Manifestantes ondean la bandera palestina durante una manifestación a favor de Palestina en la Plaza Colón de Viena, Austria, el 4 de mayo de 2024. (Geor Hochmuth / APA / AFP vía Getty Images)
La opinión pública alemana es conocida por su fuerte adhesión a los dogmas en favor de Israel, y en Austria la situación no es muy diferente. Mientras el partido de extrema derecha, el Partido de la Libertad (FPÖ), se ha normalizado dentro del espectro político, las voces que apoyan a Palestina siguen siendo silenciadas bajo el pretexto de una solidaridad «antifascista» con Israel.
En el último año se ha hablado extensamente sobre cómo la llamada «cultura de la memoria» alemana en torno al Holocausto se utiliza para acallar a artistas y productores culturales que denuncian el genocidio en Gaza. Sin embargo, ¿qué ocurre en Austria, un país de habla alemana con una gran concentración de riqueza, altos impuestos, generosas subvenciones para las artes y, por supuesto, una responsabilidad histórica frente a los crímenes antisemitas? La situación en Austria ha recibido menos atención, aunque en ciertos aspectos es aún más alarmante.
Austria fue uno de los pocos países europeos, junto con la República Checa, que votó en contra de las resoluciones de alto el fuego en la Asamblea General de la ONU durante los últimos meses de 2023. Incluso su presidente de la Asamblea Nacional, una de las figuras políticas más influyentes del país, seguía afirmando en abril de 2024 que Austria apoyaba «incondicionalmente a Israel». Esta postura no ha cambiado con la llegada de Walter Rosenkranz, del FPÖ, quien asumió el cargo tras la victoria electoral de este partido en septiembre de 2024. Aunque la censura del discurso propalestino en Austria es menos ruidosa y brutal que en Alemania, no por ello es menos sistemática, ni menos indignante el trato hacia los judíos disidentes.
Este fenómeno podría parecer paradójico, considerando que Austria no tiene una «cultura de la memoria» tan prominente como la de Alemania. Pero, como un país en el que el principal partido político posnazi, el FPÖ, siempre ha estado integrado al sistema de democracia parlamentaria «consociativa» o cartelizada, la incapacidad de Austria para enfrentar su historia de antisemitismo es inseparable de otro fracaso: su incapacidad para marginar al principal partido de extrema derecha. El FPÖ ha consolidado su poder político principalmente atacando, de manera retórica y práctica, a inmigrantes y refugiados de países musulmanes. A la hora de enfrentar el pasado, este fracaso se traduce en un apoyo incondicional a Israel y en un compromiso selectivo con la memoria histórica en Alemania.
Su parcialidad hacia esta teoría —desmentida incluso por estadísticas que consideran al apoyo al movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) como antisemitismo por defecto— va acompañada de esfuerzos concretos para desplazar aún más hacia la derecha incluso al históricamente nazi y antisemita FPÖ, específicamente en lo que respecta a medidas de vigilancia antiterrorista dirigidas principalmente contra los musulmanes. Las teorías y acusaciones de antisemitismo de izquierda también son frecuentes entre los liberales de izquierda, quienes han contribuido en gran medida a difundir formas cotidianas de islamofobia, reforzando una agenda de extrema derecha contra la inmigración que hoy se expresa de manera prominente en los llamados a la «repatriación integral».
En el ámbito cultural también existe una tendencia a disciplinar a artistas e investigadores de Asia Sudoccidental y el Norte de África (región SWANA) por sus posturas políticas «inaceptables». Este es un reflejo de una reacción contra el pensamiento anticolonial, a menudo justificada de manera pragmática para evitar dañar la reputación de las instituciones culturales liberales, las cuales dependen de las subvenciones y temen perder financiación. Esto se presenta, erróneamente, como parte de una estrategia contra la extrema derecha.
En octubre de 2023, tras compartir una publicación en sus historias de Instagram (durante menos de veinticuatro horas), Shantout se convirtió en la última de varios investigadores «cancelados» por la Academia de Bellas Artes de Viena. La publicación decía: «“muerte a Israel” no es solo una amenaza. es un imperativo moral y la única solución aceptable». Publicada por Disorientalising, una cuenta de Instagram con 76.000 seguidores, fue ampliamente compartida después de que Israel intensificara su campaña de bombardeos en Líbano.
Shantout fue expulsada de su doctorado y se le retiró el financiamiento que había recibido de la Academia Austriaca de Ciencias para su investigación. En su relato de estos hechos, difundido en las redes académicas de Viena, describió cómo su solicitud de garantías procesales fue desestimada por el abogado del organismo financiador, alegando que era culpable de incitación al odio racial y que sus acciones «contradecían la decencia y la moralidad». La terminación de su doctorado se confirmó en una reunión que duró menos de diez minutos y a la que asistieron el rector de la universidad, Johan F. Hartle, el profesor de estudios poscoloniales Christian Kravagna y Sabeth Buchmann, supervisora de su proyecto de doctorado, todos ellos alemanes blancos cuyo propio trabajo aborda, directa o indirectamente, la teoría poscolonial.
En Austria, una dinámica similar se ha consolidado entre el Estado y las élites culturales, que operan más allá de la supuesta división entre izquierda y derecha. El libro Late Fascism de Toscano nos ayuda a entender la lógica detrás de esta fusión: mantener un consenso conservador que justifique las políticas de represión y la permanencia del statu quo. De este modo, las instituciones liberales intentan reproducirse formalmente en un entorno cada vez más hostil vaciándose preventivamente de cualquier contenido sustantivo:
El «proyecto nostálgico de regeneración» del FPÖ no podría ser más claro. Es un proyecto para la regeneración de una «Austria fortificada» beligerantemente nacionalista, una sociedad racialmente homogénea modelada en la Austria de los años 30, con el Volkskanzler al mando. Pero los «rectores universitarios cómplices» tienen sus propios proyectos nostálgicos de regeneración. Esto puede incluir la enseñanza del «poscolonialismo» por parte de un profesorado exclusivamente blanco, que con total certeza no planteará la cuestión de si existe una diferencia entre la violencia contra las personas y una transformación fundamental de una organización jurídico-política (o un Estado) violento y etnocéntrico.
Lo que está en juego en este último escenario es la posible emergencia de una alternativa democrática, inclusiva y no violenta. Pero el consenso nostálgico en el sistema universitario austriaco cierra esa posibilidad. Le atribuye un significado inequívoco a los «otros» anticoloniales, mientras que se reserva para sí mismo las características de complejidad y ambigüedad.
En mayo, una videoconferencia del historiador de la Universidad de Columbia Rashid Khalidi, en la Universidad de Viena, fue cancelada por las autoridades universitarias y tuvo que celebrarse informalmente al aire libre. Estuvimos presentes en esta conferencia, y el espectáculo de un profesor dando una charla sobre derechos humanos en Zoom, proyectado en la pared de una oficina de la universidad y luego transmitida a través de una cámara web a los teléfonos y computadoras de los estudiantes en un jardín de la universidad fue profundamente extraño. El eco indescifrable de decenas de dispositivos desincronizados hizo que la presentación de Khalidi fuera casi imposible de seguir, pero fue una metáfora perfecta de la fobia de la política liberal antipalestina, que quizás era uno de sus puntos principales.
Un poco antes, la pacífica acampada de estudiantes de la Universidad de Viena fue desalojada por la policía después de solo unos días, mientras que, en un eco del trato recibido por Shantout, los estudiantes que protestaban en la otra gran escuela de arte de Viena fueron ridiculizados por la propia rectora de la universidad en las páginas del principal periódico nacional. Su artículo de opinión los acusaba de «distorsionar el discurso», por hablar de los efectos del genocidio sobre los palestinos queer.
Esta mezcla de alarmismo, ignorancia y arrogancia empresarial está disociada de la realidad, aunque también resulta esclarecedora. Sobre todo, nos habla de las causas de la represión antipalestina, que está impulsada principalmente por el racismo europeo, la violencia burocrática y la política de intereses de la clase media disfrazada de estrategia antifascista. También se basa en la nostalgia —ya sea abiertamente fascista o liberal-institucional— de tiempos pasados más felices y olvidados, más que en la presencia o ausencia de una cultura de la memoria «contramayoritaria».
La síntesis explica —pero ciertamente no justifica— las acciones de académicos, incluso poscoloniales y marxistas, cuya interiorización de la amenaza de la extrema derecha se expresa como miedo a sus propios estudiantes palestinos. Se cancela a artistas palestinos y se les retira la financiación bajo el pretexto de «seguridad» sin pensar en lo que esto significa para la seguridad de aquellos que son estigmatizados y excluidos.
La familia de Shantout vive en un barrio de Damasco que regularmente sufre ataques aéreos de Israel. La cuestión de la seguridad es muy real para ella. Pero nunca se le dio una oportunidad real de discutir, aclarar, retractarse o matizar.
Shantout es uno de los objetivos de lo que podríamos llamar «política cultural tardofascista»; pero también lo es la propia idea de «estudios poscoloniales» en un contexto austriaco, que, en el escenario actual, corre el riesgo de convertirse en una simple contradicción de términos.
El 8 de marzo de este año, uno de nosotros, que cuidaba de su pareja durante la fase final de un cáncer, se tomó una hora para asistir a una manifestación disidente en torno a la protesta del Día Internacional de la Mujer en Viena. La manifestación principal había prohibido a las asistentes portar keffiyehs. Shantout intervino en esta manifestación alternativa y pronunció un discurso sobre la necesidad de solidaridad internacional en la lucha feminista. En lugar de ser tratada como un chivo expiatorio y una amenaza por una simple publicación en Instagram, debería habérsele dado la oportunidad de explicar a los «antifascistas» liberales lo que significa realmente el compromiso con el internacionalismo.
Sobre la traducción: Andrea Ancira es editora y traductora en tumbalacasa ediciones. Es candidata a doctora en el departamento de Teoría del Arte y Estudios Culturales de la Universidad de Bellas Artes de Viena, Austria.
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