Cultura

La olvidada historia del socialismo y lo oculto

Los nombres que suelen venirle a la mente a la gente cuando oye la palabra «socialismo» son los de Karl Marx y Friedrich Engels. Sin embargo, ellos no fueron los creadores del socialismo, sino de una variante particular arraigada en un análisis objetivo de las condiciones económicas y de los intereses de clase. Por eso se esforzaron mucho por distinguir su socialismo «materialista» del socialismo «utópico» de sus predecesores.

Los utópicos, argumentaban Marx y Engels, carecían de un compromiso riguroso con las fuerzas productivas reales y los antagonismos de clase de su tiempo. Eran pseudorreligiosos y cuasimísticos, sonando más como profetas que como científicos. Redactaban con entusiasmo planos para ciudades ideales, pero «cuanto más detalladamente eran elaborados», escribió Engels, «menos podían evitar derivar hacia puras fantasías».

Los materialistas ganaron el debate. Cuando hoy hablamos de socialismo, nos referimos mayormente a una tradición que bebe de conceptos marxistas: el proletariado, la burguesía, la conciencia de clase. Y está en gran medida olvidado el léxico de, por ejemplo, los utópicos sansimonianos: regeneración social, asociación universal, mujer-mesías.

Si los socialistas de hoy saben poco sobre las primeras filosofías socialistas, saben aún menos sobre la fascinante relación entre el socialismo utópico y el ocultismo. Las corrientes socialistas no marxistas de los siglos XIX y principios del XX estaban estrechamente entrelazadas con movimientos ocultistas esotéricos. Donde se encontraba uno, el otro solía estar cerca. Aunque pueda costarnos admitirlo, la historia socialista contó con más de una sesión de espiritismo entre las huelgas.

El diálogo entre el socialismo y el ocultismo comenzó en Francia a principios de la década de 1830, cuando los socialistas premarxistas iniciaron una búsqueda del conocimiento oculto y de las leyes universales que esperaban liberarían a la humanidad. Continuó en Estados Unidos en las décadas de 1840 y 1850, donde las comunas socialistas utópicas sirvieron de refugio para buscadores espirituales que huían de las iglesias tradicionales pero mantenían su creencia en fenómenos sobrenaturales y en la revelación divina de misterios ocultos.

A principios de la década de 1870, el socialismo materialista estaba ganando terreno en la clase trabajadora estadounidense. Los Caballeros del Trabajo acababan de ser fundados, marcando la llegada del movimiento sindical, y la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) centrada en la lucha de clases de Marx estaba ganando tracción. Curiosamente, una sección local de la AIT terminó siendo dirigida por una abolicionista, sufragista y famosa sanadora espiritual llamada Victoria Woodhull, quien decidió postularse a la presidencia en 1872 bajo la bandera del grupo. El propio Marx refunfuñó sobre Woodhull y su facción «pequeñoburguesa» de «espiritistas» a quienes consideraba «estafadores» y «gentuza» que desviaba al movimiento.

¿Cómo es que una médium psíquica terminó integrada en una organización marxista, para empezar? Solo podemos entender este episodio reconociendo que, si bien la ideología materialista de la AIT estaba en ese momento a años luz de las teorías esotéricas de los espiritualistas, el socialismo y el ocultismo ocuparon espacios muy cercanos durante muchas décadas. Encuentros fortuitos de este tipo continuarían hasta que los parámetros materialistas del movimiento laboral se establecieran oficialmente y el canto de sirena del fascismo atrajo a los ocultistas hacia la derecha. Hasta ese punto, no era raro encontrar socialistas convencidos que se dedicaban a adivinar la fortuna o intentaban contactar con los muertos.

Socialismo y ocultismo francés

En 1825, el año de su muerte, el reformador social francés Henri de Saint-Simon publicó un libro llamado Nouveau Christianisme (Nuevo Cristianismo). Como escribe el estudioso de la esoterismo y la religión Egil Asprem, el proyecto de Saint-Simon era el «rejuvenecimiento del cristianismo despojándolo del corrupto clericalismo y estableciendo una religión progresista, “positiva”, dedicada a la perfección y regeneración de la humanidad —aquí, en la Tierra. Crucial para esta tarea era la elevación de los pobres».

Los adherentes a las ideas de Saint-Simon fueron los primeros en ser llamados «socialistas». Pero mientras que el socialismo se asoció axiomáticamente con el secularismo en años posteriores, sus apasionados precursores durante el período de la Monarquía de Julio en Francia fueron cualquier cosa menos eso. El estudioso de la religión Julian Strube explica:

Los sansimonianos y otros socialistas se veían a sí mismos luchando contra una fragmentación social y una «frialdad» que supuestamente derivaba del ateísmo y del materialismo del siglo XVIII. A sus ojos, esas circunstancias eran responsables de la ruptura de los lazos sociales, ya que constituían la fuerza motriz detrás del «mercantilismo» egoísta que asfixiaba a las clases bajas.

La emergencia del capitalismo correspondió con un proceso de desencantamiento que pareció absorber toda la magia del mundo. Los sansimonianos protestaban y desafiaban esta gélida alienación, y estaban interesados en montar una contraofensiva impregnada de un sentimiento romántico y cálido. Strube revela cuán abierta e intensamente religioso fue su movimiento:

Los sansimonianos se veían a sí mismos como los heraldos de una nueva Edad de Oro que superaría la fragmentación social y realizaría una unidad armoniosa de religión, ciencia y filosofía. Se declararon como «iglesia», la église saint-simonienne (…) [y] se consideraban no como los teóricos de una doctrina político-económica, sino como «apóstoles» predicando las revelaciones de su «profeta», Saint-Simon.

En 1848, ocurrieron dos eventos que alteraron el mundo: Marx y Engels debutaron con su marca materialista de socialismo con la publicación del Manifiesto Comunista, y en Europa estallaron una serie de revoluciones que arrastraron al socialismo al ámbito de la política real, de altas consecuencias. A partir de entonces, el socialismo materialista estuvo en ascenso y el socialismo utópico en declive. Pero la cola del utopismo era larga, habiendo producido muchas ideas, pensadores, activistas y experimentos en el mundo real, que persistirían durante décadas.

Retrato del ocultista socialista Alphonse-Louis Constant, también conocido como Éliphas Lévi, tomado después de su muerte. (Project Gutenberg)

También produjo otra corriente de pensamiento nueva por completo: el ocultismo.

Como muestra Strube, el ocultismo emergió en Francia no meramente después del utopismo, sino directamente de él. El fundador ampliamente reconocido del ocultismo, Alphonse-Louis Constant, que tomó el nombre de pluma de Éliphas Lévi, estaba profundamente involucrado en el movimiento socialista sansimoniano anterior a 1848. De hecho, debutó con sus ideas sobre la magia cabalística en una revista socialista francesa.

La primera publicación radical de Constant en 1841 había sido La Bible de la liberté (La Biblia de la Libertad), que Strube describe como «una extravagante mezcla de ideas socialistas, místicas, románticas y feministas», algo habitual entre los sansimonianos de la época. En la década de 1850, Constant, ahora escribiendo bajo su seudónimo, publicó obras que incluían Dogme et rituel de la haute magie (Dogma y ritual de la Alta Magia), Histoire de la magie (Historia de la Magia) y La clef des grands mystères (La llave de los Grandes Misterios). Estos se convirtieron en los textos fundacionales del movimiento esotérico, influyendo enormemente en ocultistas posteriores como Madame Helena Blavatsky y Aleister Crowley. Sencillamente, el fundador del ocultismo era un socialista.

Ilustraciones de la obra del ocultista socialista Alphonse-Louis Constant, también conocido como Éliphas Lévi. (Project Gutenberg)

La interrogación de Strube a la obra de Constant no encuentra un giro ruptural: más bien, sus ideas fluyeron casi sin problemas entre el socialismo utópico y el esoterismo ecléctico, en tanto ambos se preocupaban por la búsqueda de leyes universales ocultas que, una vez reveladas, liberarían a la humanidad. Marx y Engels encontraron esas leyes en la dinámica de la lucha de clases y en las contradicciones internas del capitalismo; Éliphas Lévi las encontró en las correspondencias secretas entre las letras hebreas y las cartas del tarot, el Baphomet andrógino que reconciliaba todos los opuestos cósmicos, la luz astral que registraba cada pensamiento y acción humana como un banco de memoria universal, y la convicción de que Jesucristo era en realidad un iniciado de los misterios egipcios que había descubierto cómo manipular estas fuerzas invisibles; todo lo cual podía ser dominado a través de la magia ritual para lograr nada menos que la regeneración de la humanidad y el establecimiento de un socialismo teocrático universal gobernado por magos iniciados.

La relación entre el socialismo no marxista y el esoterismo persistió hasta finales del siglo XIX. Los esoteristas franceses continuaron publicando en revistas socialistas, donde también advertían contra la ambición y vitalidad del movimiento siendo erosionadas por la «baja política» de los materialistas. La respuesta de los materialistas hacia ellos, mientras tanto, oscilaba entre la hostilidad y el ridículo absolutos y una especie de curiosidad divertida matizada por consejos camaraderiles para centrarse en asuntos prácticos.

Cuando la organización esoterista más influyente de finales del siglo XIX, la Sociedad Teosófica, fundó su primer capítulo en Francia, llamado la Logia Isis, celebró su reunión inaugural en las oficinas de la Revue socialiste (una revista socialista ecuménica que también publicó el famoso ataque de Engels contra los utópicos). La Logia Isis fue fundada en 1887 por Louis Dramard, quien previamente había escrito un artículo en la Revue exhortando a sus compañeros socialistas a reconocer «el valor intrínseco del ocultismo».

Dramard murió poco después en el Magreb luchando por los derechos de los trabajadores argelinos. Murió tan socialista como esoterista. Y difícilmente pueda considerárselo como una excepción. Por embarazoso que pueda haber sido para los materialistas de la época, hubo muchos socialistas sinceros que creían que un mundo mejor estaba más allá del capitalismo, y que descubrir las leyes ocultas que unen a la humanidad y al cosmos aceleraría su llegada.

Socialismo y espiritismo estadounidense

Al otro lado del Atlántico, no fueron los seguidores de Saint-Simon quienes mezclaron ocultismo y socialismo, sino sus contemporáneos, el utópico francés Charles Fourier y su homólogo galés, Robert Owen. Los dos fueron directa e indirectamente responsables de la creación de docenas de comunas, muchas de las cuales funcionaban también como centros de experimentación espiritista.

Owen llegó a un sistema de creencias esotérico llamado «espiritismo» solo cuando tenía ochenta años, tras haber abrazado durante mucho tiempo un socialismo utópico más secular que enfatizaba las comunidades igualitarias planificadas. En los últimos años de su vida, «veía al espiritismo como una extensión natural de sus principios cooperativos: una creencia en la interconexión de todos los seres, trascendiendo el plano físico».

Pintura retrato de Charles Fourier por Jean Gigoux. (Fonds Françoise Foliot / Wikimédia France)

Pero la suya no fue una vida llena de bolas de cristal y tablas ouija. Además de su interés en el cooperativismo, Owen estuvo muy involucrado en los inicios del movimiento laboral británico y los precursores de los sindicatos. Marx habló aprobatoriamente de Owen en muchas ocasiones.

Aunque la filosofía de Fourier era mucho más idiosincrásica que la de Owen, en el típico estilo francés de la época, tampoco era un ocultista. Su creencia principal era que los humanos, alienados de su trabajo, podían organizar la sociedad de una manera más racional que promoviera la armonía, la igualdad, la fraternidad y el placer tanto en el trabajo como en el ocio. Con ese fin, propuso la creación de «falanges», o sociedades comunales, organizadas en torno a principios racionales clave.

Sin embargo, Fourier sí se tomó la libertad de mezclar ciencia y religión en pos de una gran «teoría de las armonías universales». Más allá de los principios básicos de su pensamiento, uno encuentra en los escritos de Fourier muchos floreos caprichosos, como su enumeración de «las doce pasiones» que impulsan a la humanidad y su detallada taxonomía de tipos de personalidad.

Los adherentes franceses de Fourier no perdieron el tiempo, incluso durante su vida, haciendo una cuasi-religión de sus filosofías e interpretándolas de manera esotérica. Ya en 1832, su seguidor Just Muiron afirmaba que las ideas de Fourier estaban en sintonía con las de figuras como Franz Mesmer, un sanador de trance (de quien derivamos el término «mesmerismo»), y Emanuel Swedenborg, un místico cristiano que promovía una cosmología de múltiples cielos e infiernos correspondientes a estados espirituales. Los fourieristas debatirían el lugar apropiado de la espiritualidad en su ideología durante décadas, con críticos internos que acusaban a los esoteristas de «blasfemia contra el progreso lógico».

En Estados Unidos, donde abundaban los experimentos fourieristas y owenistas en el mundo real, convergieron varios factores que hicieron proliferar creencias y prácticas esotéricas. El primero fue el número creciente de buscadores espirituales poscristianos, generalmente protestantes que habían abandonado sus iglesias tradicionales pero no habían abrazado un secularismo completo, lo que los dejó vagando en busca de un reemplazo. Muchos se sintieron atraídos por las ideas del mencionado Swedenborg; una comuna fourierista en Massachusetts, Brook Farm, estaba repleta de swedenborgianos. Para estos habitantes de comunas, la experimentación social igualitaria y el sincretismo espiritual eran parte del mismo grandioso proyecto milenarista.

La segunda influencia crítica fue el crecimiento del espiritismo americano, el mismo sistema de creencias que contaba a Owen como un converso tardío. El espiritismo nació en 1848 —el mismo año de las revoluciones europeas y la publicación del Manifiesto Comunista— cuando las hermanas Fox, del norte del estado de Nueva York, afirmaron comunicarse con espíritus a través de golpes misteriosos, desencadenando un movimiento que se extendió rápidamente por todo el país. El movimiento encontró un terreno particularmente fértil entre los reformadores progresistas, ya que los círculos espiritistas se convirtieron en lugares donde las mujeres podían hablar en público como médiums y afirmar una autoridad espiritual en una era que les negaba el liderazgo político y religioso.

Muchas sufragistas y abolicionistas prominentes, incluidas Susan B. Anthony y Sojourner Truth, participaron en actividades espiritistas, considerando la comunicación con los muertos como compatible con sus campañas por la justicia terrenal. Un espiritista abolicionista registró una supuesta conversación que tuvo con el fantasma de un esclavista de esta manera:

– ¿No se asocian las razas de color y blanca en el mundo espiritual?
– Están todas allí y pueden asociarse si lo desean.
– ¿Está usted en modo alguno inquieto por haber tenido esclavos en vida?
– Ya no creo como solía, pero siempre los traté con amabilidad, y ese es un pensamiento feliz. Buenas noches, reverendo Pierpoint.

El solapamiento era tan pronunciado que cualquier persona interesada en el socialismo durante este período habría encontrado inevitablemente ideas espiritistas, ya que las mismas salas de conferencias, periódicos y redes sociales que promovían la economía cooperativa también albergaban sesiones de espiritismo, discursos en trance y debates sobre el respaldo del mundo espiritual a la reforma social. En este medio radical, los límites entre la organización política y la experimentación espiritual eran notablemente porosos, con los reformadores moviéndose con fluidez entre discusiones sobre derechos laborales, igualdad de la mujer, justicia racial y mensajes del más allá.

Brook Farm, la comuna de Massachusetts poblada por swedenborgianos, solo existió durante seis años, de 1841 a 1847, pero en ese breve tiempo la comunidad experimentó con sesiones de espiritismo, mesas que giraban y con una práctica llamada psicometría, que implicaba adivinar información a partir de objetos talismánicos. En una sesión de espiritismo, escribe Edmund Berger en Cosmonaut, un residente que practicaba psicometría «encontró al espíritu del propio Fourier y, según los informes, mantuvo una conversación con él».

Brook Farm estaba lejos de ser el único lugar donde el socialismo utópico y el espiritismo americano colisionaban. En Yellow Springs, Ohio, por ejemplo, una pareja que se casó en una ceremonia swedenborgiana estableció una comunidad intencional dedicada a la hidropatía, un movimiento de «curas de agua» espirituales. Como señala Berger, la pareja abrió el Memnonia Institute, como se llamaba, en el cumpleaños de Fourier. También en Ohio, anota Berger, un visitante de una comuna llamada Prairie Home Community se sorprendió al escuchar a los residentes, ocupados en el duro trabajo de sus quehaceres, «conversar tan libremente sobre Frenología, Fisiología, Magnetismo, Hidropatía» y similares.

En todo el país, las comunas fourieristas y owenistas incursionaban en la variante americana del esoterismo. Estos socialistas utópicos estaban en un viaje para descubrir alternativas radicales y revelar verdades últimas que pudieran ayudar a la humanidad a vivir más libre y armoniosamente, y no restringieron su épica búsqueda al reino terrenal. El socialismo materialista también estaba echando raíces, pero a pesar de sus orientaciones tremendamente diferentes, las dos tradiciones aún no ocupaban medios sociales e intelectuales completamente separados. Las fuerzas racionalistas dedicadas a avanzar en la lucha de clases se estaban acumulando, pero incluso los Caballeros del Trabajo, de clase trabajadora, tenían un nombre decididamente ocultista, inspirados como estaban por sociedades secretas como los masones.

Puede que a los socialistas materialistas les inquiete esta corriente irracional y antimoderna en la historia de nuestro movimiento, pero los hechos son hechos. Durante varias décadas en la historia socialista americana, ciertos autodenominados socialistas tenían más probabilidades de entregarte un libro de Andrew Jackson Davis, un famoso clarividente y autor espiritista también conocido como el «vidente de Poughkeepsie», que una copia del Manifiesto Comunista.

Exorcismo por marxismo

En las décadas siguientes, Estados Unidos y Europa vieron varias convergencias más entre socialismo y ocultismo. Por ejemplo, cuando el socialista Edward Bellamy publicó su novela socialista utópica tremendamente popular, Mirando hacia atrás desde el año 2000, en 1887, inspiró un nuevo frenesí de actividad socialista utópica. Se establecieron clubes Bellamy en todo el país, muchos de ellos fundados nada menos que por la mencionada Sociedad Teosófica esoterista.

«Así como el espiritismo y el fourierismo estaban entrelazados», escribe el estudioso de la religión Dan McKanan, los socialistas bellamyistas «construyeron sobre las estructuras organizativas de la Teosofía, un sucesor parcial del espiritismo que dependía de las revelaciones de misteriosos “Mahatmas” más que de espíritus muertos para su cosmología».

La Teosofía se estaba sumergiendo ahora por completo en conceptos esotéricos orientales, de ahí los «Mahatmas». Pero aún no había renunciado a su control sobre los restos del socialismo utópico.

Con el tiempo, sin embargo, la creciente hegemonía del marxismo le dio al socialismo un sabor distintivamente materialista y secularista, y la combinación se volvió cada vez más difícil de justificar. Cuando el socialismo utópico se extinguió, el ocultismo quedó políticamente a la deriva. Pero no por mucho tiempo: los fascistas europeos y americanos se estaban interesando cada vez más en las ideas de Blavatsky y la Sociedad Teosófica.

Ciertas preocupaciones de Blavatsky, incluidas sus teorías sobre las «razas raíz» y la evolución espiritual de la humanidad a través de distintas etapas raciales, parecían justificar las jerarquías centrales de la ideología fascista. De hecho, el uso de la esvástica por parte de los nazis se debió a la popularización de ese símbolo oriental en círculos ocultistas por parte de la Sociedad Teosófica. Asimismo, el uso del término «ario» por los nazis es una referencia a una raza antigua que Blavatsky afirmaba que era espiritualmente superior y destinada a liderar la evolución humana.

El emblema de la Sociedad Teosófica. Nótese el uso de la esvástica, entre otros símbolos orientales. (La Sociedad Teosófica)

El ocultismo desde entonces ha perdido seriamente su influencia entre los socialistas, afortunadamente, haciendo solo apariciones raras ocasionales en la izquierda no materialista. Los ejemplos de su resurgimiento van desde lo apocalíptico, como el Templo del Pueblo de Jim Jones, una comuna convertida en culto de la muerte, hasta lo anodino, como la afición de algunos izquierdistas progresistas por la astrología. Pero no hay duda de que el esoterismo se encuentra mucho más a gusto hoy en día en la extrema derecha.

Los movimientos nazis y neonazis han recurrido rutinariamente al paganismo nórdico, el simbolismo rúnico y el misticismo völkisch para construir sus fundamentos ideológicos. Desde la influencia de la ocultista Sociedad Thule en el nazismo temprano hasta grupos contemporáneos como los odinistas y wotanistas, la extrema derecha ha elevado consistentemente la espiritualidad germánica precristiana (o sus recreaciones eclécticas de la misma) como una supuesta alternativa a las religiones abrahámicas «extranjeras».

La corriente esotérica en el fascismo moderno va y viene en ciclos, y parece estar creciendo de nuevo. Los extremistas violentos de la extrema derecha actual están en deuda menos con Los Diarios de Turner que con Siege (Asedio) de James Mason, una mezcla ecléctica de satanismo, sadismo, aceleracionismo nihilista y odio fascista por los supuestos inferiores sociales. El ocultismo también está codificado como de derecha de otras maneras. De interés particular es la emergencia de temas esotéricos en la derecha tecnológica, desde los seguidores del filósofo cabalista cibernético Nick Land hasta los «tecnopaganos» y las supuestas «sectas de Aleister Crowley» en Silicon Valley.

El ocultismo puede haber emergido del socialismo utópico, pero también lo hizo el materialismo marxista. Donde este último floreció, el primero no tuvo ninguna posibilidad de sobrevivir. Una parábola para ilustrar el principio: Tras su liberación de prisión en 1967, el más famoso autoproclamado profeta esotérico y líder sectario de Estados Unidos, Charles Manson, intentó reclutar seguidores en Telegraph Avenue, un punto de contracultura en Berkeley, California. Allí, tuvo un éxito limitado. El explícitamente socialista Movimiento por la Libertad de Expresión estaba fresco en la mente de todos, y la calle presumía no de una, sino de dos librerías marxistas. Así que Manson cruzó la bahía para probar suerte con los hippies en el distrito de Haight-Ashbury, que era esencialmente una comuna gigante ad hoc durante el Verano del Amor. Sus perspectivas mejoraron y nació la Familia Manson.

Puede que haya algo de sabiduría en el esoterismo de los primeros socialistas utópicos, particularmente sus observaciones sobre la frialdad del capitalismo y la necesidad de una cierta calidez humanista en la resistencia anticapitalista. Sin embargo, la política materialista también ha funcionado como un profiláctico necesario, alentando la productividad política al mantener a los socialistas enfocados en las dinámicas terrenales y las batallas que hace falta librar en este mundo. Nuestro movimiento está mejor sin el esoterismo, que ha derivado hacia la derecha; la derecha es bienvenida a distraerse con la nigromancia mientras nosotros nos dedicamos al análisis político y económico racional para fortalecer el movimiento obrero. La historia del socialismo y lo oculto sugiere que el marxismo es un exorcismo efectivo.

Meagan Day

Redactora de Jacobin Magazine y coautora de Bigger than Bernie. How We Go from the Sanders Campaign to Democratic Socialism (Verso, 2020).

Recent Posts

Hungría después de Orbán

Viktor Orbán estaba lleno de contradicciones: un crítico del neoliberalismo que repartió dádivas a las…

13 horas ago

Felipe Pigna: «Vivimos una especie de distopía»

Entrevista a Felipe Pigna por su nuevo libro sobre la última dictadura militar, los años…

14 horas ago

Una reelección más incierta (y más necesaria) que nunca

Aunque los indicadores económicos favorecen a Lula, la elección de 2026 en Brasil sigue abierta:…

2 días ago

Puerto Rico: dominio colonial sin hegemonía

El consenso puertorriqueño sobre la subordinación colonial a Estados Unidos se resquebrajó severamente, pasando a…

3 días ago

Los 100 días de Zohran Mamdani

En su discurso con motivo de sus primeros 100 días como alcalde de la ciudad…

4 días ago

Crisis y utopía en el siglo XXI

La tarea de las izquierdas no puede limitarse a administrar los costos de un futuro…

5 días ago