Israel advirtió: «Cuando alrededor de un cuarto de los graduados de doctorado en matemáticas e informática eligen construir su futuro en el extranjero, el Estado de Israel pierde de manera constante su ventaja comparativa».
Además de la salida de personal, hay señales de que la alta tecnología israelí podría estar perdiendo dinamismo. Según un informe de la Autoridad de Innovación de Israel, el empleo en alta tecnología se estancó desde 2022 y disminuyó en 2024 a medida que parte de la fuerza laboral abandonó el país. El director ejecutivo de la entidad, Dror Bin, describió esto como «un momento de verdad» para la industria:
Por un lado, Israel consolida su posición como centro global de Deep Tech, segundo después de Estados Unidos. Por otro, la producción se aplanó, los puestos de I+D se redujeron y el emprendimiento declinó. No son datos marginales sino indicadores de riesgo que tomamos muy en serio.
Su remedio consistió en reforzar el poder del capital sobre el trabajo mediante la reducción de la tasa máxima del impuesto a la renta individual del 64 al 44 por ciento y del impuesto corporativo del 36 al 18 por ciento, la venta de empresas públicas, el tope al gasto gubernamental, el aumento de la edad de jubilación y la aplicación de recortes en educación, bienestar y salud. Los gobiernos encabezados por el Likud desde su regreso al poder en 2009 aceleraron y ampliaron este proceso.
En Israel, la tendencia estructural del capitalismo —especialmente en su forma de alta tecnología, militar y de vigilancia, neoliberal— a exacerbar la desigualdad incluso mientras crea gran riqueza, adopta la forma geográfica de una concentración de las inversiones en el área metropolitana de Tel Aviv, mientras que las periferias geográficas en su absoluta mayoría mizrajíes, etíopes y rusas se empobrecen. Tanto las ciudades del perímetro de Gaza —Sderot, Ofakim y Netivot— atacadas el 7 de octubre como las localidades de la frontera libanesa —Kiryat Shmona, Metula y otras evacuadas por el fuego esporádico de cohetes de Hezbolá— están en zonas periféricas.
Cuando comenzó la transformación neoliberal en 1985, Israel era uno de los países más igualitarios del mundo. En años recientes, suele ubicarse como el quinto más desigual entre los países de la OCDE (con Estados Unidos como el más desigual). A fines de 2025, datos de la Autoridad Tributaria israelí revelaron que el decil superior recibe el 83 por ciento de todas las ganancias de capital y el 45 por ciento de todos los ingresos. Otro informe del Instituto Nacional de Seguros mostró que el 27,1 por ciento de las familias tuvo dificultades para costear alimentos adecuados en 2024.
Como ocurre con todos los indicadores socioeconómicos, los ciudadanos palestinos de Israel están en peor situación: el 58 por ciento de los hogares sufre inseguridad alimentaria. Entre los haredim (judíos ultraortodoxos), la otra gran comunidad con altas tasas de pobreza, el 25 por ciento de los hogares padece inseguridad alimentaria. Estas son consecuencias del proceso de neoliberalización impulsado por Netanyahu, más que de la guerra en Gaza.
La brecha entre el 10 por ciento superior y el resto es la principal fractura interna en la economía política israelí. En una sociedad colonial de asentamiento como Israel, la desigualdad económica se superpone en gran medida con la desigualdad entre colonizadores y colonizados. Hasta el 7 de octubre, esta tensión se gestionó mediante la apropiación de tierras palestinas y la redistribución de los beneficios del proyecto colonial ampliado tras 1967 a miembros judíos de la coalición pro-Netanyahu encabezada por el Likud, compuesta por sectores trabajadores y de clase media baja mayoritariamente mizrajíes, colonos, haredim y elementos de los sectores de alta tecnología y militar-de vigilancia.
Se garantizó la adhesión de los haredim a la coalición gobernante mediante la exención continua del servicio militar para estudiantes de yeshivá y la provisión de vivienda en Cisjordania (más de 140.000 viven en las ciudades de asentamiento de Modi’in Illit y Beitar Illit). En años recientes, el gobierno asignó más de 1.000 millones de dólares anuales a instituciones educativas haredim, estipendios para hombres casados que estudian en lugar de trabajar y apoyo a programas sociales y culturales-religiosos. El presupuesto propuesto para 2026, de 205.000 millones de dólares, incluye unos 1.600 millones para instituciones y proyectos haredim.
La guerra exacerbó tensiones estructurales entre haredim y el resto de la sociedad judía porque la mayoría no sirve en el ejército mientras la mayoría de los judíos no haredim sí lo hace. En junio de 2024, la Corte Suprema dictaminó por unanimidad que el gobierno debe reclutar a los haredim. El Banco de Israel advirtió que la ley de conscripción en debate es insuficiente para reducir significativamente la carga sobre reservistas o el costo de mantenerlos en servicio. Las recriminaciones llevaron al partido asquenazí haredi Judaísmo Unido de la Torá a retirarse del gobierno, que se quedó con solo 60 de los 120 escaños de la Knesset.
El gabinete adoptó un presupuesto para 2026 que la Knesset debe aprobar. El debate seguramente incluirá gesticulaciones y arrebatos. El partido Shas ya amenazó con no apoyarlo si no incluye 86 millones de dólares para cupones de alimentos para «sus» niños que, según afirma, el acuerdo de coalición les prometió. Si la Knesset no adopta el presupuesto antes de fines de marzo, el gobierno estará legalmente obligado a dimitir.
Ningún miembro de la coalición desea ese resultado. Todos prefieren resistir hasta las elecciones de octubre, que probablemente no alteren la política israelí hacia Palestina, cualquiera sea el destino personal de Netanyahu.
Chile se convirtió en el laboratorio de este modelo bajo Augusto Pinochet, quien llegó al poder en 1973 mediante un golpe apoyado por Estados Unidos y gobernó hasta 1990. La victoria de José Antonio Kast en la reciente elección presidencial chilena, figura ultraderechista cuyo padre fue miembro del partido nazi, es una señal de advertencia de que este modelo sigue vigente como respuesta a los efectos persistentes de la crisis financiera global de 2008.
Adam Fabry planteó que Hungría constituye el «ejemplo de vanguardia del giro más amplio hacia el neoliberalismo autoritario-etnicista a nivel mundial», un proceso perfeccionado por el régimen de Viktor Orbán. Otros ejemplos son el de Italia bajo los gobiernos de Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni, y la India bajo Narendra Modi. Movimientos políticos similares están en posición fuerte para asumir el poder en países como Francia o el Reino Unido, y ganan fuerza en Alemania.
Israel es un faro para estos regímenes y movimientos. Excepto Chile bajo el presidente saliente Gabriel Boric, todos respaldaron el genocidio de Israel. Los gobiernos encabezados por Orbán, Meloni y sus contrapartes comercian con Israel, ignoran sus violaciones a los derechos humanos y replican su demonización de los musulmanes.
En Medio Oriente, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos se sienten cómodos con el etnonacionalismo, al igual que los neoliberalizadores autoritarios sin grandes recursos de combustibles fósiles como Turquía, Egipto, Marruecos, Túnez y Jordania. Toleran las brutalidades de Israel y la negación de los derechos palestinos porque cualquier movimiento popular democrático amenazaría con desestabilizar sus propios regímenes.
Tres fuerzas contrarias podrían transformar los factores de riesgo en la economía política israelí en una crisis grave: la continuidad de altas tasas de emigración de judíos educados; un cambio brusco en la política estadounidense hacia Israel/Palestina, como un embargo de armas o sanciones a criminales de guerra; y una acción política palestina efectiva.
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