Elecciones

La izquierda brasileña después de Lula

«Aquí en América del Sur nos presentamos como una región de paz», declaró la semana pasada el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva mientras recibía al líder sudafricano Cyril Ramaphosa, añadiendo que «nadie aquí tiene una bomba atómica». En circunstancias normales, el afable Lula podría haber dejado las cosas ahí, celebrando la tradición de política exterior pacífica y colaborativa de su país. Esta vez, sin embargo, concluyó con una advertencia: «Si no nos preparamos en materia de defensa, algún día alguien nos invadirá».

De regreso en el gobierno desde 2023 y en busca de un cuarto mandato (y último) más adelante este año, el octogenario enfrenta un mundo reconfigurado por los sacudones de la era Trump al orden global. Como señaló recientemente su asesor de política exterior, Celso Amorim: «Mientras que hace dos décadas yo habría dicho que vivíamos en un mundo de oportunidades, hoy vivimos en un mundo de dificultades».

La incertidumbre geopolítica elevó las apuestas de lo que ya se preveía como una contienda profundamente disputada este octubre entre la amplia coalición de moderados y progresistas de Lula y el retador de ultraderecha, el senador Flávio Bolsonaro, hijo de cuarenta y cuatro años del expresidente Jair Bolsonaro, hoy encarcelado. En los próximos meses se escribirá mucho sobre la campaña, pero ya se está desarrollando una historia crucial al interior de la propia izquierda. Las decisiones tomadas en 2026 —sobre quién se postula, qué facciones se alinean y cómo la coalición progresista equilibra el pragmatismo con los principios— no solo definirán esta campaña sino probablemente también los primeros tiempos de la era post-Lula.

Dos decisiones de alto impacto adoptadas este mes merecen especial atención: si el ministro de Economía Fernando Haddad volverá a arriesgarse en una difícil contienda por la gobernación de São Paulo y si el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) formará una federación formal con el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula o preservará su independencia. A primera vista, estas preguntas parecen meramente tácticas. En realidad, ya conocemos las respuestas: sí a la primera; no a la segunda. Pero se trata de debates de peso que marcan los primeros enfrentamientos en la disputa por definir a la izquierda brasileña después de Lula.

Hace cuatro años, Haddad se postuló para gobernador de São Paulo, el estado más grande y próspero de Brasil. Perdió, pero obtuvo mejores resultados que cualquier candidato del PT hasta entonces y, en el proceso, contribuyó a garantizar una sólida campaña estatal para la exitosa candidatura presidencial de Lula. Luego asumió lo que es, sin lugar a dudas, el cargo más importante del gabinete de Lula.

No es ningún secreto que Haddad alberga ambiciones presidenciales. En 2018, con Lula tras las rejas por cargos de corrupción que luego fueron anulados, fue el candidato del PT que le disputó la elección al mayor de los Bolsonaro. La mayoría de los analistas sostiene que es el nombre más fuerte del partido para una futura contienda presidencial. Pero primero debe superar 2026.

Los líderes del partido han sostenido que Haddad debería postularse nuevamente para gobernador de São Paulo. No se hacen ilusiones sobre sus perspectivas: casi con certeza perdería ante el gobernador en ejercicio Tarcísio de Freitas, el exministro del gabinete de Bolsonaro que lo superó en 2022. Pero las encuestas muestran que es el único que podría mantener la contienda reñida, lo que contribuiría a reforzar la candidatura de Lula en una elección que se da por sentado que se definirá por márgenes estrechos.

¿Debería Haddad someterse a una extenuante campaña solo para terminar en una derrota probable? ¿Hacerlo favorecería o perjudicaría sus chances de suceder a Lula a nivel nacional? ¿Será visto en el futuro como un jugador de equipo que se sacrificó una y otra vez por el conjunto, o quedaría estigmatizado como un perdedor serial? Al fin y al cabo, Haddad —quien se desempeñó como secretario de educación durante la primera administración de Lula— no gana una elección desde que triunfó en la contienda por la intendencia de la ciudad de São Paulo en 2012, habiéndose quedado corto en su reelección de 2016, en su candidatura presidencial de 2018 contra Bolsonaro y en su campaña por la gobernación de 2022.

Haddad ha dejado en claro su opinión al respecto. A lo largo del último año, insistió reiteradamente en que no tenía intención de postularse para ningún cargo en 2026. En cambio, dijo que prefería dejar el Ministerio de Economía a principios de año para ayudar a coordinar la campaña por la reelección de Lula, una tarea que, según argumentó, era incompatible con las exigencias de gestionar la cartera económica del país.

Según se informó, la insistencia de Lula y la sorprendente fortaleza de Flávio en las encuestas convencieron a un reticente Haddad de aceptar la tarea que le encomendaron el presidente y el PT. Aunque no ha confirmado su candidatura al momento de escribir estas líneas, se da por hecho que es un asunto cerrado. Tiene un equipo de campaña en espera y abandonará el Ministerio de Economía el jueves para prepararse para las elecciones.

El episodio ilustra la peculiar posición que Haddad ocupa dentro de la política brasileña en general y dentro del PT en particular. Como ministro de Economía, pasó los últimos tres años cumpliendo el rol de estabilizador institucional, diseñando un marco fiscal orientado a tranquilizar a los mercados tras los caóticos años finales de Bolsonaro, mientras defendía simultáneamente las prioridades del gobierno en materia de gasto social.

El equilibrio logrado ha sido en gran medida exitoso, aunque no exento de fricciones. La postura fiscal más ortodoxa de Haddad ha chocado periódicamente con voces influyentes dentro del partido, entre ellas el poderoso jefe de gabinete de Lula, Rui Costa, y la expresidenta del PT Gleisi Hoffmann, quienes han impulsado un enfoque más expansivo en materia de gasto público y política económica. En ese sentido, la conducción tecnocrática de la economía por parte de Haddad elevó su perfil nacional al tiempo que puso al descubierto las tensiones ideológicas y estratégicas que fermentan en el interior de la coalición gobernante de Lula.

La probable candidatura de Haddad en São Paulo constituye así también una primera prueba de cómo el PT podría gestionar la transición hacia una era post-Lula. Un desempeño sólido —incluso en la derrota— podría consolidar su condición como el referente nacional más plausible del partido. Pero otra derrota contundente podría envalentonar a figuras alternativas dentro del partido y alentar un debate más amplio sobre su conducción, su estrategia y su orientación ideológica. Nada de esto le es ajeno al propio Haddad, quien ha señalado reiteradamente su incomodidad con el rol de candidato sacrificial.

Su reticencia no refleja simplemente cautela personal, sino la conciencia de que el terreno político que Lula supo navegar con soltura se ha vuelto mucho más peligroso. El electorado brasileño está más polarizado que en cualquier otro momento desde el retorno a la democracia, y la fortaleza institucional de la derecha en estados como São Paulo sigue siendo formidable. Aun así, la lealtad a Lula —y al partido que forjó su carrera— parece haber resultado determinante. Si Haddad finalmente entra en la contienda, lo hará sabiendo que la victoria es improbable, pero que la campaña podría resultar decisiva para contribuir a determinar quién hereda el manto político de Lula cuando la era del metalúrgico convertido en presidente llegue finalmente a su fin.

La pregunta sobre quién podría eventualmente suceder a Lula es solo una dimensión del debate estratégico más amplio que se despliega en la izquierda brasileña. Igualmente importante es cómo la izquierda se organizará políticamente una vez que la fuerza gravitacional del liderazgo de Lula se debilite inevitablemente. Aquí, una segunda decisión adoptada este mes ofrece un indicio ilustrativo de las tensiones que se avecinan.

A principios de marzo, los líderes del PSOL se enfrentaron a una propuesta que hubiera reconfigurado la arquitectura institucional del campo progresista brasileño: la de ingresar en una federación electoral formal con el PT de Lula. Según las normas electorales brasileñas, las federaciones vinculan a los partidos a nivel nacional durante al menos cuatro años, obligándolos efectivamente a operar como un bloque único en las contiendas parlamentarias mientras comparten tiempo televisivo, recursos de campaña y cálculos electorales. En términos prácticos, una federación entre el PT y el PSOL habría consolidado a gran parte de la izquierda brasileña en un único vehículo parlamentario.

La propuesta contaba con partidarios influyentes. Aliados del secretario general brasileño Guilherme Boulos —entre ellos figuras como Erika Hilton y la actual ministra de pueblos indígenas Sonia Guajajara— argumentaron que la creciente fortaleza de la ultraderecha exigía una respuesta más unificada. En un sistema de partidos fragmentado, signado por una presión creciente sobre los partidos pequeños como el PSOL para superar umbrales mínimos de votos a fin de conservar el acceso al financiamiento público y al tiempo televisivo, una federación con el PT prometía proteger la presencia parlamentaria del PSOL al tiempo que ampliaba la representación global de la izquierda en el Congreso.

El propio Boulos es también mencionado con frecuencia como posible candidato presidencial en el futuro, con un perfil diferente al de Haddad: más joven, proveniente de un partido emergente y nominalmente más de izquierda, asociado a un ala más combativa y orientada al activismo de la izquierda. Su ascenso señalaría tanto una diversificación generacional como estratégica en la era post-Lula.

Pero la propuesta de federación desencadenó una reacción adversa dentro del PSOL. Muchos de los líderes del partido advirtieron que la federación corría el riesgo de disolver la independencia política que había definido al partido desde su fundación en 2004 por disidentes que rompieron con el PT por lo que consideraban concesiones excesivas a la ortodoxia neoliberal. Para estos críticos, el rol del PSOL siempre ha sido distinto, menos el de un partido de gobierno que el de un vehículo para la claridad programática y la movilización social, capaz de presionar a la izquierda más amplia en cuestiones como la justicia racial, la protección ambiental y los derechos laborales.

Las consideraciones estratégicas reforzaron estas preocupaciones ideológicas. Una federación exigiría al PSOL coordinar candidaturas con el PT y sus socios existentes, limitando potencialmente el número de candidatos del PSOL al Congreso y obligando al partido a respaldar alianzas a nivel estadual con figuras centristas a las que el partido se ha opuesto durante largo tiempo. Para muchos activistas, el riesgo era que el PSOL se convirtiera en poco más que un socio menor del PT, mucho más grande y orientado hacia el establishment.

Al final, el partido rechazó la propuesta de manera contundente, con su dirección nacional votando de manera abrumadora en contra de la federación mientras reafirmaba simultáneamente su firme apoyo a la candidatura de reelección de Lula. El resultado preservó la autonomía del PSOL pero también subrayó el delicado equilibrio al que se enfrenta el campo progresista brasileño: cómo combinar la unidad frente a la ultraderecha con el pluralismo que le permitió florecer a distintas corrientes de la izquierda.

Considerados en conjunto, la incertidumbre en torno a la candidatura de Haddad este año y el debate sobre la federación del PSOL revelan los contornos de un momento político que se extiende más allá del ciclo electoral inmediato. Uno toca la cuestión del liderazgo (¿quién heredará el manto de Lula?), mientras que el otro concierne a la estructura de la propia izquierda: si su futuro reside en la consolidación bajo el paraguas del PT o en una configuración más plural de partidos aliados pero independientes.

Estos debates internos importan no solo para Brasil sino para la región y el mundo. En efecto, a medida que la ultraderecha avanza en América Latina y más allá, las decisiones sobre la construcción de coaliciones, la autonomía partidaria y el liderazgo generacional definirán si las fuerzas progresistas pueden presentar un contrapeso creíble a las corrientes autoritarias en este hemisferio y más allá.

La elección de este año es, entonces, en parte una cuestión de horizonte temporal para esas decisiones. Una victoria de Lula contendría la marea reaccionaria y abriría espacio para la planificación estratégica. La derrota probablemente intensificaría la presión y aceleraría los plazos para decisiones difíciles sobre el futuro de la izquierda en la nación más grande de América Latina.

En cualquier caso, las apuestas van más allá de la aritmética electoral. Remiten a una incertidumbre más amplia sobre el lugar de Brasil en un mundo cada vez más inestable, uno en el que los viejos supuestos de seguridad regional ya no se sostienen. En ese sentido, la advertencia de Lula de que una región desprevenida corre el riesgo de ser «invadida» resuena como una predicción literal, pero quizás aún más como reflejo de una realidad geopolítica cambiante en la que las presiones externas y las divisiones internas están cada vez más entrelazadas.

 

Andre Pagliarini

Profesor asistente de historia en el Hampden-Sydney College.

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